Fedor, el Fiel Amante: Un Amor Silencioso en la Castilla Profunda – Rumores, Recuerdos y la Fuerza d…

Life Lessons

ENAMORADO DE UNA SOLA

El día del entierro de su esposa, Isidro no derramó ni una lágrima.
Fíjate, te dije que no quería a Zoraida susurraba al oído de su vecina, Tomasa.
Baja la voz, ¿qué más da ahora? Los niños se han quedado huérfanos con ese padre
Verás cómo acaba casándose con Catalina aseguró Tomasa a Leocadia.
¿Y para qué con Catalina? ¿Qué tiene ella? La que fue su gran amor es Glafira ¿O es que has olvidado cuando se pasaban horas jugueteando en los pajares? Catalina no va a meterse en líos con él, tiene su familia y ya ni se acuerda de Isidro.
¿Tú lo sabes tan seguro?
Por supuesto. Si Catalina tiene un marido fenomenal, ¿para qué va a querer a Isidro y sus críos? Ella es lista y práctica. Pero Glafira, con el tormento que tiene con su marido Mateo seguro que esos dos retoman el romance afirmó Leocadia.

A Zoraida la enterraron. Los hijos se agarraban fuerte de las manos: Miguelito y Paulina, que acababan de cumplir ocho años. Zoraida se casó con Isidro por un gran amor. Al menos, eso sentía ella. Si él la quiso o no, ni la misma Zoraida lo sabía, ni tampoco los del pueblo.

Cuentan que ella se quedó embarazada y por eso Isidro se vio obligado a casarse. La pequeña Clavelina nació prematura, apenas vivió unos meses, y luego pasaron años sin que la pareja tuviera más hijos.

Isidro siempre iba con cara seria, callado. En el pueblo le apodaban El Lince. Apenas decía palabra y de mimos, ni hablar. Nadie lo sabía mejor que Zoraida.

Pero la suerte se compadeció de ella. Cuánto había rezado aquella pobre mujer, solo Dios lo sabe. El cielo les regaló a Isidro y Zoraida mellizos: Paulina y Miguelito.

Miguelito salió igual de cariñoso y tierno que su madre. Paulina, en cambio, era como el padre: reservada, callada, nadie lograba sonsacarle nada. Se encerraba en sí misma y no confiaba en nadie. Quizá por eso estaba más cerca del padre, eran demasiado parecidos.

Mientras Isidro aserraba o martilleaba algo en la cochera, Paulina rondaba a su alrededor. Él le contaba sus cosas, le enseñaba de la vida.
Miguelito, en cambio, siempre estaba con la madre: barría, traía agua en un cubo pequeño, y aunque era poca cosa, era ayuda. Zoraida adoraba a sus hijos, pero nunca llegaba a entender a Paulina. En cambio, con Miguelito tenía un lazo inquebrantable.

En su lecho de muerte, Zoraida le habló a Miguelito:
Hijo, me voy a ir pronto. Te quedas como el mayor. No permitas que le hagan daño a tu hermana. Eres varón, tienes que protegerla. Ella es niña, es más débil y necesita tu ayuda.

¿Y papá? preguntó Miguel.

¿Qué? no entendió Zoraida.

¿Papá nos protegerá?

No lo sé, hijo. La vida dirá…

Entonces, no te mueras, ¿cómo viviremos sin ti? lloró Miguel.

Ay, hijo, si dependiera de mí dijo Zoraida pensativa.

Esa misma madrugada, se fue para siempre.

Isidro se quedó sentado junto al cuerpo de su esposa, sosteniéndole la mano. No dijo nada, ni una lágrima. Sólo se encorvó, parecía que se volvía de piedra y se oscureció aún más. Eso fue todo.

La vida fue retomando su cauce. Paulina se sintió responsable de la casa y trató de cocinar, limpiar, aunque era muy pequeña todavía. La tía Natalia, hermana de Isidro, venía a echar una mano y le iba enseñando a la niña los oficios del hogar.

Tía Natalia… ¿Tú crees que papá se casará otra vez? un día preguntó Paulina.

No lo sé, hija, pero tu padre no suelta prenda contestó Natalia.

Natalia tenía su casa, su marido Basilio, y unos niños preciosos. Eran una familia muy unida.

Y si pasa algo, ¿podrías llevarnos contigo? insistió Paulina.

Anda, no digas bobadas. Tu padre os quiere y no permitirá que os falte de nada aseguró Natalia.

Mientras tanto, por el pueblo ya corrían rumores de que lo de Isidro y Glafira no era sólo cosa del pasado.

¡Glafira está loca! chismeaba Tomasa. Se ha enredado otra vez con Isidro y ni se acuerda de su marido.

Es tonta, menuda Glafira criticaban las mujeres a la puerta de la tienda de ultramarinos.

Venga, terminad la tertulia ya les reñía el presidente de la cooperativa agrícola, don Máximo León.

Siempre con chismes y ni conocéis de verdad a nuestros paisanos les regañaba, defendiendo a Isidro.

Es cierto que entre Glafira e Isidro hubo amor sincero, digno de novela. Pero a Isidro lo trasladaron a otra aldea para ayudar en la campaña de siembra, lejos de allí durante dos meses. En su ausencia, Glafira se lió con Mateo Cerezo.

