Leonor, hay que hacer algo suspiró Clara al otro lado del hilo, su voz flotando como humo en la madrugada.
¿Qué pasa ahora? preguntó con cierto desasosiego su hermana menor, Teresa.
El timbre telefónico ya había despertado en ella una ansiedad adormilada; normalmente intercambiaban notas lacónicas por el grupo de WhatsApp familiar, pero aquella vez Clara insistió en hablar con voces.
Mamá ya no puede vivir sola más tiempo.
Si hablaras con ella más a menudo, lo sabrías lanzó Clara, en una nube de reproche transparente.
¡Ay, venga ya! No empieces con tus discursitos, dime qué ocurre. ¿Qué es eso tan urgente que desconozco?
Clara suspiró otra vez, sentada frente a la ventana, con la Plaza de Castilla distante volviéndose líquida en la niebla. Las quejas de la pequeña siempre llegaban envueltas en falsa inocencia; últimamente, cualquier atisbo de consejo servía para que Teresa desenfundara el orgullo. Una independencia de quita y pon.
Mamá tiene ya setenta y tres años. La tensión le sube y baja como las campanas de la iglesia, siempre andaba floja.
Apenas puede prepararse la comida y mantener el piso ordenado ya le supone un suplicio, enumeró Clara con esa paciencia que se parece al cansancio. Hoy por hoy, salir siquiera a por una barra de pan al mercado le cuesta el alma.
Menos mal que la vecina, señora Engracia, le sube de vez en cuando cualquier cosilla.
¿Insinúas que mamá se muere de hambre? Teresa se removió, como si oliese a mar rancio.
¡Que no! Voy cada dos semanas, le llevo lo necesario. Pero mamá ya no puede estar sola. Y si se cae, ¿qué? ¿Y si se rompe algo? Su peso ya es un problema, luego vendrán las lamentaciones.
El silencio de las hermanas era como una alfombra que ahoga los pasos.
Candela, en su juventud, siempre fue generosa de cuerpo y apetito. Años arriba, kilos también. Las indicaciones de sus hijas respecto a la dieta le dolían como una espina de sardina atravesada.
Y además, se le parte el alma de soledad, lloriquea cada vez que me despido. Dice que estamos todas en la luna de Valencia continuó Clara. Todo esto es un desvarío.
¿Qué propones entonces? No te entiendo.
Clara tragó saliva. Hablar con Teresa se le antojaba cada vez más volátil, una negociación de humo y espejos.
Propongo que te mudes con mamá.
¡Qué maravilla! ¿Y tú? ¿Por qué no lo haces tú? Teresa lanzó la pregunta como una pedrada. Déjame adivinar: tienes a Carlitos, el marido perfecto, y a tu hijastro, pobrecito Javier, que con veinticinco añitos sigue siendo un niño. ¿Es eso?
Teresa, no vengas con eso
Es que siempre decides por todos, ¡y a mí me tratas como si importase un pimiento! Teresa casi gritaba, sus palabras se resquebrajaban como platos de loza antigua.
Ahora fue Clara quien se enfadó:
¿Y cuando mamá se desvivía entre el abuelo enfermo y vosotras? ¿Cuando llevaba legumbres del pueblo, o cuidaba de tu hija Lucía para que tú, la niña mimada, pudieras trabajar y descansar? ¿No te venía todo al pelo entonces? ¡Nunca protestaste!
Unos segundos de pausa, el recuerdo cayendo en la sopa.
Clara tenía razón: cuando terminó el suspiro nupcial con el padre de Lucía, su exsuegra la buena de doña Filomena permitió que Teresa y la niña se quedaran en aquel piso de Valladolid hasta la mayoría de edad.
Doña Filomena era parca en cariños con la nieta, y el exmarido pagaba pensión miserable. Fueron años donde Teresa corría como un ratón, sobrevivía como podía. La ayuda de sus padres fue luz entre tanto pasillo oscuro.
Al cumplir Lucía los dieciocho, su abuela política les pidió amablemente la llave. Lucía ya estudiaba en Salamanca y salía con un chaval de Zamora, así que Teresa se buscó la vida: marchó a Madrid, trabajos esporádicos, alquiler compartido. Con más de cuarenta años, reengancharse a una vida digna era como escalar la Giralda descalza.
Aun así, estaba tranquila consigo misma y desde luego a la aldea no pensaba volver.
¡Como si supieras lo que cuesta criar sola a una hija! espetó Teresa, hurgando en la herida, sabiendo de antemano que sería certera.
Eso dejó muda a Clara, por un rato largo.
Ella, tras licenciarse, se quedó en Valladolid, trabajaba de contable, esperó un futuro de boda sensata.
Pero los pretendientes salían rana: bebedores, mimados de mamá, algún que otro caradura.
