La familia de mi marido llegó a mi chalet para descansar y yo les recibí con palas y rastrillos

Life Lessons

¿Qué haces ahí parado? ¡Abre la puerta, que somos familia, y estamos en la puerta! La voz de mi suegra, Pilar Fernández, clara y autoritaria, cubría hasta el ruido del cortacésped del vecino. ¡Mira que venimos con regalos y buen humor, y aquí parece que entramos en la Moncloa!

Estaba yo, Miguel, quieto en mitad del parterre de fresas, secándome el sudor de la frente con el dorso de la mano. Las huellas de tierra en el rostro me importaban poco en ese momento. Me enderecé, notando cómo me dolía la espalda, y miré hacia la alta verja de hierro del chalet.

No contaba yo con esta visita, ni mucho menos.

Miré a mi mujer, Carmen, que estaba junto al cobertizo, martillo en mano y con la misma expresión de desconcierto que yo. Encogió los hombros en silencio: No los he invitado, musitó solo con los labios.

¡Carmencita! La voz de la suegra sonó de nuevo, esta vez ofendida. ¿Te has quedado dormida o qué? Hemos venido tu madre, tu hermana… ¡y aquí escondidos!

Carmen suspiró hondo, dejó los guantes llenos de tierra en el cubo y me hizo una señal: Venga, abre, ya qué remedio.

Abrí la verja y el coche familiar, un Seat color gris brillante, entró al patio como si desembarcasen en Normandía. Del coche salió, como siempre la primera, Pilar Fernándezseñora de buena presencia, ruidosa, con un vestido chillón y un sombrero de ala ancha. Detrás bajó mi cuñada, Lucía, en pantalones cortos blancos y top, luciendo uñas recién pintadas; cerraba el grupo Alberto, el marido de Lucía, estirándose al sol con desgana.

Abrieron el maletero y sacaron bolsas de carbón, packs de cervezas y carne adobada en botes grandes de plástico.

¡Menudo calor, hijo! se abanicó Pilar con el sombrero. Carmen, hija, ¿cómo estás tan llena de tierra? ¡Queríamos daros una sorpresa! Llamé a Miguel, no cogía el móvil, así que pensé: mejor llegamos y os vemos las caras. Nos apetece barbacoa y pasar el día al sol. ¿No decíais que el río está cerca?

Yo los miraba sin decir nada, sintiendo hervir una indignación silenciosa por dentro. Esa casa era el regalo de mi abuela, mi refugio: cada azulejo, cada palma de tierra era mía. Cuando Carmen y yo nos casamos, la casa estaba medio abandonada y estos tres últimos años los había invertido yo en ella, hasta el último euro. Carmen, siempre que podía, me ayudaba, aunque sin mucho entusiasmo, la verdad sea dicha. Y su familia sólo aparecía cuando todo estaba listo para zamparse las frambuesas o dormir la siesta en mi hamaca.

Bienvenidos, Pilar saludé con una voz templada. Desde luego, sorpresa ha sido vuestra llegada. Estábamos trabajando.

Pero el domingo es para descansar, no para trabajar rió Alberto, sacando una caja de Mahou del maletero. ¡Miguel, trae la barbacoa! ¡A relajarse!

Lucía inspeccionaba el terreno.

¿Dónde tienes las tumbonas, Carmen? Quiero ponerme morena. Oye, ¿la frambuesa está ya para coger? Me apetecen…

Aún están verdes respondió Carmen, seca. Y las tumbonas están en el cobertizo. Con polvo.

Pues que las limpie y saque Miguel ordenó Pilar, dirigiéndose ya a la terraza. Anda, Carmen, límpiate esa cara y ponte decente, que no es imagen de anfitriona. Ve preparando la mesa, que venimos muertos de hambre. Saca una ensalada de esas que haces, tus pepinos, un poco de perejil… ¡La carne la harán los hombres!

La jefa Fernández se acomodó en MI sillón de mimbre predilecto, desde donde solía leer al atardecer, y echó un vistazo crítico al césped.

Eso junto a la verja está como una selva. Deberíais pasar el cortacésped en cuanto puedas, Miguel… Pero bueno, luego lo hago yo si veo que no podéis.

Miré a Carmen y ella a mí. Sabíamos que el finde estaba ya perdido: hoy tocaba arar el rincón del huerto, pintar la verja y desmontar el invernadero viejo. Incluso habíamos contratado un camión de estiércol para el atardecer. Ahora, en vez de trabajar, querían que les sirviésemos de camarero, cocinero y animador todo en uno.

Carmen, decidió tomar cartas en el asunto. Me llamó hacia el pozo, con calma helada.

¿Sabías que venían? me cuchicheó.

¡Te juro que no, Carmen! contesté, mirando de reojo donde su madre mandaba sentarse. Ha llamado hace rato, preguntando, y le dije que estábamos aquí, nada más. Ahora no los puedo echar Son familia Aguantemos, ¿vale? Asamos la carne, les dejamos holgazanear…

¿Aguantamos? soltó Carmen, con una sonrisa sardónica. ¿Recuerdas que el fin de semana pasado lo pasamos metidos en el centro comercial porque tu madre quería cortinas? Y el anterior, Lucía tenía cumpleaños Si hoy no hacemos lo planeado, perderemos el huerto y habremos malgastado el alquiler del camión. ¡Ya está bien!

