Número de expediente La cajera de la farmacia acercó el datáfono y él pasó la tarjeta con la costum…

Life Lessons

10 de febrero

Hoy ha sido uno de esos días que terminas por escribir para poder entenderlo. Entré en la farmacia de la calle Fuencarral casi sin pensar tenía que comprar las pastillas de siempre y saqué la tarjeta de débito tan automático como respiro. La farmacéutica me acercó el datáfono y yo, sin mirar siquiera, puse la tarjeta. El pitido y la pantalla roja: Operación denegada. Ni un lo sentimos, tan solo eso. Lo intenté otra vez, más despacio, como si la lentitud convenciera a alguna fuerza invisible de dejarme ser una persona solvente.

¿Tiene otra tarjeta? preguntó ella, sin mirarme.

Saqué la de la nómina, que casi nunca uso, y la pasé. Mismo resultado. Detrás, alguien suspiró con impaciencia. Me ardieron las orejas. Recogí la caja de las pastillas, que ya tenía preparada, y balbuceé algo como lo soluciono en un momento.

Fuera, apoyado en la fachada, traté de no molestar al flujo de gente y abrí la app del banco. Donde debían aparecer mis escasos ahorros, encontré una pantalla gris: Cuentas bloqueadas. Motivo: procedimiento judicial. Sin importe, sin explicación, solo un botón de más información y un número larguísimo, frío, ajeno, como de otro.

Me quedé mirando la pantalla, como si el problema fuera a desaparecer con pura fuerza de voluntad. Empezaron a martillearme las obligaciones: dentro de una semana tenía que comprar los billetes de AVE para ir a Salamanca, donde a mamá le han pedido una revisión médica importante. Ya había pedido dos días libres en el trabajo; el jefe puso mala cara pero accedió. Y, además, las medicinas que ahora no pude pagar.

Marqué el número de atención al cliente del banco. Ni siquiera llegué a hablar con alguien antes de que la voz grabada me pidiera una valoración del servicio.

Dígame, ¿en qué puedo ayudarle? la operadora, impecable pero distante, por formación y no por desdén.

Di mis datos: nombre, apellidos, fecha de nacimiento, DNI, los números del documento. Expliqué que mis cuentas estaban bloqueadas, que tenía que ser un error.

Según consta en su perfil, existe una restricción basada en un procedimiento de ejecución. No podemos levantar el bloqueo. Debe dirigirse a la Agencia Tributaria o a la autoridad judicial correspondiente. ¿Ve el número de expediente en su app?

Sí, pero no sé de qué se trata. No tengo deudas.

Lo entiendo. Pero el banco solo ejecuta la orden. No la inicia.

¿Y quién la inicia entonces? Sentí que se me estaba escapando la voz, subiendo de volumen.

Viene recogido en el expediente: Juzgado de lo Contencioso número 4 de Madrid. ¿Desea la dirección?

La anoté en el reverso del ticket de la farmacia. La mano me temblaba, a medias entre rabia e impotencia, como al que acusan de robar una barra de pan.

¿Y mi dinero? Aquí pone retención efectuada.

Se ha descontado el importe dentro del proceso. Para reclamar debe dirigirse a la autoridad judicial o a la parte demandante.

O sea, ustedes no pueden ayudarme.

Podemos registrar su reclamación. ¿Desea abrir un expediente?

Quería que alguien dijera: Ha sido un error, ya lo arreglamos, no un número y un plazo como si fuera la tintorería.

Su número de reclamación… lo recitó con la voz neutra de quien entrega un ticket del guardarropas. El plazo: hasta treinta días.

Lo repetí en voz alta para no olvidarlo. Treinta días me sonaron a condena, pese a que di las gracias como si me despidiese de una conversación que me había humillado.

Al llegar a casa abrí el cajón de los documentos y lo vacié: recibos, contratos, certificados antiguos. Siempre me he considerado alguien ordenado, cumplidor: pago todo antes de la fecha, nunca pido créditos, las multas de la ORA siempre el mismo día. Coloqué sobre la mesa el DNI, la tarjeta sanitaria y el certificado de Hacienda. Pruebas de mi honradez.

Lucía apareció desde el salón, me vio la cara y la montaña de papeles.

¿Qué ha pasado?

Se lo conté. Intenté no alterar el tono, pero a mitad de frase me tembló la voz.

¿No será alguna multa antigua? aventuró ella, con delicadeza.

¿Una multa, así, de repente, y además bloqueando cuentas? Le señalé mi móvil, aún mostrando la advertencia. No salgo de casa más que para trabajar.

