Tío, te cuento una cosa que me pasó anoche. Estaba en la cama, mi mujer, Carmen, dormía a mi lado, tan tranquila después de un día largo en la oficina. De repente, vibra el móvil y veo una notificación del Facebook, una chica que me pide amistad. Total, que la agrego, sin pensarlo mucho.
Nada más aceptarla, le escribo en plan: ¿Nos conocemos de algo?. Y ella me contesta: Sé que te has casado, pero yo sigo sintiendo lo mismo por ti.
Resulta que era una amiga del pasado, de esas que no ves en años. En la foto del perfil salía muy guapa, la verdad.
Apagué la ventana del chat y miré a Carmen, dormida, tan apacible al saber que está segura a mi lado en nuestro piso nuevo de Madrid. Pensé en el cambio tan grande que ha hecho: ha dejado la casa de sus padres en Valladolid, donde siempre estaba rodeada de su familia. Cuando se agobiaba o estaba triste, ahí tenía a su madre para abrazarla, a sus hermanos contándole tonterías para sacarle una sonrisa y a su padre consintiéndole cualquier capricho. Y aun así, ha confiado en mí, se ha venido conmigo.
Te juro que me vinieron todas esas cosas a la cabeza. Cogí el móvil y sin dudarlo le di al botón de Bloquear.
Después me giré hacia Carmen, la abracé y me dormí a su lado.
No soy un crío, soy su marido, y le prometí serle fiel. Y no pienso defraudarla. Voy a luchar por que nuestro matrimonio sea fuerte, por no cometer errores que puedan romper lo que hemos empezado juntos. Porque eso es lo que de verdad importa.






