¡Señor, deje de seguirme así! Ya le he dicho que guardo luto por mi marido. ¡Déjeme en paz, le ruego! ¡Empiezo a temerle! levanto la voz.
Lo recuerdo, claro Pero tengo la impresión de que el luto lo lleva por usted misma, no sólo por su esposo. Perdone insiste mi pretendiente.
Estoy ahora en un balneario cerca de Segovia, buscando algo de paz y sólo el canto de los pájaros, no el asedio de hombres que no aceptan un no por respuesta. Mi marido, Javier, falleció recientemente de forma inesperada. Necesitaba recomponerme, asumir aquella pérdida irreparable.
Javier y yo habíamos empezado a reformar la vivienda. Guardábamos cada euro y nos negábamos cualquier capricho, y todo para esto Javier enfermó de repente y ni la ambulancia pudo salvarle. Fue su segundo infarto. Al enterrarle, me quedé sin pareja, sin reforma, pero con dos hijos adolescentes. Me sentía desbordada. ¿Cómo seguir?
En mi trabajo, en una oficina del Ayuntamiento de Madrid, insistieron en sacarme de casa:
No eres la primera viuda, ni la última. Tienes hijos a quienes cuidar. Debes respirar. Vete, Beatriz, desconecta y pon en orden tus ideas.
Con el corazón encogido, acepté. Han pasado cuarenta días desde la muerte de Javier y la tristeza no afloja.
En la habitación comparto espacio con Lucía, una chica viva, tan radiante que hasta molesta. No quiero cargarle a una desconocida mi duelo. A Lucía la ronda un animador del balneario, de esos que en estos lugares nunca faltan entre solteros, divorciados o viudos. No me dejo engañar: advierto a Lucía, seguro que ese hombre tiene ya otra familia.
Ella bromea:
¡Ay, no me asuste, Beatriz! ¡No es mi primer rodeo! y se marcha, ligera de espíritu, a sus citas nocturnas. Yo, mientras, llevo una semana entera encerrada, leyendo un libro del que apenas recuerdo el argumento y viendo la tele sin mirar realmente la pantalla.
Una mañana todo parece distinto. Al mirar por la ventana, el campo en primavera es un regalo. Decido pasear entre encinas, respirar hondo y escuchar a las tórtolas. Y entonces aparece él.
Ya le había reconocido en el comedor. Un tipo bajito, de mirada demasiado directa, nada atractivo para mí, y aún así, siempre en traje impecable, pulcro, afeitado, como recién salido de la sastrería. Cada noche se acercaba, inclinando la cabeza en señal de saludo y yo le respondía a regañadientes, sólo por educación. Hasta que, una vez, se sienta a mi mesa.
¿Aburrida, señora? me pregunta con voz de terciopelo.
No, respondo, tensa.
No mienta, señorita. La tristeza se le señala en la cara. Tal vez pueda ayudarla insiste, pegajoso.
Ha acertado. Tristeza por mi marido fallecido. ¿Algo más? cojo la servilleta, me levanto y dejo claro que no quiero seguir la conversación.
Perdone, no lo sabía. Mi sentido pésame. Pero, aun así, permítame presentarme. Soy Eugenio se apresura a decir.
Parece temer perderme de vista.
Beatriz respondo, cuidando la distancia, y me marcho rápido.
A partir de ese día, Eugenio no ceja en su empeño. Cada noche se acerca a mi mesa con un ramito de campanillas, muy comunes por la zona. Aunque nunca hubiera imaginado iniciar nada, no puedo negar que me hace sentir bien. Él comienza a unirse también a mis paseos vespertinos y, apenas sin quererlo, hasta yo elijo zapatos planos para disimular la diferencia de altura. A Eugenio, su calva reluciente y su estatura parecen importarle poco. Al poco, descubro que su voz de barítono conquista más que su físico. Ya soy una presa más en sus redes.
Ahora incluso vamos juntos a los bailes del balneario, viajamos a Segovia por fruta Aunque él más de una vez me invita a subir a su habitación, yo resisto con la testarudez de un tamborilero.
Llega el final de la estancia. Eugenio se me acerca:
Bea, mañana ya nos vamos ¿Te tomarías conmigo una infusión esta noche en mi cuarto?
Ya veremos, respondo ambigua.
Y esa última tarde decido corresponder. Sé perfectamente lo que va a pasar La mesa, vestida con gusto, llena de manjares, copas de cava y hasta cubiertos “tomados prestados” del comedor. Eugenio me invita a sentarme, saca una botella de champán.
