Destinos de Mujeres. Marianela Murió la abuela Anastasia y a Marianela la invadió una profunda tris…

Life Lessons

Destinos de mujeres. Mariana

Murió la abuela Inés, y desde entonces no levanto cabeza. Me siento sola, y más aún porque, según mi suegra, no valgo para este hogar. Dice que soy demasiado delgada, que no trabajo lo suficiente y que a saber si seré capaz de tener hijos. Una chica como yo, debe pensar, no tiene madera de madre ni de esposa.

He aguantado todo sin rechistar, pero en los días de mayor tristeza, corría a consolarme a casa de mi abuela Inés. Ella era mi persona más querida, pues me crió cuando perdí a mi padre y, diez años después, a mi madre, que se fue apagando de una tisis.

Cuando Tomás puso sus ojos en mí, solo Dios sabe qué le atrajo tanto. Guapo, fuerte, en casa de familia próspera… y mira tú por dónde, se enamoró como un crío de una huérfana sin nada. Así me llamaba a mis espaldas mi suegra, Luisa, con ese vozarrón tan seco.

Puse todo de mi parte para caerle bien. En la casa lo hacía todo y nunca me quejaba; cogía lo que tocara: desde fregar el suelo hasta cuidar del huerto. Pero nada era suficiente.

Mientras Tomás estaba, la vida se llevaba mejor. Pero en cuanto él salía a trabajar a otros pueblos, el ambiente en casa se volvía irrespirable.

Ten paciencia, Marianita, aguanta y verás como todo llega, me decía mi abuela mientras me abrazaba en su regazo. Ahora que tampoco está ella, los años pasan y Luisa me mira cada vez peor, como si le hubiera robado algo.

Mi suegra pensaba que, siendo ella quien escogía nuera, todo sería más adecuado: una muchacha fuerte, hija de familia rica. Así se hubieran aliado para que la herencia llegase a los bisnietos. Pero Tomás siempre ha tenido carácter propio, igual que su padre. Muy serio, hombre de palabra y de acción.

Tomás ha sido siempre un buen cabeza de familia. Tras morir su padre, cogió las riendas y hasta hizo prosperar la pequeña finca. A su madre la respetaba, pero no se dejaba manejar. Cuando decía algo, era ley.

A mí me amó desde el primer día. Recuerdo cómo me miraba, flaquita, de piel clara, los ojos azules grandes y vivos, la nariz respingona… y él, convencido, listo para dejarlo todo por mí. A mí no me conmovieron la casa o el dinero; le dije sí porque sentí que, por primera vez, alguien veía mi alma. Yo también le amé locamente.

Sabía que su madre era difícil, una mujer muy suya y de malas pulgas. Incluso así, acepté que vinieran los padrinos de boda y me fui a vivir a la casa de Tomás.

Soporté ataques, malas caras y palabras venenosas. Y cuando el llanto me ahogaba, huía a casa de mi abuela, me sentaba a sus pies, apoyaba la cabeza en sus rodillas y lloraba como una niña. Ella me peinaba suavemente, murmurándome al oído una oración a la Virgen, pidiendo protección para mí.

Pasaba un rato y todo parecía menos negro, me sentía capaz de volver a enfrentar el día.

Ahora que Inés se marchó dormida, tranquila y sin molestar, se apagó mi última esperanza familiar. Lloro como nunca antes; de verdad que no hay consuelo. Dicen que el tiempo cura, pero no es verdad: el dolor vuelve cuando la memoria trae a mis manos aquellas caricias cálidas.

El ambiente en casa, con Tomás lejos y Luisa presente, se ha hecho irrespirable. De su boca, día tras día, salen venenos y quejas: que si llevo años aquí y no he dado ni un nieto, que si soy un parásito…

Ese asunto me atormenta como el infierno. Sé que mi suegra susurra a Tomás que estoy maldita o estéril, que no tendrá hijos conmigo. Tomás lo ignora, pero me duele igual. En el pueblo ya murmuran que su linaje se acaba conmigo.

Intento sacar fuerzas, pero a veces me vence la tristeza. Solo cuando Tomás vuelve y me abraza, todo el dolor parece disiparse, al menos por un momento.

