Sin instrucciones
A Sofía le llega un mensaje al móvil, una foto de una hoja de cuadrícula. Bolígrafo azul, letra inclinada, abajo pone: Tu abuelo, Julián. Junto va un mensaje corto de su madre: Ahora escribe así. Si no quieres contestar, no pasa nada.
Sofía amplía la foto para intentar descifrar las líneas.
Sofía, buenas.
Te escribo desde la cocina. Aquí tengo nuevo compañero: el glucómetro. Por las mañanas protesta, si como mucho pan. El médico me ha dicho que camine más, pero, ¿dónde voy a pasear si todos los míos están ya en el cementerio, y tú en tu Madrid? Así que camino con los recuerdos.
Hoy, por ejemplo, me he acordado de aquel verano del setenta y nueve, cuando descargábamos vagones en el apeadero. Pagaban pocos duros, pero siempre se podía mangar algún cajón de manzanas. Las cajas eran de madera, con unas grapas metálicas al lado. Las manzanas, ácidas y verdes, pero aún así era fiesta. Nos las comíamos allí mismo, sentados en los sacos de cemento, con las manos grises de polvo y las uñas negras, los dientes crujiendo de arena. Y sabían a gloria.
Te cuento esto, pero no voy a ningún lado. No te pienses que pretendo darte lecciones. Tú tienes tu vida, yo mis analíticas.
Si quieres, cuéntame cómo tenéis la temperatura y la uni.
Tu abuelo Julián.
Sofía sonríe. Glucómetro, analíticas. Debajo aparece: Enviado hace una hora. Ya ha intentado llamar a su madre, que no lo coge. Así que debe ser verdad: ahora escribe así.
Desliza el móvil. Los últimos mensajes del abuelo son de hace un añoaudios cortos felicitándola y uno preguntando qué tal los estudios. Entonces contestó con un emoji y nada más.
Se queda mirando mucho rato la foto, luego abre la ventana de respuesta.
Abuelo, buenas. Por aquí, tres grados y lluvia. La uni, en época de exámenes. Las manzanas aquí van por siete euros el kilo. De manzanas andamos mal.
Sofía.
Piensa, borra Sofía, pone solo Tu nieta, Sofía y envía.
A los días su madre le reenvía otra foto.
Sofía, buenos días.
He leído tu carta tres veces. Decidí contestar en serio. El tiempo aquí es igual: nieve por la mañana, charcos a mediodía, hielo por la noche. Alguna vez ya casi me caí, pero parece que aún no es el momento.
Sobre manzanas Te cuento mi primer curro de verdad. Tenía veinte, entré en el taller. Hacíamos piezas de ascensor siempre ruido, siempre polvo colgando en el aire. Tenía unos pantalones de faena grises que jamás quedaban limpios, por mucho detergente. Los dedos con pellejos y las uñas negras de grasa. Pero me sentía orgulloso de tener pase y entrar por la puerta grande, como los adultos.
Lo mejor no era la paga, era el menú: en el comedor te daban cocido con platos que pesaban más que una llave inglesa, y si llegabas pronto, caía doble de pan. Nos sentábamos en grupo en la mesa y apenas hablábamos. No era por falta de temas, era por puro cansancio. La cuchara parecía más pesada aún que las herramientas.
Ahora tú, imagino, sentado con el portátil que para ti todo esto será prehistoria. Pero yo pienso: ¿era feliz entonces o solo no daba tiempo a pensarlo?
¿Tú qué haces además de la uni? ¿Trabajas? ¿O ahora solo montáis startups?
Tu abuelo Julián.
Sofía lee mientras espera turno en la cola para un bocadillo de calamares. Alrededor, gritos, peleas, el altavoz lanza una oferta estridente. Se sorprende releyendo lo del cocido y los platos pesados.
Contesta ahí mismo, apoyada en la barra.
Abuelo, buenas.
Trabajo de repartidora. Llevo comida, a veces documentos. No tengo pase, solo una app que siempre falla. Pero también como a veces en el curro. No robo, vamos, solo que no me da tiempo a ir a casa. Me pillo lo más barato, lo como en un portal o en el coche de algún amigo. También en silencio.
