Mamá, sonríe
Marina siempre sentía una incomodidad extraña cuando las vecinas cruzaban la plaza y tocaban a su puerta, pidiendo a su madre que les cantara algo.
Ana, canta, anda. Tienes una voz preciosa, y cómo bailas, qué arte tienes. Su madre entonaba la letra de alguna copla, las vecinas la seguían y, a ratos, todas bailaban en el patio interior, cogidas de las manos bajo el cielo blanco de Castilla.
Por aquel entonces, Marina vivía con sus padres y su hermano pequeño, Tomás, en una casa baja de un pueblo olvidado entre trigales. Su madre era alegre y hospitalaria; cuando las vecinas se iban, solía decir:
Venid cuando queráis, ha sido una buena tarde, qué bien lo hemos pasado. Las mujeres prometían regresar.
Marina sentía bochorno, y no entendía por qué. En esos años iba a quinto de primaria y un día se atrevió a decirlo:
Mamá, no cantes ni bailes, por favor… Me da vergüenza. Ni ella comprendía el motivo exacto.
Ni ahora, siendo mayor y madre, podía explicarlo. Pero Ana solo sonrió a su hija:
Marinita, no te avergüences, al contrario. Alégrate. No voy a cantar ni bailar toda la vida, sólo mientras sea joven…
Por aquel entonces, Marina no pensaba ni comprendía que la vida no siempre es fiesta.
En sexto de primaria para ella y segundo para su hermano, el padre se fue de casa. Reunió sus cosas y desapareció para siempre. Marina ignoraba qué ocurrió entre sus padres. No fue hasta la adolescencia cuando preguntó tímidamente:
Mamá, ¿por qué papá se marchó?
Lo sabrás cuando crezcas, contestó Ana.
Ana todavía no podía contarle que una mañana, al volver del mercado porque había olvidado la cartera de euros, encontró a su marido en su propio dormitorio con otra mujer: Beatriz, la vecina del final de la calle. Marina y Tomás estaban en el colegio. Ana abrió la puerta, que nunca cerraban, y entró a la casa aún dormida de luz. Su marido debería estar en el taller, pero allí estaba, con Bea, ambos con esa sonrisa absurda de los sueños que no quieren despertar, y mirándola como si no ocurriera nada.
Aquel anochecer hubo voces, pero los niños jugaban afuera y no oyeron la tormenta.
Llévate tus cosas, ya te las he metido en una bolsa en el dormitorio. Vete. Tu traición no la perdono.
Iván apenas intentó defenderse, sabiendo que Ana era mujer de una sola palabra.
Ana, ha sido un arrebato, olvídalo. Piensa en los niños…
Te he dicho que te vayas.
Y eso hizo. Ana se quedó apoyada tras la esquina de la casa, observando entre los geranios. No lo quería volver a ver. Sentía la traición anudada como el frío de enero en su interior.
No pasa nada, saldremos adelante, los niños y yo, pensaba llorando. Jamás lo perdonaré.
Y no lo hizo. Sola con dos hijos, pronto sabría lo que el cansancio y el año hacen con el alma. Tuvo que aceptar dos trabajos: limpiar escaleras de día y madrugar en una panadería. Dormía poco, y la sonrisa desapareció de su rostro.
A pesar de todo, Marina y Tomás podían ver a su padre, que vivía con Beatriz a apenas cuatro casas. Ella tenía un hijo de la edad de Tomás; iban juntos al colegio. Ana no prohibía las visitas: jugaban en su casa y, al llegar la hora de comer, sus hijos volvían a su hogar. Beatriz no los invitaba a la mesa, sólo a los juegos.
A veces, el hijo de Beatriz también venía a casa de los hermanos, y los vecinos los miraban con desconcierto. Ana siempre ponía la mesa para todos, no tenía manía al hijastro. Marina, sin embargo, nunca volvió a ver sonreír a su madre. Era amable y atenta, pero encerrada en sí misma.
Al volver del colegio, Marina solía provocar conversación: necesitaba oír palabras maternas.
Mamá, hoy Genaro llevó un gatito al aula; maullaba durante toda la clase y la profe, Doña Rosenda, nos regañó porque creía que era Genaro el que hacía el ruido. Luego le descubrimos al gato en la mochila y la profe los echó a ambos, diciendo que ni se le ocurriera traerlo otra vez.
Ya… ya veo, murmuraba Ana, casi ausente.
Marina sabía que nada alegraba a su madre. Por las noches, la oía llorar. La veía a menudo centrada en la ventana, mirando hacia la nada de la calle desierta. Siendo adulta, comprendió.
Quizá estaba agotada. Trabajaba en dos sitios, apenas dormía, y seguro le faltaban vitaminas. Pero con Tomás y conmigo nunca falló. Siempre limpios, bien vestidos, con la ropa planchada…, recordaría más tarde.
En aquellos días, sólo le pedía:
Mamá, sonríe, hace tanto que no veo tu sonrisa.
Ana quería mucho a sus hijos, pero a su modo: no era de abrazar, más bien de elogiar buenas notas, de no causar problemas. Cocinaba rico, la casa estaba siempre recogida.
