Traiciona y pone condiciones: Cuando la familia es una partida de ajedrez y el precio del perdón pes…

Life Lessons

Traicionó y pone condiciones

Escucha, Lucía, no tengo ni tiempo ni ganas de escuchar tus quejas eternas.

O acabas ahora con ese papel de víctima y seguimos viviendo como antes, o mañana hago la maleta y ya le explicas tú a la niña por qué su padre se ha marchado.

Tú sola. ¿Lo entiendes?

¿Vivir normalmente cómo, Jesús? susurró ella. ¿Como si nada hubiera pasado? ¿Como si yo no hubiera visto aquellos mensajes?

¿Como si Andrés Talleres no te hubiera escrito a las dos de la madrugada diciendo que echa de menos tus manos?

Jesús soltó un resoplido y tiró de las zapatillas, apretando con el talón para sacárselas sin desatar.

Otra vez lo mismo… Siempre con la misma historia. Ya te lo dije claro: se acabó. ¿Estoy en casa? En casa. ¿Estoy contigo? Contigo. ¿Te doy dinero? Te doy.

¿De qué te quejas aún? ¿Qué quieres? ¿Que me ponga de rodillas? Pues no, eso no lo verás.

No hace falta. Lo que necesito es que dejes de hablarme como si te molestara mi existencia. Me faltas el respeto a cada paso, siempre tienes esa ironía, ese sarcasmo…

¡Porque eres insoportable! la interrumpió él. Vas por la casa como un fantasma, siempre con esa cara de haber chupado limón.

¿Tú crees que me hace ilusión volver a casa? Entro y va interrogatorio o silencio, una de dos.

Cualquier mujer decente ya habría dejado pasar esto por el bien de la familia. Pero claro, tú tienes que hurgar en la herida.

Pasó junto a ella camino a la cocina, rozándola con el hombro. Lucía tambaleó, pero no se cayó.

Siempre pensó que había sacado la lotería con Jesús. Era un hombre con carácter, exitoso, un padre excelente. Tenían una hija, la pequeña Carmen, de cinco años, su piso propio, ambos ganaban bien.

La infidelidad, ocurrida hacía medio año, no fue ningún accidente; durante meses, su marido llevó una doble vida.

Lucía lo supo por casualidad, cuando Carmen jugaba con el móvil de papá y apareció una notificación: Andrés Talleres preguntaba si Jesús había comprado aquella ropa interior que tan bien le quedaba a ella.

Cuando la verdad salió a la luz, Jesús no negó nada. Primero calló, después se enfadó y al final soltó:

Sí, fue eso. Pasó y ya está. No montes una tragedia, sigo aquí.

En todo este tiempo él no pidió perdón, ni mostró remordimiento; ni siquiera se sentía culpable, y eso hería a Lucía más que nada.

Entrando en la cocina, su marido ya estaba sentado, pasando el dedo por el móvil; en la mesa le esperaba el plato de merluza al horno que ella, atenta, había tapado para que no se enfriara.

¿Te has quedado corta con la sal? soltó quitando el plato. ¿O se te han cortado las papilas gustativas de tanto llorar?

Jesús, para. Carmen está en la habitación, lo oye todo.

Mejor, rió él, metiéndose un trozo de pescado. Así ve que su madre hace todo para que me fugue de casa. ¿No es eso lo que quieres, que me vaya?

Quiero que tengas humanidad. Dijiste que lucharías por la familia. ¿Esto es tu esfuerzo? ¿Humillarme?

Jesús posó el tenedor.

Mira, menda. La familia es un proyecto y yo invierto en él. Juego con Carmen, pago sus actividades, la llevo al cole.

Querías que no le faltara un padre, lo tiene. Y tampoco tengo por qué ser amable contigo después de tres meses de tortura con tus historias.

Te lo dejé claro: o zanjamos esto de una vez o me largo. Pero si me voy, tú te quedas sin un duro.

El piso toca repartirlo, tendrás que venderlo y pagar la parte que me toca, unos buenos mil euros.

¿Te sobran? No. Así que te tocará alquilar, en otro barrio, otro colegio para Carmen. ¿Vas a moverla de aquí?

Lucía calló. Su marido conocía mejor sus puntos débiles que ella misma. Pensar en la niña teniendo que cambiar de vida; despedirse de amigas, mudarse a un piso destartalado mientras su madre lucha en los juzgados, la llenaba de terror.

