AMAR AGUANTANDO, AGUANTAR AMANDO
A Lorenzo y Cayetana los unía un matrimonio por la iglesia.
El día de la boda, justo cuando la comitiva nupcial llegaba a la iglesia de San Bartolomé en un pueblo de La Mancha, una tormenta veraniega irrumpió con fuerza casi mágica apareció sin avisar, arrancó el velo de la novia y lo elevó por el cielo como si fuera un globo de feria. Entre vueltas y giros imposibles, descendió agotado en un charco embarrado. Todos los invitados se quedaron de piedra, y la tormenta, tan repentina como vino, desapareció.
Lorenzo corrió a recoger el velo, pero ya era tarde.
El blanco níveo quedó manchado de barro oscuro. Cayetana, turbada, le gritó a su prometido:
¡No la levantes, Lorenzo! ¡No pienso ponerme ese velo!
Las abuelas sentadas a la sombra de la iglesia cuchicheaban: Ya verás, muchacha, la vida de estos será tormenta y desventura…
A Cayetana le compraron apresuradamente un clavel de tela blanca en la tienda de la esquina, lo enganchó en el peinado y corrieron hacia la ceremonia. No era momento de buscar otro velo, no se puede llegar tarde a tu propia boda, aunque los cielos se desplomen.
En el atrio del templo, ante los cirios y bajo la mirada de Dios, se juraron amor y fidelidad. Ya antes habían firmado por lo civil, y la boda fue todo un derroche de alegría para los ojos ajenos, para el pueblo…
Tres años después tenían dos hijos una niña llamada Almudena y un niño, Lucas. Vivían la vida familiar sin sobresaltos, bajo el ritmo lento de las campanas manchegas.
Sin embargo, pasado el tiempo, cuando ya la costura de los días les era cómoda, llamó a la puerta de Lorenzo y Cayetana una joven desconocida.
Cayetana, con su hospitalidad habitual, la invitó a pasar. En su casa nadie se quedaba sin una taza de café o un trozo de bizcocho. Pero la joven traía algo distinto.
Era guapa, elegante, muy joven, y traía apenas la carga de un secreto entre los ojos.
Buenas tardes, Cayetana. Me llamo Lidia. Soy… la futura esposa de tu marido, se presentó sin rodeos.
¡Vaya! balbuceó Cayetana, sin saber si reírse o lanzar el clavel de su boda al aire.
¿Y Lorenzo te pidió la mano hace mucho…? continuó el delirio.
Hace tiempo, pero no puedo esperar más. Lorenzo y yo vamos a tener un hijo, soltó Lidia, sin pestañear.
Menuda historia de novela. La esposa, la amante, el bastardo… ¿Sabes que mi marido y yo estamos unidos ante Dios? Tenemos dos hijos, trató de razonar Cayetana, casi sonriendo por lo surrealista del momento.
Lo sé, pero lo nuestro es amor verdadero. También para siempre. Podéis divorciaros. Ya he averiguado que tu marido te es infiel. Ahora es posible, insistía Lidia.
Mira, hija, no te aconsejo entrometerte en un hogar ajeno. Nos aclararemos solos, Cayetana ya no podía con las ganas de echarla.
Lidia se encogió de hombros y marchó.
Cayetana cerró la puerta de golpe y masculló: Se ha informado de todo, lista… ¡Pero Lorenzo no es para ti!
El corazón le dictaba que tal vez los gestos esquivos de Lorenzo de los últimos meses esas supuestas reuniones del trabajo, esas escapadas de fin de semana que jamás existieron antes eran señales. Una mujer presiente las traiciones como el perro el trueno lejano.
Pero Cayetana apartó aquellos pensamientos aciagos. Quizá era todo imaginería suya
Cuando llegó Lorenzo esa noche, le aguardaba una cena caliente. Sabía que las cosas difíciles deben discutirse con el estómago lleno y el corazón templado.
Cuando terminó de cenar, Cayetana no pudo más:
¿Estás enamorado, Lorenzo? se armó de valor.
Sí, admitió, bajando la cabeza.
Hoy vino tu… amiga. ¿Es serio lo vuestro? preguntó, mordiendo el miedo.
¡Soy un canalla! ¡No puedo vivir sin Lidia! Lo intenté, de veras, pero no puedo. Déjame ir, Cayetana, te lo ruego.
Te dejo ir dijo Cayetana, aceptando que nada servía suplicar, ni los hijos, ni el pasado. Que sea la vida quien decida.
Lorenzo se marchó.
Ella, al día siguiente, acudió a la iglesia de San Leandro en busca de consuelo. El cura, apacible y sabio, la escuchó:
Hija mía, el amor todo lo espera, todo lo aguanta. Lo dice la Escritura. Puedes divorciarte: tu marido ha caído en pecado. Pero también puedes perdonarle y esperar. Los caminos de Dios son extraños…
A los dos meses, Cayetana descubrió que estaba embarazada, un hijo de Lorenzo, y lo tomó como un guiño celeste, una promesa de futuro: Quizás Lorenzo recapacite y vuelva… Así pasó los meses hasta el nacimiento de un niño a quien llamaron Iñigo nombre que en esa familia había cruzado generaciones, como el de Lorenzo.
La madre de Cayetana, Pilar, le ayudó en todo como siempre. Los niños, el pan, la alegría, todo compartido en esa casa con olor a puchero y tomillo seco.
Lorenzo tampoco se olvidó de Almudena y Lucas; les llevaba juguetes, los llevaba al mar de Alicante en verano, enviaba sobres con euros a Cayetana.
Pero ella prohibió estrictamente a los niños contarle a su padre sobre el nacimiento de Iñigo. ¿Hacen caso los niños?
