Divorcio por la vecina
A ver, explícame, ¿por qué, de todas las mujeres del mundo, te has ido con esa? ¿De mí… a ella? ¿Por qué?
A María Cristina no le entraba en la cabeza; Clara le había ganado en todos los frentes. Y, oye, si al menos Lorenzo le hubiese dicho algo así como “es más divertida, va a su aire, no es tan mandona ni tan pesada como tú” Pues aún tendría sentido.
¡¿Pero cómo, Mari! ¡¿Cómo?! Si vivíais tan bien lloriqueaban su madre, su hermana, y ese ejército de amigas que tenía, desde que se enteraron del inminente divorcio.
Vivíamos reconocía María Cristina. Pero ya no.
Mari, piénsatelo treinta veces antes de dejar a un hombre así. Que mira que trae el sueldo a casa, quiere a los niños y ni siquiera quiere divorciarse…
Cuando alguien soltaba eso, María Cristina le regalaba un ban eternal, tanto en WhatsApp como en el mundo real. Sin miramientos.
Esa compañera de curro con la que antes compartía pausas ahora solo recibía un gesto de cabeza y un escueto “hola” por compromiso.
Y el día que intentó charlar como antes, María Cristina le soltó todo de buenas a primeras: por los consejos no pedidos y por el intento descarado de convencerla de volver con el marido adúltero.
Sí, adúltero. Porque María Cristina, ni después de dos meses, lograba asimilar la situación.
¡Si habían vivido como Dios manda! Veinte años juntos. Desde la universidad habían pasado no un kilo, sino un camión lleno de sal, como manda el dicho castellano, porque la convivencia, si no, no cuaja.
Y ahí habían aguantado: sin blanca, con enfermedades de las suyas y de sus hijos, apechugando juntos como buenos
Los niños: dos, una hija y un hijo. Vamos, el pack completo. En casa, limpio. Comida casera siempre; la cabeza de María sólo le dolía si se chocaba con una puerta
Ella se cuidaba, no convertía a Lorenzo en un cajero automático andante, y tampoco le descuidó cuando llegaron los niños
¿Entonces qué más quería ese caballero? Que un día, de repente, metió la pata, pero hasta el fondo.
Y encima, ¿con quién? Ni siquiera fue un desliz con una jovencita de veinte, que hasta sería más comprensible. No, le dio por lanzarse a los brazos de una divorciada del bloque de al lado con hija incluida.
¿Pero puedes decirme qué demonios le ves?
Cuando salió a la luz el asunto, María Cristina se debatía entre la risa nerviosa y el llanto. Y Lorenzo allí, intentando explicar lo inexplicable:
¡Explícame de una vez por qué, de todas las mujeres, acabaste con ella! ¿De mí, a Clara? ¿Por qué?
A los ojos de María Cristina, la Clara esa salía perdiendo. Hombre, si por lo menos Lorenzo hubiera dicho que Clara era más alegre, menos intensa, menos pesada
Pero ni siquiera. Tampoco era que hubiese sido una locura borracho. Que va, el tío estaba más sobrio que un juez.
Todo el argumento de Lorenzo era un balbuceo tipo: “No sé cómo ha pasado” y pedir, de rodillas, volver a casa.
Resultó que, para sorpresa de la mismísima Clara, Lorenzo tampoco pensaba divorciarse de María Cristina ni de coña ni mudarse con su “nueva ilusión”.
Él pensaba que podía portarse como un gato travieso, liarse fuera y volver con carita de santo como si la Clara esa no existiera.
Y a lo mejor habría pasado así, pero justo la susodicha Clara, tras liarse con Lorenzo, acabó embarazada. Y decidió que papá para el futuro bebé (y para la hija que ya tenía) tenía que entrar en el Registro Civil por las buenas o por las malas.
Así que se fue a casa de María Cristina a montar un cirio.
Al principio María ni lo creyó. No era para menos: veinte años casados y pensaba que conocía a Lorenzo como la palma de su mano.