A la vuelta, Isidro se enteró y le partió la cara a Mateo, como era de esperar. Desde entonces, cortó relación por completo con Glafira.

Glafira acabó casándose con Mateo, un hombre tarambana, mujeriego y aficionado a la bebida. Ella sufría, se lamentaba de no haber podido atar a su lado a un hombre como Isidro: abstemio, trabajador y serio, pero poco hablador.

Entonces comenzó a notarse que Isidro miraba más a Zoraida. Y Zoraida floreció con ese amor, iluminando el pueblo.

Lo que hace el amor murmuraban los vecinos.

Zoraida llevaba años enamorada de Isidro, aunque era tímida y se mantenía al margen, sobre todo teniendo cerca a Glafira.

Sin embargo la vida, con su capricho, les reunió. Tras un algunos paseos y encuentros, fue cosa de poco tiempo que se casaran en el registro civil.

La boda fue sencilla: solo Natalia por parte de Isidro y la madre de Zoraida, ya mayor. A la madre de Zoraida la tuvo tarde. En el pueblo era un secreto a voces de quién era hija, aunque nadie decía nada. En aquel entonces presidía el ayuntamiento don Basilio Procopio, y con él tuvo un romance la madre de Zoraida. Auxiliadora fue siempre una mujer guapa, pero nunca se casó. No la querían en el pueblo, se hablaba mucho de ella, pero Zoraida no se le parecía en nada.

La gente del pueblo sentía lástima por Zoraida. Cuando se casó con Isidro, Nuncia Pérez suspiró:
Madre mía, si él nunca la ha querido Va a sufrir toda la vida

Pero para sorpresa de todos, Isidro se mantuvo fiel a su mujer. Y en un pueblo pequeño, nada escapa a los ojos de los vecinos.

Pasaron quince años juntos. Nunca una pelea, ni una mala palabra. El pueblo se tranquilizó hasta que Zoraida enfermó el año pasado. Una enfermedad mala, sin cura.

Una tarde, Isidro volvía de trabajar.
Isidrito, ¿te paso a ver un rato? Así charlamos, he traído rosquillas para tus niños le alcanzó Glafira, la bandeja en mano.

No, Glafira, gracias. Natalia ya nos trajo bizcocho ayer.

Pero las mías también son de corazón, Isidrito.

Pues las de mi hermana también lo son.

Isidro, ¿por qué no quedamos en la acequia al anochecer? insistió Glafira.

¿Para qué?

Vamos, ¿es que has olvidado todo lo que tuvimos?

Eso pasó y se quedó atrás. Yo quiero a mis hijos. Y a Zoraida la quise y la quiero dijo Isidro con voz ronca.

Eso no se puede ya cambiar replicó Glafira.

El amor no muere respondió él.

Tú no la amabas. Te casaste por fastidiarme.

Glafira, vete a casa dijo Isidro en voz baja.

Aceleró el paso y volvió a casa, donde lo esperaban sus hijos.
Glafira se quedó sola a mitad de la calle del pueblo.

Pasaron varios años. Los niños crecieron. Tía Natalia seguía visitando a sus sobrinos, pero ya tenía claro que su hermano era un hombre de un solo amor.

Paulina, me han dicho que sales con Gregorio Ballesteros le soltó tía Natalia al cruzar la puerta.

Sí, tía. ¿Qué pasa? contestó Paulina, ya mujer hecha y derecha. “¡Qué guapa está!” pensó Natalia.

Nada, sólo preguntaba. Anda, ten cuidado con él.

¿Por qué?

Ya sabes por qué, no eres una cría dijo Natalia tajante.

Tía Natalia, te lo juro que le quiero de verdad. Para toda la vida.

Eso crees ahora

No es que lo crea, lo sé.

Puede que tú sí, ¿pero Gregorio…?

Si Gregorio me falla jamás podré querer a otro.

Eso sí me lo creo asintió Natalia.

Al anochecer, Miguel y Paulina esperaban a su padre.
¿Por qué tarda tanto papá? dijo Miguel.

Hoy es viernes.

¿Y qué?

Pues porque en miércoles, viernes y domingos va siempre a ponerle flores a la tumba de mamá.

¿Y tú cómo lo sabes? preguntó Miguel, alzando las cejas, sorprendido.

Mira que eres despistado, no sabes ni sentir a nuestro padre

Cruzaron en silencio hacia el cementerio por el atajo entre los huertos.
Mira ahí dijo Paulina, señalando la figura encorvada de su padre.

Miguel afinó el oído. Escuchó como Isidro susurraba:
Bueno, Zoraida, ya ves cómo van las cosas… Paulina pronto se casa. Le he ido preparando su ajuar, Natalia ha ayudado. En fin, vamos tirando. Perdóname, Zoraida, por tantas palabras de cariño que no supe decirte en vida. Todo mi corazón te las gritaba, pero yo no sé hablar solo sé querer de verdad dijo con voz rasgada, y lentamente se dirigió a la verja del cementerio.

Paulina miró a Miguel. Su hermano tenía los ojos encharcados de lágrimas.

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