Pues ya está, cállate zanjó Jesús. Come algo, que se te ponen los huesos a la vista.

***

Por la noche, Carmen dormía abrazada a su conejo de peluche, y Lucía se quedaba sola en el balcón, pensando.

Jesús, al fin y al cabo, era “un buen padre” en el sentido tradicional: no bebía, nunca levantaba la mano, Carmen le adoraba.

Papá, eres mi héroe, le susurraba cada mañana.

¿Cómo podía Lucía romperle ese mundo?

Desde la otra habitación, se escuchaba la voz de Jesús. Estaba al teléfono, ella prestó oído.

Sí, mañana seguimos como quedamos. Está hecho, ya te dije que la cosa se arregla. Ella se queja, pero se le pasa. ¿Dónde va a ir la pobre?

Lucía se heló. Así pensaba de ella Movió el tirador de la puerta.

Jesús estaba tumbado en el sofá, estirando las piernas. Al verla, cortó la llamada al instante.

¿Con quién hablas? preguntó ella.

Con un compañero del trabajo. ¿Quieres repasar mi lista de contactos? le tendió el móvil de forma teatral. Toma, detective.

Ten cuidado, eso sí: si tocas o borras cualquier cosa que no te guste, mañana mismo me voy con mi madre. Luego no llores.

¿Te estás riendo de mí, Jesús? Lucía se acercó. ¿De verdad crees que tienes derecho a ponerme condiciones después de lo que has hecho?

Lo tengo. Porque soy el hombre de esta casa, y decido cómo se vive aquí. O sigues mis reglas, o a volar sola.

Se puso frente a ella, casi pegados.

Sabes de sobra, Lucía, que ningún otro hombre va a querer a tu Carmen como yo. Aguantará mientras seas joven y guapa.

Después será un estorbo. ¿Eso quieres para tu hija? ¿Que una figura cualquiera la tolere por compromiso?

Eres un miserable, Jesús susurró ella.

No, realista sonrió él apartándose. Me voy a duchar. Prepárame la camisa burdeos de mañana, y plánchala bien, que hoy tenía un pliegue en el cuello y me crispa.

Se fue al baño; Lucía se quedó sola en el salón, en pie.

***

El día siguiente empezó con el jaleo habitual. Lucía freía tortitas, Carmen protestaba porque no quería ponerse las medias.

Jesús apareció con la camisa burdeos, bien planchada por Lucía.

Mamá, ¿iremos al zoo el sábado? preguntó Carmen.

Claro, cariño Lucía le forzó una sonrisa.

Papá, ¿tú vendrás? Dijiste que ibas a enseñarme el león gigante.

Jesús le acarició el cabello y, de repente, fue otro hombre.

Claro, preciosa. Si mamá se porta bien y no hace enfadar a papá, seguro que vamos.

Lucía estuvo a punto de dejar caer la espátula.

Jesús, ¿pero qué dices? susurró cuando Carmen se giró a ver dibujos.

¿Qué? Él puso cara inocente. Le enseño cómo funciona una familia: jerarquía. No querrás que por tus cosas perdamos el sábado, ¿no?

Lucía no replicó. No tenía argumento; él tenía excusa para todo, siempre usando a la niña de escudo.

***

En la oficina Lucía no levantó cabeza. Las compañeras preguntaron si estaba bien, ella se excusó diciendo que no descansó.

A la hora de comer miró en un portal de alquileres. Los precios eran altísimos, los pisos dignos de su zona volaban.

Los más baratos quedaban en el otro extremo de la ciudad.

Dos horas de trayecto. El cole cierra a las seis. No llego a recogerla ni de broma, pensó cerrando el portátil. ¿A dónde voy? ¿Cómo hago todo esto?

Una hora antes de salir, llamó su marido:

Oye, hoy llegaré tarde. Tengo cosas que hacer. Cenad vosotras. Y, Lucía…

¿Qué pasa?

Compra un Rioja semidulce bueno. Esta noche hablamos tranquilos, sin tus dramas, ¿vale?

Jesús, yo…

Lucía, no te lo estoy pidiendo le cortó, te doy una oportunidad para arreglar las cosas. No la desaproveches. Un beso. Saluda a Carmen.

Colgó. Ella se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó. ¿Intentar hablar? ¿Qué podía perder?