Sobre lo de ser feliz, no sé. Tampoco paro a pensarlo.
Pero el cocido en el comedor suena bien.
Tu nieta, Sofía.
Iba a decir algo de las startups, pero lo ve innecesario. Que se lo imagine él.
La siguiente carta es sorprendentemente breve.
Sofía, buenas.
Repartidora eso es serio. Ahora ya no te veo como la cría frente al ordenador, sino como una chica con zapatillas, siempre de prisa.
Si tú hablas de tu curro, hablo yo de las chapuzas en la obra. Era entre turnos del taller, cuando iba justo. Subíamos ladrillos a un quinto por una escalera de madera. El polvo por todos lados. Por la noche quitaba los zapatos y caía arena. Tu abuela se enfadaba porque me destrocé el suelo de la casa.
Lo raro es que, de todo, lo que recuerdo no es el cansancio sino un detalle: había en la obra un hombre, Manolo, que llegaba antes que nadie, se sentaba en un cubo y pelaba patatas con navaja. Las ponía en su cazuela vieja, la traía de casa. Por la tarde calentaba la cazuela en la hornilla, y todo el piso olía a patatas cocidas. Las comíamos con las manos, con sal de un cucurucho de papel. Y de verdad, nada sabía mejor.
Ahora miro la bolsa de patatas del súper y no es igual. ¿Será la edad, no la patata?
¿Tú qué comes cuando te vence el cansancio? No de comida rápida, de verdad.
Tu abuelo Julián.
Sofía no responde de inmediato. Piensa qué significa de verdad. Recuerda cuando el invierno pasado, tras doce horas currando, compró una bolsa de empanadillas, las coció en la cocina común del piso, donde antes alguien había hervido salchichas. Se deshicieron, el agua turbia, pero se las comió de pie junto a la ventana, porque no había mesa.
Dos días después, escribe.
Abuelo, buenas.
Cuando estoy cansada, suelo hacerme huevos fritos. Dos o tres, a veces con chorizo. La sartén da miedo, pero fríe. No hay Manolo, pero tengo un vecino que quema todo y grita palabrotas.
Hablas mucho de comida. ¿Era hambre entonces, o lo es ahora?
Tu nieta, Sofía.
Al darle a enviar, se arrepiente de la última frase. Le parece brusca. Pero ya está hecho.
La respuesta llega antes de lo habitual.
Sofía.
Buena pregunta la tuya. Era hambre, sí, pero también ganas: quería moto, zapatos nuevos, una habitación propia sin toses de mi padre. Quería que me respetaran. Entrar en la tienda sin contar monedas. Que las chicas me miraran y no siguieran de largo.
Ahora como normal. El médico dice que demasiado. Hablo de comida porque es lo más fácil de recordar; describir el guiso es más sencillo que la vergüenza.
Te contaré una, sin moralejas como tú prefieres.
A los veintitrés estaba ya con tu futura abuela, pero andábamos a trompicones. En el taller pidieron voluntario para ir a trabajar al norte. Allí pagaban bien, en un par de años podías ahorrar para un coche. Yo me animé, ya me veía volviendo en un SEAT 127 para llevarla a pasear.
Pero había un tema. Tu abuela dijo que ella no se iba. Tenía que cuidar de su madre, trabajo, amigas. Que no soportaría tanto frío y noche. Yo le dije que me frenaba. Que si me quería, que me apoyara se lo dije más feo, pero no te cito.
Me fui solo. Medio año después dejamos de escribirnos. Volví a los dos años, con coche y dinero. Ella ya se había casado con otro. A los demás les conté que ella me traicionó. Que yo por ella, y ella nada
Pero, en serio, elegí el dinero y el coche, no a la persona. Y tardé mucho en aceptar que esa fue mi decisión.
Ese era mi apetito entonces.
¿Querías saber qué sentía? Pues, importante y con razón. Luego muchos años fingí no sentir nada.
Si no quieres contestar, lo entiendo. No todos tienen tiempo para las historias de los viejos.
Abuelo Julián.
Sofía relee varias veces. La palabra vergüenza le pincha el pecho. Busca excusas entre líneas, pero el abuelo no da ninguna.