Almudena se lo confesó a su padre en una visita. Lorenzo pensó que Cayetana ya tenía nuevo compañero. Sentía celos y tristeza, pero ni por asomo sospechó que Iñigo era de su sangre.
Mientras tanto, Lidia sufría. Su primer embarazo terminó mal: la niña nació muerta. Fue un palo, y con el segundo embarazo todo acabó de la misma manera, en lágrimas.
Lidia, devastada, pidió tiempo. No era el momento de traer otra vida, pero el destino nunca respeta calendarios.
Lorenzo la acompañaba día y noche, como hombre castigado por la desgracia.
En esa temporada de sombras, Cayetana cruzó de nuevo en su vida a Gabriel, un viejo compañero de universidad. Fue en un autobús, llovía, Castilla olía a tierra mojada. Un hombre se sentó a su lado y, tras un rato de silencio, saludó:
¿Puedo sentarme?
Claro, sin mirar apenas.
¿Estás triste? insistió él.
Y al girarse, reconoció en esos ojos a Gabriel, ese pretendiente incansable de antaño, el mimado de su madre, algo pedal, pero muy fiable. Nunca había sido un amor correspondido, pero ahora volvió a aparecer, dando pequeñas alegrías, trayendo vino y mandarinas, regalos para los niños.
En una cena, Cayetana le contó todo. Tenía que vaciar el corazón. Gabriel fue el paño de lágrimas que necesitaba. Se despidieron como buenos amigos, aunque él nunca perdió la esperanza.
Gabriel acudía a menudo y Cayetana fue clara:
Puedes venir, pero yo espero a mi marido. Sin intenciones, ¿eh?
Él aceptó con gratitud, prefiriendo eso a la soledad.
Mientras, en la vida de Lorenzo también llegaron días de luz. Lidia, tras mucho sufrimiento, alumbró a una preciosa niña, a la que llamó Begoña bendecida, decían. Se zambulló en su maternidad sin mirar atrás, revisitando los errores del pasado y comprendiendo, al fin, el alcance de su intromisión en la familia de Cayetana.
Lorenzo adoraba a su hija, la colmaba de atenciones, sacaba tiempo de donde no había para mimarla.
La corriente del tiempo seguía su curso, incansable…
Pasaron cinco años.
Los niños crecieron, los adultos envejecieron otro poco, la vida se tornó menos sorprendente y más callada.
Un día, Lidia cayó gravemente enferma. Apenas tenía treinta años, y Lorenzo se desvivía en hospitales, tratamientos privados, medicinas caras.
Lidia se preparaba para irse al cielo. Cuando los médicos la enviaron a morir a casa, ella susurró:
Lorenzo, llévame a ver a tu esposa. Por favor.
Lorenzo, desconcertado, aceptó.
Cayetana ya sabía, por Almudena, que Lidia estaba al borde del abismo. Cuando Lorenzo llamó, le abrió la puerta de par en par.
Lorenzo trajo a Lidia en brazos, como si fuera vidrio.
La familia aguardó en silencio, buscando sentido a la escena.
Lidia, débil, pidió quedarse a solas con Cayetana.
Estas dos mujeres se miraron de igual a igual.
Perdóname, Cayetana, si puedes. Aquí me ha alcanzado el castigo divino… Quiero pedirte algo. Cuida de Begoña. No tengo a nadie. Prometedme que la criaréis tú y Lorenzo, sollozaba Lidia.
Cayetana le tomó la mano, cálida:
Nadie nos hace daño salvo nosotros mismos, Lidia. Te perdoné hace tiempo. Begoña estará bien. Y si queréis, quedaos aquí ambos. Necesitáis amparo, y esta casa es amplia.
Gracias, Cayetana musitó Lidia.
La convivencia trajo complicidad. Todos cuidaban de Lidia, sobre todo Gabriel, el eterno pretendiente, que pasaba horas a su lado, susurrándole palabras de esperanza. A Begoña la llamaba margarita de Dios, pues la niña lo iluminaba todo.
Poco a poco, la vida fue volviendo a Lidia: paseaba por el patio, respiraba el aroma a pan y a naranjas, la luz de Castilla la iba despertando como a las amapolas en primavera.
Lidia pensaba mucho en Gabriel. A Lorenzo, sí, lo quiso, pero era ajeno, marido de otra. Aprendió la dura lección de que el pan ajeno amarga el doble. Pero con Gabriel había ternura y calma.
Se fue curando, más despacio, pero volvió a la vida…
Un día, entre risas y juegos, durante la comida familiar, Lidia anunció:
Cayetana, Lorenzo: Begoña, Gabriel y yo os agradecemos la hospitalidad. Nos marchamos. Gracias por el amor recibido. Sois los mejores y les dedicó una mirada de eterno respeto.
Lorenzo y Cayetana se miraron. Sabían del amor que nacía entre Lidia y Gabriel. Mucho antes, Lorenzo ya le había dicho a Cayetana:
Dame otra oportunidad. No merezco tu perdón, pero quiero criar a nuestros hijos contigo.
¿Y una vez no te bastó, Lorenzo? Claro que vuelves. Todos caemos. Hay que aprender…
¿Y qué será de mi hija Begoña?
Siempre tendrá su casa aquí, igual que los otros.
Gabriel, Lidia y Begoña se preparaban para partir.
Justo en la puerta, Lidia se acercó a Lorenzo:
Ama a Cayetana, más que a tu vida. No la hieras. Te recordaré siempre, Lorenzo.
Sé feliz, Lidia, contestó él.
El sol de Castilla despuntaba y las amapolas mecían sueños, tan extraños y enredados como aquel destino de amor, culpa, perdón y segundas oportunidades que cayó como un manto de surrealismo sobre todos ellos, mientras la campana de San Bartolomé sonaba y todo, por un momento, parecía solamente un sueño curioso e imposible…







