12 de marzo
Mamá, esto es para el próximo semestre de Lucía.
Dejé el sobre sobre el hule desgastado de la mesa de la cocina; cien mil euros. Los conté tres veces: en casa, en el autobús, y en el portal. Siempre me salían justo los que hacían falta.
Soledad dejó la labor de punto y me miró por encima de las gafas.
Hija tienes mala cara. ¿Te sirvo un té?
No, mamá. Solo paso un momento, tengo que llegar a tiempo al turno de la tarde.
En la cocina olía a patatas hervidas y a algo medicinal; quizás el ungüento para las articulaciones, tal vez las gotas que compro a mi madre cada mes. Ochenta euros el frasco, y dura tres semanas. Suma las pastillas para la tensión, y los análisis cada tres meses.
Lucía estaba tan ilusionada por las prácticas en el banco Soledad sostuvo el sobre con extremo cuidado, como si fuese de cristal. Dice que ahí puede tener un buen futuro.
No respondí.
Dile que esto es el último dinero que tenemos para la carrera.
El último semestre. Llevo cinco años tirando del carro. Cada mes, el sobre para mamá, la transferencia para mi hermana. Cada mes, la calculadora en mano y restar y restar: menos luz, menos medicinas, menos comida para mamá, menos matrícula para Lucía. ¿Y qué quedaba? Una habitación de alquiler en una casa compartida, un abrigo que compré hace ya seis años, y los sueños de tener algún día un piso propio olvidados en un cajón.
Hubo un tiempo en que quise viajar a Barcelona. Solo un fin de semana, estar en el Museo del Prado, pasear por las Ramblas. Hasta ahorré algo, pero entonces mamá tuvo su primera crisis seria, y todo lo ahorrado se fue en médicos.
Deberías descansar, hija mamá me acarició la mano. No tienes buena cara.
Ya descansaré. Pronto.
Pronto cuando Lucía encuentre trabajo. Cuando mamá esté un poco más estable. Cuando pueda sentarme y pensar sólo en mí. Llevo cinco años repitiéndome ese pronto.
Ana lucía de economista en junio, con matrícula de honor incluso. Fui a la graduación, pidiendo el día en el trabajo. La vi subir al escenario, con el vestido nuevo que le compré yo, claro, y pensé: ya está, ahora todo cambia. Ahora encontrará trabajo, empezará a ganar dinero, y podré por fin dejar de contar cada céntimo.
Pasaron cuatro meses.
Mercedes, no lo entiendes Lucía estaba sentada en el sofá, piernas cruzadas, calcetines de pelitos. No me he pasado cinco años estudiando para cobrar una miseria.
Mil euros no es una miseria.
Para ti será mucho, pero
Apreté la mandíbula. En mi trabajo fijo cobro ochocientos cincuenta. En el segundo, si hay suerte con los encargos, unos cuatrocientos más. Mil doscientos cincuenta euros, de los que si acaso me quedarán cuatrocientos para mí.
Lucía, tienes veintidós años. Ya va siendo hora de empezar en cualquier sitio.
Ya empezaré. Pero no pienso matarme por mil euros en una oficina de mala muerte.
Soledad iba y venía por la cocina, golpeando cacerolas, fingiendo no escuchar. Siempre hacía eso cuando discutíamos. Se iba, se escondía, y al marcharme, me susurraba: No te pelees con Lucía, hija, es aún joven, no entiende.
No entiende. Veintidós años y no entiende.
No soy eterna, Lucía.
No dramatices. Si ni siquiera te pido dinero. Solo estoy buscando algo decente.
No lo pide. Técnicamente, no. La que pide es mamá. Mercedes, que Lucía necesita dinero para un curso de inglés. Mercedes, se le rompió el móvil y tiene que enviar currículums. Mercedes, dice que necesita un abrigo nuevo, pronto llega el invierno.
Y yo, pagando, comprando, transfiriendo. Siempre en silencio. Porque siempre ha sido así: yo aguanto, y los demás lo dan por hecho.
Me tengo que ir me levanté. Luego tengo otro trabajo.
¡Espera, que te doy unas empanadillas para llevar! gritó mamá desde la cocina.
Las empanadillas eran de repollo. Cogí la bolsa y salí al portal húmedo, con olor a gato y moho. Diez minutos andando deprisa hasta la parada del bus. Una hora de trayecto. Ocho horas de pie. Cuatro más frente al ordenador si llegaba a casa antes de las doce.
Y Lucía, en casa, repasando ofertas de empleo, esperando que el universo le regale el puesto ideal: sueldo de dos mil y la opción de teletrabajar.
La primera bronca seria fue en noviembre.
¿Tú haces algo? no aguanté la semana que la vi igual tirada en el sofá. ¿Has mandado aunque sea un currículum?
Tres.
¿Y en un mes solo tres?
Lucía puso los ojos en blanco y se hundió en el móvil.
