¡Ay, venga ya, vecina! ¿Vas a regatear un par de pepinos? Si total, se te van a pasar y se volverán amarillos. Yo tengo aquí a mis nietos de visita, les hace falta vitamina. No seas tacaña, que somos gente de confianza, vivimos pared con pared.
Lourdes se asoma por encima de la baja valla de malla que separa nuestras parcelas y me sonríe con esa dulzura empalagosa que sólo ella sabe poner. En una mano trae un cuenco de loza, ya a medias cargado de fresas que no son suyas, y la otra busca la mata de grosellas que está en mi jardín.
Yo, Inés, me arrodillo entre las zanahorias y arranco las malas hierbas más pequeñas. Me incorporo despacio, la espalda me cruje traicionera. Con la mano cubierta de tierra negra me seco el sudor de la frente y clavo en Lourdes una mirada pesada. Este somos gente de confianza lo escucho ya por tercer verano, desde que mi marido, Francisco, y yo compramos este terreno y lo transformamos de maleza y piedras en huerto ejemplar.
Lourdes le digo con calma, pero firmeza, tú también tienes fresas, que lo he visto. ¿Por qué no recoges las tuyas?
¡Ay, qué fresas ni qué niño muerto! suelta Lourdes, ni se inmuta. Son poca cosa, ácidas, y los bichos me las han picoteado todas. Yo no tengo mano como tú, ni estoy con fertilizantes y esas cosas raras. Las mías, como la naturaleza manda. Pero las tuyas las fresas parecen tomates. Es pecado que se pierdan. Además, entre tú y Paco, ¿cuánto podéis comer? ¡Os vais a empachar!
Respiro hondo. La lógica de Lourdes es impenetrable, de esas que desarman a cualquiera. Ella está convencida de que, si uno tiene mucho de algo, está casi obligado a repartirlo con el que no tiene. Poco importa si el motivo es la pereza.
El pedazo de Lourdes es desesperante: manzanos retorcidos cubiertos de musgo, lechos que sólo ven la azada en días de fiesta y un tapiz de dientes de león echando simiente al vuelo. Lourdes sólo viene al campo a relajarse: se tumba en la hamaca, asa salchichas baratísimas en un brasero de ladrillos y pone la radio a todo volumen.
Yo soy una enamorada de la huerta. Me conozco cada planta, encargo semillas raras por internet, madrugo para abrir el invernadero y acabo el día regando hasta la noche cerrada. Cada tomate y cada pepino son sudor, espalda dolorida y noches sin dormir cuando en abril amenazan heladas.
Lourdes, deja el cuenco ahí digo. La fresa es para mermelada, las cuento una a una.
¡Ya estamos! Lourdes pone los ojos en blanco. ¡Mira que eres rata, Inés! No me arruinas por un puñaíto de fresas, sólo es para los niños. No te vas a poner a quitárselo de la boca, ¿no?
Y ante de que yo llegue siquiera a la valla, se zampa una fresa bien gorda y pasea su botín, ufana, hasta su porche.
Me quedo en el bancal, la rabia me bulle dentro. Sale Francisco del cobertizo, sierra en mano. Lo ha visto todo, pero no interviene. No le gustan los enfados de vecinas.
¿Otra vez la Lourdes pastando? me pregunta.
Pastando asiento. Como una cabra en campo ajeno. Paco, esto ya es descarado. El finde pasado se llevó los calabacines mientras tú y yo fuimos al Día. Dijo: Pensé que los ibais a dejar perder; ya se habían puesto enormes. Y ahora, las fresas como quien arranca hierba.
Pon una valla opaca propone Francisco, de esas de chapa alta.
No se puede suspiro. La normativa de la urbanización sólo permite malla o vallas de listones, por la sombra. Y el dinero ya se nos fue en el nuevo invernadero.
Cada semana la cosa va a peor. El calor de julio ha disparado la huerta: tomates en racimos rojos, pepinos tiesos, pimientos jugosos. Cuantos más frutos tengo, más aparece Lourdes junto a la verja.
Un sábado trae visita: diez, con música y cajas de cerveza. Al atardecer, regando yo las flores, Lourdes aparece ya templada.
¡Ineeeees! grita, voceando. Hazme el favor, vecina. Se nos acabó el picoteo. ¿Nos dejas algunos tomatitos de esos Corazón de Buey y algo verde para la ensalada? Es que el súper nos pilla lejos.
Me enderezo, manguera en mano. El agua cae a los rosales.
Lourdes, los tomates aún no están todos maduros. Y los que han madurado los llevo mañana a Madrid para mi hija.
¡No seas tacaña! protesta Lourdes, arrimándose a la verja y soltando aliento de botellines. Si se ven desde aquí, parecen farolillos rojos. ¿Te va a doler darnos para una ensalada? Que somos gente del barrio. Luego te traigo… una tableta de chocolate.
No respondo firme. No.
La cara de Lourdes cambia de golpe. Se le borra la sonrisa y afila los ojos.
