Mi casa, mi cocina, — declaró mi suegra — ¿Y se supone que debo darte las gracias por haberme quita…

Life Lessons

Mi casa, mi cocina, pensaba mi suegra

¿Gracias por privarme incluso del derecho a equivocarme? ¿En mi propia casa?
En mi casa me corrigió Remedios Martín con voz queda pero una contundencia inmensa. Esta es mi casa, Lucía. Y en mi cocina no tienen cabida experimentos incomibles.

El silencio se apoderó de la cocina.

Lucía, hija, entiéndelo tú misma, eso no era plato para sacar a la mesa remató mi suegra, sirviendo el té en las delicadas tazas de porcelana con el refinamiento de quien ha hecho esto ya mil veces.

Yo me mantenía rígido junto al extremo de la mesa, sintiendo crecer en mi interior un nudo tenso y ardiente. El rumor de la sangre latía en mis oídos.

Encima de los platos de mis suegros que acababan de retirarse al salón con Carlos quedaban restos de aquella suela de la discordia: el magret de pato con salsa de arándanos que Lucía había preparado durante cuatro horas. O al menos eso pensaba ella.

No era una suela la voz de Lucía tembló, pero se obligó a mirar a la suegra a los ojos. Lo mariné siguiendo la receta de mi madre. He comprado un pato criado en granja, nada de supermercado. ¿Dónde está, Remedios?

La suegra dejó la tetera a un lado y, con gesto delicado, se limpió las manos con el paño impoluto como siempre que llevaba como una banda.

Ni una pizca de arrepentimiento en su expresión; solo una compasión distante, la que se dedica a un cachorro que no sabe nada de la vida.

Está en el cubo de la basura, Lucía. Tu marinada a ver cómo decirlo suavemente olía tanto a vinagre que casi me salta una lágrima.

Yo preparé un confit como es debido. Con tomillo, a fuego bajo. ¿Has visto como tu padre ha pedido repetir? Eso, querida, es el nivel. Lo tuyo, si acaso, para un chiringuito de carretera.

No tenías derecho, Lucía susurró. Era mi cena. Mi regalo de aniversario para mis padres. ¡Ni preguntaste siquiera!

¿Para qué preguntar? Remedios alzó apenas una ceja; chispeó en su mirada la autoridad de una chef de renombre, acostumbrada a mandar en grandes cocinas. Cuando hay que apagar un fuego no se pide permiso.

Yo estaba salvando el honor familiar. Carlos también estaría disgustado si nuestros invitados se intoxicaran.

Ve, saca la tarta. También le he arreglado el relleno, créeme; estaba tan líquido que tuve que añadir espesante y un poco de ralladura.

Lucía miró sus manos, que temblaban ligeramente. Se había pasado el día entero dando vueltas entre cazuelas mientras Remedios descansaba en su cuarto.

Pesando cada ingrediente, colando la salsa, decorando los platos. Quería demostrar que no era una simple invitada, la chica de Carlos, sino la dueña de casa y capaz de servir la mejor mesa.

Pero en cuanto se ausentó media hora para arreglarse antes de la llegada de mis padres el profesional tomó los mandos.

¿Lucía, te has quedado atascada? aparecí entonces yo en la puerta, relajado, algo achispado tras el vino. Mamá, el pato estaba impresionante. Lucía, de verdad, te has superado. No sabía siquiera que tenías ese nivel en cocina.

Lucía se giró hacia mí muy despacio.

No he sido yo, Carlos.

¿Cómo? dudé.

Literal. Tu madre tiró mi comida y preparó todo de nuevo. Todo lo que habéis comido desde el entrante hasta el plato principal era suyo.

Me quedé en suspenso un instante, alternando la mirada entre mi mujer y mi madre. Remedios fingía limpiar una encimera que ya relucía.

Lucía, cariño intenté rodearla con un brazo, pero se apartó con brusquedad. Mamá solo quería ayudar.

Si le parecía que algo no iba bien Ya sabes, es una experta, lo suyo es que todo esté perfecto.

¡Pero mira lo bueno que salió al final! Mis padres encantados. ¿Qué importa quién cocina, si ha ido bien la velada?

¿Qué importa? la voz de Lucía se rompía de pena. Importa que aquí no soy nadie. Soy adorno, decoración de salón.

