Ricardo estaba convencido de que su esposa le iba a ser infiel, así que decidió darle una lección y …

Life Lessons

Recuerdo aquel tiempo lejano en Madrid, cuando aún era joven y acechado de nesguridad, aunque a nadie i-am spus-o. Mi esposa, Carmen, era una mujer ocho años menor que yo y de una belleza serena, siempre paciente con mis formas y mis días de mal humor. Sin embargo, la sombra de la desconfianza me rondaba, temiendo que encontrara en otro hombre lo que pensaba que yo ya no podía ofrecerle.

Aquel día, mientras yo hablaba por teléfono sobre un negocio aplazado, Carmen se acercó y me preguntó con ternura:
Cariño, ¿no vas a llegar tarde? El AVE sale en dos horas.
¿No te lo dije? respondí sorprendido. Han aplazado el viaje de trabajo. Saldré dentro de unos días.
Ella asintió y con rapidez fue a la cocina. Desde la puerta, la vi enviar un mensaje con el móvil, y en seguida regresó al salón con aire despreocupado.

Eso me inquietó aún más. Carmen siempre ponía buena cara a mis salidas nocturnas con amigos y a mis viajes de trabajo. No le molestaba si volvía a casa después de alguna copa con los compañeros decía que la vida debía disfrutarse. Mis amigos afirmaban entre cañas que semejante mujer no tenía trampa ni cartón, pero yo me consumía por dentro.

En secreto, me preguntaba si Carmen prefería la compañía de alguien más joven, de alguien que la hiciera sentir nueva. Sin embargo, entendía que no debía acusarla sin pruebas. Quería certezas, así que cometí la imprudencia de instalar discretamente cámaras por la casa.

Cuando, finalmente, marché a Barcelona por trabajo, iba enfurruñado. Carmen notó mi estado anímico y estuvo a punto de ofrecerme unas pastillas para dormir mejor. Su dulzura me reconfortó; momentáneamente creí que mis sospechas eran infundadas.

Ya en el hotel, entre reuniones y cenas, apenas encontraba ocasión para mirar las grabaciones. Por las noches, impulsado por una mezcla de curiosidad y miedo, encendía el portátil y repasaba los videos, sólo aguantando unos minutos antes de cerrarlo nuevamente, sintiéndome mal por lo que hacía.

Días después, al regresar a casa y despedir a Carmen cuando partía hacia su trabajo, sentí la necesidad de esclarecer de una vez mis dudas. Abrí el portátil y repasé las grabaciones a cámara rápida. Vi a Carmen levantándose temprano, desayunando y limpiando la casa. Sin embargo, lo que me sorprendió fue verla por la tarde, despreocupada, sentada ante el ordenador vestida con unos pantalones cortos y mi camiseta favorita, completamente absorta en partidas online. Escuchaba risas y conversaciones con otros jugadores españoles al otro lado de la pantalla.

Carmen era adicta a los videojuegos.
No es lo ideal, desde luego, pero cada uno tiene su afición me dije, aliviado pero también avergonzado de mí mismo.

Volví a repasar las grabaciones de toda la semana. No había nada distinto: ordenador y tareas domésticas. Lo crucial: ningún hombre había pisado la casa en mi ausencia.

Al final, cerré el portátil y exhalé hondo. Me sentía culpable, como si hubiera traicionado la confianza de Carmen, sospechando de su lealtad. Para redimirme, esa tarde le compré un gran ramo de claveles rojos en la floristería y preparé una cena romántica en nuestra casa del barrio de Chamberí. Solo yo sabía que, por ahora, dejaría las cámaras instaladas. No imaginaba queEsa noche, cuando Carmen abrió la puerta y vio la mesa iluminada por velas y el ramo de claveles, me sonrió con esa dulzura que me enamoró años atrás. Cené atento a sus gestos, a sus palabras, intentando adivinar si sabía de mi vigilancia, si sospechaba el torbellino de inseguridad que me había devorado por dentro. Pero ella solo habló del trabajo, me preguntó cariñosa cómo me había ido el viaje, y comentó con picardía lo difícil que era superar el último nivel del juego que tanto le gustaba.

Después de cenar, puso música en el altavoz del salón y, sin decir palabra, me tomó de la mano. Bailamos en penumbra junto a la ventana, las luces de Madrid salpicando nuestro reflejo en los cristales. Con el corazón liviano, sentí cómo el miedo y la desconfianza se disipaban, barridos por el calor de su abrazo.

Al terminar la canción, Carmen se apartó apenas y me miró con una sonrisa traviesa, como si hubiese leído todas mis dudas.
Prométeme que siempre me vas a decir lo que te inquieta susurró. Los secretos no sirven en esta casa.

Quise confesar lo de las cámaras, desnudar mi inseguridad de una vez por todas, pero me contuve. No por cobardía, sino porque su mirada transparente lo decía todo: en su mundo, yo seguía siendo el elegido.

Mientras apagábamos las luces y subíamos juntos las escaleras, comprendí que el amor no necesita vigilancia, sino confianza. Y que, a veces, hace falta perderse en los laberintos de uno mismo para volver a encontrar el camino de regreso al otro.

Esa noche, dormí tranquilo por primera vez en mucho tiempo. Afuera, la ciudad seguía su bullicio interminable. Dentro, Carmen y yo soñábamos, por fin, en paz.

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