Me casé solo tres meses después de terminar el instituto.
Tenía apenas 18 años, con el uniforme aún colgado detrás de la puerta de mi habitación y con la cabeza llena de sueños y fantasías.
En casa todos sabían que tenía novio.
Mis padres me suplicaban que esperase, que estudiase, que aprovechase la oportunidad que me querían dar para ir a la universidad.
Pero yo, terca como una mula castellana, no hice caso.
Me casé con un hombre cinco años mayor, convencida de que el amor era suficiente para todo.
Vivimos en una habitación alquilada, con una cama prestada, una cocina vieja y una nevera que sonaba como si en cualquier momento fuese a arrancar por Madrid como un tractor.
Los primeros años fueron una carrera contra el cansancio.
A los veinte ya estaba embarazada de mi primera hija, y poco después nació el segundo.
Mi marido trabajaba cuando le apetecía, llegaba agotado, malhumorado, y muchas veces sin cobrar la nómina entera.
Yo hacía milagros con la comida: alargaba el arroz, ahorraba aceite, aprendí a cocinar lentejas de tantas formas que ni Arguiñano se lo creería.
Lavaba a mano, cargaba cubos de agua, dormía poco.
Nunca me gustó contar mis miserias.
Por fuera parecía tranquila, ordenada, bien casada.
Por dentro estaba para el arrastre.
Después de cinco años de matrimonio y ya con una casita de protección oficial, todo se vino abajo.
Me enteré de que estaba liado con una mujer casada.
No era solo un rumor.
El marido de la señora empezó a buscarlo, a escribirle, a aparecer cerca de nuestra casa.
Una mañana, mi marido hizo la maleta, me dijo que se iba unos días, y nunca volvió.
No es que simplemente se fuese, es que me dejó con dos niños pequeños, facturas por pagar y una casa que mantener.
Ahí empezó de verdad mi vida como madre soltera.
Encontré trabajo limpiando en un colegio.
Me levantaba a las 4:30 de la madrugada, dejaba la comida medio hecha, despertaba a los niños, los llevaba con mi madre y salía pitando al colegio.
El sueldo me alcanzaba justo para lo imprescindible.
Hubo meses en que tenía que elegir entre pagar la luz o comprarle zapatos nuevos a los niños.
Hubo semanas de pan con judías, arroz con huevo, sopas más bien aguadas.
Jamás fui a pedir ayuda.
Aguantaba y seguía adelante.
Mi madre fue mi pilar.
Recogía a los niños del colegio, les daba de comer, los bañaba, ayudaba con los deberes.
Yo volvía a casa hecha polvo, con la espalda destrozada.
A veces me sentaba en la cama y lloraba bajito, para que no me oyesen.
No quería que creciesen sintiendo lástima por su madre.
Mientras, él seguía sin volver.
A veces mandaba algún mensaje suelto: disculpas, promesas nunca cumplidas.
La pensión llegaba por arte de magia de vez en cuando, si es que llegaba.
Aprendí a no depender de eso.
Vendía seguros para arreglar el tejado, hacía horas extras en oficinas, daba clases privadas de fotografía (me aprendí yo sola).
Los domingos lavaba a mano hasta tarde, porque nunca tuve lavadora.
Los años pasaron.
Mi hija mayor creció viendo a su madre salir temprano y volver tarde.
Aprendió la responsabilidad antes de saber leer bien.
Mi hijo pequeño se volvió disciplinado, serio, protector.
No tuve vida social: ni tiempo para citas, paseos o vacaciones.
Mi descanso eran las noches tranquilas cuando todos dormían.
El día que mi hija acabó Derecho, lloré como nunca.
La vi con toga y birrete, segura, hablando de maravilla, y recordé a aquella chica de 18 años que había dejado los estudios por amor.
Sentí que de alguna manera mi sacrificio no había sido en vano.
Y cuando mi hijo se graduó como oficial en el ejército derecho, con uniforme de gala impecable, se me formó el mismo nudo en la garganta.
Hoy echo la vista atrás y todavía me sorprendo de todo lo que aguanté.
Fui madre soltera en casi toda mi etapa de madre.
Saqué adelante a mis hijos con esfuerzo, disciplina y mucho cariño.
Nadie me regaló nada, ni me llevó en brazos.
Y aún así aquí estamos.






