Querido diario:
A veces me cuesta entender cómo funciona la familia de mi yerno. Mientras mis hijos y mis nietos viven apretados en un pisito pequeño en Madrid, sus padres disfrutan a lo grande, cómodos en un piso amplio cerca del Retiro, sin preocuparse de nada.
Desde que mi hija, Inés, se casó, he intentado apoyarles en todo lo posible, pero con la familia de su marido, Daniel, nunca hemos tenido suerte. Siempre ha parecido que solo nosotros, los padres de Inés, nos implicamos. Llevan ya ocho años casados y, sin embargo, seguimos igual: ellos tan tranquilos y nosotros resolviéndolo todo.
Recuerdo cuando surgió el tema de la vivienda. Los padres de Daniel ni levantaron una cejano quisieron saber nada, como si no fuese con ellos. Al final, nos tocó vender nuestro propio piso, que era de ladrillo, cálido y muy bonito, para poder comprarles a los chicos algo donde empezar su vida en común. Me dolía dejarlo, pero lo más importante era que mis hijos tuvieran su propio hogar. Nos encargamos de hacer reformas, de comprar muebles Y la otra familia, nada de nada.
Ahora, me encargo también de los nietos. Inés está de baja por maternidad con el pequeño, Tomás, y la mayor, Lucia, va ya a primero de primaria, así que la llevo y recojo en coche cada día. Es casi imposible que mi hija pueda hacerlo todo sola: levantar a los niños, vestirlos, salir corriendo al colegio y, además, cuidar del bebé en menos de una hora. Por eso, el abuelo y yo nos turnamos; los dos implicados en la crianza de los niños.
Pero ¡ay! los otros abuelos, como siempre, ni se enteran. Se hacen los desentendidos, como si esto no fuera con ellos. A veces me paro a pensar cómo pueden ser tan fríos y distantes. Son sus nietos y, sin embargo, ni aparecen.
Y para colmo, así fueron desde el principio. Para la boda, ni siquiera aportaron nada. Les llamé antes, les propuse vernos y organizar las cosas juntos, pero me contestaron: ¿Y si se divorcian en dos meses? Hoy en día, el setenta por ciento se separa antes de seis meses, es lo que dicen las noticias.
Al final, mi marido y yo organizamos todo: boda, celebración, e incluso el piso de los chicos. Ellos vinieron al enlace y solo trajeron un sobre con unos tristes trescientos euros, así, sin emoción ninguna. Eso sí, Daniel no paraba de pedir.
Hace ya ocho años de todo esto y, claro, el piso que les compramos, un estudio pequeño, ya se ha quedado estrecho; ahora con dos niños, no hay espacio suficiente.
A mi modo de ver, Daniel debería espabilar más. Se lo he dicho: «Si no llegáis con el sueldo, ¿no podrían echaros una mano tus padres?» Pero él insiste en que no puede pedírselo. Me dice: «No puedo, mamá Carmen, no quiero molestarles». Incluso me prohibió sacar el tema con ellos.
Me dejó de piedra. ¿Será que le da apuro pedírselo a sus padres, pero no tiene problemas en aceptar la ayuda de los míos? Lleva ocho años dependiendo económicamente de nosotros. No entiendo por qué no busca otra solución. Hay gente joven que se busca la vida, encuentra otro trabajo, se va a Alemania a trabajar unos años Algo. Yo le animo sin descanso.
También Inés se queja: Mamá, no te metas más, Daniel no va a cambiar a sus padres, son así, nunca nos van a ayudar.
Y yo me indigno cada vez que los veo tan felices, yéndose de vacaciones a la playa o al balneario, mientras aquí nadie les puede decir nada. Lo curioso es que Daniel ni les menciona nuestras dificultades. ¡Eso sí que es tener devoción por sus padres! Pero parece que no le da tanta pena ver a su suegra y su suegro llevando todo el peso.
A veces me pregunto hasta cuándo seguiremos igual.