Abre nuevo mensaje, teclea ¿Te arrepientes?, lo borra. Escribe ¿Y si te hubieras quedado?, también borra. Al final envía otra cosa.
Abuelo, buenas.
Gracias por contarme esto. No sé qué decir. En la familia, de la abuela se habla como si siempre hubiera sido solo abuela, sin historia.
No te juzgo. Yo hace poco elegí el trabajo antes que a una persona. Tenía novio. Yo justo empecé con los repartos, me daban turnos buenos. Estaba siempre fuera. Él se quejaba de no vernos, de que yo solo miraba el móvil, de que estaba irascible y cansada. Yo contestaba que aguantara, que ya habría tiempo.
Al final, dijo que no podía más. Yo respondí que era su problema, y también lo dije peor, pero bueno.
Ahora, al volver a casa a las once de la noche y freír mis huevos, pienso que igual elegí dinero y entregas antes que a alguien. Y también hago como si fuera la única opción.
Será cosa de familia.
Sofía.
La carta del abuelo esta vez no es en cuadrícula, sino rayada. Mamá aclara por audio que se le acabó el cuaderno.
Sofía.
Eso de que es cosa de familia lo decimos mucho. En esta casa todo se echa a la sangre: uno bebe, dice que el abuelo también, otro grita, dice que su madre era dura. Pero cada vez uno decide, lo que pasa es que da miedo reconocerlo y es más fácil decir que viene de familia.
Cuando volví del norte pensé que la vida sería nueva: coche, habitación propia, algo de dinero. Pero por las noches me sentaba en la cama y no sabía qué hacer. Amigos desperdigados, el jefe nuevo en el taller, en casa solo polvo y la radio vieja.
Un día fui donde vivía la que no fue abuela tuya. Crucé la calle, me quedé mirando las ventanas. En una había luz, en otra no. Estuve allí hasta helarme. En un momento la vi salir con el cochecito. Un hombre iba al lado, la cogía del brazo. Charlaban y reían. Me escondí tras un árbol, como un chaval. Los miré hasta que giraron la esquina.
Allí me di cuenta de que nadie me traicionó. Yo tiré por mi lado, ella por el suyo. Tardé diez años en admitirlo.
Escribes que dejaste a tu chico por el trabajo. Quizá no elegiste el trabajo, sino a ti misma. A lo mejor ahora necesitas salir de deudas más que ir al cine. Ni bueno ni malo, solo es.
Lo más fastidiado es que no sabemos decir: ahora esto me importa más que tú. Decimos frases bonitas y luego todos nos enfadamos.
No te escribo para que le pidas volver. Ni sé si debes. Pero quizá cuando estés bajo una ventana ajena entiendas que podías haber sido más sincera.
Tu abuelo Julián.
Sofía, sentada en el pasillo del piso, siente el móvil caliente en la mano. Fuera, coches esquivan los charcos. Alguien fuma en la puerta. Música en la habitación de al lado.
Piensa mucho antes de responder. Recuerda aquel día bajo la ventana de su ex, cuando ya no cogía el teléfono. Miró las cortinas, la luz, pensó: Saldrá y me verá. No salió.
Escribe.
Abuelo, buenas.
Yo también estuve bajo la ventana. Me escondí cuando la vi salir con otro chico. Él llevaba mochila, ella una bolsa del súper. Reían. Pensé que me habían borrado. Ahora, leyéndote, pienso que igual fui yo quien salió de la vida de ella.
Dices que tardaste diez años en entenderlo. Ojalá yo tarde menos.
No iré a buscarle. Solo creo que dejaré de fingir que me da igual.
Tu nieta, Sofía.
La siguiente carta es de otro tema.
Sofía:
Me preguntaste una vez por el dinero. No respondí, no sabía cómo entrarle. Ahora lo intento.
En casa, el dinero siempre era como el tiempo: se hablaba poco, solo si era un desastre o una suerte. Tu padre, de pequeño, me preguntó cuánto ganaba. Justo acababa yo otro trabajo, cobraba más de lo normal. Le dije la suma, y puso los ojos grandes: Vaya, eres rico. Me reí. Era calderilla.