¡Pues cómetelos todos tú, a ver si revientan! Menuda vecina de pacotilla ¡ni un hielo en enero te sacas! ¡Venga!
Se va pisando fuerte. El resto de la tarde retumban murmullos y risas desde su parte. Oigo cosas como estos de capital, por un duro se ahorcarían, ¡pues menuda mierda de verduras químicas! Me dan ganas de llorar de pura rabia. Subo y pongo la tele a tope.
Por la mañana, nada más salir al porche, el corazón se me cae a los pies. La puerta nueva del invernadero está entornada. Corro al bancal.
Tal como temía. Los tomates más gordos arrancados, algunas ramas partidas, frutos verdes pisoteados y tirados. Menos pepinos y el bancal de hierbas arrancado de raíz.
Me quedo parada mirando el desastre. No era sólo el robo; es un desprecio a mi esfuerzo, a mi tiempo, a mí.
¡Paco! grito sin poder evitar que me tiemble la voz.
Francisco revisa la pérdida y frunce el ceño.
Esto ya es otra cosa, Inés. Es robo.
¿Qué robo ni qué robo, Paco? Nadie puede probar nada. No hay cámaras. Dirá que no ha sido ella. O que lo cogimos nosotros. Tú sabes como es Lourdes, se defiende chillando.
Me asomo a su parte. Todo en calma se están recuperando de la juerga. En la mesa, restos de ensalada; se ven sobrados mis tomates Corazón de Buey y las hojas de mi perejil rizado.
Se acabó digo; mi voz suena metálica. He aguantado bastante. Por las buenas nada. Pues tocan las malas. Y con cabeza.
¿Qué harás? pregunta Francisco inquieto. Nada de líos, que nos conocemos.
Tranquilo le sonrío de medio lado. Sólo psicología, Paco. Y un poco de química.
En cuanto tengo ocasión me acerco al vivero y vuelvo con un traje amarillo con capucha, mascarilla, pulverizador de jardín y varios sobres de colorante alimenticio azul, además de jabón líquido barato con olor penetrante.
Esa tarde, cuando Lourdes y su séquito arrastran los pies para tomar café, montamos el espectáculo. Yo me planto el traje como un astronauta, con mascarilla, gafas y guantes de fregar. Paco se pone otra bata vieja y mascarilla. Juntos vamos al invernadero.
Me ve todo el vecindario disolviendo en un cubo el colorante azul y medias botellas de jabón. El pestazo es tal que parece que desinfectamos una morgue. El líquido, azul oscuro, lo meto en el pulverizador.
Paco, aléjate, que esto es muy fuerte grito por el respirador, bien alto. Lo pone en las instrucciones, ¡es peligroso acercarse sin protegerse!
Empiezo a rociar los tomates, pimientos y coles. Quedan salpicadas en azul, como si una epidemia radiactiva hubiera caído.
Lourdes asoma.
¿Qué haces, Inés? ¡Apesta eso!
Nada… Peor, Lourdes, peor. Es un virus nuevo que encontré por internet, una cosa de hongos que arruina la cosecha en un día. El producto que venden es experimental, QuimiJardín Ultra. Mortal para todo, salvo la planta.
¿Mortal cómo? Lourdes palidece.
Pues pal insecto, pájaro, ratón… hago pausa teatral. Y para la persona también, si lo toca o lo prueba antes de tres semanas. El médico dice que bien te puede dejar sin hígado. Así me arriesgo para salvar la cosecha
¿Tres semanas? Lourdes no sabe dónde meterse. ¿Y si sólo lo tocas?
Tócalo y o te lavas bien con alcohol pues igual mejor no lo pienses. El traje este lo voy a quemar después.
Vuelvo a mi tarea, echando el azul a lo loco. Lourdes se va de espaldas, medio aterrorizada, gritando:
¡Chicos, tirad la ensalada! ¡Que tiene un sabor rancio, a lo mejor está envenenada!
Sonrío bajo la mascarilla. El primer asalto de mi Operación Granuja ha sido un éxito.
Esa semana Lourdes ni se acerca a la valla. Mira los tomates azules como si fueran radioactivos. A sus nietos les prohíbe rondar mi huerta:
¡Ni respirar para este lado! ¡Os podéis envenenar ahí!
Yo sigo a lo mío. Por las noches, cuando nadie ve, Paco y yo enjuagamos el azul de los pepinos con la manguera y los disfrutamos en casa. Los tomates se quedan azules colgando, ahuyentando hasta los pájaros.
Pero Lourdes es avispada. A la semana, pasado el miedo, asoma la cabeza:
Inés, ¿qué haces comiendo pepinos? ¿No dijiste que eran tóxicos tres semanas? O los de tu casa son de adamantium, ¿o qué?
Yo, desde la terraza, muerdo el pepino y ni parpadeo.
Que estos son del Alcampo, Lourdes. Los míos no se pueden tocar, ¿no ves cómo están de azules? Son los turcos, insípidos, pero qué remedio.
