¡Eres un traidor! No habrá boda: La historia de cómo el desengaño amoroso de una joven profesora de …

Life Lessons

Mi vida, ¿pero qué tonterías me traes ahora? su amor apenas posó la mirada en la foto. Yo solo te quiero a ti, no necesito a nadie más. Eso, seguro, es un montaje fotográfico.
¿Ah sí? ¿Y a quién le iba a interesar inventar algo así? La respuesta de Arcadio incomodó a Lucía. El desdén, la pereza con que trataba todo aquello.

El salón de belleza que la abuela de Lucía le dejó en herencia era un espacio lleno de espejos torcidos, como si fuera un palacio que solo visitaban las sombras. A la joven, sin embargo, le importaba más enseñar a los niños a pintar en la escuela de arte de la calle Mayor. No rechazó la herencia, claro, pero el salón funcionaba gracias a una mujer responsable, que en los sueños se transformaba en cigüeña y sobrevolaba los tejados de Madrid. Lucía podía vivir de lo que amaba y no necesitaba nada quizá solo una familia.

Tras la muerte de la abuela, extraños relojes sin agujas llenaban la casa de Lucía, y el vacío se le hacía una charca donde croaban sapos invisibles. Con 27 años, solo un año después, conoció a Arcadio mirando cuadros retorcidos en una exposición en el Círculo de Bellas Artes. Él, con su sonrisa tímida, de esas que en sueños se vuelven eco o poema, la conquistó con su amabilidad y caballerosidad. Tras dos meses flotando entre nubes de aceite y acuarela, Arcadio la invitó a su casa de Chamberí para conocer a su padrastro, don Julián.

Mi verdadero padre se fue al otro barrio cuando yo era un crío le confesó Arcadio mientras el reloj del salón giraba al revés. Mi madre se casó diez años después. Nunca le llamé papá, pero nos llevamos bien. Cuando ella murió hace dos años, me quedé con él.

Julián tenía porte firme y mirada viva, con palabras tan exactas que parecían resonar como campanas en misa. Era difícil decir que tuviera 56 años; parecía más joven, como los laberintos en los sueños, eternos. A Lucía le cayó bien, y él bromeó galantemente:

¡Menuda suerte ha tenido este tunante con una joya como tú! y besó la mano de Lucía con una sonrisa resbaladiza.

¿Por qué tunante, Julián? protestó Arcadio, fingiendo ofensa.

Los hombres de verdad no venden material de scrapbooking, ¡venga ya! Al menos la novia es de primera.

A Lucía se le escaparon risas como confeti lanzado por el viento y Arcadio sintió celos como si una sombra le acariciara el hombro.

Seis meses después, Arcadio le pidió matrimonio. Sus sueños se llenaron entonces de iglesias de ventanas líquidas y vestidos que levitaban. No se daba cuenta del mensaje que llegó a su móvil: fotos de Arcadio abrazando y besando a otra, con esa sonrisa de siempre, fechadas apenas dos semanas antes. Sentía que el suelo era agua.

Mi vida, deja estas fantasías tuyas musitó él. Yo solo te quiero a ti. Eso está trucado, fijo.

¿Y quién iba a querer hacer eso? Lucía sintió la desazón, aquel tono distante rozando el absurdo de los sueños.

Vete tú a saber, sonrió él con desgana, como si respondiera a una pregunta sobre cigüeñas que cruzan la Gran Vía. El mundo está lleno de locos.

Y Lucía estalló por dentro, transformando la rabia en peces de colores que nadaban en su pecho. Esperaba disculpas, promesas, castillos de explicaciones pero Arcadio no era más que un espectro desganado. Pocas palabras, ningún remordimiento.

¡Eres un traidor! ¡No habrá boda! gritó entre lágrimas, huyendo del piso bajo la atónita mirada de su prometido.

Tres días seguidos nadó en un mar de almohadas saladas, luego una semana entera sin salir a la calle, el mundo reducido al tictac de un reloj derretido. Arcadio ni llamó; ella lo repensó todo y al final se impuso la cordura.

¿Y si las fotos eran falsas? Con la inteligencia artificial ahora se fabrican recuerdos, realidades paralelas ¿Quizá se precipitó?

Pero la chica de las fotos sí existía. A través de internet, Lucía halló su perfil en tres redes sociales. Se llamaba Verónica y aceptó tomar un café en el Rastro.

Pero si esas fotos son antiguas, se rió Verónica, más de un año tienen.

¿Y la fecha? Lucía sentía que el suelo temblaba.

Eso se cambia en dos clics, contestó Verónica, como quien habla de ponerle sombrero a una estatua. Si te empeñas pero ni me va ni me viene. Arcadio y yo hace mil que rompimos, fue poco y mal; de hecho, me caso en breve.

¿Ah, sí? Pues en tu perfil no se ve ni rastro del novio Lucía quiso desvelar una mentira, pero Verónica contestó:

La felicidad ama el silencio. Cuando tenga las fotos de boda, las subo.