Años después me despidieron y cobraba la mitad. Tu padre preguntó de nuevo. Le di la cifra y preguntó: ¿Por qué tan poco, trabajas peor?. Le grité. Dije que no entendía nada, que era un desagradecido. Pero solo quería entender los números.
Muchos años después pensé que le enseñé ese día a no preguntar nunca más por dinero. Y nunca lo hizo. Simplemente hacía chapuzas, arreglaba cosas, cargaba cajas. Yo pensaba que debía saber por sí solo lo duro que era para mí.
Contigo no quiero repetir eso. Así que te lo digo claro. Mi pensión es modesta, pero tengo para medicinas y comida. Coche ya no compraré, ni falta hace. Solo ahorro para dientes nuevos; los viejos no llegan.
¿Tú cómo vas? No quiero comprarte calcetines ni enviarte dinero, solo quiero saber si pasas hambre o duermes en el suelo.
Si te da corte responder, con un bien me basta.
Tu abuelo Julián.
A Sofía se le encoge algo dentro. Se acuerda de preguntar de niña a su padre cuánto ganaba, recibir bromas o un ya lo verás. Creció pensando que el dinero es algo de lo que hay que avergonzarse.
Lee mucho rato antes de responder:
Abuelo, buenas.
No paso hambre y tengo cama, hasta con colchón, no de los mejores, pero bien. Pago yo el piso de estudiantes porque así lo acordé con papá. A veces me atraso, pero aún no me han echado.
Para comer, suficiente, si no compro caprichos. Si flojea, cojo un turno más y luego ando como un zombi. Es cosa mía.
Me incomoda que tú preguntes y yo no lo haga. Pero ya has respondido tú mismo.
En realidad, a veces preferiría que los mayores simplemente dijeran estoy bien y ya, pero me estoy acostumbrando a que cuentes cosas.
Gracias por hablar claro.
Sofía.
Después añade otro mensaje:
Si alguna vez te apetece algo y no llegas, dímelo. No prometo poder ayudarte, pero quiero saberlo. Por si acaso.
Y lo manda rápido antes de echarse atrás.
La carta del abuelo llega con la letra más temblorosa de todas. Las líneas torcidas y bailando.
Sofía.
Leí lo de si alguna vez no llegas. Primero iba a escribir que no necesito nada. Que lo tengo todo, que solo me faltan pastillas. Luego pensé en hacer broma: que si de verdad quiero, te pido una moto nueva.
Pero he pasado toda la vida fingiendo ser un hombre que puede con todo. Y al final, soy un viejo que teme pedirle cualquier tontería a su nieta.
Así que diré esto: si algún día de verdad necesito algo y no puedo, intentaré decirlo de frente. Mientras, con té, pan, pastillas y tus cartas estoy servido. No es postureo, es la lista.
Antes pensaba que éramos muy distintos: tú con tus cómo se llaman aplicaciones, yo la radio vieja. Ahora veo que se nos da igual fatal pedir ayuda. Los dos hacemos como que no nos importa, sabiendo que sí.
Como somos sinceros, te cuento otra cosa, de las que en casa nunca se dicen. No sé cómo te sentará.
Cuando nació tu padre, no estaba preparado. Justo había conseguido trabajo nuevo, una habitación en un piso para obreros, pensaba ahora sí. Y vino el niño. Llanto, pañales, noches sin dormir. Volvía destrozado del turno y el crío gritaba. Me enfadé. Una vez, tan desesperado, que lancé el biberón contra la pared; se rompió, la leche se quedó por el suelo. Tu abuela llorando, el niño berreaba y yo pensando que quería irme y no volver.
No me fui. Nunca. Pero muchos años hice como si solo fue un arrebato. En realidad, aquel día estuve muy cerca de escaparme. Si lo hubiera hecho, tú hoy no leerías esto.
No sé si necesitas saber esto. Quizá para que veas que tu abuelo no es ningún ejemplo ni ningún héroe. Soy gente normal, que a veces ha querido romper con todo.
Si después de leer esto no quieres escribirme, lo entiendo.
Abuelo Julián.