Marina sentía el amor de su madre cuando la peinaba. Ana le acariciaba la cabeza con tristeza, los hombros caídos de tanto soportar el peso del tiempo. Los dientes de Ana empezaron a caer pronto y nunca se los reemplazó.
Acabada la escuela, Marina no pensó en ir a la universidad; no quería dejar sola a su madre. Sabía que estudiar fuera costaba mucho dinero. Consiguió trabajo de dependienta en la tienda del pueblo. Quería ayudar. Tomás crecía deprisa, necesitaba zapatos y ropa nueva.
Un día entró en la tienda Miguel, de un pueblo a ocho kilómetros. Era nueve años mayor que ella.
¿Cómo te llamas, guapa? Creo que eres nueva, no te había visto antes.
Marina. No, nunca te había visto antes.
Me llamo Miguel y soy del pueblo de al lado.
Así se conocieron. Miguel empezó a pasar por la tienda y pronto la esperaba al salir del trabajo. Paseaban, charlaban, incluso la llevó a conocer a su madre enferma. Vivía solo con ella, pues su exmujer se había ido a la capital con la hija pequeña, cansada del campo.
Miguel tenía buena casa y buen corral. La agasajó con chorizo, queso, leche fresca y bombones. A Marina le gustó el ambiente. La madre, enferma, apenas salía de su cuarto.
Marina, quiero casarme contigo, propuso una tarde. Pero te advierto: hay que cuidar a mi madre, aunque yo también ayudo.
Marina se alegró por dentro, aunque apenas mostró emoción. Cuidar a una mujer mayor no era problema para ella. Miguel aguardaba en suspenso.
Al menos tendré carne y leche de sobra, pensó casi divertida. Finalmente dijo: Está bien, acepto.
¡Marina! Eres mi alegría. Dudé que aceptaras a un hombre ya divorciado… pero seremos felices, te lo prometo.
Miguel era trabajador y atento. Ella se mudó tras la boda. Ya le venía grande la antigua casa. Tomás estaba en el conservatorio, estudiando para mecánico. Volvía a casa sólo los fines de semana.
El tiempo trajo calma. Marina fue feliz. Tuvo dos hijos, uno tras otro. No trabajaba fuera; la casa y los niños la ocupaban entera, aunque la madre de Miguel falleció al par de años. El corral era una tarea constante, pero Miguel ayudaba siempre.
No cargues los cubos pesados, eso es cosa mía. Tú ordeña la vaca y da de comer a gallinas y patos, los cerdos son labor mía, le advertía. La protegía como a una joya.
Marina lo sabía y agradecía. Aunque nunca tuvo grandes recursos en su infancia, siempre supo manejar la casa y el corral. Miguel era generoso.
Vamos a llevarle a mi suegra carne y leche fresca. Ella todo tiene que comprarlo y nosotros tenemos de sobra.
Ana aceptaba todo con gratitud, pero no sonreía jamás. Ni siquiera con los nietos. Marina sentía pena; no imaginaba cómo devolverle la vida.
Marina, tal vez deberías ir a la iglesia y preguntarle al párroco, quizá te dé algún consejo, sugirió Miguel. Ella agarró la idea como si fuera un viento nuevo.
El cura prometió rezar por Ana:
Pídele a Dios que tu madre encuentre alguien bueno en el camino. Marina rezó.
Un día, Ana llamó por teléfono:
Hija, ¿me prestas unos euros? Quiero ponerme dientes nuevos y no me llega.
¡Madre, yo te lo pago sin problema!. Ana, sin embargo, prometió devolver el dinero, firme en su orgullo.
Pasaron unos días en los que Marina no pudo ir a visitarla. Miguel andaba liado ayudando a su tío Nicolás, que trasladaba sus cosas al pueblo. Lo había dejado la mujer, los hijos adultos ya fuera de casa. Compró una buena vivienda cerca de donde residían Marina y Miguel.
Miguel y Marina visitaron a Nicolás alguna vez. Hasta que un día Miguel volvió a casa sorprendido:
Creo que mi tío quiere casarse de nuevo. Lo he notado al oírle hablar por teléfono…
Está bien que lo haga. Todavía es joven y la casa necesita una dueña.
Poco después, Nicolás fue a verles.
Quiero invitaros a comer. He reencontrado a mi primer amor del colegio. Mañana la traigo a vivir conmigo. Venid a pasar la tarde otro día.
A la cita acudieron Marina y Miguel con un ramo y unas pastas. Al entrar en la casa, Marina creyó estar soñando: frente a ella, esperando, estaba su madre. Ana, nerviosa, lucía una sonrisa que iluminaba toda la estancia la primera en años. Había rejuvenecido.
¡Mamá! Qué alegría… ¿Por qué no me dijiste nada?
No quería ilusionaros si no salía bien.
¿Y tú, Nicolás? ¿Por qué callaste?
Temía que Ana se arrepintiera… Pero ahora somos felices.
Desde entonces, Ana y Nicolás se volvieron inseparables, y Ana, por fin, no dejó de sonreír.
Gracias por perderte en este sueño y por tu compañía. Que la vida te traiga esperanza y sonrisas.






