—Masha, quédate en casa. ¿Acaso tengo que llevarte a todas partes solo porque estamos casados? —refu…

Life Lessons

María, quédate en casa. ¿De verdad tengo que llevarte a todas partes sólo porque estamos casados? murmura Alejandro, acomodándose la camisa blanca frente al espejo. María apenas le escucha, ocupada preparando todo para ir a la casa de campo de unos amigos. Como buena anfitriona, no deja detalles al azar. Sin embargo, hoy todo parece diferente.

En el recibidor, María se sorprende al ver a su marido tan arreglado con una camisa de lino bien planchada.

Alejandro, ¿por qué vas tan emperifollado? Que sepas que yo no pienso frotar las manchas de la barbacoa le dice negando con la cabeza, al tiempo que le señala varias bolsas a su lado.Coge la comida, que ya está todo listo. Yo me cambio de vestido y salimos.

Alejandro contempla desconcertado las bolsas que María le tiende.

¿Pero qué llevas aquí? pregunta de mala gana, aceptando el peso.

Alejandro, por favor, que vamos a la casa de campo. Y mira que aprecio a Lucía, pero la cocina no es lo suyo Yo he traído de todo: patatas nuevas, ensaladas, empanada… Si Arturo quiere, que coma lo que haga su mujer, pero luego no me pidas una ambulancia. No pretendo ofender, cariño, sólo prevenir.

Alejandro frunce aún más el ceño.

María, verás, sería mejor que hoy te quedaras en casa. Haz algo ligero de cena o mejor sal a correr al parque, así te quitas algo de esas caderas de tanto trabajar sentada. Yo me paso un momento por casa de Valentín y vuelvo enseguida.

No entiendo, ¿vas solo? pregunta María, mientras su marido chasquea la lengua de fastidio.

No quería decírtelo, pero estás tan ocupada últimamente que apenas hablamos… En fin, ¡se han separado! Valentín quería nuevas emociones, y ahora tiene otra pareja. Yo en realidad ni iría, pero me ha pedido ayuda con la barbacoa, que nadie la hace como yo. Alejandro adopta una sonrisa engreída y aparta las bolsas.

A María le sorprende la noticia. Aunque tenía buena relación con Lucía, últimamente había estado absorbida por los líos con su piso de soltera y el trabajo. Encima, los inquilinos le habían dejado el piso hecho un desastre antes de largarse. Entre unas cosas y otras, hacía semanas que no hablaba con Lucía, y nunca hubiera imaginado que la familia perfecta de los Artigas se rompería así

Qué fuerte musita María.Ahora seguramente hay una de esas chicas de plástico en la casa, ¿por eso no quieres que vaya contigo?

Anda, mujer, que no es para tanto. Es una chica normal, como tú. No te preocupes, cari, ya os chismorrearéis luego tú y Lucía responde riendo Alejandro.

Algo empuja a María a insistir para ir. Tal vez solidaridad, curiosidad o simple orgullo. Finalmente, Alejandro cede y acepta llevarla.

***
Durante medio trayecto a la casa de campo, Alejandro conduce en silencio, maldiciendo los atascos y los conductores lentos de la carretera de salida de Madrid.

Mientras tanto, María intercambia mensajes con la inmobiliaria sobre la venta de su antigua vivienda.

¿Cómo van las gestiones? Veo que sin mí te las arreglas bien suena la voz lateral de Alejandro, que no deja de mirar de reojo el móvil de su mujer.

¿Qué? Ah, ¿la vivienda? Ningún avance. Unos quieren entrar antes de la venta tras pagar la señal, otros piden muebles nuevos y reformas, y tú ya sabes cómo está el piso

El dinero para arreglos no es problema replica Alejandro.

Alejandro, yo lo que quiero es irme al mar. ¿Podremos ir?

Elige: o reformas, o vacaciones en la playa… Y recuerda que yo tengo que trabajar, no puedo cogerme días así como así.

María le cuenta que una vecina le ha pedido el piso para su hija y el marido, y que está considerando alquilárselo. Alejandro monta en cólera.

¡A quién se lo vas a alquilar! Mejor reformamos, lo vendemos y ya veremos qué hacemos con el dinero, eso lo decido yo. La verdad, mejor lo gestiono personalmente, tú eres muy blanda y al final vendes por cuatro chavos, María.

¿Lo nuestro? pregunta María.

Nuestro, claro. Somos una familia, un solo equipo, María contesta Alejandro, como si rezara una máxima.

