Tenía treinta años cuando mi padre se fue a reunirse con San Pedro.
Ahora tengo treinta y dos, y la última conversación que tuvimos aún me pica como si acabara de pasar.
Siempre fui el hijo problemático: empezaba cosas y jamás las terminaba.
Me matriculé en tres carreras distintas, en tres universidades diferentes, cada una más lejos de casa.
Abandoné la primera en segundo cuatrimestre porque me moría de aburrimiento.
De la segunda me fui en el cuarto, porque empecé a faltar, a salir de fiesta, a distraerme.
La tercera ni siquiera la terminé antes de Navidad.
Mientras mis hermanas acababan sus grados, se licenciaban, encontraban curro fijo, yo iba saltando de idea en idea, de plan en plan, repitiendo siempre aquello de ya encontraré lo mío.
En casa era evidente, pero el que más lo notaba era mi padre.
Él era mi persona, no solo mi padre era mi amigo.
Me llevaba a jugar billar, a partidos del Atlético de Madrid, a tomar cañas los sábados, y a barbacoas con sus colegas.
Mientras mis hermanas tenían agendas, notas y responsabilidades, conmigo era distinto.
Me decía: Tú eres un hombre, lo aprenderás en la calle. Crecí libre, sin reglas claras, sin presión de verdad.
Y, claro, con el tiempo, eso se volvió en mi contra.
No sabía mantener nada ni estudios, ni trabajo, ni rutina.
Tres meses antes de irse tuvimos el que ha sido el momento más duro de mi vida.
Estábamos en el patio de la casa familiar.
Él fumaba un Ducados y yo miraba el móvil.
Me pidió que le ayudara a entrar.
Me soltó: Hijo, no estoy decepcionado contigo, estoy decepcionado conmigo mismo.
Te eduqué mal.
Te mimé demasiado.
Te ahorré las dificultades.
Te hice débil para aguantar la vida. Me quedé callado.
Los ojos me ardían, pero no lloré.
Quise decir algo maduro, algo contundente, pero me quedé en blanco.
Solo balbuceé que iba a cambiar.
Él no contestó.
Miraba el suelo.
Tres meses después, una mañana cualquiera, se levantó, fue al baño a lavarse los dientes y cayó al suelo.
Fue fulminante.
No hubo despedidas.
Ni hospital.
Ni palabras finales.
No solo perdí a mi padre; perdí al único que todavía tenía fe en que podía enderezar mi vida, aunque ya estaba cansado de esperar.
Después del funeral en el cementerio de la Almudena, entré en una especie de guerra silenciosa conmigo mismo.
Dejé de salir.
Dejé de beber.
Dejé de perder el tiempo.
Me matriculé otra vez, esta vez en Derecho, porque tenía que demostrarme algo.
Me levanto a las cinco, trabajo a ratos en una cafetería, estudio por la noche.
Hay días que ni como, pero sigo adelante.
Cada examen lo hago pensando en él.
Cada asignatura aprobada es como decirle: ¿Ves?
Sí puedo.
Han pasado dos años.
Ahora avanzo.
No me salto cuatrimestres.
No huyo de las clases.
No busco excusas.
Mis hermanas me miran distinto y me apoyan.
Mi madre dice que papá estaría orgulloso.
No sé si orgulloso, pero al menos no se hubiera ido pensando que fue todo un desastre.
Lo más difícil no es estudiar, ni trabajar, ni el cansancio.
Lo más duro es que no puedo llamarle para contarle que he aprobado una asignatura difícil, que me he superado, que hago las cosas de otro modo.
Él era mi compañero de aventuras el que me enseñó a vivir sin miedo, pero también el que sin querer me dejó sin estructura.
Ahora me toca construirla yo.
A veces, cuando llego tarde a casa, con la mochila llena de libros, me siento en la cama y miro una foto de los dosde paseo, con una caña en la mano y sonriendo.
Y siempre pienso: Viejo, no te lo pude demostrar a tiempo, pero no te equivocaste del todo conmigo.
Quiero ser la mejor versión de mí por él.
Espero conseguirlo.