¿Brindamos, Bea? No sé cómo me separaré de ti mañana. Déjame tu dirección, seguro que iré dice con melancolía.
Ni te acuerdas de mí pasado mañana, conozco a los hombres ¿Por qué brindamos, Eugenio?
¿No lo ves? Por el amor, Beatriz, ¡por el amor! levanta la copa.
Despertamos abrazados con el alba. Me arrepiento de no haberme rendido antes, de todo el tiempo desperdiciado en resistirme. Estoy enamorada como una chiquilla, pero ahora toca hacer la maleta e irse.
Al despedirme de Lucía, la encuentro llorando en la cama.
¿Qué ocurre, Lucía?
Estoy embarazada, Beatriz. No sé de quién.
¿Ha sido tu animador? ¿O hay alguien más?
Conocí a otro, de la finca de al lado casado lloriquea la experta.
Tienes que llamar a tus padres. Que vengan y hablen contigo. ¿Cómo te dejaron venir sola? Y de momento vayamos al despacho de la directora, a ver si conseguimos aclarar algo aconsejo. Lucía se va desesperada. Pobre, vas a tener que aprenderlo todo a palos
Recojo mis cosas para marcharme. No quiero irme. En veinticuatro días, casi todo se ha hecho familiar especialmente Eugenio.
Llega el autobús. Eugenio se despide con su ramito de campanillas. Me emociona, le abrazo. Fin del fugaz romance. El corazón se encoge. Si Eugenio me pidiera quedarme lo dejaría todo.
Vivimos en ciudades separadas. Solo podemos escribirnos cartas. Y la que me llega es de su esposa. Dice saberlo todo y que no me moleste en seguir, que ella tiene treinta años y yo cuarenta. ¿Para qué responder?
Medio año después, Eugenio aparece sin avisar. Mis hijos, sorprendidos, callan y desaparecen discretamente.
¿De paso por Madrid, Eugenio? pregunto esperando otra cosa (Dime que has venido para quedarte).
No exactamente ¿No me echas? se queda cortado, atascado en la puerta.
Los chicos, con vergüenza, entran en su dormitorio.
Pasa. ¿Qué te trae aquí? ¿Vienes con recado de tu esposa? ironizo.
Perdona, Beatriz. Te escribí, pero mi mujer encontró la carta Lo reconozco, la culpa es mía. Ya estamos divorciados confiesa.
No sabía que seguías casado. Si lo hubiera sabido no habría pasado nada entre nosotros. ¿Y ahora qué?
Bea, cásate conmigo propone, de sopetón.
No sé, Eugenio. Yo tengo hijos ¿Y ellos cómo encajarían? No puedo decidir así de improvisto dudo, pero siento alegría.
Tener hijos es maravilloso. Yo también tengo una hija, Carlota, de diez años.
¿Y la dejas atrás?
No, ¿cómo crees? Me la traeré. Su madre bebe mucho Seremos una auténtica familia me descoloca.
Un momento, Eugenio. ¡Ni siquiera conozco a tu hija y ya quieres que sea su madre! Estás yendo demasiado rápido. Dame tiempo, hablaré con mis chicos. Luego veremos. Anda, siéntate. Te preparo algo de comer, novio respingón bromeo.
Por supuesto, la familia feliz nunca existió del todo. Tuvimos discusiones, escapadas, desencuentros. Cada uno con su carácter, nadie cede fácilmente.
El tiempo pasa deprisa. Mi hijo mayor, Alejandro, se casa con Carlota. Se alian contra nosotros y nos reprochan todo: que nunca debimos romper antiguas familias, que Eugenio jamás debió dejar a su esposa y que a mí, como viuda, no me correspondía volver a casarme. Se marchan juntos a un piso de Alcorcón de alquiler.
Eugenio y yo nos encogemos de hombros y seguimos queriéndonos de verdad.
Pasa un año. Los hijos no regresan, Carlota solo llama a Eugenio el día de su cumpleaños.
Tres años después nos invitan a su nuevo hogar. Acudimos, con recelo pero también alegría.
Allí nos espera la gran noticia: Alejandro y Carlota han tenido un niño, nuestro nieto en común. La alegría es enorme. En la comida, los chicos piden perdón. Han entendido que, en la vida, todo puede ocurrir, que hay que saber perdonar y respetar a los padres, que nos dieron la vida. Por eso han llamado al niño Paz, porque desean que reine la paz en la familia.
Eso es lo que Eugenio y yo celebramos ahora: nuestra felicidad recién nacida.





