Tía Sonia, perdone las molestias, ¿le importaría quedarse un ratito con mi hijo? — En el rellano, un…

Life Lessons

Señora Carmen, disculpe el atrevimiento, ¿podría quedarse un rato con mi hijo? En la puerta estaba una joven con cara de apuro.

¿Perdón? respondí haciéndome la desentendida.

Me contaron los vecinos que a veces cuida, por poco tiempo, a los niños cuando sus padres tienen que salir intentó sonreír la chica.

Escúchame bien, hija. No existen hijos ajenos, todos los niños son de todos le respondí solemne.

Claro, claro ya sonreía aliviada la madre. ¿Entonces puede quedarse con él?

¿Pero cuánto rato?

Un par de horitas dijo intentando asegurar.

¿Seguro que solo un par?

Bueno quizá tres horas ya titubeó.

No, eso así no funciona dije firme. Yo recibo a tu hijo solo si pactamos el tiempo exacto y lo dejas por escrito.

¿Por escrito? ¿Para qué?

Para que sepas que por cada minuto de retraso me tienes que pagar veinte euros.

¿Veinte euros por minuto? ¡No puede ser!

Sí, sí, veinte euros por cada retraso. Así que una hora extra te saldrá por mil doscientos euros.

Madre mía ¿Y cuánto cobra entonces por tres horas?

¿El niño es niño o niña?

¿Eso importa?

Por supuesto. Cuidar a una niña tres horas son trescientos euros; un niño, quinientos.

¿Pero y esa diferencia?

¿Cómo que por qué? ¿No aprecias tú lo diferentes que son?

La verdad, quitando algunos detalles, me parecen casi iguales.

¡Precisamente! En esos detalles está la clave. Si es niño

Lo es, es niño.

Pues entonces, para recibirlo tengo que arreglarme debidamente.

¿Cómo dice?

Tal cual. Planchado de bata, manicura, un poco de sombra de ojos, un poquito de carmín Le recuerdo que el maquillaje está carísimo hoy en día.

¡Pero si mi Martincito solo tiene cinco años! ¿Para qué necesita usted estar tan guapa?

¿Cómo que para qué? ¡Los niños, desde pequeños, deben aprender el buen gusto!

¿Y las niñas?

Las niñas lo aprenden solas. Los niños tienen que distinguir entre señoras elegantes y señoras desarregladas. ¿O quiere usted que su hijo, de mayor, lleve a su casa a una cualquiera descuidada como voy vestida ahora? Espero que no va delante de su hijo en medias rotas y bata sin lavar.

¿Yo? De repente la madre se quedó pensativa y luego avergonzada. ¿No debería?

¡Hija mía! exclamé. Grábate esto: los niños buscan esposas como sus madres. Si quieres una nuera desastrosa

¡No quiero! Y ¿puedo traer ahora al niño?

¿Ahora mismo?

Sí, como le digo, solo serán un par de horas

¿Sin retrasos?

Vale tres horas, máximo, prometido.

De acuerdo. Tráelo pero en quince minutos. Por cierto, ¿a qué le gusta jugar a tu hijo?

¿Cómo dice?

¿De qué le gusta hablar? ¿Le va la ciencia, los trenes, el arte?

Pero ¡solo tiene cinco años!

Por eso mismo pregunto.

¿Por eso?

Sí. Los intereses se forman a esa edad. Mi hijo Enrique, con cinco años, desmontaba una bicicleta, hasta piezas de motor si le dejabas.

¡¿Con cinco años?!

Claro, porque el padre era el mejor mecánico de Valladolid. ¿No lo sabías?

No

Pues mi otro hijo, con cinco años, ya tocaba el violín. Y aunque le dijimos que la música no iba con él, hoy es profesor de solfeo en el conservatorio. Eso demuestra que puede lograr todo lo que quiera. Y el tercero

El tercero es deportista, ¿verdad? intervino la madre.

¡Así es! Por eso aún conservo el espaldero en el pasillo, y si Martincito quiere trepar, le enseño ejercicios estupendos.

¿Usted? preguntó sorprendida. ¿Sabe ejercicios?

Claro. Tengo, además, piano, violín, libros de técnica, de arte y hasta de pesca. Si me dices qué le interesa, lo tengo entretenido esas tres horas, ¡ni se acordará de usted!

Si le soy sincera, no le interesa nada en especial admitió triste la madre.

¿Y a qué sueña?

Creo que a nada.

¿Nada? me extrañé. Un niño de cinco debe soñar con varitas mágicas, volar, convertirse en extraterrestre, meterse en la lavadora y que alguien la encienda; desmontar la tele; tocar a un tigre en el zoo. ¿Nada de eso?

Solo quiere un móvil como los adultos dijo cabizbaja la madre.

Bueno entonces trae a tu hijo pero en quince minutos. Y te cobro solo trescientos, como si fuera una niña.

¿Por qué? se molestó la madre. ¡Si es niño!

Eso no importa tanto, todavía. Pero te aseguro que te lo devuelvo hecho un chaval de verdad.

¿De verdad? se asustó ella. ¿Cómo va a hacer eso?

No te preocupes, déjamelo a mí. Y la próxima vez, ya te cobro tarifa de chico. ¿Está bien?

Vale aceptó agotada. No tengo alternativa.

Perfecto, ve a por el niño. Yo me acabo de arreglar.

A la mañana siguiente, mi Martincito se despertó corriendo y preguntó:

Mamá, ¿hoy voy con la abuela Carmen?

¿Por qué? le respondió su madre entre celosa y asombrada.

¡Porque con ella se pasa genial! contestó el niño entusiasmado.

Supongo que al final, da igual el dinero o los minutos: el cariño, la atención y cierta dosis de humor y buen ejemplo son las mejores recetas para que los niños crezcan felices y para que quieran volver.

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