Pero Carmen

Nada de peros. Esto es MI chalet, mis reglas. ¿Quieren comer y «disfrutar del campo»? Muy bien. El trabajo de campo purifica.

Se fue hacia el cobertizo, decidida, y regresó cargada de herramientas: tres palas, un rastrillo, una azada y un bote de pintura.

Las tiró delante de los invitados, dejando a todos boquiabiertos.

Bueno, familia anunció, la voz tensa pero firme. Ya que habéis venido sin avisar, vamos a combinar ocio y faena. Hoy toca jornada de trabajo comunitario.

¿Ahora en serio? protestó Lucía, apartándose de la pala con asco. Yo vengo a relajarme, no a pringarme.

Aquí nadie es animador ni cocinero, Lucía. Yo planeaba trabajar. Quien quiera quedarse, que ayude. Quien no trabaje, no come. Es un dicho español muy sabio.

Pilar, mordía una manzana cogida sin permiso y se quedó inmóvil.

¡Carmen! ¿Qué te crees que haces? ¡Somos tus invitados! ¡Venimos por verte a ti y a Miguel! Miguel, di algo, ¡que tu esposa nos vuelve locos! ¡Tu madre no ha venido aquí a pringar!

Me acerqué detrás de Carmen, en silencio. Ella continuó:

Vamos a dejarlo claro, Pilar. El chalet es mío, heredado de la abuela antes de casarme. Miguel me ayuda, porque es de la familia. Y vosotros sólo venís, año tras año, cuando ya está todo montado. ¿Queréis barbacoa? Perfecto. Pues manos a la obra.

Repartía herramientas con determinación, sin mirar el escándalo de los otros.

Alberto le lanzó la pala al cuñado, que intentaba esconder la cerveza tras la silla, tu zona es la franja junto a la verja; la tierra es arcillosa, ahí hace falta fuerza de hombre. Hasta que no acabes, no hay fuego ni carne.

¡Pero si estoy de vacaciones! ¡La espalda me va fatal! protestó Alberto.

La pala es ergonómica, ya verás… Lucía la cuñada se acurrucó más aún en la silla, el rastrillo; recoge el césped recién cortado y llévalo al compostero. Y después a desherbar las zanahorias. Además, para que se te ponga la espalda morena, como querías.

¡Ni hablar! chilló Lucía. ¡Que me hago un estropicio en las uñas! Mamá, di algo…

Pero Pilar se alzó, toda indignada.

Bueno, ¿esto qué es? ¡Miguel, quita esas chismas y ponte a preparar la comida ya! ¡Y tú, Carmen, si no quieres vernos, dilo claro y nos vamos! ¡Yo ya estoy para pocas batallitas! ¡Que ya no soy ninguna chiquilla!

Pero si la semana pasada nos decías que te haces tres horas de zumba todos los días respondió Carmen sin pestañear. Puedes encargarte de pintar la verja del jardín, cuidadito, que la pintura es de las que no huelen.

¡Nos vamos ya! rugió Pilar. ¡Alberto, recoge! Aquí no dejo yo ni las botas. Miguel, ¿te das cuenta de con quién te casaste? ¡Es un demonio! Echa a su madre de casa.

Me cuadré al lado de Carmen, mirando a mi suegra y al resto.

Pilar dije con voz calmada. Carmen tiene razón. Esto es su casa. Hemos venido a trabajar, lo sabéis de sobra. Si queríais relax, tenéis casas rurales aquí cerca. Allí hay tumbonas, piscina, cocina y no os hacen coger una pala.

Se hizo un silencio de los que cortan el aire. Pilar abrió la boca, sin poder articular palabra. Sentía el golpe del abandono de su hijo.

Pues muy bien, musitó enfurecida. Gracias por nada. Alberto, vamos. No pienso respirar el mismo aire que estos… señoritos.

Recogieron todos corriendo: Alberto se llevó la cerveza al maletero, Lucía pataleó hasta el asiento trasero. Pilar, antes de cerrar la puerta, nos miró prometiendo tormenta para generaciones enteras.

¡Ya os arrepentiréis! ¡A ver quién os cuida cuando necesitéis ayuda!

El coche arrancó haciendo un gran estrépito de grava en el portal.

Carmen y yo nos quedamos de pie, en mitad del jardín. Qué paz tan inmensa. Sentía las piernas flojas de la tensión, me senté en las escaleras.

Se sentó a mi lado, apoyando la cabeza en mi hombro.

¿Todo bien? le pregunté.

Sí… Pensé que me iban a matar. O a maldecir.

Lo del maleficio seguro que ha caído bromeé. Pero pasa rápido. Mi madre es rencorosa sólo cuando quiere algo. Lucía sí nos hará el vacío un tiempo.

Lo sobreviviremos dijo Carmen. Gracias por apoyarme. Pensé que ibas a quedarte callado como otras veces.

