Despedida Amarga en la Oficina: Cómo una Novata Llamada Milena Casi Le Arrebata el Puesto a Sofía tr…

Life Lessons

Doña Beatriz Fernández, le presento. Esta es Almudena, nuestra nueva compañera. Trabajará en su departamento.

Beatriz alzó la vista del monitor y vio a una chica de poco más de veinte años. Cabello castaño recogido en una coleta impecable, en el rostro una sonrisa abierta, algo tímida. Almudena cambiaba el peso de un pie a otro, abrazando una carpeta fina de documentos.

Encantada dijo Almudena, inclinando levemente la cabeza. Me hace mucha ilusión estar aquí. Prometo esforzarme al máximo.

El jefe, Don Javier Martín, ya se había girado hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.

Beatriz, llevas veinte años en logística con nosotros. Encárgate de formar a Almudena: muéstrale todo, el sistema, las rutas, la gestión con transportistas. En un mes debería poder llevar su área de forma autónoma.

Beatriz asintió, fijándose con atención en la recién llegada. Veintitrés años pudo haber sido como una hija, si Beatriz hubiese tenido hijos. A sus cincuenta y cinco años, aceptó hace tiempo que la familia se le escapó entre los dedos. Solo le quedaba el trabajo, un piso en Chamartín con geranios en la ventana y su gato Rufián.

Siéntate le señaló el escritorio de al lado. Ahora vemos cómo va todo.

La primera semana, Almudena confundía los códigos de transportistas y olvidaba registrar datos en el sistema. Beatriz corregía con paciencia, explicando de nuevo, dibujando esquemas en hojas sueltas.

Mira, aquí pusiste Zaragoza, pero el envío va a La Coruña. Son más de quinientos kilómetros, ¿lo ves?

Almudena se sonrojaba hasta las orejas, pedía disculpas y corregía al instante. Y volvía a fallar, pero en otro sitio.

A mitad de la segunda semana, el ritmo mejoró. Almudena asimilaba rápido y apuntaba cada palabra de Beatriz en una libreta ajada con dibujos de gatos en la portada.

Beatriz, ¿por qué no trabajamos con este transportista? Las tarifas son buenas.
Porque ya nos dejaron colgados dos veces. La reputación vale más que un descuento, acuérdate.

Almudena asentía y anotaba. Después preguntó, casi en un susurro:

¿Hace usted misma las empanadas? Huele tan bien en su tupper

Beatriz sonrió con picardía. Al día siguiente, trajo un tupper más grande, lleno de empanadillas de espinacas. Almudena las devoró en el descanso, como si fuera un festín inesperado.

Mi abuela las hacía igual dijo Almudena, recogiendo las migas con cuidado. Se fue hace un par de años. La echo mucho de menos.

Sin pensarlo, Beatriz puso la mano sobre los finos dedos de la joven. Almudena correspondió con una sonrisa cálida y agradecida.

Luego llegaron la tarta de manzana, las pastas de queso fresco, el bizcocho de miel que Almudena definió como el mejor de su vida. Beatriz notaba cómo cocinaba cada vez más cantidad para poder compartir. Un calor familiar, casi olvidado, brotaba en su pecho.

¿Le puedo pedir consejo? No es de trabajo
Claro, dime.
Mi novio me ha propuesto casarnos. Llevamos solo seis meses. ¿Cree que es pronto?

Beatriz dejó a un lado los papeles y observó a Almudena, sus grandes ojos ansiosos.

Si tienes dudas, es porque no es el momento. Cuando llegue la persona, no necesitarás preguntar.

Almudena suspiró, como si la respuesta le quitara una pesada mochila de encima.

Al final de la tercera semana, Almudena se encargaba sola de negociar con transportistas, revisar rutas, corregir errores de los demás. Beatriz la contemplaba en silencio, orgullosa lo había logrado. Había enseñado bien.

Es usted como una madre le dijo un día Almudena. Mejor, incluso. Mi madre solo sabe criticar, usted me anima.

Beatriz parpadeó, giró la vista a la ventana, disimulando la emoción.

Venga, que hay faena.

Pero esa sonrisa ya no se le fue en toda la jornada.

Almudena floreció en un mes. Beatriz vio cómo las conversaciones con proveedores ganaban firmeza, cómo resolvía expedientes con agilidad, cómo se movía sin dudar por la base de datos. Su alumna superó todas las expectativas.

El viernes, en la reunión, Don Javier Martín lucía más serio de lo habitual. Sentado a la cabecera, hacía girar un bolígrafo entre los dedos, en silencio.

Está la cosa complicada dijo por fin, mirando a todos. El mercado está flojo, tres clientes importantes se han ido a la competencia. Desde dirección han pedido optimizar la plantilla.

Beatriz cruzó una mirada grave con sus colegas. Todos sabían lo que optimizar significaba: despidos.

Decidiremos en las próximas semanas departamento por departamento. De momento, seguid trabajando como siempre.

Al volver a su escritorio, Beatriz miró de reojo a Almudena. La joven estaba fija en el monitor, los dedos quietos sobre el teclado.

Cincuenta y cinco años. Era pura aritmética. Su sueldo, de los más altos del área; antigüedad considerable, y por tanto, una indemnización notable. Desde la óptica de recursos humanos, la candidata perfecta para el recorte. Dolía, claro. Aunque ella sobreviviría. La jubilación estaba cerca, ahorros no le faltaban, la hipoteca saldada.