Era solo una idea levantó las manos, estas cosas a veces pasan.

Ese pasan me encendió. Como si mi vida fuese una estadística.

Sí, pasa que te colocan de deudor y tienes que demostrar que no eres tú dije, y al instante me arrepentí del tono.

Sin mediar palabra, ella puso un vaso de agua en la mesa y se fue. Me quedé solo, con el aire de casa pesando más de lo normal.

El día siguiente fui a la sucursal del banco. Todo pulcro y silencioso, como el centro de salud después de una reforma. Cogí número y me senté. El papelito impreso: Consultas sobre cuentas. Convertido, de pronto, en un asunto que resolver, no en alguien con nombre.

Al llegar mi turno la gestora sonrió con profesionalidad.

¿En qué puedo ayudarte?

Le mostré la app y el bloqueo.

Sí, aquí figura una restricción picó con el ratón. Nosotros no tenemos acceso a la base judicial. Solo puedo darte un recibo con el detalle de los descuentos y un certificado con las restricciones.

Lo que sea, pero hoy. Necesito comprar medicamentos.

La noté dudar un instante, compadecida.

El certificado puede tardar hasta tres días.

¿Y si me urge? Sentí una nota de súplica en la voz, peor que la indignación.

Firmé la solicitud, recibí el justificante recién impreso. Lo sostuve como un salvavidas.

Del banco me fui al Registro de la Administración. Olía a café barato y a lejía, incapaz de quitar el cansancio de la gente. El terminal de turno, la joven con chaleco ayudando a elegir trámite.

Vengo por un embargo dije sin rodeos.

Aquí no está la administración de justicia, pero podemos tramitar el escrito, consultar en mi área personal de la web de Mi Carpeta Ciudadana. ¿Qué tiene?

Le mostré el certificado y el número de expediente.

Sería mejor acudir a Justicia directamente, pero aquí puedo imprimir lo que salga en la web.

Tomé número. La pantalla: gente buscando, papeles, susurros enfadados. Miré mis manos. Más viejas que ayer.

En ventanilla, la funcionaria comprobó mi registro digital.

Efectivamente hay expediente, pero aquí la referencia fiscal no coincide.

Me incliné, preocupado.

No coincide, ¿cómo?

Mire: su NIF es este, pero en el expediente hay un número distinto.

Un solo dígito diferente. Sentí alivio, como si la rabia volviese a tener un sentido.

No es mi deuda.

Parece un error de identificación, por similitud de apellidos o fecha de nacimiento.

¿Y ahora qué?

Puedo tomar declaración de desacuerdo y adjuntamos sus documentos. Pero resuelve la administración de justicia.

Imprimió la solicitud, la firmé y adjuntamos copias de DNI, NIF y tarjeta sanitaria. Mi vida convertida en papeles que desaparecen en un escáner.

¿Cuánto tarda?

Treinta días y, viendo la cara que puse: A veces menos.

Otra vez treinta. Salí del registro con la carpeta de copias y el resguardo de entrada. Ese número ahora era más importante que mi nombre.

A Justicia llegué dos días más tarde. El guardia revisó mi mochila, me pidió silenciar el móvil. El pasillo, lleno: madres con niños, bolsas de papeles, gente cansada. Un cartel: Atención solo con cita previa. Una hoja con nombres, cada uno con su turno.

Pregunté a una mujer de la fila:

¿Aquí se apunta?

Aquí se sobrevive respondió, sin sonreír.

Dejé mi nombre en la lista, me senté en el alféizar. No es que el tiempo pasara despacio, es que era una suma de pequeñas molestias: colados, peleas telefónicas, alguien llorando en el baño.

Mi turno llegó. La funcionaria, unos cuarenta años y los ojos vencidos, detrás de su escritorio.

¿Apellido? sin apenas mirarme.

Lo dije. Le pasé el documento.

Revisó en el sistema.

Hay una deuda de crédito.

Que no es mía. Mire el NIF.

Frunció el ceño. Amplió la pantalla.

Cierto, no concuerda. El sistema relacionó los datos solo por nombre y fecha de nacimiento.

¿Eso basta para bloquearlo todo?

Suspiró.

Actuamos con los datos que llegan. Si hay fallo, debe entregar una solicitud de corrección y acreditar su identidad. ¿Tramitó ya eso?

Le mostré las copias que había entregado en el registro.

Todavía no han llegado aquí. Puede esperar o dejarlo ahora.