Ya tocaba. Viendo cómo llegaron, sólo sabían exigir, pedir, servirse. Tú aquí te dejas la vida y ellos sólo piden fiesta. Me dio vergüenza, la verdad.

Carmen sonrió.

Es nuestra casa, Miguel. Nuestra. Pero si quieres invertir, y no sólo devorar pinchos…

Estoy dispuesto afirmé serio. Por cierto, Alberto dejó la pala tirada. Me voy a ese margen, que dijiste que era urgente.

Y se fue. Yo, orgulloso, lo vi alejarse con la pala al hombro. Sentí por primera vez que éramos un verdadero equipo. No solo matrimonio, sino compañeros con su propio reino que proteger.

Me levanté, limpio el pantalón, y me puse a la faena. Ya el trabajo no pesaba igual.

Una hora después, sudando y con tierra hasta las cejas, Carmen me llevó un jarro de limonada.

Descanso ordenó.

Nos sentamos en la terraza, donde hacía un rato reinaba la tempestad.

¿Sabes qué? comentó, tras dar un sorbo generoso. No han entendido nada.

¿Nada de qué?

Que no va del trabajo. Que, si hubiesen dicho: ¿Os echamos un cable?, los hubiéramos sentado a descansar en cuanto acabase la zona difícil. Pero es cuestión de respeto.

El respeto, Carmen. No puedes llegar a una casa ajena imponiendo tus reglas. Ni pensar que el trabajo de los demás es gratis.

Mi móvil vibró: mensaje de Pilar.

Dice: Estamos en el balneario. Los precios son un atraco y la comida una basura. No tenéis corazón.

Carmen se rió.

Pero están de vacaciones, que era lo que querían. Sin palas y sin rastrillos.

Y sin nuestra carne a la brasa, añadí. ¿Tenemos carne, por cierto?

La carne se la han llevado, pero tenemos patatas nuevas, un poco de sal y boquerones. Y la tranquilidad.

El atardecer vino suave. Unos grillos cantaban, un perro ladraba a lo lejos. Carmen y yo pintamos la verja mientras la luz se iba apagando, y cenamos patatas cocidas con aceite de oliva, más sabrosas que cualquier plato de estrella Michelin.

Ha sido una lección dijo de pronto Carmen, mojando pan en el aceite.

¿Para ellos?

Para todos. Hemos aprendido a decir no. No ha sido tan terrible como parecía.

Da miedo asentí, pero merece la pena. Oye, Carmen… ¿te apetece que el próximo finde no venga nadie? Solo tú y yo. Y cero herramientas. Simplemente… estar.

Hecho rió Carmen. Aunque la demolición del invernadero no se va a hacer sola.

En ese momento, se oyó un coche al llegar. Se tensó Carmen, con el tenedor suspendido en el aire.

Tranquila asomé por la cortina. Son los de la casa de al lado, los de Julio.

Rió, ya relajada. El día había demostrado que el chalet era nuestra fortaleza, y que podía soportar cualquier asalto familiar.

Pero la historia no terminó ahí. Unos días después, un miércoles por la tarde, ya de vuelta en nuestro piso de Madrid, sonó el timbre. En la puerta estaba Pilar, sin sombrero, sola y con una bolsa de plástico en la mano. La cara, insólitamente avergonzada.

¿Puedo pasar? preguntó sin entrar.

La dejamos entrar. Se sentó, dejó la bolsa sobre la mesa.

Traigo empanadillas de espinacas. Las he hecho yo.

Entré yo desde el salón.

Hola, mamá. ¿Ha pasado algo?

Sí, Miguel suspiró Pilar. Me siento mal. Días sin poder conciliar el sueño. Mi vecina Inés me contó que la nuera la echó de casa el otro día por mandar demasiado Me he visto reflejada. Vosotros trabajáis mucho, habéis hecho del chalecito una postal. No como antes, que parecía un solar.

Dudó un instante, dándole vueltas al asa del bolso.

Que me perdonéis, quería pediros. Siempre he pensado en mi Miguel como un crío, pero ya eres un hombre. Y tienes una mujer con carácter. Mucho carácter, y así debe ser.

Carmen y yo intercambiamos miradas; no esperábamos una disculpa de Pilar.

Bueno, Pilar…, respondió Carmen, poniendo agua para el té, aquí no hay rencores. Solo queremos que comprendas que también tenemos nuestros planes, nuestras vidas.

Eso ya lo tengo claro, asintió la suegra Y no vuelvo a aparecer sin avisar. Y menos a mandar. Lucía… bueno, sigue ofendida, que si se le iba a estropear el esmalte. Pero ya aprenderá.

La conversación fue torpe al principio, pero poco a poco se disipó la tensión. Los límites marcados aquel sábado en la casa dieron sus frutos: la familia no se rompió, se reconstruyó mejor, con respeto. Descubrimos que la dignidad y la sinceridad unen más que la educación forzada.

Ahora las herramientas se guardan a mano, para que nadie olvide la moraleja: el trabajo purifica y convierte a los invitados descarados en parientes amables. Y la siguiente vez que la familia quiso venir, fue tras avisar y preguntando: “¿En qué ayudamos esta vez?”

Habíamos salido victoriosos.

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