***

Carmen se durmió pronto. Lucía llevaba horas sentada en la cocina. La botella de vino, allí en la mesa: la había comprado, odiándose un poco por ceder.

Jesús volvió cerca de las once, de excelente humor.

Muy bien, le dio un beso en la mejilla, ella se apartó. Va, deja de ponerte así. Venga, una copa.

He estado pensando… Nos vendría bien desconectar. ¿Qué te parece si el mes que viene vamos a Cádiz? Los tres. Carmen adora el mar, y ya he visto un hotel muy chulo.

Pero, Jesús, ¿cómo vamos a irnos de vacaciones? ¡Si casi ni nos hablamos!

Eso lo dices tú bebió un trago. Yo, en cambio, intento arreglarlo. Eso sí: prométeme que el tema se acabó.

Ni revisiones, ni indirectas, ni lágrimas. Vivimos como si no hubiera pasado.

¿Y la confianza? Le miró directa.

La confianza es un lujo que ahora no te puedes permitir rió su marido. Tú necesitas seguridad, la niña necesita a su padre y esta casa, quien la dirija.

Tienes todo eso. El precio: tu silencio. Creo que es un buen trato.

¿Y si no acepto?

Jesús apoyó la copa en la mesa.

Entonces mañana haces la maleta. No estoy de bromas, Lucía. Estoy hastiado de este tira y afloja.

Yo necesito paz, y no una esposa siempre descontenta.

Si no eres capaz de perdonar y olvidar, ya sabes el camino.

Pero tenlo claro: me llevaré todo lo que pueda, y la culpa será de tu orgullo.

Se fue y Lucía se quedó en la oscuridad, oyendo el ruido del agua. Sabía que era una amenaza, un vil chantaje.

Que cualquier mujer fuerte le habría lanzado la copa a la cara y se habría ido… Pero ella no era de esas.

Era, por encima de todo, madre, y debía pensar en su hija. Al fin y al cabo, ¿quién no se equivoca una vez?

Él sólo tropezó una vez, quizás mereciera otra oportunidad. Por Carmen, debía intentarlo…

Mamá… sonó una vocecita adormilada desde el pasillo.

Lucía se limpió los ojos, se giró: Carmen estaba en la puerta.

Mamá, tuve una pesadilla. ¿Dónde está papá?

Aquí, cielo Lucía la cogió en brazos. Papá está en la ducha, no se ha ido. Ven conmigo, todo está bien. Estamos en casa.

¿De verdad, mamá? ¿Siempre estaremos juntas?

Lucía apretó los párpados, sintiendo su corazón partirse en mil pedazos.

Siempre, pequeña. Siempre.

Al llevarla de nuevo a la cama decidió que mantendría unida la familia. Desde mañana, haría todo por olvidar la traición. Pero eso, mañanaPero la madrugada trajo su propia lucidez. Cuando los ronquidos de Jesús rugieron tras la puerta cerrada, Lucía ya no podía dormir. Caminó descalza por el pasillo, escuchó el silencio, miró a Carmen abrazada a su peluche bajo la luz tenue.

La soledad era total, pero también había un filo nuevo, casi dulce, en ese vacío: el silencio no dolía tanto como el desprecio.

Lucía se sentó a la mesa de la cocina y sacó una hoja en blanco. Temblorosa, no escribió una carta de despedida; sólo hizo dos columnas: quedarme / irme.

En la columna del irme sumó miedos conocidos: incertidumbre, escasez, naufragio. Pero debajo, casi sin querer, surgió una frase: enseñar a Carmen a no rendirse.

La columna de quedarme era familiar, fácil. Pero la última línea, escrita con el pulso firme, la sorprendió a ella misma: apagarme lento.

Guardó la hoja y se fue a la cama, más cerca de su hija que nunca.

Al amanecer, Lucía preparó el desayuno y planchó la camisa azul de Jesús sin una arruga. Se sentó junto a Carmen, le peinó una trenza perfecta, le besó la frente y le prometió que el sábado verían leones gigantes, con papá o sin papá.

Antes de salir, miró una vez la hoja doblada en su cartera. No tomó ninguna decisión heroica esa mañana. Pero al salir por la puerta, bajo el cielo azul de la ciudad, supo que cada día sería una decisión.

Y que, aunque le temblara el alma, empezaría a elegir, poco a poco, el lado correcto de la hoja.

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