¿Mi hijo no está en casa? – el suegro se quedó desconcertado en el umbral – en el fondo, mejor que no esté

Tía, tienes que escuchar lo que me pasó con mi suegra, porque de verdad parecía sacado de una telenovela española. Mira, al principio intentamos vivir juntos en la misma casa, aquí en Madrid. Bueno, aguantamos apenas un mes.

Con mi suegro, Pedro, la verdad es que me llevaba bastante bien, enseguida tuvimos buena química y nos llevábamos de maravilla. Pero su mujer, Carmen, ay, eso ya era otro cantar. Desde el primer momento le caí fatal, yo lo sentía en el aire.

Un día estaba preparando la comida y empezó a gritarme desde el comedor:
¡Esa cazuela no es la que se usa para los guisos, mujer! ¡Así no se hierven ni las patatas!
Y todo el día, igual, que si esto sí, que si esto no no paraba de ponerme pegas.

Total, que acabamos mudándonos a un piso de alquiler y justo ahí me enteré de que estaba embarazada. Fíjate que el abuelo Pedro hasta tuvo que regañar a Carmen, diciéndole:
Oye, déjala tranquila por el bien de la futura nieta, ¿eh?
Y luego me decía él, riéndose pero medio en serio:
Carmen siempre ha tenido mucho carácter, hija mía En sus buenos tiempos, ya era así, pero ahora de mayor, peor todavía. Me casé con ella porque me esperó cuando fui a la mili, y ya después pues uno se acostumbra

Lo curioso es que Carmen se calmó muchísimo durante mi embarazo, casi ni hablaba. Pero cuando nació mi hija, que se adelantó cinco semanas aunque por suerte vino sana volvió otra vez la tormenta.

Me acuerdo el día que fue al hospital, se acercó a mi marido Álvaro y le soltó:
Ese bebé no es tuyo.
Y empezaron discusiones de si estaba ciego o qué, que por qué la niña era prematura, que seguro era de otro hombre, imagínate. Menos mal que Álvaro siempre me defendía. Incluso la última vez fue y echó a su madre de casa.

Carmen, de tan enfadada, ni quiso conocer a su nieta ni pasaba por casa. Pedro en cambio venía mucho a vernos y siempre nos traía algún detalle, aunque luego se llevara bronca en su casa.

Un día, cuando la niña cumplió tres años, Pedro se la llevó de paseo y, sin decirnos nada, fue a hacerle una prueba de ADN. ¡Madre mía, lo que se le ocurrió! Pensando que así le iba a dar una lección a Carmen.

A la semana llegó a casa con una cara rara y me preguntó si estaba Álvaro. Yo le dije que no, y él suelta:
Mejor, porque te tengo que decir algo. He recogido los resultados del ADN y, bueno mi mujer tenía razón. ¿De quién es la niña? Porque esta niña, nuestra, no es.

Yo me quedé blanca, como si me hubieran dado un susto de muerte, de verdad. No entendía nada, nunca pensé en esas cosas. Pero nada, después Álvaro y yo hicimos las pruebas en condiciones y se confirmó que la niña sí era su hija. Resultó que Pedro, el abuelo ¡no era realmente el padre de Álvaro!

Pues imagínate el jaleo en la familia. Pedro, súper enfadado, decía:
O sea, que toda la vida pensando que Carmen me esperaba fielmente cuando estaba en la mili ¡y mira!
Al final, ya mayores, acabaron divorciándose, aunque Carmen le pidió perdón muchas veces.

Así que mira, antes de culpar siempre a otros, igual hay que mirarse un poquito al espejo, ¿no crees? ¿Tú qué piensas sobre todo este follón?

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