Tal vez Dios escuchó mis ruegos, o tal vez el amor obró algún milagro, porque llegó el día en que supe que iba a ser madre.

Luisa se enfadó aún más, pero Tomás me amó más que nunca.

Mi suegra iba detrás de mí, trabajara lo que trabajase. Si me veía descansar, gritaba: ¿Te crees que por estar preñada puedes tumbarte y no hacer nada? Aquí no somos señores, anda, a por agua, que en esta casa no hay servidumbre y aún queda mucho que hacer. Si no puedes, lárgate, que mi hijo no merece una mujer inválida.

Yo callaba y, llorando por dentro, seguía trabajando. Las vecinas, al verme acarrear agua con la barriga tan grande, negaban con la cabeza: Luisa se ha vuelto loca, pobrecilla.

Nació el niño, pero vino al mundo muy débil, sin fuerzas, como si fuese a irse ya mismo. Se ponía azul y a veces ni respiraba.

Luisa, mirándole con asco, soltó: Igual de debilucho que la madre. Yo, llorando, suplicaba: Mamá, es vuestro nieto, el hijo de Tomás, ¿cómo podéis decir eso? Ella respondía: ¡Ojalá al menos llegue a heredar algo! Ya verás, en nada estaremos haciendo el ataúd.

Mi llanto llenaba la casa, pero a ella parecía gustarle relamerse en mi desgracia, pensando quizás en empujar a Tomás hacia una nuera de verdad.

Tomás, al regresar de trabajar, me cuidaba. De noche, tomaba al niño en brazos, tan pequeño que cabía en sus manos, y parecía que el niño se tranquilizaba bajo su protección de padre.

Llegó el bautizo y llamamos al niño Leandro. Seguía débil y enfermo, sin engordar ni prosperar.

Un día, Tomás tuvo que ir lejos, a trabajar por el río. Será un viaje largo, no te preocupes y cuida de Leandro. No escuches a nadie, me dijo al despedirse.

Luisa, al verme sola, se hizo más insaciable. Trabajo y más trabajo, casi sin dejarme respirar. De noche apenas dormía, el niño llorando sin consuelo, y por el día la hacienda reclamando mi cuerpo.

Me consumía. El niño, como si lo sintiera, empeoraba.

El otoño ya había llegado, frío y lluvioso, y Tomás no volvía.

Una tarde, Luisa soltó, de pasada: Hace bien Tomás en tardar; que busque otra mujer más guapa y sana en otro lado.

Esas palabras, veneno en mi mente, me hacían temer que quizás tenía razón mi suegra.

Cada día, poco a poco, Luisa minaba mi ánimo. ¿No te da pena Tomás? El niño morirá, tú te morirás de pena, y mi hijo acabará entristecido por tu culpa. ¿No deberías dejarle libre?

¿Adónde iría con mi hijo, mamá? Pronto llegará el frío, y el niño está demasiado enfermo…, respondía yo, rompiéndome por dentro.

Ay, que importa, si muere, mejor. Así Tomás podrá formar una familia de verdad, con muchos niños fuertes.

No podía creer lo que salía de sus labios, ¿cómo era capaz de tanto desprecio?

El niño, como si entendiera mi angustia, empezó a asfixiarse de nuevo.

Piénsalo, Mariana, dijo Luisa saliendo de la estancia. La felicidad no se construye sobre desgracias ajenas.

Pasaron los días, la nieve blanqueaba los tejados, el frío se volvía insoportable. Me iba desgastando, y aunque empecé a responderle a Luisa, no servía de nada; no era mi casa ni mi gente. Guiada por sus palabras sibilinas, empecé a creer que Tomás nunca volvería, que era culpa mía.

Mira que no vivir ni dejar vivir, murmuraba Luisa.

Ese día cogí cuatro cosas, envolví a Leandro en un mantón y salí sin mirar atrás. Luisa esperó quieta, complacida, pues hacía semanas que le había llegado noticia de Tomás: fue atacado por bandidos, lo hirieron, pero estaba vivo, recuperándose en la ciudad. Mejor que yo pensara de otra forma, así podía manejar la historia a su antojo. Cuando Tomás volviera, ella diría que el niño murió y yo, loca de dolor, me fui sola.