Tres días planeando el menú. Yo quería alimentar a mis padres por mi cuenta. Y tu madre una vez más me pinta como si fuera una inútil incapaz de montar una salsa.

Nadie te hizo quedar mal intervino Remedios, doblando con mimo el trapo. No se lo confesamos a nadie. Tus padres piensan que lo has hecho tú.

He salvado tu reputación, Lucía. Un gracias tampoco estaría mal.

¿Gracias? ella soltó una amarga carcajada. ¿Gracias por impedirme hasta el derecho a un error? ¿En mi casa?

En MI casa, repitió Remedios bajando la voz. Aquí mando yo, Lucía. Y lo incomestible va fuera.

Se hizo otro silencio denso. Solo se oía un fondo de televisión desde el salón: mi suegro, riendo mientras contaba alguna anécdota.

Estaban felices. Creían que su hija era una anfitriona magnífica. Y Lucía sentía que la habían humillado en público y luego restregado sal en la herida.

Salió sin decir palabra, cruzando el pasillo ante la mirada de sus padres.

Mamá, papá, lo siento, me encuentro fatal. Me duele mucho la cabeza. ¿Carlos os puede acompañar al coche?

¿Lucía, qué te pasa? se levantó mi suegra, preocupada. El pato estaba de cine, hija. Igual has hecho demasiado. ¡Con todo el trabajo que lleva!

Sí muy cansada, verdaderamente. No volverá a pasar.

Se encerró en nuestro dormitorio y se sentó en el borde de la cama, repitiendo para sí: así no puedo seguir.

Esto llevaba ya meses, desde que decidimos quedarnos temporalmente con Remedios para ahorrar para la entrada del piso.

Si compraba la compra, Remedios revisaba cada bolsa con gesto de desagrado:

¿Has visto este tomate? Es de plástico. Solo sirve para el atrezzo, no para la ensalada.

Si intentaba guisar, ella suspiraba como si asistiera a un crimen culinario.

Al final Lucía evitaba entrar en la cocina cuando mi madre andaba por allí.

Pero esa noche iba a ser su momento de gloria. Y fue una rendición.

Un rato después llegué al dormitorio.

Se han ido ya mis padres dije. Yo creo que todo ha salido perfecto, menos tu reacción. Mamá se ha pasado, sí, pero hablaré con ella.

No hace falta me interrumpió. Sacaba ya una bolsa de viaje del armario.

¿Qué haces? la miré incrédulo.

Hago la maleta. Me voy con mis padres. Ahora mismo.

Lucía, no exageres. ¿Por una comida? ¡Es solo un pato!

No es el pato, Carlos. ¡Es el respeto! Tu madre me trata como un estorbo en su mundo perfecto. Y tú lo permites: mi madre lo hace por ayudar, es profesional ¿Y yo qué? Soy tu mujer, no una becaria en prácticas.

Ella no quiere hacer daño, es así. Toda la vida en cocina, obsesionada con la perfección.

Pues que se quede sola en su perfección. Yo quiero errar en mi casa: echarle sal de más a la sopa, quemar una tortilla, que nadie lo tire mientras me ducho.

¿Dónde vas a ir? intenté retenerle las manos. Es de noche. Hablemos por la mañana, con calma.

No, si me quedo, mañana me dirá que mal hago el café. No puedo más, Carlos: o buscamos un alquiler ya o no sé.

Pero si estamos ahorrando para la hipoteca. Unos meses más y damos la entrada. No tiene sentido gastar ahora en alquiler. Ten paciencia.

Lucía me miró como si no me reconociera: no había empatía en mi gesto, solo pragmatismo y ese deseo de que todo se calmara sin que yo tuviera que intervenir.

¿Paciencia, seis meses? espetó. Para entonces yo seré una sombra.

En silencio empacó lo imprescindible. El neceser, algo de ropa interior, cuatro camisetas. La cremallera chirrió resignada.

En el pasillo, Remedios aguardaba con los brazos cruzados y el rostro endurecido, lista para la trinchera.

¿Vas a escenificar tu marcha? ¿El acto final del drama la chef incomprendida?

No, Remedios le contestó Lucía mientras se calzaba. El final. Ya has ganado tú. Tu cocina es solo tuya. Mis especias puedes tirarlas también; seguro que no valen.

¡Lucía, basta! salí tras ella. Mamá, dile algo.

¿Qué quieres que le diga? Remedios elevó los hombros. Si por una cazuela destruye una familia, estaba vista para sentencia.