Así que alguien se empeñó en enemistarlos y ella, Lucía, mordió el anzuelo. Era urgente arreglarlo.

Arcadio, sin embargo, no respondía ni a mensajes ni llamadas. Así que Lucía fue al anochecer a buscarlo y justo vio, entre luces titilantes, cómo salía del coche de Quica, su amiga-enemiga de la infancia.

Crecieron en el mismo barrio, pero mientras Lucía era discreta, Quica era la flor escarlata de la plaza, ambiciosa y desbordante. Tras la muerte de la abuela, Quica insistió en que vendiera el salón de belleza según ella, un spa de masajes encajaría mejor allí. Ya tenía dos, pero quería ese local como quien quiere el sol colgado en la salita.

Pero Lucía sabía bien en qué tipo de servicios especiales andaba Quica. Así que se negó a venderlo varias veces. ¿Le habría robado el novio por venganza?

Mientras dudaba, vio a Arcadio y Quica despedirse con una ternura vaporosa, casi blanca, y marcharse ella en su coche turquesa.

¿Lo ves, Lucía? Ya te lo dije yo, que Arcadio es un tarambana la voz de Julián, a su oído, parecía venir de otra dimensión.

Buenas noches, don Julián murmuró, apurada.

Buenas noches, mujer. Déjate de Arcadio y cásate conmigo dijo en tono de broma, pero sus ojos tenían la gravedad del aceite sobre agua.

Lo siento, ahora no puedo, huyó Lucía, tan veloz que parecía perseguida por dragones de papel.

Encontró a Quica en su antiguo patio. Acababa de aparcar junto a unos geranios marchitos.

¿Así que a robarme el novio, eh? Lo de las fotos te salió rana, ya lo descubrí todo.

¿Qué fotos? ¿De qué hablas, Lucía?

No me digas que no me mandaste las fotos de Arcadio con otra ¿Querías enterrarme con tu propio escándalo?

Anda, chica, ¡estás rara! Ni fotos ni nada mandé. Arcadio me empezó a rondar hace apenas una semana, y me dijisteis que ya habíais roto

Lucía detectó honestidad en su mirada, aunque en sueños es difícil distinguir máscaras. Caminó a casa para ordenar el remolino de pensamientos, mientras Quica gritaba tras ella:

¡Y yo pensaba que ibas a vender el salón, Lucía!

En casa, tras respirar hondo, marcó el número de Arcadio. Para su asombro, respondió con voz lánguida.

Bueno, vente si quieres, que ando pachucho. No me encuentro bien.

Lucía no dudó ni un latido.

Arcadio, me equivoqué. Perdóname, por favor. Es que te quiero tanto. Todo parecía tan real

Pues ya está, alzó los hombros él. Suele pasar.

¡Eres tan extraordinario! Lucía quiso fundirse con él, pero Arcadio la apartó suavemente.

Mejor quedémonos como amigos.

¿Pero cómo? Si íbamos a casarnos

Lucía, frunció el ceño me voy a casar con Quica.

¿Qué? ¿Si me juraste amor? ¿Nuestra boda?

No empecemos con esos dramas. No me apetece esa montaña rusa de emociones. Además, el negocio de Quica funciona mejor y me conviene mirar por mí

Sintió que era de sal y aire, incapaz de decir una sola palabra. La había usado, luego la cambió por otra, como en un truco de magia.

Lucía salió corriendo, bajó las escaleras de tres en tres, hasta que las piernas le fallaron y se sentó en un banco. Allí, como surgido de la niebla de los sueños, apareció don Julián.

Pobre niña la acarició en la cabeza con delicadeza. Mejor saberlo ahora que más tarde.

¿Pero quién se inventó todo esto? sollozó Lucía.

Yo dijo Julián en voz baja.

¿Usted? ¿Por qué?

Me enamoré de ti desde la primera vez que viniste a casa. Decidí que me casaría contigo, pero tú solo tenías ojos para Arcadio. Quise desacreditarlo a tus ojos, pero al escucharle presumir con su amigo que había pescado una novia rica, me di cuenta de que ibas a sufrir. Así que cambié de plan Lo siento.

¡Me ha destrozado la vida!

No, te la salvé. Sufrirías más después. ¿Te casas conmigo, Lucía?

¡Está usted loco! saltó Lucía y huyó a casa.

Se marchó de Madrid, pero Julián la buscó y siguió insistiendo, hasta que finalmente solo hablaron como amigos. Un año después, Julián murió, dejándole todo pero la herencia era solo niebla entre los recuerdos de Lucía, acostumbrada ya a la figura del padrastro.

Arcadio se enfureció al quedarse sin piso, pero aquel hombre ya no significaba nada. La vida, al fin, era un cuadro de Dalí, donde los relojes fluyen y las certezas se derriten bajo el sol de Castilla.

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