Hoy necesito escribir para poner un poco de orden en mis pensamientos. Nunca creí que llegaría este momento. Esta mañana, mientras me desayunaba con unas magdalenas y un café, volvía a repasar la escena de la tarde anterior, mezclando rabia, decepción y, curiosamente, un extraño alivio.
Mamá, ¿otra vez les has dado esas galletas industriales? Carmen casi gritaba desde la puerta de la cocina, como si lo que acababa de encontrar fuera el crimen del siglo y no la merienda improvisada de sus hijos, mis nietos. ¡Pero si habíamos quedado en que solo les dabas las sin gluten de la panadería de la calle Gran Vía! ¡Todo eso lleva azúcar refinado y grasas! ¿Quieres que a los chavales les vuelva a salir la dermatitis? ¿O quieres que se acuesten revolucionados y no peguen ojo?
Yo, Lucía Herrera, barrí las migas del mantel con la mano, tomando aire para no soltar la réplica. Tenía ganas de decirle que aquel invento sin gluten, que costaba lo mismo que una entrada para el teatro Lope de Vega, los niños lo habían llamado cartón y se negaron a probarlo, mientras las galletas de toda la vida, de las de la confitería de la esquina, las engullían felices. Pero preferí callar.
He aprendido con los años, sobre todo en este último tiempo, que lo mejor suele ser guardar silencio y no alimentar el incendio. Carmen, mi única hija, se plantó delante de mí con su traje del Corte Inglés, nerviosa, mirando el reloj. Claramente llegaba tarde a otra de sus reuniones importantes, pero la charla sobre nutrición priorizaba sobre cualquier atasco en la M-30.
Carmen, los chicos tenían hambre después de estar en el parque me atreví a decir, lavando las tazas bajo el grifo. Apenas han probado la sopa, y el pescado ni mirarlo. Algo necesitaban comer.
Mamá, la energía se saca de los hidratos complejos, no del azúcar cortó ella, mientras recogía el bolso. Me voy, papá volverá sobre las ocho. Vigila que hagan los deberes de logopedia. Y nada de tabletas. Revisaré el historial.
La puerta se cerró, dejándome el aroma de su perfume caro y una tensión espesa en el ambiente. Me senté pesadamente en la silla, notando cómo la espalda crujía de agotamiento. Cara a mis sesenta y dos, no hace tanto que, tras muchas súplicas de Carmen y de mi yerno, Rafa, dejé mi puesto como contable en una empresa de suministros del polígono para quedarme con mis nietos, Mateo y Tomás.
¿Para qué quieres seguir trabajando, Lucía? insistía Rafa. Carmen y yo tenemos la hipoteca, no damos abasto, necesitamos respaldo. Y lo de buscar una niñera, ¡ni hablar! Que yo no quiero una desconocida en casa, y además no veas cómo se ponen de caras las de confianza. Así tienes a los niños, nosotros estamos tranquilos y no tienes que pelearte con el metro por las mañanas.
Sonaba perfecto en su momento. Y yo a mis nietos los adoro. Me imaginaba tardes de parque del Retiro, cuentos, juegos de plastilina. Pero la realidad fue bien distinta.
Mi jornada empieza a las siete. Tengo que cruzar media ciudad, de mi pequeño piso de Carabanchel al piso flamante de Carmen en el PAU de Hortaleza, para llegar antes de que los niños se despierten. Ellos se marchan temprano y regresan de noche; de mí depende la rutina, los paseos, las citas con el logopeda, las actividades extraescolares. Mateo es incansable, cinco años y un torbellino; Tomás, tres, está en esa edad insoportable del yo solo.
Las tardes transcurren entre construir castillos con piezas y ayudar a Mateo con los ejercicios de los eses y shhh que le manda la logopeda. Luego la batalla de la cena (el brócoli ni tocarlo, las salchichas fueron mi pequeño secreto viendo sus caritas de hambre), baño, cuento, y a la cama. Cuando luego oigo el pestillo de la puerta y entra Rafa, ya ni siento las piernas.
