Martes, 12 de junio
Hoy, la vecina volvió a asomarse por encima de nuestra valla. Mi esposa fue directa hacia ella y le explicó amablemente que teníamos muchísimo trabajo y que hoy no podríamos sentarnos juntos como hicimos ayer. ¿Y mañana?, preguntó Inés con esa curiosidad suya constante. Mañana igual, tendremos que estar ocupados. Y, la verdad, preferiríamos no recibir más visitas, respondió mi mujer con esa firmeza tan suya.
A veces pienso que esa ilusión que tuve alguna vez de vivir en la ciudad solo me ha traído quebraderos de cabeza.
La casa de mi esposa está en un pequeño pueblo a las afueras de Segovia. Cuando todavía vivían mis suegros, íbamos a menudo. Recuerdo cómo disfrutaba cuando preparaban la merienda bajo la sombra de la gran higuera. Nos podíamos pasar horas charlando, viendo cómo caía la tarde y el aire se llenaba del canto de los grillos. En invierno, mi suegra encendía la chimenea y servía bizcochos recién hechos. Se impregnaba la casa de un aroma delicioso que, aún hoy, cuando cierro los ojos, puedo recordar con todo lujo de detalles.
A mi esposa y a mí nos gustaba esquiar en la sierra y montar en trineo. Cuando mis suegros fallecieron, decidimos no vender la casa. Nos prometimos seguir yendo igual que antes, aunque lo cierto es que nunca lo cumplimos.
Siempre surgía algo que nos retenía en Madrid. Poco a poco, dejamos de pensar en esa casa, y la vida siguió, veloz. Los años pasaron sin darnos cuenta. Nuestro hijo conoció a Lucía y acabaron casándose. Mi nuera, Victoria, solía decir que estaría feliz viviendo en el campo, al menos durante el verano.
Eso nos hizo recordar la casita familiar. Así que cogimos el coche y fuimos mi esposa y yo los primeros, después de tanto tiempo. Nos encontramos la casa casi intacta, solo un poco descuidada por la falta de uso.
Decidimos ponernos manos a la obra y limpiar a fondo. Carmen se ocupó del interior mientras que yo arreglaba el jardín y quitaba maleza. Pensé que después de tantos años, se habría venido abajo. Pero, con algo de esfuerzo, en poco tiempo todo parecía renovado. Al día siguiente llegaron los niños y se sumaron a la limpieza. En una tarde, la casa volvió a llenarse de vida. Mientras las mujeres preparaban la cena, mi hijo y yo intentamos reparar la vieja mesa y los bancos bajo la higuera.
Fue entonces cuando me di cuenta de que alguien nos observaba tras la valla. Se presentó enseguida: Inés, la vecina nueva, que acababa de comprar la casa al lado. Vino a saludarnos y, por cortesía, la invitamos a cenar. Nos contó que vivía sola porque se había divorciado; tiene una hija a la que le compró una casa y tres nietos de los que hablaba constantemente. A mí, la verdad, la conversación me estaba resultando monótona, hasta que sentí algo rozando mi pierna. Miré debajo de la mesa y era el pie de Inés, buscándome descaradamente. Me retiré con disimulo y evité cualquier contacto, sintiéndome incómodo y privado en mi propia casa, temiendo que Carmen se diera cuenta.
Inés no dejaba de hablar, como si nada pasara. Los niños ya estaban inquietos y yo solo quería que la noche terminara. Cuando recogíamos la mesa, Carmen me comentó con un susurro que esa vecina no daba confianza alguna, que no era una mujer seria. No necesité más pruebas. Pero no fui capaz de confesarle lo ocurrido bajo la mesa; sentía una mezcla de vergüenza y rabia. Intuí que Inés ya había hecho algo similar antes.
Esta mañana, cuando Inés regresó a asomarse como la noche anterior, Carmen la frenó en seco con mucha educación pero bien clara: hoy tenemos demasiado trabajo, y por respeto preferimos que no vuelva.
¿Y mañana? insistió ella con fastidio.
Mañana igual que hoy. Mejor no vengas más contestó Carmen, mirándole a los ojos.
Fue un acto valiente y necesario por parte de mi esposa. Inés refunfuñó durante un buen rato, pero no le prestamos atención. Estoy seguro de que mi mujer hizo lo correcto. Aquí todos somos bastante francos y, si alguien no nos cae bien, lo notamos al instante y preferimos no forzar ninguna relación. No necesitamos más visitas impertinentes que interrumpan nuestra tranquilidad y nuestros recuerdos.





