Julia yacía en el sofá y sollozaba amargamente. Su marido, hace un par de meses, le confesó que tení…

Life Lessons

31 de diciembre, Madrid. Apunté la fecha en mi diario, sabiendo que sería difícil olvidarla algún día. Hoy, mientras caía la tarde, vi a Alba llorando desconsolada sobre el sofá. Comprendí que el dolor era profundo: hace un par de meses, su marido, Iván, se había sincerado.

Alba, perdóname… Han pasado dos años y no hemos tenido niños. Yo mismo llegué a dudar de mí, musitó él, con la mirada fija en el suelo. Y ahora… ella… bueno, la otra va a tener un hijo mío…

¿La amante?, susurró Alba, con voz apagada.

Llámala como quieras… Dentro de unos meses seré padre. Lo siento mucho.

Alba no quiso discutir, ni preguntarle por qué había esperado tanto. Solo sintió el peso de la soledad en el umbral del Año Nuevo, justo cuando todo el mundo parece feliz.

Yo la observé mientras ella se acurrucaba, sin ni siquiera desvestirse, sobre aquel sofá tapizado. Entonces, la nostalgia la asaltó, y recordó, como haciendo un viaje en el tiempo, un remoto Año Nuevo de su infancia.

Alba cursaba entonces quinto de primaria, y tras las clases siempre pasaba por el Rastro, junto a sus amigas. Aquel mercadillo de objetos de segunda mano era para ellas un bazar de maravillas. No eran las camisas o los vestidos lo que les llamaba la atención, sino las figuritas y amuletos, los juguetes y las joyitas.

Ese día, Alba vio enseguida una cajita musical preciosa. Era azul celeste y con pequeños adornos dorados. Se quedó allí, mirándola como hipnotizada. Cuando el dependiente levantó la tapa, la música empezó a sonar y, desde el terciopelo, emergió una bailarina diminuta, vestida con tutú blanco, que comenzó a girar. Alba casi dejó de respirar. Aún había un pequeño cajón secreto, donde guardar tesoros.

Sus amigas, Sofía y Marisa, se acercaron con asombro.

¡Qué pasada! ¡Menuda joya!, exclamó Sofía.

¿Cuánto pide por ella?, interrogó Sofía al dependiente.

Él sonrió y dijo una cifra que para unas niñas era imposible: ochocientas pesetas.

Jamás podré ahorrar tanto, pensó Alba.

Era cierto: a ellas para el recreo les daban apenas quince pesetas, con lo que podías tomar un bocadillo y una fanta. Tal vez, si inventaba que iba al cine, su madre le daría cincuenta pesetas. Pero sus padres… El padre de Alba estaba de viaje de negocios hasta la semana siguiente. Él sí que podría haberle comprado la cajita, pero pedirle eso a su madre era otra cosa.

Podía oírla decir, aguda, desde la cocina:

¡¿Tú estás loca?! ¡Por una bailarina azul pagar ochocientas pesetas! Con eso hago el puchero para toda la semana y os tengo a todos bien alimentados.

No, mejor esperar al papá.

Y así, Alba se pasaba cada tarde por el mercadillo, miraba a la bailarina, y el dependiente, buen hombre, ponía la música solo para ella. En seis días, Alba se sabía ya todos los detalles: un borde dorado un poco desgastado, la falta de una puntita en el tutú, una minúscula mancha en el vestido de la bailarina Ella los conocía mejor que nadie.

Cuando su padre llegó por fin, Alba le llevó directa al puesto.

Lo siento, dijo el dependiente. Se la llevaron hace un par de horas. No llegasteis a tiempo.

Las lágrimas le brotaron a Alba sin que pudiera evitarlo.

Venga Alba, cielo… no llores. Si quieres te compro una tarta de trufa, esa que te gusta tanto, con los champiñones de chocolate por encima, le ofreció su padre, intentando consolarla.

Aceptó. La tarta de trufa era su debilidad. Pero la pena seguía ahí, palpitando, por la cajita y su bailarina.