Al día siguiente, expandió por el pueblo que yo me había marchado, loca tras la muerte de mi hijo.

La gente murmuró un par de días. Llegó el invierno, cada cual a su casa, y la historia se enfrió.

Caminé largo tiempo, temerosa de encontrarme malas personas en el bosque. No tenía miedo por mí, pero sí por mi hijo. Llegué a una aldea, pensando que ojalá algún alma bondadosa nos diera pan y refugio aunque fuera por un rato.

Las calles, desiertas; solo se oía el humo de las chimeneas. Me senté junto al pozo, para descansar y dar calor a Leandro.

Se acercó una mujer con caderas anchas y mejillas enrojecidas por el frío. Me miró de arriba abajo y preguntó: ¿Y tú de quién eres? ¿Te has helado?

No soy de nadie. De paso, tengo que ir al pueblo de al lado, mentí.

¿Y allí a quién buscas?, insistió ella.

Mi padre está allí, seguí mintiendo.

¿Y te deja ir sola, con el crío, con este frío? Hasta un perro tendría donde resguardarse, dijo, y entonces el llanto me rompió por completo. Me tapé la cara con las manos heladas, sin poder parar.

Venga, levántate, vente conmigo, ordenó ella, y me ayudó a incorporarme.

Entramos en su casa. Qué calor, la leña chisporroteando, olor a hierbas. Me deshice en el banco al lado del fuego, solo entonces supe cuánto agotamiento traía.

Ella me ayudó a quitarme el abrigo, me recogió al niño y dijo: Me llamo Jacinta, mientras lo sacaba de los mantos.

¡Madre del amor hermoso, qué canijito! ¿Está bautizado?

Sí, ya le bautizamos, se llama Leandro, susurré antes de desmayarme de puro cansancio.

No sé cuánto dormí. Al despertar, estaba arropada, sola en la cama. Me asusté, corrí por la casa hasta que Jacinta entró con Leandro en brazos.

Tranquila, déjate de sustos. Has estado tres días inconsciente. Ya puedes contarme de dónde vienes.

Le conté todo: el amor, el desprecio de mi suegra, el nacimiento y enfermedad de mi hijo, mi angustia sin consuelo. Ella escuchó sin interrumpir.

Los caminos del Señor son extraños, dijo al final. Pero aquí tu hijo se va a curar. Y tú, si te quedas, la vida te enseñará el sol de nuevo. Por muchos palos que queden, si tienes luz en tu alma siempre hallarás salida.

Solo quiero ver a mi hijo, doña Jacinta.

Vendrás, pero no te lo puedo devolver aún. Confía.

Me vestí y la seguí hasta un claro del bosque. Pasamos entre árboles y al llegar a una cabaña, nos esperó una anciana, la madre de Jacinta. Se llamaba Agustina y todos en la comarca la creían bruja.

No me dio miedo, más miedo tenía yo de mi suegra. Nada más ver al niño, sonrió complacida. Pasa y mira a tu niño, duerme tranquilo, no lo despiertes.

Me señaló la cuna; allí Leandro parecía más sano, con color en la cara y durmiendo en paz.

Si te quedas inquieta, observa, dijo doña Agustina. Venías todos los días al cementerio, y una mujer encinta no debe hacerlo. Trajiste contigo el peso de la muerte, y eso se pega a los recién nacidos. Pero aquí vamos a curarle.

Un alivio inexplicable me envolvió.

Al cabo de una semana, Jacinta me devolvió a Leandro, fuerte y sano como un querubín. Vivía con ella ayudando en todo lo que podía, y no me faltaba nada.

Le pregunté por qué su madre, tan buena sanadora, vivía apartada. Hace años, cuando ayudaba a todas las parturientas sin cobrar, murieron dos bebés en el mismo mes y la gente la culpó de envidia y hechizos. El miedo y la maldad la obligaron a irse al monte. Si alguno necesita curar a un niño, se lo llevan y lo dejan en la puerta; ella lo atiende y si sale tres días después, está sano, me dijo Jacinta.

