El misterio
En un pequeño pueblo cercano a Ávila, donde la vida transcurre tranquila entre campos, vive una chica llamada Covadonga. Una vez, su madre, muy dada a creer en supersticiones y cosas de brujas, decide llevar a su hija a la pitonisa del barrio.
La adivina extiende las cartas sobre la mesa y dice:
Tu Covadonga será una mujer muy feliz, le irá todo bien en la vida. Pero no le veo ningún hombre a su lado.
Covadonga tiene entonces apenas diez años. Aquellas palabras envueltas en misterio se graban en su memoria, aunque en el fondo no acierta a comprender su sentido.
Pasan los años. Covadonga crece alta, guapa, con aire distinguido. Todos los chicos del pueblo andan colados por ella, pero ninguno logra conquistarla del todo. Sale con uno, luego con otro, pero a ninguno promete nada serio.
A pesar de sacar buenas notas, no se anima a ir a la universidad. Prefiere quedarse trabajando en la quesería local. Por ahí se empieza a rumorear que tiene un lío con uno de los jefes, aunque nadie los ha visto juntos nunca.
Las mujeres del taller le dicen a la recién llegada:
Ten cuidado, Covadonga. No te encariñes demasiado aquí, que la vida se te pasa volando. En la ciudad, con ese porte, te buscarían con lupa.
Covadonga solo sonríe y no contesta.
De pronto, recorre el pueblo un rumor: ¡Covadonga está embarazada!
Los chismorreos estallan: ¿Pero quién ha sido? ¿Cuándo ha dado tiempo a nadie a conquistar a la más guapa del pueblo? Hay muchas teorías, pero nadie averigua de quién es el hijo.
La madre de Covadonga no tarda en reaccionar:
¡Vaya tela! Has hecho lo que te ha dado la gana, y ahora nos avergüenzas. Pues búscate la vida, que de mí no esperes nada. Si has sabido buscarte el lío, sabrás criar al crío. Y te digo más: vete pensando dónde vas a vivir, porque aquí no te quiero. Tienes un mes para irte.
Vale, mamá responde Covadonga en voz tranquila. Me iré. Pero cuando lo haga, no me pidas que vuelva.
Apenas dos semanas después, Covadonga compra con sus ahorros una casita pequeña, ya amueblada. A todos en el pueblo les parece un golpe de suerte: los hijos de la antigua dueña la habían vendido por una miseria tras llevarse a su madre a Madrid. Cómo ha conseguido Covadonga el dinero, ni los más cotillas logran descubrirlo.
Y entonces empiezan a pasar cosas sorprendentes. La casa de Covadonga se arregla muy rápido, queda moderna y acogedora. Un grupo de obreros le levanta una valla nueva y hasta le construyen un pozo en el jardín.
Los vecinos la ven recibir pedidos de electrodomésticos, muebles y cosas nuevas. Covadonga pasea feliz, sonriente, siempre de buen humor. Nadie la ve lamentarse jamás de su suerte.
Al llegar el otoño, nace su primer hijo, Pablo. En el jardín reluce un carrito azul flamante. Covadonga, recuperada en un santiamén de dar a luz, se vuelve todavía más guapa. Siempre arreglada, camina por el pueblo con la cabeza bien alta, y parece absolutamente satisfecha con su vida.
En casa le toca trabajar duro: el bebé pequeño, el huerto que cuidar, encender la chimenea, ir a por el pan, hacer la colada mientras atiende al niño Pero no se le ve nunca desanimada. Acostumbrada desde niña al trabajo, se las apaña sola sin quejarse a nadie.
Las vecinas, al ver lo curranta y lo buena persona que es, acaban haciéndose amigas suyas. Incluso le cuidan alguna tarde a Pablo si ella tiene que escaparse a hacer un recado.
Por el huerto también la ayudan: un día el marido de una le prepara los surcos, otro día ellas mismas la echan una mano con las malas hierbas. Pero en general Covadonga puede sola con todo.
Cuando Pablo tiene dos años, una vecina llega corriendo, los ojos como platos:
¿Has visto a Covadonga?
¿Qué pasa?
¡Que vuelve a estar embarazada!
Venga ya, seguro que te confundes.
Que no, que la he visto yo con la barriga.
Vuelven las habladurías. Y lo más intrigante es que nadie se explica cómo: no la ha visto nadie con ningún hombre.
Covadonga, inmune a las murmuraciones, sigue su vida. En su patio hay ahora hasta una sauna casera, los del gas le han desviado la acometida hasta allí, y ha montado un invernadero moderno de policarbonato nada barato.
¿De dónde saca el dinero esta mujer, tan sola y con tanta cosa? dicen en el pueblo. Lo mismo tiene un admirador rico Pero el misterio de Covadonga no se resuelve.
Al poco, en la casa vuelve a aparecer el carrito azul. Pablo tiene ya un hermano, Isidro.
Y dos años más tarde, otro más: Tomás.
Tres hijos tiene ya Covadonga, y el padre sigue siendo un enigma.
Algunos la critican abiertamente, otros admiran su valor viendo que cuida de sus hijos, no bebe una gota, y no para de trabajar.
Algunos la señalan y la ponen de ejemplo negativo para sus hijas.
La madre de Covadonga, que nunca lo ha entendido, se avergüenza y ni intenta ver a sus nietos.
Pero Covadonga camina por el pueblo igual que siempre, erguida y orgullosa, sin importarle el qué dirán.
Pasa el tiempo. Y un día, un Mercedes brillante se detiene delante de su casa. Baja de él don Jacinto, el director de la quesería, con un ramo de flores enorme. Entra y, mientras está dentro, se arremolina la gente fuera.
¿Qué hace don Jacinto aquí, a media tarde, y con flores? se preguntan todos. Hace poco se quedó viudo, y siempre fue ejemplo de hombre bueno, cuidando él mismo a su esposa hasta el final…
Cuando Covadonga sale para despedirle, la gente casi bloquea la puerta de tantas que se han reunido. Don Jacinto la abraza y la besa en público. Después, alzando la voz para que todos le oigan, anuncia:
Covadonga ha aceptado casarse conmigo. Invito a todos, junto a nuestros hijos, a la boda.
Se hace un silencio sepulcral. Todos miran boquiabiertos a la pareja feliz. Solo ahora se dan cuenta de a quién se parecen los niños de Covadonga
De repente, aplausos y enhorabuenas llueven de todos lados.
Tras una boda por todo lo alto, Covadonga se muda con sus hijos a la casa de don Jacinto. Todo el pueblo les ayuda con la mudanza.
Al año siguiente, llega a la familia la tan esperada hija
Y ahora, ¿quién cree ya en las pitonisas?