¿Carmen aún no llegó? me pregunta él, frente a la nevera.
No, sigue en el despacho le digo, guardando mis cosas. Me voy ya que si no, pierdo el último autobús y el taxi está imposible.
Sí, sí, claro, gracias, Lucía. Asegúrate de cerrar bien, que la cerradura está tonta.
De regreso en el bus, con el Madrid de noche devorando la ventanilla, no podía evitar sentirme como una cafetera automática, de esas que le das al botón y trabajan solas. Ni un cómo estás, ni duermes bien, ni si me sube la tensión con estos calores tontos de primavera.
La situación explotó el sábado. Normalmente esos días los aprovecho para descansar en casa, lavar la ropa, organizar mis cosas. Pero el viernes por la noche me llamó Carmen, con voz finge-alegre.
Mamá, tenemos que hacer una reunión familiar. Vente el domingo a comer, es importante.
Me temí cualquier cosa; problemas, dinero, salud. El domingo llegué con una empanada de bacalao, la preferida de Rafa, pero el recibimiento fue rarísimo. Mandaron a los peques al cuarto, conectaron la tele (un sacrilegio en esa casa). Los adultos nos sentamos en la mesa. Rafa abrió el portátil y Carmen colocó delante su agenda. El olor del guiso era lo más humano en aquella escena fría de despacho.
Mamá, Rafa y yo hemos revisado estos meses comenzó Carmen, sin mirarme y hemos visto que necesitamos organizar mejor la educación de los niños. Hay cosas que nos preocupan.
¿Preocupan? sentí las manos heladas.
Te hemos preparado una lista saltó Rafa, mostrándome el Excel del portátil. Nada personal, Lucía, es crítica constructiva, para optimizar.
Allí había columnas, casillas de colores y hasta leyendas. Carmen marcaba en la libreta:
Primero: la comida. Has dado dulces, salchichas, empanadas… Son bombas de glucosa. Queremos que sigas el menú que cuelgo en la nevera, sin saltarte nada.
Carmen, las albóndigas de pavo no las comen ni yo intenté defenderme. Son niños.
Los hábitos se forjan en la infancia intervino Rafa, modo profesor. Punto dos: el horario. El otro día Tomás se acostó a las nueve y media en lugar de a las nueve. Es media hora menos de melatonina, mamá, no puede ser.
Recordé ese día; el crío estuvo mala con dolor de barriga, le canté hasta que se durmió.
Tercero: el aprendizaje. Mateo sigue con las tarjetas de inglés paradas. ¿No trabajáis los colores? Esto es una metodología que compramos, Lucía. ¡Es para que avance! Dejarle con los coches es restar capacidad cognitiva.
¡Mateo tiene cinco años! salté. ¡Debe tener infancia! Leemos cuentos, contamos piñas en el parque…
Las piñas son del pleistoceno bufó Carmen. Y lo más importante: disciplina. Los consientes demasiado. Luego nos toman la medida. Debes ser más estricta. Quitar chucherías, poner castigos, ser impecable.
La palabra impecable me desgarró más que todo.
Y para terminar añadió Rafa vamos a seguir estos indicadores de progreso en un Excel semanal. Si Mateo no avanza en inglés, habrá que buscar profesor particular y eso supondrá gastos extra. Contamos contigo para cumplir objetivos.
Miraba la empanada enfriándose, los rostros de mis hijos transformados en jefes de planta. Pasaba por mi cabeza la imagen de los dos últimos años: Yo arrastrando el carrito por aceras sin limpiar, noches sin dormir con los pequeños febriles, fregando suelos que no eran los míos, posponiendo comprarme un abrigo para regalarles un puzzle bueno. Pensaba que era amor. Que así se hace familia. Pero de repente me sentía una subcontratada gratis, que falla los KPI.
Se hizo un silencio tenso.
