¿ERES TÚ MI FELICIDAD? La verdad, nunca tuve intención de casarme. Si no fuera por el empeño incansable de mi futuro marido, aún sería un pájaro libre. Arturo, como una mariposa alocada, revoloteaba a mi alrededor, no me quitaba el ojo de encima, se esforzaba en agradarme y me mimaba en todo… En fin, me rendí. Nos casamos. Arturo enseguida se convirtió en alguien de casa, cercano y familiar. Era fácil y cómodo estar con él. Como andar en zapatillas por el salón. Un año después nació nuestro hijo, Gonzalo. Arturo trabajaba en otra ciudad y solo venía a casa una vez por semana. Siempre nos traía a Gonzalito y a mí algún regalo rico. Un día, como siempre, me dispuse a lavar su ropa, revisé los bolsillos—ya era costumbre. Una vez lavé su permiso de conducir… Desde entonces, antes de cada lavado palpaba bien todas las esquinas. Esta vez cayó un papel, doblado en cuatro. Lo abrí y leí. Era una lista larga de material escolar (el incidente ocurrió en agosto). Al final, con letra infantil, decía: «Papá, vuelve pronto.» ¡Ah, así es como mi marido se divierte fuera de casa! ¡Bígamo! No monté escenas, sino que me fui con la maleta bajo el brazo, el niño (Gonzalo aún no tenía tres años) de la mano y me planté en casa de mi madre. Sin fecha de regreso. Mi madre nos dio una habitación: —Quedaos aquí hasta que os reconciliéis. Me vino a la cabeza la idea de vengarme del ingrato marido. Me acordé de mi compañero de clase, Román. ¡Con él sí que tendría un romance! Román nunca me dejó tranquila, ni en el colegio ni después. Le llamé. —¡Hola, Romi! ¿Todavía no te has casado?—empecé, de lejos. —¡Nadia! ¡Hola! Da igual, casado, divorciado… ¿Quedamos?—Román se animó. El romance, inesperado, duró medio año. Arturo traía cada mes la pensión para nuestro hijo, la entregaba a mi madre y se iba sin decir nada. Sabía que mi marido vivía con Carmen Eusebio. Ella tenía una hija de su primer matrimonio, y Carmen insistió en que la niña llamara a Arturo «papá». Todos vivían en el piso de Arturo. En cuanto supo que yo me había marchado, Carmen llegó inmediatamente con su hija desde otra ciudad. Carmen idolatraba a Arturo, le tejía calcetines de lana, le hacía jerséis, y cocinaba estupendamente. Me enteré de todo ello después. Toda la vida reprocharía a mi marido lo de Carmen Eusebio. Por aquel entonces creía que nuestro matrimonio estaba acabado, que había fracasado… …Sin embargo, reuniéndonos a tomar café (para hablar del inminente divorcio), a Arturo y a mí nos invadieron los recuerdos felices. Arturo me confesó su amor inmenso, pidió perdón y admitió que no sabía cómo echar a la insistente Carmen. Me dio una pena horrible. Nos reunimos de nuevo. Por cierto, mi marido nunca supo lo de Román. Carmen y su hija abandonaron nuestra ciudad para siempre. …Pasaron siete años de una vida familiar feliz. Luego Arturo tuvo un accidente de tráfico, operaciones, rehabilitación, caminaba con bastón. Tardó dos años en recuperarse. Todo aquello agotó mucho a mi marido, que comenzó a beber en exceso. Perdió completamente su humanidad, se encerró en sí mismo. Era duro de ver. Las palabras no servían de nada. Nos agotaba a mi hijo y a mí. Rechazaba toda ayuda. Por compensación, en mi trabajo apareció mi «paño de lágrimas»—Pablo. Me escuchaba en la zona de fumadores, paseaba conmigo después del trabajo, me consolaba, me animaba. Pablo estaba casado, su esposa esperaba el segundo hijo. Hasta hoy no sé cómo acabamos juntos en la cama. ¡Una locura! Pablo era una cabeza más bajo que yo, menudito, nada de mi estilo. ¡Y la montaña rusa empezó! Pablo me llevó a exposiciones, conciertos, ballets. Y cuando su esposa dé a luz a la hija, Pablo frenará las salidas. Se irá de la empresa y trabajará en otro sitio. Quizá entonces pensó en mí: «ojos que no ven, corazón que no siente». Yo no le reclamé nada, así que le dejé marchar a su familia sin problemas. Solo me sirvió para aliviar mi dolor temporalmente. Jamás quise entrometerme en ningún amor ajeno. Mi marido seguía hundido en la bebida. …Cinco años después me encuentro con Pablo por casualidad, y me propone formalmente casarme con él. Me hizo gracia. Aun así, Arturo se recompuso un tiempo y se fue a trabajar a la República Checa. Yo entonces fui una esposa ejemplar y madre entregada. Todos mis pensamientos eran solo para mi familia. Arturo regresó del extranjero a los seis meses. Reformamos el piso, compramos electrodomésticos. Arturo reparó por fin su coche. Todo perfecto. Pero no, Arturo volvió a recaer y empezó a beber otra vez. Vuelta al infierno. Sus amigos más