A mí, a su edad, me enseñaron a aprender de los mayores. Pero hoy todos son auténticos, cada uno con su orgullo

Lucía ya no escuchó. Tomó la bolsa y salió al rellano.

El aire frío y puro del rellano le supo a gloria.

Oímos voces amortiguadas; yo intentando razonar con mi madre, ella dándome lecciones con su tono severo de siempre.

***

Lucía pasó toda la semana en casa de sus padres. No se metían mucho; mamá le hacía tortitas normales, nada de confit ni cremas de autor: ricas, caseras.

Yo llamé todos los días. Al principio enfadado, luego suplicando, después prometiendo que hablaría con mamá en serio. Al quinto día fui a recogerla.

Lucía, vuelve a casa, lucía destrozado frente a la mesa de la cocina de sus padres. Mamá está mala.

Lucía se detuvo con la taza en la mano.

¿Otra vez de la tensión?

No me senté, ocultando la cara entre las manos. Parece un virus de estos horribles. Lleva tres días casi a cuarenta. Ahora duerme pero está como apagada.

No come. Dice que todo no sabe a nada. Literalmente.

¿Cómo que no sabe?

Nada. Es como mascar papel. No huele los aromas. ¿Sabes lo que es esto para ella?

Ayer tiró un bote de sus especias favoritas porque no conseguía percibir nada. Se sentó en el suelo y se echó a llorar. Nunca la había visto así, Lucía.

En ese momento el enfado de Lucía dejó paso a otra cosa más fría. Recordó los rituales matutinos de Remedios: moler café, aspirar el aroma hasta casi llenarse de vida, como si de ahí sacara el aire para el día.

Para una persona cuyo mundo gira en torno a los matices, perder el gusto y el olfato es equivalente a quedarse ciego siendo pintor.

¿Ha visto un médico?

Sí. Dicen que es un efecto raro, neurológico. Puede volver en una semana o nunca.

Está encerrada en su cuarto y no sale. Dice que si no siente los sabores, no existe.

Lucía miró al exterior, donde los faroles partían la noche y lloviznaba. Imaginó a Remedios en su cocina el santuario sin distinguir ni vainilla ni ajo. Y sintió verdadero miedo.

Carlos, no te pido que vuelvas por mí dije, casi desbordado. Pero ayúdala. No se atreve ni a cocinar.

Intentó un caldo y lo dejó salado como el Cantábrico. Solo lo comprendió al ver mi cara.

¿Pero qué voy a aportar yo? replicó Lucía, amarga. Según ella soy una inepta. Ni me dejaba tocar la cocina.

Eres su única esperanza. Aunque no lo diga; es demasiado orgullosa. Pero la he visto mirar tu estante vacío en la nevera.

Al día siguiente Lucía regresó. No porque olvidase, sino por esa extraña lealtad que une a las familias, incluso cuando pinchan y raspan.

La casa olía extraño. Nada de pan recién hecho ni sofritos. Todo olía a polvo y soledad.

En la cocina, Remedios Martín estaba sentada, diez años más mayor, el moño deshecho, clavando la vista en una taza de té.

Buenas tardes, Remedios, dijo Lucía con voz suave.

Remedios se sobresaltó y alzó la vista.

¿Has venido a regodearte? su voz era áspera, apagada. Adelante. Puedes freír tu suela otra vez, ya no distingo entre eso y un solomillo.

Lucía dejó la bolsa en el suelo y se acercó. Vio las manos de Remedios, aquellas célebres manos, temblando.

No vengo a reírme. Vengo a cocinar.

¿Para qué? apartó la cara hacia la ventana. No siento nada. Todo es gris, Lucía. Como si hubiesen apagado los colores y el sonido.

Masco pan y es algodón. El café no es más que agua caliente. ¿Para qué gastar comida?

Lucía respiró hondo y se quitó el abrigo.

Porque seré tu lengua y tu nariz. Tú mandas y yo cato.

Remedios dejó escapar una carcajada amarga.

¿Tú? Ni diferencias el tomillo del orégano en seco.

Pues enséñame. ¿O ya te das por vencida?

Remedios calló. Miró sus manos, luego a Lucía. En sus ojos relampagueó una chispa antigua: la de siempre, brusca y exigente, pero viva.

Ni sabes sujetar un cuchillo gruñó. Te cortarás en un minuto.