A los treinta y nueve conoció a Carlos tres años mayor, viudo, con Javier, un hijo callado de diez primaveras. Carlos era electricista y manitas; arreglaba todo en el vecindario y no gastaba en vicios, callado como una procesión. De genio limpio, ordenado cual archivo parroquial.
Clara se enamoró con locura. El flechazo les llevó al altar en un año. Durante catorce años de casados, se desvivió por él y Javier. Sin conseguir tener hijos propios, hizo de ellos su faro. Por nada lo perdería ni por todas las empanadas gallegas del mundo.
Quise llevarme a mamá, dijo entonces, ya ronca por dentro pero ni lo quiere oír.
¿Ah sí? ¿Y Carlos, tu santo varón, no se molestaría en meter a la suegra en un piso de dos dormitorios? ironizó Teresa, ¿o simplemente sabías que mamá te diría que no y por eso ni preguntaste?
¡Ya, Teresa, no estás para bromas! En serio
¡Hasta aquí llegamos! masculló Teresa y cortó la llamada.
El silencio se convirtió en bruma, ululando entre el sofá y la lámpara de techo.
Clara sujetó el móvil como si fuera un huevo hervido, mirando sin ver. Lo más sencillo sería que Teresa volviera a casa. Ella podría ayudar con dinero y comida, incluso buscarle teletrabajo.
En aquel pueblo de Segovia, curiosamente, la fibra óptica brillaba más que las estrellas de la sierra.
Pero Teresa seguía inamovible, igual que en la infancia, rebelde y consentida. Y ya ni mandar se podía.
«Hablé con mamá. Dice que está perfectamente y no necesita ayuda. Deja de hacer teatro.» llegó el WhatsApp de Teresa a la mañana siguiente.
Clara ni contestó.
¿Qué sentido tendría? La pequeña apenas llamaba a la madre una vez al mes, un par de mensajes al día, y mamá ni se atrevía a quejarse ante ella por miedo a disgustarla y que se alejara más.
Solo Clara escuchaba las penas, cada semana, luego pasaba noches en vela.
Hasta Carlos, siempre imperturbable, preguntó si pasaba algo. Pero Clara no quiso cargarle con el peso, ¿para qué? No le concernía o eso creía.
¿Contratar una cuidadora? Imposible: ni con la paga extra de Navidad.
Basta ya Carlos dejó el vaso de té en la mesa con un golpe que sonó a campana de convento. Llevas tres meses ausente. ¿Qué pasa, mujer?
Clara rompió a llorar, como bajo la lluvia de una verbena. Pero enseguida se limpió la cara y resumió la cuestión. Sabía que a los hombres las lágrimas les saben a sal de mar muerto.
¿Por qué no me contaste que doña Candela va mal? clavó Carlos sus ojos como estacas en ella.
Es que no quería preocuparte balbuceó Clara.
Quizá había hecho mal en contarlo. Un marido no quiere líos pensó en bucle.
Ya veo, recitó Carlos, alzándose y cruzando el salón Gracias por la cena. Me voy a la cama.
Ni noticiero, ni tertulia política. ¿Y ahora?
Clara apenas durmió esa noche y por la mañana se le pegaron las sábanas. Sábado y sin oficina, pero siempre servía el desayuno a la misma hora. Otra culpa para la mochila
Pero allí estaba Carlos tomando el café, revisando algo en el móvil.
¿Despierta? inquirió serio, aunque algo blando en el acento.
Sí, Carlos, ya desayuno, ya te sirvo, se apuró Clara.
Siéntate, tenemos que hablar.
Clara se apoyó en el taburete, sintiendo que el suelo era de musgo.
He estado pensando. Hay que ayudar a tu madre. No se abandona a los viejos. La mía no pudo ver la vejez Así que: nos mudamos al pueblo.
Ya he mirado; puedo trabajar con el ganadero de allí, y algún apaño te sale.
A punto estuvo de caerse de espaldas.
¿Estás seguro, Carlos?
Completamente. ¿Crees que olvido que doña Candela trató a Javier como a un hijo, o cómo me cuidaba ella? No, Clara, mi memoria es de elefante. Y además, hace años que sueño con cambiar el asfalto por la tierra. Si mi suegra está de acuerdo, damos el paso.
Clara le miraba con los ojos abiertos, como quien mira una sorpresa en los Reyes Magos. ¿Estaría soñando todavía?
¿Y Javier? preguntó, porque el sueño siempre se enreda.
¿Javier? replicó Carlos, ingenuo Un hombretón, con carrera, con empleo Se alegrará de quedarse con el piso para él solo.
¡Carlos, cielo! Clara le abrazó, olvidando por completo que él odiaba esos espasmos sentimentales.
Y él, sin embargo, la sostuvo entre los brazos, acariciándole la espalda:
Anda ya, no hagas teatro. Todo va a ir bien.
Clara quiso creer que era cierto, y el mundo entero, por un momento, olió a pan recién hecho en la casa de su madre.