cercanos le traían a casa hecho polvo, porque por sí solo no podía ni llegar, ni siquiera arrastrarse… Corría por el barrio buscándolo, lo encontraba dormido en un banco con los bolsillos vacíos y lo llevaba a casa a rastras. De todo pasaba. …Así que un día de primavera estaba triste en una parada de autobús. Los pájaros trinaban, el sol brillaba, y yo sin ánimo de disfrutar la alegría de abril. Escucho un susurro: —¿Puedo ayudarle con su problema? Me giro. ¡Madre mía, qué hombre tan atractivo! ¡Y yo con 45 años! ¿Volveré a ser una “fruta madura”? Me puse tan nerviosa como una chica joven. Por suerte, llegó el autobús y salí corriendo. Mejor prevenir. El hombre me despidió con la mano. Todo el día soñé con él en el trabajo. Estuve resistiendo un par de semanas, para disimular… Pero Egor (así se llamaba el desconocido), como un tanque, fue derribando mi resistencia. Cada mañana me esperaba en la misma parada. Ya me esmeraba en no llegar tarde. Desde lejos buscaba si mi galán estaba allí. Egor, viéndome, me lanzaba besos al aire con una sonrisa. Un día me trajo un ramo de tulipanes rojos. Le dije: —¿Y ahora qué hago con flores por la mañana en la oficina? Mis compañeras me descubrirán enseguida. Egor sonrió: —Uy, no pensé en esas “graves” consecuencias. Le dio el ramo a una abuelita que miraba atentamente nuestro numerito. La señora rejuveneció: «¡Gracias, chico! ¡Te deseo una amante apasionada!» Me sonrojé con sus palabras. Menos mal que no pidió una amante joven, ¡me habría hundido! Egor siguió, dirigiéndose a mí: —Nadia, ¿y si nos volvemos culpables juntos? No te vas a arrepentir. La verdad, la propuesta llegó en el mejor momento. Además, con mi marido no había relación posible en ese momento—Arturo pasaba horas inconsciente en la cama, perdido por la bebida. Egor resultó ser un deportista retirado (tenía 57 años), no fumaba ni bebía y era un excelente conversador. Divorciado. Tenía algo magnético. Me entregué de lleno a esa aventura amorosa. Fue para mí un abismo de pasión. Tres años de saltos entre casa y Egor. Mi alma se agitó. No tenía fuerzas ni ganas de parar. Cuando por fin quise dejarlo, aún no tenía fuerzas. Como dicen: la chica echa al chico, pero no se va. Egor poseyó mi alma y mi cuerpo. Está claro, lo que se ama se apodera del juicio. Cuando Egor estaba cerca, se me cortaba la respiración. Era un desvarío mental. Pero sentía que esa pasión no conduciría a nada bueno. No era amor. Al volver agotada (tras mi fogoso amante) a casa, me apetecía acurrucarme junto a mi marido. Aunque borracho y maloliente, pero tan mío y tan puro. ¡Lo propio siempre sabe mejor que lo ajeno! Parecía que era la verdad de la vida. La pasión viene de “padecer”, y yo solo quería sufrir por Egor y volver tranquila a mi familia, no perderme en entretenimientos temporales. Así pensaba mi cabeza, pero mi cuerpo corría hacia el abismo. Mi hijo sabía de Egor. Un día nos vio juntos con su novia en un restaurante. Tuve que presentar a Egor a mi hijo. Se dieron la mano, saludaron. Por la noche, Gonzalo me miró buscando explicaciones. Bromeé: que era un colega y hablamos de un nuevo proyecto. —Claro, …en el restaurante,—asintió Gonzalo, comprensivamente. No me juzgaba. Me pidió no divorciarme de papá. Quizá papá se recuperase. Me sentía como una oveja perdida. Una amiga divorciada me insistía en «mandar al diablo a esos amantes de pacotilla» y calmarme. Presté atención a su consejo. Ella, ya con su tercer marido, tenía experiencia. Por lógica sabía que tenía razón, mas no podía pararlo. Solo logré parar cuando Egor quiso levantarme la mano. Fue mi punto final. No es poca cosa lo que advirtió mi amiga: —El mar es tranquilo… mientras estés en la orilla. La venda cayó de mis ojos. El mundo se llenó de color. ¡Tres años de inquietud! ¡Uf! ¡Libre! Egor aún me persiguió mucho tiempo. Me esperaba aquí y allá, pedía perdón de rodillas, donde fuera. Pero fui firme. Mi amiga consejera me llenó de besos y me regaló una taza con la frase «¡Eres la correcta!» En cuanto a Arturo, lo sabía todo. Egor le llamó, le contó. Mi amante convencido de que yo dejaría la familia. Arturo me confesó: —Mientras escuchaba la charla de tu admirador, quería morirme. Yo fui el único culpable, lo sé. Te dejé escapar. Preferí el demonio verde. Idiota. ¿Qué podía decirte? …Han pasado ya diez años. Tenemos dos nietas. Un día, sentados a la mesa tomando café, miro por la ventana. Arturo me toma cariñosamente de la mano: —Nadia, no mires a los lados. ¡Yo soy tu felicidad! ¿Lo crees? —Por supuesto que lo creo, mi único…

