Hace poco recibí una llamada de mi tía lejana invitándome a la boda de su hija mi prima segunda, a la que la última vez que vi fue cuando tenía seis años. Bueno, cuando ella tenía seis años.
No suelo ser muy efusivo con los lazos familiares, pero esta vez no había escapatoria.
Una vez cada veinte años podríamos vernos, como no vengas te las verás conmigo me espetó mi tía con tono amenazante.
Y claro, llegó la invitación, con palomas y rosas, de parte de Estrella y Antonio, además del recordatorio dos días antes. No me quedó otra que aceptar.
En fin. Sábado perdido, pero qué le vamos a hacer.
Así que me presenté en el restaurante con un ramo de flores, el humor por los suelos y la secreta esperanza de largarme a la primera oportunidad y sin hacer ruido.
Entré en el salón de celebraciones y me sentaron en una mesa con un grupo de jóvenes animados amigos del novio que después de un par de copas ya me decían que qué suerte tenía la novia de tener una tía tan guapa y joven, que si nos conocíamos mejor, que venga, que a disfrutar todos. Y eso hicimos.
Por supuesto, no reconocí a la novia; han pasado muchos años y ha dejado de ser una niña morenita y discreta para convertirse en una rubia voluptuosa de escote generoso. Me gustaba más de niña, si os soy sincero.
El ambiente no era especialmente alegre: un montón de tías enfadadas, tíos con cara de pocos amigos, un novio desbordado, una novia creída de su imposiblemente llamativo aspecto Si no hubiera sido por los colegas del novio, aquello se habría parecido más a un velatorio. Las tías me miraban fatal.
Llegué tarde al primer turno de brindis, pero justo arrancó el segundo, y me tocó empezar. El maestro de ceremonias, después de enterarse de quién era yo, exclamó entusiasmado:
¡Y ahora, unas palabras para los novios de parte de la joven y guapa tía de la novia!
Inspiré y solté:
Queridos Estrella y Antonio
La boda, que ya de por sí tenía poco de bulliciosa, quedó en absoluto silencio. En ese mismo instante me di cuenta de que no localizaba a mi tía por ninguna parte, y que era bastante improbable que hubiera cambiado tanto como para no reconocerla.
La novia se llama Carmen me siseó una señora trasnochada de rosa sentada enfrente. Y el novio es Víctor.
¿Cómo que Carmen? ¿Qué Víctor?
Aquí viene la gente a comer y beber por la cara, añadió la de rosa. Como ese que apareció en la despedida del chaval que se iba a la mili, costó echarlo. No tienen ni vergüenza ni decencia.
Ahí caí en la cuenta de que el espectáculo estaba servido. Todos los invitados comenzaron a afilar la mirada, algunos ya se levantaban ligeramente, y aunque aún no se remangaban, se notaba tensión en el aire.
¡Pero si tengo la invitación aquí! exclamé (sí, exclamé), agitándola como si fuera un arma. Aquí lo pone: Estrella y Antonio, restaurante tal, salón de banquetes
La salvación llegó de la mano de un camarero.
Señor, me dijo, tenemos otro salón en la segunda planta. ¿Quizá su boda es allí?
Sí hombre, claro. Lo que quiere es cenar dos veces me despachó la de rosa. Dejas huella aquí, y luego a la otra sala a repetir. ¡Menuda caradura!
Si es que, Inés Fernández, la desvergüenza es una bendición para quien la tiene intervino otra tía, de verde lima, mucho más antipática.
Quisiera añadir que no tengo pinta de marginado ni de aventurero de tres al cuarto. Aunque, visto lo visto, cualquiera lo diría. Los amigos del novio intentaron defenderme pero la tía de lila saltó:
Mira esta, ya anda mareando a los hombres.
Y la de rosa remató:
¡Por eso dejó a nuestro contable sin marido, un momento le das la espalda y te la lía!
Jamás he robado maridos ajenos, pero por un momento me sentí el mismísimo Don Juan. Incluso llegué a fijarme en los maridos presentes, total, por cada acusación que sumaban, tanto daba una más.
Menos mal que el camarero, con buen criterio, bajó corriendo al otro salón y regresó acompañado de mi tía, que evaluó la situación de un vistazo y juró por su honor que me conocía. Eso sí, me guiñaba un ojo de forma extraña, como dando a entender a todos que mi salud mental llevaba años en entredicho.
En fin, me evacuaron al otro salón, donde la verdadera Estrella una morena preciosa y el tal Antonio me colmaron de licores para evitar que me desmayara del susto.
Por suerte, no me dio tiempo a entregar el regalo.
Aunque, curiosamente, fueron los amigos del otro novio los que me despidieron al marcharme.
De toda esta experiencia he aprendido que en España, más que en ningún sitio, hay que mirar bien la invitación y el salón, y que la familia por mucha distancia que haya tiene el don de sorprenderte siempre, para bien o para mal.





