Mi hijo ha traído una chica a nuestro piso y no sé cómo pedirle que se marche

Life Lessons

Solo en confidencia se pueden confesar cosas como las que hoy escribiré. Estoy tan llena de desasosiego, que siento que ya no aguanto más. Sé que seré criticada, pero confío en que las madres cuyos hijos han dejado de ser niños de un día para otro me comprenderán.

Das a luz a un hijo, lo crías, te separas de su padre porque la convivencia era insostenible, lo llevas de paseo, te partes el alma para que no note la ausencia, haces malabares con dos trabajos, te pasas tardes enteras ante la vitrocerámica como si fuera tu tercer turno, compras los últimos móviles, pagas el colegio, y luego:

Mamá, Laura va a vivir con nosotros.

¿Laura? ¿En nuestro piso de sesenta metros? ¿Va a compartir cuarto con mi hijo? ¿Comerá también aquí? ¿Tendré que lavar otra tanda de ropa? ¿O ahora seremos dos amas de casa?

Mi hijo estaba tan emocionado cuando me dio la noticia, esperando que sonriera, diera saltos de alegría, y quizás, hasta me lanzara a vaciarle espacio en el armario a Laura.

Es una buena chica, sí, pero eso no significa que quiera compartir la casa con otra persona. ¿Adultos? Pues que busquen un piso de alquiler o pidan una hipoteca, ¿no? ¿Qué clase de ahorro es ese para evitar emanciparse? ¿No valen los nervios de una madre?

Así me sentí yo, pero acabé dejando que la chica entrara. Al fin y al cabo, mi hijo también tiene derecho sobre este piso, así que miento si digo que fue mi voluntad. Prometí contar la verdad, aunque duela. Mis amigas me han juzgado: No piensas en la felicidad de tu hijo, ¿qué clase de madre eres?

Ahora llego a casa y todo me molesta. Desde el felpudo. Los zapatos tirados en la entrada, la cocina desordenada, que solo puede significar que Laura ha estado cocinando. ¿Y si ha gastado todos los ingredientes que compré? No es por el dinero, pero, ¿qué pasa cuando a la hora de preparar la cena descubres que no queda harina? ¿Y las interminables colas para usar el baño?

Lo reconozco, quiero que Laura se marche de mi casa. No necesito otra cocinera ni otra ama de casa.

Y entonces me vino a la cabeza una idea: ¿y si trajera también a un hombre a casa? ¿Por qué después de tantos años preocupada por mi hijo he escondido mis propias salidas? Si él tiene derecho a traer a alguien a casa, ¿por qué yo no puedo hacerlo también, y que vea lo divertido que es convivir todos juntos en sesenta metros cuadrados?

Este tipo de cartas tan extrañas caen en mis manos. Y yo, que soy madre de un niño pequeño, apenas puedo imaginarme en la situación de quien la escribe, así que espero ansiosa los comentarios de quienes lean estas líneas.

¿Qué pensáis, queridas lectoras? ¿Habéis pasado por momentos parecidos? ¿Habéis conseguido hacer buenas migas con las parejas de vuestros hijos? ¿Tiene derecho una madre a pedirle a Laura que se vaya de la casa?

Al final, creo que, en la convivencia y en la familia, es fundamental encontrar el equilibrio entre nuestros propios espacios y la libertad de los seres queridos. La generosidad no debe hacernos invisibles. Dialogar desde el respeto y los límites claros puede salvar la armonía, y recordar que también la felicidad de la madre es importante en el hogar.

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