No entiendes cómo va el mercado laboral. Ahora hay muchísima competencia, hay que elegir bien.
¿Elegir bien? ¿Buscar el trabajo en que paguen por estar así, tirada?
Soledad se asomó de la cocina limpiándose la manos nerviosa.
Chicas, ¿un café? He hecho tarta
No, mamá me froté las sienes; llevaba tres días con dolor de cabeza. Explícame por qué tengo dos empleos y ella ninguno.
Mercedes, Lucía es joven aún encontrará su camino
¿Cuándo? ¿En un año? ¿En cinco? ¡A su edad ya trabajaba!
Lucía se revolvió.
Perdona si no quiero vivir tu vida. Una mula de carga que sólo sabe trabajar.
Silencio. Sólo cogí el bolso y me largué. En el bus miré por la ventanilla y pensé: una mula. Así me ven ellas.
Al día siguiente, mamá llamó para que no me enfadase.
Lucía no lo decía en serio. Se agobia, le cuesta mucho. Aguanta un poco más, mujer, seguro que encuentra algo pronto.
Aguanta. La palabra favorita de mamá. Aguanta, hasta que tu padre levante cabeza. Aguanta, mientras Lucía crece. Aguanta, hasta que mejore la cosa. Llevo toda la vida aguantando.
Las discusiones se hicieron rutina. Cada visita a mamá era igual: yo intentaba razonar con mi hermana, Lucía contestaba mal, mamá nos suplicaba paz, y todo volvía a empezar el día siguiente con unas disculpas por teléfono.
Tienes que entenderlo, es tu hermana decía mamá.
Y ella tiene que entender que no soy un cajero.
Mercedes
En enero, Lucía fue la que llamó, y la voz le vibraba de emoción.
¡Merche! ¡Que me caso!
¿En serio? ¿Con quién?
Se llama Pablo. Llevamos tres semanas. Es perfecto, Merche. ¡Es ideal!
Tres semanas. Iba a decirle que era una locura, que debería conocerle más pero me callé. Tal vez era lo mejor: se casaría, él la mantendría, y yo podría respirar.
La ilusión me duró hasta la primera cena familiar.
¡Ya lo tengo todo pensado! Lucía brillaba. Restaurante para cien, música en directo, vi un vestido precioso en Serrano
Bajé el tenedor, despacio.
¿Y cuánto cuesta todo eso?
Bueno Lucía encogió los hombros con una sonrisa. Como unos treinta mil euros. Tal vez un poco más. ¡Una boda hay que celebrarla!
¿Y quién va a pagar?
Tú lo entiendes, ¿no? Los padres de Pablo no pueden, tienen la hipoteca. Mamá está casi jubilada. Tú tendrás que pedir un préstamo.
Mire a Lucía. Luego a mamá. Ella desvió la mirada.
¿En serio?
Mercedes, hija, solo se casa una vez mamá puso ese tono meloso de siempre. No sea tacaña
¿Y tengo que endeudarme treinta mil euros para la boda de alguien que ni siquiera ha querido trabajar?
¡Eres mi hermana! Lucía golpeó la mesa. ¡Te toca!
¿Me toca?
Me levanté. Dentro de mi cabeza se hizo el silencio.
Cinco años he pagado vuestra vida. La carrera de Lucía. Tus medicinas, mamá. Vuestra comida, ropa, la luz. Trabajo en dos sitios. No tengo piso, no tengo coche, ni vacaciones. Tengo veintiocho y no me compro ropa desde hace año y medio.
Mercedes, tranquila susurró mamá.
¡No! ¡Basta! Años tirando de las dos, y aún queréis darme lecciones de deberes. ¡Se acabó! Desde hoy, vivo para mí.
Salí justo a tiempo para agarrar el abrigo del perchero. En la calle hacía cinco grados bajo cero, pero yo no sentía frío. Por dentro me llenaba una calidez nueva, como si por fin me hubiese quitado el saco de piedras de encima.
El móvil no paraba de sonar. Desconecté ambos números.
Han pasado seis meses. Al fin me mudé a un pisito pequeño, sólo mío. En verano fui a Barcelona: cuatro días, el Prado, el Mediterráneo, noches interminables. Compré un vestido nuevo. Y otro. Y unos tacones.
De la familia supe de casualidad, por una compañera de colegio, que trabaja cerca de casa de mamá.
¿Es verdad que se canceló la boda de tu hermana?
Me quedé con la taza de café en la mano.
¿Cómo?
Parece que el novio se largó al ver que no había dinero.
Probé el café; amargo, pero delicioso.
No sé, no hablamos.
Esa noche, desde la ventana de mi nueva casa, pensé que no sentía ni un gramo de rencor. Nada. Solo una satisfacción tranquila. Por fin, ya no soy una mula de carga. Por fin aprendí a vivir para mí.