Al día siguiente, Marisa apareció en clase con… la cajita. Alba la vio y notó la punzada del disgusto. La amiga le dio cuerda y la música sonó. Toda la clase se agolpó para ver bailar a la figurita.

Me la ha traído mi abuela, presumió Marisa. Ha venido a Madrid por Nochevieja y no me quitaba la cajita de la cabeza, así que la convencí.

Yo también la quería, protestó Sofía, con un deje de envidia.

Alba no aguantó más y salió del aula llorando. Pedro, un chaval de su clase, salió detrás.

Alba, no llores. Te encontraré otra igual, te lo prometo dijo, acercándose tímidamente.

¿Dónde la vas a buscar? Anda ya…, le respondió ella, enfadada.

Aquella tarde hizo un frío insoportable en la ciudad. Alba se quedó en el patio sin abrigo y, claro, acabó enferma.

Pedro pasó a verla a casa.

Todavía no la he encontrado, pero lo haré, de verdad insistió él.

¿Pero cómo? Si pone Hecho en Alemania del Este… es extranjera. Eso aquí no lo encuentras le replicó ella.

Entonces me iré hasta allí si hace falta sentenció Pedro, con firmeza de crío.

Desde ese día, su amistad creció. Primero de niños y, en octavo, Pedro se atrevió y le dio su primer beso. A ella no le importó. A partir de ahí, fueron más que amigos. Todo era abrazos, charlas eternas y besos junto al portal.

Después de COU, a Pedro lo llamaron a la mili y, por caprichos del destino, lo destinaron… a Alemania. Le escribía cartas a Alba, bromeando siempre con lo de la caja musical.

Pero, antes de que regresara, Alba conoció a Iván. Él la deslumbró un día cualquiera, improvisando una canción para ella con su guitarra en una terraza de la Latina. A la segunda noche juntos, ella ya sintió que había encontrado a alguien especial; a los dos meses, se casaron.

Pedro volvió, supo de la boda y, sin decir nada, embarcó como marinero en un buque noruego. Apenas volvió por Madrid.

Hoy, sentada en mi sillón, Alba preparó café y me contó, entre silencios y monosílabos, que en estos días fríos no llora tanto por su marido infiel, sino por lo que no fue con Pedro. ¿Dónde estaría ahora? ¿Sería feliz?

Al mirar el calendario, 31 de diciembre, Alba decidió cenar sola. Se acercó al Mercado de San Miguel y al supermercado, compró unas cosas para preparar una cena sencilla que le alegrara esa noche.

Mientras subía en el ascensor, al llegar a su rellano, bajó un hombre disfrazado de Papá Noel. Alba apenas pudo disimular el llanto.

Pero, hija, ¿qué haces llorando hoy? ¡Es Nochevieja! Anda, toma esto le dijo el hombre, dándole una caja al azar, antes de perderse escaleras abajo.

Sin palabras, Alba entró a la cocina, abrió la caja… y allí estaba una cajita musical azul celeste con adornos dorados. Casi sin respirar, abrió la tapa, dio cuerda y la bailarina emergió. Esta vez lucía dos zapatillas impolutas. Alba abrió el cajoncito secreto… y encontró un anillo de compromiso.

Corrió a la ventana. Abajo, en la calle apenas iluminada, divisó la figura de Papá Noel alejándose. Todavía descalza y sin pensarlo, bajó corriendo.

Al verse, el disfrazado se giró. Era Pedro. Sin palabras, Alba se lanzó a sus brazos, se fundieron entre risas y lágrimas.

Mira que eres terco. Al final la conseguiste…

Te lo prometí, Alba. En Alemania encontré la caja. Ya es tuya.

Y en ese instante entendí: a veces la vida da vueltas para llevarte de regreso al lugar y la persona donde siempre debiste estar. La infancia y sus sueños no se olvidan, solo esperan el momento de reaparecer. Hoy lo aprendí de la forma más inesperada, en una Nochevieja que jamás olvidaré.

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