Cuando llegan, Valentín Artigas sale a recibirles eufórico.

¡Qué pasa, pareja! ¡Vaya si habéis tardado! saluda divertido.

Mientras los hombres se dan la mano, María se baja del coche y observa a Valentín: camiseta moderna bien ajustada al tripón y vaqueros rotos en las rodillas. Antes, con Lucía, jamás se hubiera puesto semejante pintura

¡Vamos, María, que pareces una extraña! bromea Valentín, abrazándola con familiaridad.

Hola, Valentín. El atasco, como siempre. Todo lo de comer está en el maletero, lo he dejado listo para el día.

Deja la comida, mujer. Ven a disfrutar, que mi chica ha encargado de todo al restaurante responde llevando a María al jardín. Las bolsas quedan olvidadas en el coche.

En la pérgola suena la risa de dos chicas que acaban de salir de la piscina. Allí está la nueva pareja de Valentín, una rubia pulcra y perfumadísima, acompañada de una amiga. Ríen fuerte, con complicidad.

Al verlas, a María se le confirman sus temores: Valentín ha cambiado a Lucía por una jovencita postiza, llena de uñas y pelo de extensión. María, que aunque no es modelo tampoco se ve fea, no puede evitar comparar.

Alejandro y ella se sientan discretamente. Su marido, apenas la atiende, se desvive en atenciones para Ángela y Dara, ignorando por completo a su mujer. María anota mentalmente el desaire.

Sobre la mesa, dos pizzas y comida rápida en platos de plástico. “¡Lucía no reconocería a Valentín comiendo así!”, piensa María, pero calla.

Voy a presentaros. Esta es María, la mujer de Alejandro. Es freelance, vamos, que está en paro dice con rechifla Valentín, hiriendo a María.Y aquí mi reina, Ángela, y su amiga Dara.

Pero ni siquiera presenta a Alejandro a las nuevas. Otro detalle que no pasa desapercibido para María.

Ángela es esteticista presume Valentín.

Soy esteticista y maquilladora, si quieres te hago descuento ofrece Ángela sonriendo a María.

Ante las dos amigas en pareos de playa, María se siente fuera de sitio. Alejandro, subido de ánimos, remanga la blanca camisa y empieza el ritual de la barbacoa. María queda sola en la mesa.

María, habla con ellas, anímate. Dara es peluquera, puede cortarle el pelo a Alejandro como Dios manda, y no ese corte a lo antiguo.

Cielo, ¿por qué te metes con Alejandro? Es muy guapo, cualquier profesional estaría encantada de atenderle. Dara ya le ha ofrecido sus servicios afirma Ángela.

Ángela, vamos a la piscina, que se hará tarde para el bañito antes de la carne dice Dara, y ambas miran a María con sonrisas retadoras.

No, gracias. Valentín, debiste avisarme. No habría venido si llego a saber qué ambiente hay ahora aquí. Cuando estaba Lucía

¡María, no hables de esa cateta! Ángela y Dara no te han faltado el respeto, y tú les saltas así…

¿Qué no me han faltado? Ángela prácticamente me llamó fea y me ofreció rebaja; y Dara, encima, lanzándose a mi marido. Que sepa que Alejandro prefiere a nuestra vecina para los cortes, ¡y sin cobrar! espeta María, dirigiéndose a Alejandro.

Éste, que babeaba mirando a las dos amigas en biquini, ve el escándalo venir.

Alejandro, llévame a casa ya le demanda María.

Pero María, si estamos a gusto intenta su marido.

Nada de a gusto. Con Lucía sí era agradable, ahora es una pesadilla. ¿Qué hago aquí con esas muñecas?

Alejandro, tu mujer está cansada. Llévatela a casa, ¡mejor! dice Valentín, y se marcha con las chicas hacia la piscina.

Alejandro frunce el ceño y se aparta del asador, cogiendo a María del brazo.

María, ¿pero tú qué haces? Ya ni sabes tratar con la gente tras tanto trabajar en casa. Vete al parque con las vecinas o con tu madre, que hoy están tus hijos dándola guerra en casa de abuela. Te pediré un taxi.

María, roja de indignación, oye las risas de Ángela y Dara. Tal vez no vayan por ella, pero se siente el blanco de la burla. Su marido insiste:

¿Es que no puedo yo disfrutar un rato tranquilo sin oírte? Nos hemos hartado el uno del otro. Aquí te has vuelto una amargada, quejumbrosa

¿Y tú quieres lo nuevo, como Valentín? ¿Por qué no avisaste que ya las conocías?