Pero Almudena la chica había cambiado tanto. Ya no contaba anécdotas en el almuerzo, no pedía un segundo trozo de bizcocho, miraba a Beatriz como sin verla cuando ella le hacía una pregunta.

Almudena, ¿te preocupa el tema de los despidos? Beatriz se sentó al filo de su mesa.

La joven se sobresaltó, forzó una sonrisa.

No, estoy bien. Solo un poco cansada.

Pero Beatriz leía entre líneas. Pobre muchacha. Apenas empezaba, apenas encontraba su sitio, y ya se lo ponían difícil. Era injusto.

Las siguientes dos semanas transcurrieron entre susurros y conjeturas de pasillo. Almudena trabajaba en silencio, absorta y reservada. En más de una ocasión Beatriz sorprendió en su mirada algo extraño, pero lo tomó como parte del nerviosismo general.

El jueves por la tarde, un mensaje interno parpadeó en la pantalla: Beatriz Fernández, pase al despacho del director.

Beatriz se incorporó, se arregló la chaqueta. Era el final. Veinte años en la empresa, y ahora, tocaría irse. Ya lo tenía asumido.

Al empujar la puerta, se detuvo al ver a Almudena sentada frente a Don Javier. Espalda recta, carpeta sobre las rodillas, semblante impermeable.

Pase, siéntese dijo el jefe. Tenemos que tratar un asunto serio.

Beatriz se acomodó. Almudena evitaba mirarla.

Almudena ha trabajado con empeño prosiguió Don Javier abriendo unos papeles. Y ha detectado varios errores graves. En su trabajo, Beatriz.

A Beatriz se le cortó la respiración. No podía encajar aquello: Almudena, su libreta de gatos, errores. La misma Almudena de los consejos, de las empanadas.

He revisado datos de los últimos ocho meses intervino la joven, sin apartar los ojos del jefe. He encontrado once discrepancias serias en la documentación. Códigos de rutas incorrectos, desajustes de albaranes, errores en fechas de entrega.

Abrió la carpeta, mostrando tablas subrayadas en amarillo. Beatriz reconoció su letra en los márgenes de un informe.

Creo que puedo gestionar este área mejor la voz de Almudena sonaba fría y profesional. Sin duda, Beatriz es una empleada con experiencia; pero la edad pesa. Para la empresa, es más rentable conservarme: salario más bajo, mayor eficacia. Pura lógica.

Don Javier se reclinó en la silla, tamborileó la mesa con los dedos.

Beatriz, ¿qué dice usted?

Beatriz se levantó despacio, tomó los papeles, repasó las líneas señaladas. Errores que en verdad, no lo eran.

No voy a justificarme dijo, dejando los folios sobre la mesa. En veinte años he aprendido que la perfección absoluta no existe. Lo importante es el resultado: entregas a tiempo, clientes satisfechos, las cuentas en orden.

¡Pero esos fallos pueden hundir a la empresa! Almudena se inclinó, y por fin se le notó la emoción. Yo solo quería ayudar, contribuir.

Don Javier suspiró. No había enfado en su voz, sino un cansancio acumulado.

¿Sabe, Almudena, qué tipo de empleados no queremos aquí? Los que están dispuestos a hundir a un compañero por interés propio.

Almudena empalideció.

Esos errores los conozco de sobra prosiguió el jefe. No son errores. Es experiencia. Beatriz sabe cómo saltarse cuellos de botella administrativos y agilizar procesos cuando el sistema se atasca. En el papel parece mal, pero en la práctica es astucia. Usted aún no comprende la diferencia.

Almudena apretó los reposabrazos.

Dos semanas de preaviso y después, fuera zanjó Don Javier. Entregue su carta antes de finalizar la jornada.

Por favor Almudena rompió a hablar, con voz ahogada. No quería esto Necesito este trabajo, sólo he empezado la hipoteca

Ya es tarde para lamentos. Puede irse.

Almudena se levantó con dificultad; la carpeta se le cayó, los papeles volaron por el suelo. Se apresuró a recogerlos, sin levantar la vista, y escondiendo unas lágrimas silenciosas.
La puerta se cerró tras ella, muy despacio.

Así son las cosas, Beatriz negó con la cabeza Don Javier. Casi te tumba la chiquilla. Eso te pasa por acogerla como una madre.

Beatriz no dijo nada. Sentía un vacío punzante dentro.

Tú aquí mientras la empresa dure añadió el jefe. No se encuentra talento así tan fácil, ¿eh?

Beatriz asintió y salió del despacho.

Almudena estaba en su mesa, la mirada clavada en la pantalla. Cuando Beatriz pasó por su lado, la joven la miró con ojos duros, resentidos, lagrimeando todavía. Beatriz no se dio la vuelta. Volvió a su sitio y abrió de nuevo el programa de trabajo.
Las empanadillas en el tupper en la ventana se quedaron intactas hasta que cayó la noche.

A veces, el calor que damos puede convertirse en desilusión si no cuidamos la confianza, pero también enseña en quién realmente podemos confiar. La lealtad, al final, es el verdadero lazo que une a las personas, por encima de la ambición o la competencia.

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