Mi marido trajo a sus amigos a casa sin avisar, así que hice la maleta y me fui a dormir a un hotel …

Life Lessons

Venga ya, Carmen, no te pongas así. Sólo han venido unos amigos a ver el partido, ¿qué tiene de malo? No nos veíamos desde el instituto. Hazte un favor, corta unos pepinillos y ese chorizo bueno que compramos para la fiesta. Qué menos, si hay cerveza pero para acompañar, nada. La voz de Daniel retumbaba desde el salón, superando el estruendo de la tele y las carcajadas de los tres hombres grandullones.

Carmen seguía en el recibidor, apretando las llaves del piso entre los dedos. Acababa de cruzar el umbral soñando solo con una cosa: quitarse los tacones que llevaban torturándola nueve horas, desmaquillarse y desplomarse en el sofá con su libro. El día había sido infernal. El informe anual, la histeria de su jefa, dos horas de atasco bajo el sirimiri. Se dirigía a casa como a un puerto seguro, una pequeña isla en la tempestad. Y, en vez de eso, fue a desembocar a la estación de Atocha en hora punta.

El olor acre de cerveza barata y boquerones en vinagre la recibió de golpe. En su alfombra beige favorita, amontonados, varios pares de zapatos talla cuarenta y cinco, algunos manchados de barro. Una cazadora había resbalado del perchero y permanecía tirada en el suelo como un pájaro herido.

Carmen respiró hondo, intentando calmar el temblor de sus manos. Avanzó al salón. Era una escena digna del Prado: Daniel, su esposo, desparramado en el sillón, mientras Víctor, Paulo y otro barbudo desconocido se adueñaban del sofá. En la mesa de cristal la misma que Carmen limpiaba con producto especial para no dejar marcas, botellas, bolsas de patatas y un montón de escamas de sardina sobre un trozo de periódico.

Daniel dijo Carmen en voz baja. Quedamos en que no traías a nadie a casa entre semana sin avisar. Estoy agotada. Sólo quiero paz.

Daniel ni se giró, pegado a la pantalla, abstraído en el ir y venir de los jugadores.

Qué exagerada eres… Lo de siempre: estoy cansada, me duele la cabeza. Venga, Carmen, no hagas de abuela. Chicos, decídle algo.

Tranquila, jefa, ¡estamos en silencio! Vociferó Víctor, el de la voz baja de avión despegando. Ahora marca el Atleti y hasta bailamos. Vente tú también, ¿una cervecita?

No quiero una cerveza Carmen notó que dentro de ella crecía la rabia helada y decidida. Quiero este piso vacío y limpio en diez minutos.

Carmen, no nos hagas pasar vergüenza, anda Daniel por fin la miró, rojo y molesto. Haz algo útil, vete a la cocina. Haz unos callos, venga. Los chicos tienen hambre. No estés ahí de estatua, que cortas el rollo.

Carmen lo miró como si no lo conociese. Diez años de matrimonio. Diez años esforzándose por ser la esposa perfecta: hogar acogedor, limpieza, cenas deliciosas. Había tolerado sus tardes de taller, su madre metiendo baza, sus calcetines tirados. Pero algo se rompió en ese instante. Quizá fue esa orden de vete a hacer callos. O la montaña de escamas en su mesa.

Sin una palabra, giró sobre sus talones y se marchó.

Menuda ofendidita… le llegó a la espalda entre risas. Ya volverá, seguro, y nos pondrá de cenar. Tiene ese carácter, pero se le pasa.

Carmen cruzó al dormitorio. Sobre la cómoda, la cartera de Daniel, vaciada como siempre: monedas, llaves, tarjetas tiradas. Carmen sabía que ayer le habían ingresado la paga extraordinaria. Bien jugosa, pensada para el arreglo de la terraza o, como poco, neumáticos nuevos.

Vio la tarjeta dorada. El plan surgió de inmediato: audaz, casi demencial, ajeno a la vieja Carmen, sumisa y paciente. Pero esa Carmen ya no existía. Había nacido una nueva, que exigía respeto. O una compensación por los daños.

Cogió la tarjeta. Buscó y sacó su pequeña maleta. Ropa interior, el pijama de seda que Daniel detestaba por resbaladizo, cargador del móvil, neceser. Actuaba con precisión. Desde el salón estalló un: ¡GOOOOOOL! que sacudió las paredes. Carmen se puso el abrigo, calzó los botines y se miró en el espejo: ojeras, labios apretados.

¿Callos? Ahora verás susurró a su reflejo.

Salió sin ruido. Nadie notó la puerta al cerrarse, la tele camuflaba su escapada.

Fuera lloviznaba, pero Carmen tenía calor. El pulso le latía acelerado. Llamó a un taxi, eligió clase Negocio. Si es noche de locura, que lo sea de verdad.

Llegó un Mercedes negro en cinco minutos. El chófer, elegantísimo, le abrió la puerta.

Buenas noches, señora. ¿Destino?

