Una mujer fue a visitar a su amiga, que se había casado por segunda vez: el primer matrimonio, un de…

Life Lessons

Esta tarde, decidí ir a visitar a mi amiga Carmen. Hace unos años, Carmen rehízo su vida y se casó en segundas nupcias. La primera vez no tuvo suerte: aquel matrimonio fue un verdadero tormento, con un marido alcohólico y de mal carácter, hasta que al final la abandonó por otra. Recuerdo todo aquello como una época oscura y triste. Durante ese tiempo, estuve siempre a su lado, animándola, escuchándola, porque para eso están los amigos, ¿no es cierto?

Han pasado ya diez años desde aquel desastre, y Carmen parecía otra cuando conoció a Javier, su nuevo esposo. Un hombre formado, con un buen puesto en una empresa de Madrid, completamente distinto del anterior. Yo misma me alegré muchísimo por ella. Esta tarde fui a conocer la nueva casa que habían comprado cerca del Retiro. Llevé una tarta de Santiago y unos detalles para celebrar.

En cuanto entré, no pude evitar quedarme impresionado por la reforma. ¡Qué maravilla de piso, tan luminoso y elegante! Luego nos sentamos a la mesa, tomando té y degustando la tarta, mientras charlábamos. Javier, el nuevo marido, rápidamente se mostró como todo un chisposo. Muy leído, lleno de ironía, se dedicó buena parte de la velada a bromear a mi costa. Hizo gracia sobre mis gustos tan simples, sobre ese batiburrillo de cosas inútiles que, según él, llenaban mi cabeza. Se sonrió al saber que nunca había leído a Pérez-Reverte ni a Almudena Grandes; y que suelo hablar de cosas que la ciencia desmonta, según él, como si fueran supersticiones o tonterías propias de ignorantes.

Javier incluso se permitió comentar mi peinado, mi silueta y la forma en la que visto, diciendo entre risas: pareces salida de los noventa. Mi única reacción fue quedarme callado, sin saber realmente qué responderle a alguien tan culto. Para mi asombro, Carmen también reía con él, deslumbrada quizás por el ingenio de su marido.

Luego la tomó con mi gata, Estrella. Había intentado cambiar de tema, contándoles cómo recogí a la gatita en la calle, por evitar más bromas eruditas de Javier. Pero él no paró: Las gatos son nidos de infecciones. Y, vamos, que solo los desequilibrados con traumas y narcisismo reprimido recogen animales de la calle, sentenció entre carcajadas. Carmen rompió a reír otra vez, cuando él empezó a hablar de las solteronas rodeadas de felinos.

En ese momento, no pude más y me salió una lágrima, infantil, absurda, inesperada. Me disculpé diciendo que me dolía la cabeza, me levanté y me despedí rápidamente.

Ya en la calle, sí que me dolía la cabeza de verdad, como si me hubieran dado golpes. Me sentía avergonzado de mi reacción, de mis lágrimas estúpidas. Caminaba sin rumbo por la calle Alcalá, ya sin llorar, solo temblando de frío aunque era julio. Me avergonzaba no saber seguirles el ritmo en sus ingeniosos comentarios, o haber hablado de ese sueño extraño que tuve, sin haber leído a esos autores que tanto admira Javier…

Pero ahora pienso que la vergüenza no era mía. La vergüenza le pertenece a aquel que invita a alguien a su casa y permite que lo humillen. O a quien expone a su amigo hablando de sus gustos, películas, libros o creencias favoritas, y luego consiente que las ridiculicen. Lo mismo ocurre con los que publican en redes algo de una persona querida y permiten que derramen veneno. Al final, todo es variedad del mismo fenómeno: una traición silenciosa.

La traición es entregar a alguien que es de los tuyos, ponerlo a merced de la burla o del menosprecio. Eso, sí, es verdaderamente traición.

Tampoco logré entonces decirlo así. Siempre pienso que no soy muy listo, ni una eminencia, ni dado a la filosofía. Solo quería volver a casa, ver a mi gata. Estrella nunca ha abierto un libro, ni hace gala de brillantez en la conversación. Simplemente se tumbó a mi lado en el sofá y empezó a ronronear suavemente.

No volví a visitar a Carmen. Con el tiempo, tampoco quedaba a dónde ir: su matrimonio empezó a tambalearse, y acabaron separándose. Resultó que Javier, tan brillante y enérgico, fue demasiado, también para ella.

Así pasa siempre. Quien traiciona a un amigo por alguien, termina siendo traicionado a su vez. Todo por no saber parar y defender a quien se debe. Quizás, si Carmen hubiera sabido poner un límite, Javier hasta habría llegado a respetarla más, y nada de aquello habría sucedido…

Nadie respeta a un traidor. Y por eso, al final, es fácil que también lo traicionen a él.

Mi lección de hoy: el valor de un amigo es cuidar de él, incluso o sobre todo delante de los demás.

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