Tendrás que sacar los apósitos, entonces Lucía se puso a la faena. Hay ternera sin usar. ¿Hacemos un guiso?

Remedios se incorporó, tocó los fogones apagados.

Hay que dorar bien la carne. Solo la costra justa, sin quemar. Tú la cocerías sin más.

Tú observas sacó Lucía la tabla y la carne. Siéntate al lado y dirige. Pero te prohíbo gritos: soy tu aprendiz, no un saco de boxeo.

Remedios se hundió en el taburete. Observó a Lucía manejar el cuchillo, torpe.

Cambia el agarre indicó seca. El pulgar arriba, el índice a un lado.

No aprietes tanto. Que la carne sienta el cuchillo, no el peso de tu mano.

Lucía ejecutó.

¿Así?

Mejor. Corta en dados de tres centímetros. Si los haces irregulares, se cocinan distinto. Esta es la base, Lucía.

Así empezó su primera rara clase. Lucía troceaba, picaba, salteaba. Remedios supervisaba; le temblaban las alas de la nariz, pero enseguida se le adivinaba el dolor: no olía nada.

Ahora el vino ordenó Remedios. Desglasa y deja que evapore el alcohol.

Lucía vertió el vino. Se elevó un aroma intenso, profundo, a uva y calor de hogar.

¿Cómo huele? susurró Remedios.

Lucía cerró los ojos.

Como un final de verano mojado en el bosque. Un poco ácido y dulzón a la vez.

Remedios los cerró también. Murmuraba las palabras, evocando aromas ya solo accesibles en la memoria.

Son los taninos musitó. Bien. Pon una pizca de azúcar para equilibrar.

¿Y ahora? Lucía probó la salsa. Sabe rico, pero no tiene chispa falta algo de picor.

Un poco de mostaza respondió Remedios sin mirar. De Dijon. Le vendrá bien esa nota al fondo.

Lucía añadió mostaza. Probó. Se le abrieron los ojos:

¡Dios, qué sabor! ¿Y usted cómo lo sabe sin probar?

Remedios esbozó su primera sonrisa en días, apenas un destello.

Memoria, hija. El gusto no es la lengua solo. Guarda aquí arriba miles de combinaciones.

Pasaron toda la tarde en la cocina. Al llegar yo, una olla de carne fragante esperaba en la mesa.

¡Qué bien huele! dije sorprendido. Mamá, ¿te has recuperado?

Remedios estaba exhausta, pero en paz.

No, Carlos. Cocinó Lucía. Yo solo metí baza.

La miré estupefacto; Lucía guiñó, secándose las manos.

Siéntate y come ordenó. Y ni se te ocurra decir que está salado. Hemos afinado hasta el último grano.

Mientras yo devoraba el segundo plato, Remedios susurró al vacío:

¿Sabes por qué tiré tu pato aquel día?

Lucía se quedó inmóvil.

¿Por qué?

Remedios levantó la vista. En sus ojos, por vez primera, vi el miedo. Miedo corriente, humano.

Porque si lo hubieras hecho perfecto, ya no haría falta yo. Para nada.

Mi hijo ya tiene su vida, su mujer. Y yo solo soy cocinera. Si no alimento a nadie, dejo de existir. Solo sería una vieja, de más en casa.

Quería demostrar que sin mí no podían. Que aquí mando yo.

Lucía depositó el plato, muy despacio. Jamás lo había visto así.

Hasta ahora, Remedios era un muro. Pero había solo una mujer asustada, aferrada a las cacerolas como a un salvavidas.

Nunca sobrarás, Remedios le dijo Lucía, acercándose. ¿Quién me enseñaría a cortar bien? Hoy he comprobado que no sé nada de cocina.

Remedios sonrió entre lágrimas y, de golpe, se rehízo con su seriedad habitual.

Sin duda. Esas manos aún son de trapo. Mañana crema pastelera de verdad. Si vuelves a usar espesante te echo de la cocina.

Lucía rió.

Hecho. Pero si sale bien me da la receta de su tarta de miel.

Dependerá de cómo te portes masculló Remedios, poniendo su mano encima de la de Lucía, aunque solo por un segundo.

Hoy he aprendido algo: en esta casa no gana el que manda sobre los fogones, sino el que se atreve a dejarse guiar y a compartir el fuego. Y siempre, todo, sabe mejor cuando se cocina juntos.

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