Hotel Palace, por favor. El más lujoso de Madrid, un palacio de mármol y porteros con librea. Carmen lo había admirado por fuera mil veces, jamás soñó dormir allí como huésped.

Excelente elección.

El trayecto fue un suspiro. En la cartera, el móvil vibrando: llamadas de Daniel. Se acabaría la pausa, daban publi y el hambre mandaba. Carmen desconectó el sonido. Que llame. Que busque. Que piense que está en el supermercado, comprando mayonesa.

En el lobby del Palace olía a perfume caro y flores frescas. Una lámpara de cristal resplandecía como un tesoro. Carmen se acercó al mostrador; la recepcionista le dedicó una sonrisa impecable.

Buenas noches. ¿Tiene reserva?

No. Carmen deslizó la tarjeta dorada. Necesito una suite. Con jacuzzi, a ser posible. Que dé a la plaza de Neptuno.

La chica pisó teclas a velocidad de vértigo.

Disponemos de Suite Presidencial, séptima planta, extraordinarias vistas. Con desayuno, acceso ilimitado al spa. Son doscientos sesenta euros por noche. ¿Formalizamos reserva?

Doscientos sesenta euros. La mitad de su sueldo. O un tercio de la prima de Daniel. El cálculo de ahorradora le pinchó muy levemente. Pero su nueva Carmen pisó fuerte, decidida.

Adelante.

Documento de identidad, por favor.

Al pasar la tarjeta, Carmen imaginó el móvil de Daniel zumbando junto a las patatas fritas: CARGO 260 EUR. HOTEL PALACE.

¿Lo notaría enseguida? Lo dudaba: ahora importaba más el fútbol.

Un botones la acompañó a la suite. Cuando abrió la puerta, Carmen contuvo el aliento. Aquello era un palacio. Cama kingsize de sábanas inmaculadas, salón con butacas, baño de mármol como su cocina… y esas vistas nocturnas de Madrid.

Primero se descalzó y pisó la moqueta de puntillas, después fue directa al minibar. Una minúscula botella de champán costaba casi tanto como toda la cerveza del salón.

Pues adelante dijo en voz alta, destapándola.

Llenó una copa, se dejó caer en la butaca y revisó el móvil. Quince llamadas. Tres mensajes:

Carmen, ¿dónde estás?

Has ido a por mayonesa, ¿verdad?

Carmen, vuelve, los chicos tienen hambre.

Ni una pizca de preocupación. Todo exigencias. Carmen bebió un sorbo del espumoso. Qué paz.

De pronto, otro mensaje:

Carmen, ha llegado un sms raro. Un cargo de 260. ¿Compraste algo? No está la tarjeta. Llama YA.

Vaya, ya se dio cuenta. Carmen sonrió y marcó al servicio de habitaciones.

Buenas noches, quisiera cenar en la habitación. Sí, sé que es tarde pero tengo hambre. Ensalada de marisco, solomillo punto y… tiramisú. Ah, y vino tinto, bueno. Añada, por favor. Que carguen a la suite.

Fue al baño, llenó la bañera con sales aromáticas. Detrás, el móvil enloqueció con llamadas. Ahora sí, Daniel la necesitaba.

Descolgó solo cuando estuvo sumergida en la espuma.

¿Sí?

¡Carmen! ¿Te has vuelto loca? Daniel bramaba al otro lado. El fondo sonaba sospechosamente silencioso. Los amigos, callados, notando el tsunami. ¿Dónde estás? ¡¿Qué son esos cargos?! ¡¿Has comprado un bolso por la noche?!

No, cariño. No es un bolso. Es silencio y respeto. Estoy en un hotel.

¿En qué hotel? ¿Para qué?

Porque en casa se huele a fritanga y me siento una invitada. Te pedí que no trajeras a nadie y no escuchaste. Dijiste haz callos. Yo quiero solomillo y baño de burbujas.

¿Pero… estás borracha? La voz de Daniel tembló. ¡Vuelve YA! ¡Ese dinero es de los dos! ¡Era para la terraza!

La terraza puede esperar, mis nervios, no. Y ahora verás otro cargo, será por la cena, calcula unos setenta euros más.

¡¿Setenta euros por cenar?! ¡Carmen, estás fatal! ¡Hay callos congelados en el frigo!

Que aproveche, Daniel. Que te los haga Víctor. O Paulo. Si son tan amigos, que ayuden.

Carmen, para ya. Los chicos se marchan ya, vuelve.

¿Seguro? ¿El olor y los platos también se van? No, Daniel, tengo la suite pagada. Y pienso aprovecharla. Mañana me haré un masaje en el spa, dicen que es de lujo.

¿Masaje? ¿En cuánto más nos vas a dejar el agujero, Carmen? ¡Vuelve o lo limpio todo!

Alegra saber que por fin sientes la llamada del deber doméstico. Practica. Vuelvo mañana a comer. Si gritas, reservo otra noche. Que la tarjeta la manejo yo.

Colgó y apagó el móvil.