¿Así que eso es, lista de reclamaciones? pregunté, voz contenida.
No lo llames así, mamá, son puntos de mejora canceló Carmen.
Entiendo me levanté despacio. Rafa, mándame ese archivo por correo, quiero revisarlo.
Ahora mismo, Lucía, claro.
Me encaramé recta, como en mis tiempos de las inspecciones de Hacienda:
Lo comprendí. Reclamáis una pedagoga, dietista, cocinera, limpiadora, políglota, todo en una, con métodos Montessori y férrea disciplina. Olvidáis un detalle.
¿Cuál? se tensó Carmen.
El contrato y la remuneración. Si todo tiene que reglamentarse, pues hagamos cuentas: una niñera con título, en Madrid, ronda los 12-15 euros la hora. Yo estoy con vosotros doce horas diarias, cinco días. 60 horas por semana. Multiplica por 12 euros; 720 euros semanales. Vamos, cerca de 3.000 euros al mes y eso sin extras, ni cocinar para vosotros.
Rafa soltó una risa tensa:
¡Pero Lucía, tú eres la abuela! ¿Qué sueldo ni sueldo?
Una abuela, Rafa, hace rosquillas los domingos y cuenta cuentos cuando le apetece repliqué dura. Pero si impones exigencias, indicadores y planes, entonces es una trabajadora, y el trabajo se paga. Que la esclavitud la abolió Isabel II hace siglo y medio.
Carmen se levantó, perpleja:
¡Mamá! ¿Cómo puedes convertir en dinero algo tan familiar? ¡Esperábamos ayuda por amor!
Quiero a mis nietos más que a nadie, me brillaban los ojos, pero no cedí. Por eso he aguantado, pero hoy me habéis dejado claro: no ayudo, presto servicios de segunda. Así que me despido.
Otra vez silencio.
Como lo oyes. Mañana buscáis profesional. Yo vuelvo a ser la abuela de visita, los domingos, con magdalenas.
Cogí mi bolso.
Comed la empanada, os salió buenísima. Buenas tardes.
Salí con toda la dignidad que pude. Sólo ya en la escalera oí un lamento ahogado: ¿Y ahora qué hacemos?, chilló Carmen.
Aquella noche sentí una liberación extraña: ni cena que preparar, ni llamadas de última hora, ni alarmas al alba para empalmar bus y metro. Me hice un té, puse en la tele Bienvenido, mister Marshall y apagué el móvil.
La semana pasó entre llamadas y mensajes. Carmen empezó suplicando y acabó admitiendo que me necesitaba. Rafa trató de conmoverme hasta el hartazgo. Permanecí firme.
Tengo la tensión alta, Carmen. El médico me ordenó tranquilidad mentía tranquilamente, tumbada en el sofá leyendo una novela de Almudena Grandes. Mañana tampoco puedo, tengo la peluquería y entrada para el teatro. ¡Ya sois adultos, os apañáis!
Por fin fui al teatro y me compré un vestido. Descubrí el placer de dormir ocho horas, de tener mi propia vida, de que el mundo no se acababa por no estar en cada pequeño detalle de la vida de mi hija.
Poco a poco me llegaron noticias: un día Carmen y Rafa se turnaron en el trabajo; después trajeron a una niñera.
Un mes después, un domingo, como prometí, me presenté con magdalenas. Abriéndome la puerta me encontré un piso patas arriba, niños con legañas y caos en la cocina.
Corrieron hacia mí, saltándome encima:
¡Abu! ¡Abu!
De la cocina salió una señora robusta, cara seria de general. La nueva niñera.
Mateo, Tomás, soltaos de la abuela, rápido. Estamos con las actividades, deprisa ordenó, voz de mando.
Soy Lucía, la abuela, me presenté.
Encantada, señora dijo seca. Yo soy Consuelo, la niñera, del Servicio Dédalo. Aquí hay rutinas estrictas.
Los niños desaparecieron como corderos. Carmen salió, ojerosa.