Sofía siente cambios fríos y cálidos según lee. La figura del abuelo, que siempre había sido manta de lana y mandarinas en Reyes, se llena ahora de matices: un hombre cansado, piso compartido, niño llorando, el biberón roto.
Recuerda que el pasado verano, trabajando en un campamento, gritó a un chaval que no dejaba de quejarse. Le agarró del brazo demasiado fuerte, el niño lloró. Sofía no pudo dormir en toda la noche, convencida de que sería una madre horrible.
Se queda frente al mensaje vacío. Los dedos escriben: No eres ningún monstruo. Borra. Te quiero igual. Borra. Se queda sin palabras.
Al final, escribe:
Abuelo, buenas.
No voy a dejar de escribirte. No sé qué se dice ante algo así. En casa nunca se habla de esto: de los gritos, de querer irse. Se calla o se hacen bromas.
Yo también trabajé en un campamento el verano pasado. Había un niño que no paraba de llorar y pedir a su madre. Un día perdí los nervios y grité tanto que me dio miedo de mí misma. Luego pensé toda la noche que no servía para ser madre.
Lo que has contado no te hace peor conmigo. Te hace real.
No sé si tendré hijos, ni si sabré ser así de sincera. Pero al menos intentaré no fingir que siempre tengo razón.
Gracias por no haberte ido aquel día.
Sofía.
Le da a enviar y por primera vez siente que espera respuesta de verdad.
A los dos días, su madre le manda un audio: Se ha animado con los mensajes de voz, pero te da corte. Así que lo copio.
Nueva foto del papel rayado.
Sofía.
Leí tu carta y pensé que eres más valiente que yo a tu edad. Al menos reconoces que tienes miedo. Yo hacía como si nunca pasara nada, y luego acababa rompiendo puertas.
No sé si serás buena madre. Nadie lo sabe hasta que toca. Pero que te hagas la pregunta, ya dice mucho.
Me has dicho que te parezco real. Es el mejor piropo que me han dicho. Siempre me llaman terco, cabezón, gruñón. Pero real, nadie en años.
Ahora que hablamos así, quiero preguntarte algo, y me da apuro. Si alguna vez te cansas de mis historias, dímelo. Puedo escribir menos, o solo en fiestas. No quiero ahogarte con mi pasado.
Y si alguna vez quieres venir sin motivo, estaré en casa. Me quedan taburetes libres y una taza limpia. Limpia de verdad, lo he mirado.
Tu abuelo Julián.
Sofía se ríe con la taza. Se imagina esa cocina, taburete, glucómetro, bolsa de patatas al lado de la calefacción.
Abre la cámara y fotografía su cocina de piso compartido: el fregadero con platos, la sartén fea, la docena de huevos, la tetera, dos tazas (una con el borde roto). En la ventana, un bote con tenedores.
Manda la foto y añade:
Abuelo, buenas.
Esta es mi cocina. Dos taburetes y tazas de sobra. Si alguna vez te da por venir sin más, aquí estaré yo también. Bueno, casi en casa.
No me cansas. A veces no sé qué contestar, pero siempre te leo.
Si quieres, cuéntame algo que nunca hayas contado. No de trabajo ni de comida. Otra cosa, aunque sea pequeña, que no sea por vergüenza sino porque antes no había a quién decírselo.
S.
Envía. Y se da cuenta de que acaba de preguntar algo que nunca preguntó a ningún adulto de su familia.
Deja el móvil, que se apaga. Los huevos chisporrotean en la sartén. Una risa al otro lado de la pared. Sofía da la vuelta a los huevos, apaga el fuego y se sienta en su taburete, imaginando a su abuelo enfrente, con una taza, contando por fin historias en voz alta y no en papel.
No sabe si su abuelo vendrá alguna vez ni cómo seguirá todo. Pero saber que tiene a quién mandar una foto de su cocina y un ¿y tú qué tal?, le da paz y un pellizco en el pecho.
Deja el móvil boca abajo, por si llega un mensaje más.
Los huevos ya han enfriado, pero los termina, despacio, pensando que alguien comparte con ella este momento.
La palabra te quiero nunca se escribe. Pero, entre líneas, ya hay algo, y eso les basta a los dos.