Life Lessons

¿ERES MI FELICIDAD?
En realidad, nunca tuve la intención de casarme. Si no hubiera sido por la constancia de mi futuro marido, quizá seguiría siendo como un pájaro libre. Arturo, igual que una mariposa loca, revoloteaba siempre a mi alrededor, pendiente de mí, esforzándose por agradarme, cuidando hasta el más mínimo detalle No tuve más remedio que rendirme. Y así nos casamos.

Arturo se convirtió enseguida en alguien de casa, cercano y querido. Con él era todo sencillo y natural. Como cuando uno se pone unas zapatillas cómodas.

Al año nació nuestro hijo, Gonzalo. Arturo tenía trabajo en otra ciudad, y venía a casa una vez por semana. Siempre nos traía a Gonzalo y a mí algún dulce o sorpresa. En una de sus visitas, como era costumbre, me dispuse a lavar su ropa y revisé todos los bolsillos. Ya era una rutina: una vez lavé su carné de conducir sin querer… Desde entonces, antes de lavar, examino bien cada bolsillo. Aquella vez, de uno de los pantalones cayó un papel doblado. Lo abrí y lo leí. Era una larga lista de material escolar (el incidente fue en agosto). Al final, escrito con letra infantil: Papá, ven pronto.

Así descubrí cómo se entretenía mi marido lejos de casa… ¡Un bígamo!

No monté ningún numerito. Cogí la maleta, llevé a Gonzalo (que aún no tenía tres años) de la mano y nos fuimos a casa de mi madre. Para quedarnos un buen tiempo. Mamá nos cedió una habitación:
Quedaos aquí hasta que arregléis las cosas.

Se me cruzó por la cabeza vengarme de mi ingrato marido. Recordé a mi compañero de colegio, Raimundo. Él siempre estuvo tras de mí, tanto en el colegio como después. Así que pensé: ¡Ahora me enrollo con él! Le llamé.
¡Hola, Raimundo! ¿Todavía sigues soltero? le dije de lejos.
¡Natividad, qué alegría! Da igual si estoy o no casado ¿Nos vemos? contestó animado.

Mi aventura con Raimundo duró medio año. Arturo venía cada mes y le daba la manutención de nuestro hijo a mi madre, en silencio y se marchaba.

Supe que mi marido estaba viviendo con Catalina Eusebio. Ella tenía una hija de un matrimonio previo. Catalina insistió en que la niña llamara a Arturo papá. Se instalaron en el piso de Arturo tan pronto conocieron mi marcha. Catalina adoraba a Arturo: le tejía calcetines de lana, suéteres calientes, cocinaba platos sabrosos… Todo esto me lo supe después. Toda la vida le reprocharía a Arturo lo de Catalina Eusebio. Por aquel entonces, creía que nuestro matrimonio había agotado su vida, había llegado a su fin…

Sin embargo, al reunirnos para tomar un café donde discutimos nuestro divorcio, de repente, los recuerdos agradables nos invadieron. Arturo me confesó su amor infinito y se arrepintió. Decía que no sabía cómo quitarse de encima a la insistente Catalina.

Me dio verdadera lástima. Así que volvimos juntos. Por cierto, Arturo nunca supo lo de Raimundo. Catalina y su hija se marcharon de nuestra ciudad para siempre.

Pasaron unos siete años de paz y felicidad matrimonial. Hasta que Arturo sufrió un accidente de tráfico. Operaciones, rehabilitación, muletas Dos años tardó en recuperarse. Todo aquel proceso le destrozó. Empezó a beber en serio. Cambió por completo, recluyéndose, perdido. Era doloroso de ver. Las conversaciones y ruegos no le ayudaban. Nos arrastraba a Gonzalo y a mí. Rechazaba cualquier tipo de ayuda.

