Adam, no quiero hacerte daño ni herirte, cariño.
Adam se sentó en el alféizar de la ventana, mirando al exterior de su piso en Madrid. Esperaba a su padre y divagaba en sus pensamientos. Habían pasado dos años desde que su madre les dejó. Se ha hecho otra vida para ella, le había dicho una vez su padre con pesar. ¿Por qué abandonó a su hijo? Nadie lo sabía con certeza. Para Adam seguía siendo un misterio. Poco a poco fue dejando de pensar en ella.
Su padre había procurado por todos los medios que a su hijo no le faltase nada. El chico ya tenía diez años. Comprendía muchas cosas y a él no le engañaba nadie. Solo que seguía sin entenderlo todo. Ya sabía fregar platos y colocar las cosas en las estanterías. Ya no jugaba con juguetes.
Ahora ya era casi un hombre. Además, Adam se sentía tremendamente solo. Soñaba con tener un perro. Pero su padre siempre se negaba.
¿Y quién va a cuidarlo? Yo trabajo todo el día, tú vas al colegio y eres todavía muy pequeño.
Finalmente, el padre decidió llevar a casa, en lugar de un perro, a una mujer. Se llamaba Inés. Empezó a vivir con ellos. Adam procuraba no dirigirle la palabra. La sentía como una extraña, alguien que no le pertenecía. Pero su padre la llamaba su esposa y deseaba que su hijo tuviera una madre.
¡No la necesito! respondía Adam sin dudar. Así fueron pasando los días. Adam veía cómo su padre era feliz con Inés. Se trataban con dulzura, reían, se abrazaban. Y él, en el fondo, seguía molesto, con un dolor que no sabía explicar.
Papá, quiero que Inés se vaya.
Adam, pero yo quiero que se quede. Nos resulta difícil vivir sin una mujer, sin una esposa ni una madre en casa.
Llegó el verano y el calor a la ciudad. Adam jugaba en la calle con otros chavales. Sus nuevos amigos le hicieron creer que su padre y la nueva esposa querían enviarlo a un internado.
Se asustó muchísimo. ¿Y si querían tener otro hijo y él les estorbaba? Así que decidió prepararse para lo peor.
Un día escuchó, al pasar, un retazo de conversación: Allí estará bien, deberíamos mandarle allí.
Aquello fue demasiado para él. No pegó ojo en toda la noche e ideó un plan para deshacerse de Inés. Pensó que la presencia de ella sólo empeoraba las cosas. Empezó gastándole pequeñas bromas pesadas: le echó sal al café, encendió la vitrocerámica y dejó una sartén vacía encima. Se mostró grosero. Inés no tardó en darse cuenta de quién era el causante, y le llamó para hablar con él.
Tenemos que hablar. Estás disgustado.
No me pasa nada intentó escabullirse él.
Adam, no quiero hacerte daño ni herirte, cariño…
He alquilado una casita para el verano. Queríamos darte una sorpresa, pero creo que ha llegado el momento de sincerarnos. Tu padre ha encontrado un perro y hoy vamos a recogerlo. ¿Quieres venir?
¿De verdad? exclamó Adam, sorprendido y dispuesto a creerle. Entonces saltó a sus brazos y la abrazó con toda su fuerza.
A Inés se le humedecieron los ojos: Venga, ya está. Tienes que alegrarte, todo saldrá bien, no hace falta llorar le acarició el pelo dulcemente.
Cuando su padre volvió del trabajo, salieron juntos a recoger al cachorro. Adam, que ya había dejado la rabia atrás, comenzó a mirar a Inés con otros ojos, ya no como una enemiga. Se reconciliaron. El perrito se quedó dormido en los brazos de Adam. Y, por fin, todos en casa eran felices.