Hola, mamá. ¿Quieres té? Consuelo, pon el agua porfa.
No entra en mis funciones preparar a los adultos. Yo soy sólo la niñera. Y recuerde, Carmen, la hora extra del miércoles no está paga añadió revisando el móvil.
Carmen apretó los dientes y puso el agua ella misma.
El ambiente era insostenible. Cuando la niñera salió al baño, susurré:
¿Qué tal?
Del Servicio VIP, la última que nos han mandado suspiró Carmen. Habla tres idiomas, todo en regla.
¿Cuánto cobra?
Mil doscientos al mes más dietas bufó Rafa. Y, encima, hay que comprar todo bio, sólo come ecológico…
Eso sí, todo profesional, no pude evitar decir.
Carmen empezó a llorar mansamente.
Mamá, esto es un infierno. Los machaca como si fueran reclutas. Tomás se hace pis en la cama. Mateo solo me pide irse contigo. Nada de tele, ni siquiera los dibujos educativos. Sólo quiere el móvil para ella. Y cambiar de niñera tampoco podemos; esta al menos no fuma ni toma cervezas. Pero esto es un desastre y estamos en rojo.
La miré, y sentí el alma blanda otra vez. Pero no era cuestión de ceder sin condiciones.
No sufras, saqué una servilleta. De todo se aprende.
Vuelve, por favor gimoteó Rafa. Fuimos unos tontos. ¿Un Excel para la abuela? Nos pasamos. Perdónanos.
Haced lo que queráis pero sin listas asintió Carmen entre mocos. Que cenes lo que quieras con ellos, aunque les des galletas, que se rían, que jueguen… y volvemos a pagarte. ¡O más!
Bebí un sorbo de té. Oía a Consuelo gritar a Tomás.
No pienso aceptar dinero dije. No soy empleada, soy abuela. Pero tampoco pienso quemarme otra vez.
Saqué de mi bolso un folio doblado.
Aquí mis condiciones: cuido a los niños tres días por semana: martes, miércoles y jueves, de 9 a 6. Nada de tardes ni festivos. Lunes y viernes, voy a mi aire. Si no os apañáis, contratáis horas puntuales.
¡Trato hecho! dijo Rafa.
Segundo: nada de indicaciones. Si crío a los niños como a ti, Carmen, y no saliste tan mal… si hay que darles magdalenas, se las doy. Y si hay que ver a Don Quijote por la tele, se ve. Si no, llamáis a la niñera de nuevo.
¡Perfecto, mamá!
Y por último: respeto. Si vuelvo a oír la palabra profesionalidad donde no toca, me largo. Yo ayudo, no limpio la casa, así que lo doméstico, a repartir.
Hecho, mamá. Llamamos al servicio de limpieza.
Por fin sonreí.
Ahora id y despachad a la señora. No soporto oírla gritar a Tomás.
Consuelo soltó un bufido y recitó su cláusula de indemnización; Rafa la pagó de inmediato, sólo por verla marchar.
Quedamos en silencio.
¡Abu! Tomás salió corriendo, se abrazó a mi pierna. ¿La señora se fue?
Sí, cariño. No volverá.
¿Y haremos magdalenas?
El martes. Hoy leeré un cuento y me iré temprano. La abuela hoy descansa.
Aquella noche me llevaron a casa en taxi, con un paquete de manjares que antes eran para la niñera. Nos abrazamos largo rato. Desde la ventana, vi la ciudad encendida y supe que ahora sí, tenía mi lugar.
Habrá días difíciles, seguro, pero ya aprendí a poner límites. Y mis hijos, también. Hace falta, a veces, marcharte para que los demás valoren de verdad lo que haces. El amor no exige sacrificio sin fin: exige respeto y espacio propio. Y si hay que organizar Excel, que lo hagan en el trabajo. Las abuelas tenemos nuestro método: paciencia, magdalenas y cariño, que no cabe en ninguna tabla ni informe.