No podía esperar más. Llené el formulario: Solicito excluirme por identificación errónea. Adjunté otra vez todo. Selló recibido.

Hasta diez días para resolver, me dijo. Si se confirma, dictaremos la anulación.

¿Y el dinero?

La devolución debe pedirla al demandante, el banco en este caso.

Salí con el sello sintiendo una minivictoria rara.

Esa tarde, antes de irme, pedí a mi jefe medio día de permiso.

¿Otra vez? me miró incrédulo. Justo con el cierre de mes.

Tengo las cuentas bloqueadas. Ando entre ventanillas.

Me miró de arriba abajo.

¿Seguro que esto no es por alguna movida tuya? ¿Préstamo, pensión o algo?

Peor que el datáfono de la farmacia. Se me heló la cara.

Nada de eso. Ha sido un fallo administrativo.

Bien, pero no comprometas a la empresa. Contabilidad ya preguntó.

En mi correo, un mensaje de administración: Confirme si existen embargos a su nombre. Contesté: Error, estoy gestionando, entregaré documentos. Ahora no lo demuestro solo ante un juzgado: también ante quienes han trabajado conmigo diez años.

Por la noche, Lucía preguntó qué me habían dicho.

Han aceptado el recurso.

Bueno, algo es algo dijo, pausada. ¿Será por aquella deuda antigua de Javier? Fuiste avalista.

La miré rápido.

No, rechacé firmar. Lo recuerdo bien.

Ella asintió, pero el recelo seguía en sus ojos. El sistema ya había hecho su daño.

Una semana después, llegó la notificación electrónica: Identificación incorrecta del deudor; medidas anuladas. Lo leí tres veces por si acaso.

Abrí la app del banco. Cuenta activa, números igual que antes, aunque la app avisaba: Operaciones limitadas hasta actualización de datos. Pagué el gas: pasó, lento, pero pasó.

Volví a la farmacia por las pastillas y la misma dependienta ni me reconoció. Quise decir ya está solucionado, pero sería raro. Recogí el paquete y me fui.

A los dos días me llamaron del banco.

Consta la anulación del procedimiento, pero en la CIRBE puede quedar marca hasta nuevo aviso, máximo cuarenta y cinco días.

O sea, la mancha sigue.

De forma temporal.

No conseguía tranquilizarme. Imaginé el mes que viene, pidiendo un crédito para arreglar la ventana de mamá y escuchando: Usted ha tenido una incidencia. Otra vez justificarse.

Pedí la devolución del dinero. El banco recalcó: Lo tramita el emisor de la deuda (ese otro banco). Envié todo: resolución, justificante, número de cuenta. Me respondieron: Solicitud registrada. Otro número.

Estos días me sorprendo hablando más bajo, evitando palabras innecesarias, como si temiera reactivar la máquina. Revisando el móvil mil veces, entrando en Mi Carpeta para comprobar que no hay expedientes. El vacío como rutina.

Volví a la Administración por un tema de mi madre hacer un poder notarial para los informes médicos. En la sala, un hombre con papeles, cara de colegio. Mirando el panel, desubicado.

¿Qué trámite necesita? me ofrecí, sin pensarlo.

Me reclaman una deuda que no sé de qué viene. Dicen que vaya a Justicia.

Vi en él el mismo miedo y vergüenza de hace semanas.

Saque un extracto en su banco, busque el expediente. Aquí pueden imprimir lo que salga por NIF en la web estatal. Si hay dígitos mal, pida la corrección y no olvide que sellen la entrada.

El hombre asintió, casi agradecido.

¿Usted lo ha pasado ya?

Sí. Tarda y agobia, pero se sale.

Salí con su gracias y la carpeta de mi madre. En la puerta, coloqué los papeles en la bolsa. El peso no es el de la celulosa, sino el de la costumbre de guardar pruebas, de querer entender.

En casa, guardé la resolución judicial, los recibos y las copias en un archivador nuevo con rotulador: Ejecución errores. Antes me habría dado vergüenza escribirlo, pero ahora me da igual. Dejé el archivo en el cajón y, en voz tranquila, le dije a Lucía:

Si pasa otra vez, sabré qué hacer. Y no me voy a justificar. Exigiré.

Me miró largo, después asintió.

Bien, ¿quieres un té?

Fui a la cocina, puse el cazo con agua. El burbujeo del agua colándose entre el metal me supo, de pronto, a prueba de que la vida sigue siendo mía, no de los números ni de los plazos.

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