Pero claro, Clara también le supo decir hasta el detalle más íntimo: lunares, marcas, ese pequeño corte que nadie que no te haya visto en pelotas puede localizar
Vamos, que la cosa era real. Y Lorenzo, acorralado, no tuvo más remedio que confesarlo y rogar clemencia.
Sorprendentemente, hubo quien apoyó a Lorenzo. No los amigos comunes, sino la compañera de trabajo, un par de amigas de María Cristina que antes ni miraban a Lorenzo, y hasta unos primos lejanos
Todos, a una, insistiendo en que María Cristina debía perdonar, hacer como si nada, seguir con la vida común. Y eso sí que María nunca logró entender.
Vale, la suegra no quería ver la familia rota. Normal, veía al hijo arrepentido hasta las cejas y hacía lo posible por que todo se arreglase. Incluso mareó a los nietos, animándoles a pedirle a su madre que no se divorciara del padre. Sucio, rastrero, pero al menos se entiende el motivo.
Pero ¿y los demás? ¿Qué narices les importaba la familia de María Cristina? ¿Porque si una está hasta las cejas en mierda, las demás también tienen que estarlo?
O qué sé yo, a veces pensaba ella. Pero lo que sí sabía era que no tenía intención de aguantar ni medio minuto más semejante actitud.
Es que era hija de su padre, que en paz descanse. Y de él aprendió algo muy útil, una lección que le repetían mil veces.
Hija, cuando alguien te llame egoísta y te diga que tienes que aguantar, compartir, renunciar o perdonar sólo porque así se hace o Dios lo manda… No te lo creas ni por asomo. Normalmente es porque quieren aprovecharse y arreglar sus marrones a costa tuya.
Este consejo se lo grabó a fuego y, efectivamente, cada vez que la gente sacaba el tema de vergüenza, de deberes familiares o de lo que se espera de una mujer, era porque la querían manipular.
Y ella no era de esas a las que les podían comer el tarro. Al final hasta los hijos lo aprendieron: Tras pedir el divorcio, la suegra llamó exigiendo que los nietos le quitaran el bloqueo en WhatsApp y volvieran a hablar con ella.
Es que es un rollo dijo Ksenia durante la cena.
El hijo, Víctor, estaba en casa de la novia, así que ella se llevó todas las preguntas sobre el bloqueo.
Es que sólo nos habla para que hagamos que volváis a estar juntos, que si sería mejor para todos Yo ya le he dicho que no está en nuestra mano, otra vez también, pero nada, a la tercera fue la vencida y la mandé al bloqueo hasta que hable como una abuela normal.
Gracias. Sé que esto no es fácil para ti. Te agradezco que no entres en su juego y que no caigas en ese teatrillo.
Mamá, que tonta no soy suspiró Ksenia. Ya sé lo que ha pasado. Si os hubierais peleado por las vacaciones o por las cortinas, igual tendría sentido arreglarlo, pero lo de una infidelidad… Eso no lo perdona nadie decente. Y papá lo sabía. Si aun así se fue con Clara…
Mamá, le quiero, seguirá siendo mi padre, pero… ¿qué esperaba? ¿Y la abuela, qué piensa conseguir ahora?
María Cristina no tenía respuesta. Y mira que, hacía un mes, creía que podía contestar a cualquier pregunta de su hija.
Pero ahora ni ella sabía por qué alguien, después de pasar veinte añazos como esposo modelo y padre ejemplar, de repente se le cruzan los cables así.
Vale que cosas raras han pasado en la historia de las familias, pero lo de Lorenzo no lo vio venir ni la Virgen del Pilar. ¿Crisis de mediana edad? ¿Locura transitoria? ¿Un demonio en el costillar?
El caso es que, cinco años después del divorcio, Lorenzo decidió todavía superarse y demostrar a su antigua familia que los demonios en su interior estaban tan vivos como siempre, y a lo grande, además.