Unos minutos después, llamaron a la puerta. Un camarero impecable empujó una mesa con mantel blanco, cubiertos de plata, aroma a asado, un postre exquisito. Carmen, en el albornoz más suave que jamás había sentido, cenó contemplando Madrid iluminado, sintiéndose reina en su castillo.

Por primera vez en años no era criada ni sombra, sino Una Mujer. Mimada y exclusiva. Aunque el amor tuviera que pagárselo con cargo familiar.

La noche pasó volando. La cama, una nube. Nadie roncaba, nadie tiraba del edredón. Despertó con los rayos de sol filtrándose por las cortinas y una extraña ligereza.

Bajó al spa. Piscina, baño turco, masaje. La masajista, con manos firmes, le indicó: Menuda tensión llevas, chiquilla hay que cuidarse.

Ahora aprenderé, palabra susurró Carmen, mientras el dolor se licuaba.

Al salir del hotel era ya pleno mediodía. El móvil, al encenderlo, rebosaba de mensajes. Y uno de Daniel: He limpiado todo. Te espero. Tenemos que hablar.

Pidió otro taxi Negocio si nos perdemos, nos perdemos bien y volvió a casa.

Al girar la llave, la recibió un olor a lejía y limón. Y también, a remordimiento masculino.

Daniel estaba en la cocina, una taza de té frío delante. Todo brillaba. Ni rastro del caos de la víspera. La alfombra, reluciente. El suelo, impecable. La vajilla colocada. Hasta la vitro estaba reluciente.

Al verla, Daniel se levantó de un salto, ojeroso y oprimido.

Ya has vuelto Menudo susto me has dado, Carmen. ¿Sabes lo que has gastado?

Carmen dejó la bolsa, sacó su tarjeta y la arrojó a la mesa.

Lo sé. Trescientos ochenta y cinco euros. El precio de mi tranquilidad. Y tu lección.

Daniel se tapó la cara.

Trescientos ochenta ¡por una noche! Carmen, eso era medio presupuesto para la terraza.

Calcula cuánto vale, en diez años, el trabajo de una asistenta, una chef y una terapeuta replicó Carmen, mirándole fijamente. Te acostumbraste a que yo era fácil. Que callo, aguanto, recojo a tus amigos. Que mi no vale menos que nada. Anoche confirmaste que no te importa lo que siento. Llenaste nuestro piso de extraños cuando te rogué lo contrario. Me hiciste sentir forastera en mi casa.

Daniel se tragó la protesta.

Yo se me fue de las manos. Insistieron

Y a ti te faltó nervio para decir que no. ¿O es que ellos son más importantes que tu mujer? Su voz era baja, cada sílaba un aldabonazo. Así que escúchame: si lo repites una vez más, no me iré a un hotel. Me iré para siempre. Y el divorcio, créeme, te costará más que esos trescientos ochenta euros.

Daniel la miró como si viera a una desconocida; entendió que la mujer sumisa se había esfumado, y ante él estaba una Carmen renovada, guapa, descansada y, sobre todo, peligrosa.

De acuerdo murmuró, bajando la mirada. Me pasé. Víctor es un cerdo Le he dicho que no vuelva a pisar el piso.

Estupendo Carmen se levantó. ¿Queda algo de cenar? ¿O ni eso?

Daniel espabiló.

Hice sopa De sobre, pero con patatas. ¿Te sirvo?

A Carmen estuvo a punto de escapársele una sonrisa. Sopa de sobre. Un milagro.

Sirve, por favor.

Comieron en silencio. Daniel observaba cada gesto, con temor a otra tormenta. Y Carmen pensaba que esos casi cuatrocientos euros habían sido la mejor inversión en su matrimonio. A veces, para que te valoren, tienes que hacerte querer y valer. Literalmente.

Esa noche, al ver una película esta vez eligió Carmen, un drama romántico que Daniel siempre llamaba rollo pastelón, él de pronto se acercó y la abrazó.

Carmen

¿Sí?

¿Era tan bonito? Lo del hotel, digo.

Precioso. Jacuzzi, vistas, albornoz suave

¿Y si vamos juntos algún día? Para el aniversario. Cuando ahorremos.

Carmen apoyó la cabeza en su hombro.

Por supuesto. Pero tu tarjeta, mejor bien guardada. No sea que me entre antojo de filete a medianoche.

Daniel soltó una risita y la apretó.

Mejor aprendo a hacer filetes yo solo. Sale más barato.

Han pasado seis meses. Ahora, los invitados sólo aparecen si Carmen lo sabe y sólo los findes. Y, milagrosamente, Daniel recoge su propia vajilla. Parece que el trauma Palace y los menos cuatrocientos euros fueron un recordatorio radical, mucho más útil que años de súplicas.

Carmen, por si acaso, abrió una cuenta a su nombre: Fondo Intocable. Pone algo de cada paga. Sin motivo aparente. Por si un día necesita otra suite con vistas a Neptuno. Y saberlo, le reconforta mejor que una chimenea.

Si esta historia te parece real, y también crees que hay que quererse y respetarse, sígueme, pon un me gusta o comenta ¡me haría mucha ilusión leerlo!

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