Querido diario,
Esta noche me encuentro sentada junto a la mesa del comedor, con las manos entrelazadas sosteniendo unas fotos que acaban de caer de la bolsa de regalo que me trajo mi suegra, Carmen. No eran postales. No traían palabras de cariño. Eran fotos impresas, sacadas probablemente de su móvil, cuidadosamente reveladas, como si alguien quisiera que quedaran para siempre.
Se me paró el corazón. La casa estaba en ese silencio espeso donde solo escuchas el tic-tac del reloj de pared y el zumbido bajo del horno manteniendo la temperatura. Hoy tocaba cena familiar. Una de esas que deberían ser normales. Limpias. Impecables.
Había preparado todo con esmero. El mantel blanco, perfectamente planchado. La vajilla buena, igualada. Las copas de cristal, esas que reservo para cuando viene alguien importante. Incluso había puesto esas servilletas de lino que guardo como si fueran de oro, esperando una ocasión especial.
Justo cuando ya esperaba que llegaran, Carmen cruzó la puerta con esa bolsa y esa mirada tan suya, que siempre he sentido como una especie de examen.
Traigo un detalle dijo, dejando la bolsa justo frente a mí.
Sin sonrisa, ni rastro de cercanía. Apenas el gesto de quien deja una prueba encima de la mesa.
Por educación la abrí, y fue entonces cuando esas fotos resbalaron y cayeron sobre el mantel como una bofetada.
En la primera, salía Samuel, mi marido. En la segunda, de nuevo él. Y en la tercera, sentí que el suelo bajo mis pies se movía: Samuel y otra mujer a su lado. De perfil, pero lo suficiente para entender que no era cualquiera.
Todo mi ser se tensó.
Carmen se sentó enfrente, acomodando el bajo de la manga como si acabara de servir té, y no de detonar una bomba.
¿Qué es esto? pregunté, aunque la voz me salió extrañamente grave.
No tuvo prisa. Cogió su vaso de agua, bebió tranquila, y después contestó:
La verdad.
Conté hasta tres en mi interior, notando cómo las palabras temblaban en mis labios.
¿Verdad sobre qué?
Carmen se recostó en la silla, cruzó los brazos, y me miró de arriba abajo, como decepcionada con mi presencia.
Sobre el hombre con el que compartes tu vida respondió.
Sentí las lágrimas en mis ojos, pero no era tristeza. Era esa humillación sorda, esa manera suya de pronunciarlo con cierto placer.
Cogí una a una las fotos. Los dedos me sudaban, y el papel me pareció frío y cortante.
¿De cuándo son? quedamente pregunté.
De hace poco. respondió ella. No te hagas la ingenua. Todos lo vemos. Solo tú haces como si no.
Me levanté. La silla chirrió con fuerza y por un momento el eco me pareció despertar todo el piso.
¿Por qué me traes esto? quise saber. ¿Por qué no lo hablas con Samuel?
Carmen ladeó la cabeza.
Ya he hablado. aseguró. Pero él es débil. Te tiene lástima. Y yo yo no soporto a mujeres que arrastran a los hombres hacia abajo.
Entonces lo tuve claro.
Esto no era una revelación. Era un ataque.
No venía a salvarme. Venía a hacerme pequeña. A hacerme sentir fuera de lugar.
Me giré hacia la cocina. Justo entonces el horno pitó la cena estaba lista.
Ese sonido me devolvió al presente. A mi cuerpo. A lo que yo había creado.
¿Sabes qué es lo más repugnante? murmuré, de espaldas.
Dímelo dijo ella, seca.
Cogí un plato, luego otro. Empecé a servir la comida, como si nada hubiera sucedido. Las manos me temblaban, pero prefería mantenerlas ocupadas a dejar que la rabia me consumiera.
Lo peor de esto es que no traes esas fotos como madre dije despacio. Las traes como enemiga.
Carmen rió por lo bajo.
Yo soy realista afirmó. Y tú deberías aprender a serlo.
Puse los platos en la mesa, uno delante de ella.
Levantó las cejas.
¿Qué haces? preguntó.
Te invito a cenar le respondí con calma. Porque no vas a arruinarme la noche.
Por un segundo la desconcerté, lo noté. No esperaba esto. Esperaba lágrimas, esperanzas rotas, gritos. Esperaba que llamase a Samuel, que montara una escena, que me hundiera.
No lo hice.
Me senté frente a ella. Apilé las fotos cuidadosamente y las cubrí con una servilleta blanca. Inmaculada.
Quieres verme caer le dije. No va a pasar.
Carmen entrecerró los ojos.
Ya caerás dijo. Cuando él vuelva y le organices un drama.
No repliqué. Cuando vuelva, le daré la cena. Y le daré la ocasión de hablar como un hombre.
El silencio entre nosotras se hizo denso. Solo se oía el tintinear de los cubiertos, que yo ordenaba con exceso de dedicación, como si fuera lo único importante en el mundo.
A los veinte minutos, oí cómo giraba la llave.
Samuel entró, y desde el pasillo dijo:
Qué bien huele esto
Después vio a Carmen en la mesa, y su cara cambió. Lo supe incluso sin mirarlo.
¿Por qué estás aquí? inquirió él.
Carmen sonrío, afilada como una navaja:
He venido a cenar dijo. Tu mujer es toda una anfitriona.
Sentí esa frase como una puñalada.
Yo lo miré de frente, sin escena ni lágrima.
Se acercó y vio el pequeño montón de fotos, una sobresaliendo bajo la servilleta.
Samuel se detuvo en seco.
Esto susurró.
No le permití escapar.
Explícamelo le pedí. Aquí, delante de tu madre. Ella lo ha elegido así.
Carmen se inclinó hacia adelante, esperando el espectáculo.
Samuel soltó el aire pesadamente.
No es nada dijo. Son fotos antiguas. De una compañera del trabajo. Fue en una quedada de empresa y alguien nos hizo unas fotos.
Le miré en silencio.
¿Y quién las imprimió? le pregunté.
Samuel buscó la mirada de su madre.
Carmen no pestañeó; al contrario, sonrió con más satisfacción.
Entonces Samuel hizo algo que nunca hubiera imaginado.
Cogió las fotos, las rompió en dos, y otra vez, y las tiró a la papelera.
Carmen se levantó de golpe.
¿Estás loco? gritó.
Samuel le sostuvo la mirada.
La que está loca eres tú dijo. Esta es mi casa. Y ella es mi mujer. Si quieres sembrar veneno, ya sabes dónde está la puerta.
Me quedé inmóvil. No sonreí. Pero sentí algo en mi interior aflojarse.
Carmen recogió el bolso bruscamente. Cerró la puerta de un portazo, y sus pasos en la escalera sonaron como un desprecio.
Samuel se volvió hacia mí.
Lo siento susurró.
Le sostuve la mirada.
No quiero disculpas le dije. Quiero límites. Quiero saber que la próxima vez no estaré sola ante ella.
Asintió.
No habrá próxima vez prometió.
Me levanté, fui a la papelera y recogí los pedacitos rotos. Los metí en una bolsa de plástico y la até.
No por miedo a las fotos.
Sino porque no quiero que nadie deje más pruebas en mi hogar.
Esta ha sido mi pequeña victoria silenciosa.
Y tú, ¿qué hubieras hecho en mi lugar?
¿Algún consejo?