No te lo conté porque no quise. Estuvimos la semana pasada los cuatro en una terraza, ¿y qué? responde, desafiante.

Está claro, Alejandro. No vuelvas a casa sentencia María, lanzándole el resto del adobo encima. La camisa blanca, echada a perder.

María sale disparada de la finca, rumbo a la parada del autobús del pueblo, echando chispas. Por el camino llama a Lucía para desahogarse sobre las elecciones (y conquistas) de Valentín.

¿Qué quieres? contesta Lucía con voz temblorosa.

Lucía, soy María

¡No me llames! No soporto ni a ti ni a Alejandro. Él él Lucía rompe a llorar.

María intenta averiguar qué ha pasado.

Tu marido presentó a mi Valentín a esa rubia oxigenada, y se enganchó con ella. Me ha dejado por culpa de Alejandro, ¡y no digas que no lo sabías!

En realidad, María ignoraba la mitad. Lucía le cuenta cómo Alejandro llevó a su amiga a la casa y el resto pasó rápido. Tras hablar, se reconcilian, aunque el mal sabor queda.

María comprende que su marido oculta mucho y sabe que no podrá perdonar tan fácilmente.

***
Coge un taxi y va a casa de su madre, en un pequeño barrio de las afueras de Madrid. Sus hijos están allí, de vacaciones, jugando por las calles.

Su madre, Zenaida, se asusta al verla de improviso.

María, ¿qué haces por aquí tan tarde? ¿Pasa algo?

Nada, mamá, sólo quiero estar aquí tranquila. El verano se va, y todavía no hemos hecho nada con los niños.

Pero Alejandro trabaja, tiene horario estricto. Tú, sin embargo, puedes

¿Y por qué tengo que esperar por él siempre? ¿Y sacrificar las vacaciones porque él no puede?

Sois una familia, hija. ¿Cómo vas a irte sola de vacaciones estando casada?

Lo hago y punto. Él descansa sin mí; yo puedo hacer lo mismo.

Prepara el té con su madre, y María le relata lo sucedido en la casa de campo.

¡Quería emociones nuevas! Mientras él va de bares con esa lagarta, nosotros encerrados. Yo me voy con los críos, y el dinero del piso que sea para eso.

Zenaida la apoya pero pide prudencia por los niños.

Sin notarlo, los pequeños vuelven a casa.

¡Mamá! ¿Tú qué haces aquí? pregunta el menor.

Vengo a por vosotros contesta María.

¿A casa? ¡No, mamá, no queremos!

Primero a casa y luego nos iremos a la playa con tía Elena. Hace tiempo que me invita y nunca voy. Ahora sí vamos.

El incidente en la casa de campo le hace pensar en lo que ha cambiado todo con Alejandro. Sin darse cuenta, han dejado de tener intereses en común, y él ni siquiera cuenta con ella. María decide tomar las riendas y por la noche manda un mensaje a su vecina: alquilará la vivienda a su hija. Al día siguiente ya tiene el ingreso hecho. Lo hace a modo de revancha y no se arrepiente.

***
Tras aquella alegre barbacoa, Alejandro se va a dormir a casa de su madre. Pasa allí el fin de semana, pensando en cómo volver tranquilo a casa y rebajar lo sucedido.

¡María! ¡Menuda nochecita! Me ha estropeado todo refunfuña, marcando sin éxito el número de ella.

María, como él esperaba, no responde.

Bah, ya se le pasará. Se cree una reina bufa Alejandro, peleando contra las manchas de adobo en la camisa.

Tres días después, vuelve a casa para encontrarse sólo: nevera vacía, armario vacío, la casa en silencio. El móvil de María sigue apagado.

¿María, qué demonios pasa aquí? grita al conseguir por fin que le contesten.

Papá, mamá no está responde su hijo mayor, Elías, usando el móvil de ella.

Hi-hijo… ¿Dónde está mamá? ¿Estáis en casa de abuela? pregunta Alejandro aturdido.

No, estamos en la playa con tía Elena. Mamá está bañándose, yo estoy con los chicos.

¿Y cuándo volvéis? insiste él.

No sé. Mamá ha cogido vacaciones. No sé cuándo volveremos. ¡Venga, papá, adiós! dice el niño, enérgicamente.

Adiós masculla Alejandro.

***
La semana en la playa pasa volando.

María y sus hijos regresan descansados y alegres. Alejandro les recibe en casa con un humor de perros.