El tiempo pasaba. En el pueblo, Tomás por fin se recuperó de sus heridas y regresó a casa. Al llegar, buscó nuestra habitación y se encontró la casa fría, sin rastros ni olores familiares.

Luisa le contó su versión: que el niño murió y yo, loca de dolor, me fui. Tomás calló, roto de dolor, incapaz de vivir. Pasó el invierno como un alma en pena.

Luisa, intentando animarle, buscó otras muchachas para presentarle, pero Tomás estalló: No quiero oír de bodas. Ni una fui capaz de salvar, ni a mi hijo, así que no hables más de esto.

Pronto Tomás se convirtió en un hombre huraño, taciturno, sin alma ni chispa. Solo la hacienda le distraía, y al anochecer se enclaustraba en su cuarto.

Luisa se fue consumiendo, presa de la culpa, hasta caer enferma y morir antes del final del verano, sin confesar nunca la verdad a su hijo.

Tomás se quedó absolutamente solo. Pensó que, al cabo del tiempo, nada le unía ya a la vida y decidió seguir a su madre en el último viaje, cuando cumpliera la cuarentena de rigor.

En la otra punta del monte, Jacinta me propuso salir a recoger arándanos silvestres para hacer remedios de invierno. Acepté con alegría, dejando a Leandro en sus brazos.

El día del funeral de la suegra, Tomás salió de casa tras despedirse de todos. Caminó hacia el bosque con el alma quebrada, recordando su vida: la infancia huérfana, el amor perdido, la esperanza muerta. Llegó al borde de una charca, sintiendo que la tierra le tragaba.

Escuchó entonces un canto lejano, de mujer. Creyó que era un fantasma, el eco de mi voz desde el otro mundo. Viendo el peligro, corrí hacia él: ¡Tomás, que estoy viva!, grité.

Él se quedó helado, pensando que deliraba. ¿Viva?, repitió dudando.

Al darse cuenta, trató de salir del lodo, y yo, desgarrándome las manos, le ayudé hasta que logramos liberarle.

Nos abrazamos, lloramos, reímos, no sabiendo si creernos vivos de nuevo.

Cuando supo que Leandro vivía y crecía sano, Tomás lloró como un niño. Jacinta tuvo que prepararle una infusión calmante. Dimos gracias por la misericordia que nos había devuelto la vida.

Sin perder tiempo, decidimos empezar de nuevo. Tomás vendió poco a poco la finca y mudó la vida a esta pequeña aldea, donde Leandro crecía bajo el abrigo de mi nueva familia elegida.

Así, sobre la tumba de las viejas penas, brotó una vida nueva. La memoria de Luisa, que tantos males sembró por cobardía y envidia, se fue borrando. Nadie supo nunca si su alma encontró consuelo. Lo cierto es que, por fin, llegó la paz a nuestro hogar sencillo, bajo el techo bondadoso de Jacinta.

©Con el tiempo, aprendí a sonreír sin miedo. La soledad fue llenándose de otras voces: risas, canciones, el llanto de un Leandro travieso y sano. Ayudaba a Jacinta y Agustina, y las gentes del nuevo pueblo, poco a poco, nos hicieron un sitio entre ellas, sin preguntar demasiado.

Los días duros se fueron quedando atrás, convertidos en recuerdos que ya no hacían daño, sino que recordaban la fuerza de seguir andando. Tomás y yo, lejos de lujos y mandatos, vivíamos del trabajo de nuestras manos y del milagro sencillo de ver a nuestro hijo crecer bajo el sol de las montañas.

A veces, al mirar los ojos vivos de Leandro, sentía junto a mí el perfume de la abuela Inés y el abrigo de tantas mujeres fuertes, entre ellas Jacinta y Agustina, que me habían ofrecido casa y esperanza. Ya no era una huérfana sin nada, porque sabía que la verdadera familia se forma con aquellos que curan tus heridas y caminan a tu lado cuando más lo necesitas.

Así cerré la puerta a los reproches del pasado y la abrí de par en par a la vida nueva. Porque, aunque el destino de las mujeres parezca dictado por otros, siempre queda un recodo del camino donde el amor y el coraje rehacen el mundo desde el principio, y la dicha se enciende, por fin, como la primera luz del día.

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