Ella tuerce el morro y se va. Pero a la huerta, ni asoma.
La verdadera solución llegó en agosto, época de gran cosecha. El azul casi se borró de los tomates tras tanto sol y lluvia, apenas quedaba un leve halo.
Lourdes pensó, o bien que el veneno se había ido, o que la avaricia podía más que el miedo.
Yo tenía que ir unos días a la ciudad. Cerré el portón con candado y colgué en la valla, del lado de Lourdes, una placa plastificada:
«Atención: Videovigilancia. Parcela tratada con fitosanitarios experimentales de clase 3. El consumo sin neutralización especial provoca daños irreversibles. Se ha avisado a la comunidad de vecinos (comunidad de propietarios). En caso de intrusión, se notificará a la policía.»
Mentira lo de las cámaras pero sonaba convincente.
A la vuelta, Lourdes estaba discutiendo con el presidente de la comunidad, don Pedro Varela, tipo serio.
¡Vea, don Pedro, lo que tenemos aquí! vocifera Lourdes, señalando mi cartel. ¡Nos está envenenando! ¡Que la obligue a quitar cámaras y químicos!
Pedro se ajusta las gafas, suspira al verme llegar.
Doña Inés, buenos días. Hay aquí una queja vecinal por la química y por cámaras.
No hay ningún pesticida prohibido, don Pedro. El cartel sólo es para avisar de los cacos. Ya sabes, que últimamente hay humanos que saltan vallas. Y del nieto de Lourdes si no saltan a mi huerto, el estómago no les duele.
¿Yo saltar? ¡Eso lo tienes que demostrar! Nadie me ha pillado, así que no he robado nada.
Tengo grabación le miento mirándole a los ojos. Quité las maquetas de cámaras, pero puse de verdad antes de irme. Y pillé a más de uno mangando perejil. ¿Vemos aquí las imágenes, Lourdes? Ya me estaba planteando ir a la Guardia Civil a denunciar.
El miedo hace milagros. La cara de Lourdes se salpica de manchas rojas. Sabe que algo hizo, nunca sabe cuándo habría puesto yo esa supuesta cámara. El pánico al escándalo y la multa pudieron más que su jeta.
¡No quiero verte más tus tomates ni en pintura! vociferó. ¡Mejor los cultivos de uno!
Cierra la puerta de un golpe. Pedro me lanza una sonrisa dadaísta.
¿Tan fuerte es el producto, Inés?
Colorante y jabón, don Pedro le guiño. Para pulgones… y para vecinas entrometidas.
Perfecto dice él riendo. Deje el cartel, que sirve de escarmiento.
Desde entonces, establecimos la guerra fría. Lourdes y yo ni saludo; cuenta por el barrio que soy bruja y envenenadora. Pero mi huerta está intacta.
La siguiente primavera, algo cambia. Al abrir la temporada, veo a Lourdes removiendo tierra, torpe y refunfuñona, pero con cajas de plantones del mercadillo, enclenques, pero suyos.
Me acerco a la valla. Lourdes, al verme, empuña la azada como una lanza.
¿Qué miras? ¿A fisgar?
¡Buen trabajo, Lourdes! le digo sin malicia. No caves muy hondo, la capa de arcilla está cerca. Igual necesitas un poco de arena.
Menos consejos gruñe. Me las apaño sola. ¡Lo que saque de aquí al menos será mío! Nada de tus experimentos.
Claro sonrío. Lo que una siembra con sus manos siempre es mejor.
En verano, Lourdes presume de sus primeros pepinos retorcidos y tomates minúsculos. Los mira como si fueran trofeos de oro. Y lo más curioso es que ya no asoma al huerto de otros. Cuando siembras tu trabajo, dejas de codiciar lo ajeno.
Una tarde la veo echando a gritos a unos críos del barrio:
¡A la calle! ¡Que esto no es para jugar al fútbol! ¡Aquí hay sudor y trabajo!
Francisco, encendiendo la barbacoa, se ríe conmigo.
¿Ves, Inés? Más que valla, lo que cura es el trabajo.
Al cerrar la temporada, Lourdes viene ella sola a la valla. En la mano trae un bote de cristal con tres pepinos en salmuera.
Toma me suelta, borde pero digna. Prueba, que son míos. El aliño es de una revista.
Lo recojo como quien coge una joya.
Gracias, Lourdes. Nosotros los probaremos. Te pasaré semillas de verdad para la primavera Corazón de Buey. Pero hay que sembrarlas en febrero, luego te enseño.
Bueno, va musita, y se le escapa una sonrisa. Si no te importa…
Nada que importe cuando una trabaja con ganas.
Nos quedamos un momento a solas, mirando los huertos dorados del otoño. El cartel del veneno ya se borró con las lluvias, pero la frontera de respeto permanece. Y no hay valla mejor.
Aquel año envasé más tomates que nunca, y no faltó ni uno.
¿Y vosotros? ¿Cómo lidiáis con la desfachatez de algunos vecinos en verano?