No le molesta solo la falta de noticias, ni que haya gastado el dinero “de ambos” en el viaje, hay algo más que no puede perdonar.

María ni le saluda; va directa a deshacer las maletas.

Los niños corren a devorar las empanadillas de la abuela, con las que Alejandro ha sobrevivido esos días. Cuando se van a su cuarto, él sigue a María.

¿No tienes nada que decirme? inquiere severo.

¿Sobre qué? responde ella, sin interés.

Alejandro ya no aguanta más.

Hemos estado ahorrando para reformar el piso. ¡Y tú te lo has gastado en vacaciones!

El piso es mío, y tú sólo pusiste cinco mil euros, el resto, cincuenta mil, los puse yo. Así que

¡No me des la espalda! No soy un niño para que me pongas cara de vinagre. ¿Y el piso, ¿qué has hecho?

Ya lo he alquilado. La hija de la vecina y su marido están dentro.

María le mira por primera vez en mucho tiempo. Alejandro ha adelgazado, los pómulos marcados, la rabia en los ojos.

¡Tenías que haberlo vendido, no alquilado! El dinero era para la reforma. No entiendo nada. Me callé cuando te fuiste a la playa, pero esto pasa de castaño oscuro.

Alejandro, que no me caliente la cabeza. Dices que no tengo por qué llevarte a todos lados por ser tu mujer. Pues lo mismo para todo: no tengo por qué consultarte cada paso. Mi piso, mis reglas.

¡No! Ese piso lo partimos a la mitad, tengo derecho como marido replica fuera de sí.

Alejandro no puede asumir que María, simplemente, se haya ido. Se casaron tras la universidad, tienen dos hijos Para él siempre fue suficiente.

Sin embargo, tras aquel día en la finca, sería absurdo apelar a pasiones ya casi extinguidas. No tanto como para divorciarse, pero sí

Cumplamos la ley, Alejandro, lo que sea justo. Pero el piso que tenía antes de casarnos, ése no. Ese ya lo venderé tras el divorcio añade serena.

¿Divorcio? ¿Has perdido el juicio? ¡Tenemos hijos! grita, desesperado.

¿Ahora te acuerdas de ellos? Excusas sobran: mujeres, control, y la casa patas arriba. Habla con Dara para que te cocine, yo quiero vivir para mí. También quiero novedades como Valentín zanaja María.

Al día siguiente, inicia los trámites de divorcio.

Pero hay que seguir viviendo juntos un tiempo en el piso.

María envía a los niños con la abuela y deja de cocinar para Alejandro. Cuesta, porque lo disfruta, pero ya no quiere alimentar a un infiel.

Poco a poco cocina menos para todos. De paso, empieza la dieta, como él le recomendó.

Alejandro abre la nevera varias veces, hasta que asume que María va en serio. Come fuera, pero pronto se da cuenta de lo caro que es, incluso para un tacaño como él.

Las primeras noches duerme, para hacerse el mártir, en la terraza sobre el colchón de los niños, pero pronto llegan lluvias y el frío de Madrid le convence para irse con la maleta a casa de su madre, que tampoco lo recibe con alegría.

Para su madre, María es la culpable y Alejandro, el pobre engañado. Alejandro se escuda acusando a su mujer de marcharse de juerga, negándose a convivir con ella.

María no puede evitar sonreír al verle tan descolocado por la casa cuando pasaba por la cocina o el pasillo.

Tras unas semanas de sopas instantáneas y noches incómodas, Alejandro se traslada definitivamente a casa de su madre.

***
A las dos semanas de la fiesta en la finca de Valentín, Alejandro llama a Dara. Se siente casi soltero, sin ataduras ni obligaciones. Se imagina ya con una mujer moderna, pero recibe un portazo.

Alejandro, fue un día y punto. No prometí nada contesta pulsa Dara, divertida.

Recuerda bien aquel señor tacaño, incapaz de regalarle siquiera un ramo de flores tras la barbacoa.

¿Cómo así, Dara? Yo pensaba que podríamos volver a vernos. Todo fue rápido en la casa, y a mí me hubiera gustado estar más contigo ¿Me sigues cortando el pelo, al menos?, bromea.

No, lo siento, tengo planes. Si acaso, te llamo yo. Aunque, ¿no estabas acostumbrado a los cortes baratos de tu vecina? se despide con elegancia.

Da igual lo que Alejandro insista. Dara no llama, ni lo invita a su casa. En el fondo, ya nada es igual; María también habló lo suyo, y la joven ha perdido por completo el interés.

Fin.

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