Diario, 16 de mayo
La amante de mi marido era una belleza, de esas que uno mismo elegiría si fuera mujer con ese tipo de gustos. Hay mujeres que van por la vida sabiendo muy bien qué valen. Andan con aplomo, te miran sin bajar la vista, escuchan sin distraerse. No hacen gestos nerviosos, no les hace falta mostrar nada de más para atraer la atención; se mantienen serenas como reinas, nunca pierden los papeles.
Yo, si fuera otro, la habría escogido también. Es que era todo lo contrario a mí.
¿Y yo cómo soy? Siempre corriendo, alzando la voz a los niños y hasta a él, todo se me cae de las manos, nunca llego a tiempo, en el trabajo se me acumulan tareas y el jefe siempre está con mala cara. Siempre de pantalones y camiseta o jersey, que ni recuerdo la última vez que planché un vestido o una blusa; solo pensarlo, buf, qué pereza. Menos mal que la secadora de última generación lo deja todo casi sin arrugas. La plancha apenas sale del armario.
Pero la amante, qué mujer: figura, postura, piernas, melena, ojos, facciones… Una diosa, vamos. Desde que la vi, se me cortó la respiración y así sigo desde entonces. Fue una casualidad: salí a hacer unas gestiones en el barrio más apartado de Madrid, se me hizo tarde, el estómago empezaba a rugir, y entré en la primera cafetería que encontré libre. El sitio estaba a reventar, pero encontré un rincón y, mientras hojeaba la carta, alcé la vista.
No, no era mi imaginación. Reconocería la espalda de mi marido entre mil, y allí estaba él. Y junto a él, ella.
Le tomaba las manos entre las suyas y le besaba los dedos. Me pareció tan cursi como vulgar, pensé: Vamos, tu dedos huelen a rosas…, pero era imposible negar que destacaba.
Sentí algo raro. Igual que cuando te quemas, miras la piel roja y te preparas para el dolor que viene. Sabes que va a doler, pero de momento no, y soplas intentando engañar al cuerpo y retrasar el pinchazo.
Se supone que aquello debía dolerme, pero dentro solo había hueco, nada más.
Mi marido llegó puntual a casa, de buen humor como siempre. Él nunca pierde los nervios; yo, en cambio, salto a la mínima, arrastro a los demás con mi ansiedad y la prisa. Él, en cambio, tan tranquilo, tan seguro, siempre con una broma. Justo lo que yo habría necesitado en ese momento: su humor. El mío no sirve para esto.
Por la noche, me costaba no preguntarle, así, a bocajarro y sin titubeos: ¿Qué tal tu amante? Os vi en la cafetería cerca del parque Retiro, está bastante bien; lo entiendo, yo misma no me habría resistido.
Hubiera disfrutado viendo cómo se le escapa el sudor por la frente, cómo se ruboriza, intentando aparentar calma. Incluso podría haber seguido: ¿Y ahora qué? ¿Vas a presentarles a los niños? Seguro que les cae bien su nueva madrastra. ¿Y yo, dónde me colocas? Dime al menos si tiene piso propio o la vas a traer a casa.
Pero no dije nada. Él, como siempre, me abrazó en la cama, me arrastró hacia él y se quedó dormido enseguida.
Pensé: a lo mejor ni siquiera se han acostado todavía. Me escabullí sigilosamente a mi lado, con una risa muda. ¡Ya estoy pensando como una mujer engañada que se miente y dice que solo lo ha imaginado! Quizás todavía estén en esa fase de las miradas, las confidencias, el flirteo platónico, pensamientos sincronizados. Mi marido, digno de una película de espías; ni un gesto fuera de lo común, ni una palabra, nada.
Esa noche dormí a trompicones, soñé con flores de colores y amantes de otros en vestidos rojos.
Por la mañana sentía la cabeza pesada, iba más despacio de lo habitual, pero logré preparar a los niños para el colegio con calma.
No dejaba de pensar, ¿y ahora qué hago? ¿Qué hacen las mujeres de aquí cuando pillan al esposo con otra? ¿Me pongo a buscar consejos en internet?
Nada, Google no ayuda para estas cosas. Y yo tampoco tenía respuesta. ¿Probar con seguir como siempre?
¡Pero si ya sigo! La vida no se detiene y todo continúa igual. Rutina familiar madrileña: el marido llega puntual a casa, sin marcas de carmín ni perfumes ajenos, los niños saltando por el salón, cine los domingos, nada sospechoso. Seguimos teniendo sexo dos veces por semana, a veces tres si se mira con lupa.
¿Y si confundí a mi marido en aquel café? No. Llamé a mediodía y no cogió el móvil. Pedí un taxi y le solté al conductor que esperaba un paquete de trabajo. El coche de él estaba aparcado enfrente. Los vi salir juntos, subirse al coche y marcharse.
Me puse blanca, pedí un vaso de agua al taxista, hice como que llamaba a alguien y murmuré teatrera: ¡Mira, que os quedáis con el paquete, yo no aguanto más, tengo que irme al trabajo!
Me da igual lo que pensara el taxista.
Saber que el marido tiene amante te sacude la vida. ¿Divorcio? Puede que sí. ¿Pero cómo se vive de otra manera? ¿Aguantar? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene?
Recordé aquella historia de unos amigos de Salamanca, a los que les pasó exactamente lo mismo. Él ocultándolo como podía, hasta que la esposa lo pilló y montó una escena; él negaba hasta las pruebas en el móvil, diciendo que le habían hackeado, que eran celos y cotilleos. Mi marido, entonces, muy digno dijo: Yo jamás mentiría. Es de cobardes. Si la has liado, admítelo y soluciona las cosas: o cortas con la otra y luchas por tu familia, o te largas y aseguras lo necesario.
Cómo me sentí orgulloso entonces. Mira qué hombre responsable, me dije.
Claro, fácil opinar desde fuera, a distancia. Soltar discursos cuando no te toca directamente.
Pero cuando lo ves de cerca, cuando eres tú el protagonista y tienes delante a la esposa y la amante a la vez, todo el valor y la voz firme desaparecen en un segundo.
Entré en el café y me senté en la mesa delante de ellos. Ella levantó la mirada, sorprendida. Él se quedó congelado. Yo los observé en silencio, hasta me hizo gracia verlos así. La amante lo captó al instanteo tal vez ya lo sabía.
Mi marido intentó decir algo, pero levanté la mano: No es lo que yo pienso, ¿verdad? Pero mira, tampoco hay que dramatizar. Esto pasa. Ahora pensad cómo vais a deshacer el nudo: los niños, el piso que tenemos juntos, mis padres mayores. Vosotros sabréis arreglarlo, que listos sois los dos.
Me levanté despacio y salí. El vestido, recién planchado, me sentaba como un guante. No sé por qué lo había dejado tanto tiempo colgado en el armario.
Hoy he aprendido que cada uno lleva la vida como puede. A veces lo esencial es levantarse, ponerse el vestido, y caminar serenamente, aunque por dentro todo se tambalee.







