Mi esposa, Inés Fernández, siempre fue la personificación de la discreción. En las reuniones con nuestros amigos en Madrid, apenas hablaba, limitándose a asentir con la cabeza y sonreír dulcemente, sólo contestando cuando alguien le preguntaba algo directamente. Inés no era jamás protagonista de ningún escándalo ni daba pie a escenitas de celos. Me cuidaba con la delicadeza de quien riega una planta frágil: no imponía condiciones, aceptaba con gratitud hasta el más sencillo de mis regalos, mirándome con esos ojos profundos de Almodóvar.
Nuestro matrimonio tenía el brillo plácido de los domingos de otoño en el Retiro: no había secretos, solucionábamos todo recorriendo juntos los senderos en espiral de la vida. Al volver de la oficina siempre me recibía el aroma de cocido madrileño, el piso perfectamente ordenado y la sonrisa sincera de Inés. ¿Qué más se podía pedir?
Pero ya sabes cómo son los sueños: de repente te pierdes por callejones que crecen en las paredes. A pesar de mi vida familiar, dentro de mí zumbaba un ansia de aventura, un gusano invisible. Sentía que algo, algo pequeño pero persistente, me faltaba en mi mujer: nuestra intimidad era un cuarto apagado, apenas abierto de vez en cuando. Yo no aguanté el silencio y busqué calor en otros brazos, encontrando a una amante.
Una noche, con la lógica flotante de los sueños, Inés lo supo todo. Como si las paredes hablaran, se separó de mí sin una sola palabra más alta que otra.
Me mudé con mi amante a un apartamento en Lavapiés. Todo allí estaba revuelto y frío: ni olor a lentejas, ni una sonrisa que me llamase al llegar a casa. Entre nosotros sólo había una conversación difusa, flotando como niebla en la Gran Vía.
Quise regresar con Inés, pero los relojes derretidos del sueño corrieron demasiado deprisa. Ella ya tenía a otro hombre. Caminaban juntos bajo los castaños de El Escorial, y la reconocí sólo por el eco de una risa que ya no era mía.
Y allí, en ese Madrid imposible donde las aceras giran en bucle y nunca sale el sol dos veces igual, comprendí mi error. Perdí a la mujer perfecta por mi estúpida búsqueda de algo que ya tenía en mis manos y no supe ver. Eso nunca me lo perdonaré, ni aunque el tiempo se pliegue como una servilleta de un bar cualquiera en la Plaza Mayor.