Pero en el trabajo apareció un hombro para llorar: Pablo. Me escuchaba en la zona de fumadores, paseaba conmigo tras la jornada, me consolaba y animaba. Pablo estaba casado. Su mujer esperaba su segundo hijo. Nunca comprendí cómo acabamos juntos en la cama. ¡Sin sentido! Era más bajo que yo, enclenque, no era mi tipo.

Y todo cambió. Pablo me llevaba por exposiciones, conciertos, ballets. Pero cuando nació su hija, Pablo dejó de lado los planes, renunció a nuestro lugar de trabajo y se buscó otro empleo. Quizá entonces pensó: Quien no ve, no siente. Yo no le reclamé nada, así que le dejé ir sin problema. Solo apagó mi dolor por un tiempo. No pensaba meterme entre él y su esposa.

Mi marido seguía hundido en el alcohol.

A los cinco años, Pablo y yo nos cruzamos por casualidad y él me propuso matrimonio con toda seriedad. Me hizo mucha gracia.

Arturo logró recomponerse por un tiempo. Se marchó a trabajar a República Checa. Yo me convertí en esposa ejemplar y madre cuidadosa. Todos mis pensamientos giraban en torno a mi familia.

Arturo volvió de Chequia medio año después. Hicimos reformas en el piso, compramos electrodomésticos. Finalmente, arregló su coche extranjero. Parecía que no nos faltaba nada. Pero no Arturo volvió a recaer en la bebida. Los amigos lo traían arrastrando a casa. Ni siquiera podía llegar andando, a veces apenas podía gatear…

Me veía obligada a recorrer el barrio buscándole. Lo encontraba dormido en algún banco, con los bolsillos vacíos, y lo llevaba a casa como podía. Hemos pasado de todo.

Una primavera, me encontraba triste en la parada del autobús. Las aves cantaban, el sol lucía y acariciaba, y yo sin ánimos para esa alegría de abril. Escuché una voz susurrándome cerca de la oreja:
¿Puedo ayudarle con su pena?

Me giré. ¡Madre mía! ¡Qué hombre tan apuesto y elegante! Yo tenía ya 45 años ¿Sería posible florecer de nuevo? Me sentí avergonzada como una muchacha inocente. Por suerte, apareció el autobús, subí deprisa y me fui. Más vale prevenir. El hombre me saludó con la mano. Todo ese día soñé con él. No me rendí enseguida, por las apariencias…

Pero Edmundo (así se llamaba aquel desconocido), como un tanque, seguía asaltando mis defensas. Cada mañana me esperaba en la misma parada. Yo procuraba no llegar tarde. Desde lejos buscaba si estaba allí mi galán. Edmundo, al verme, me lanzaba besos sonrientes.

Un día me regaló un gran ramo de tulipanes rojos. Le dije:
¿Y qué hago yo con flores yendo a trabajar tan temprano? ¡Mis compañeras me descubrirían enseguida!

Edmundo sonrió:
Vaya, no había pensado en tales “terribles” consecuencias.

Sin pensarlo, entregó el ramo a una señora mayor que observaba nuestra escena. ¡La señora rejuveneció al instante! “¡Gracias, hijo! Te deseo una amante apasionada.” Me ruboricé por sus palabras. Menos mal que no pidió que fuera jovencita, ¡me habría tragado la tierra!

Edmundo prosiguió:
¿Y si, Natividad, nos hacemos los dos culpables? No se arrepentirá.

La oferta era tentadora y llegó en buen momento. Con mi marido no tenía ya relación alguna. Arturo yacía como tronco en la cama, ausente por el alcohol.

Descubrí que Edmundo era abstemio, deportista retirado (tenía 57 años) y gran conversador. Divorciado. Tenía un magnetismo peculiar.

Me lancé al torbellino pasional. Fue un abismo de sensaciones. Tres años estuve saltando entre la casa y Edmundo. Sentía una turbación en el alma.

No tenía fuerza ni ganas de parar. Cuando por fin surgió el deseo de acabar, no conseguía reunir el valor. Como se dice aquí, la moza echa al mozo, pero éste no se va. Edmundo me tenía atrapada en cuerpo y alma. Ya se sabe, cuando gusta el género, la cabeza se va. Que estuviera a mi lado me dejaba sin aliento.

Era locura. Pero sentía que esa pasión no podía acabar bien. No era amor lo que sentía por Edmundo.

Volvía agotada de aquellas citas, con ganas de acurrucarme fuerte junto a mi marido. Aunque fuera borracho, oliendo mal, pero tan mío y tan limpio… ¡El pan propio alimenta más que los pasteles ajenos! Aquello era la verdad de la vida. La pasión es sufrimiento, como dice el refrán. Y yo ya solo ansiaba acabar con ese sufrimiento, curar la herida de Edmundo y volver a mi familia.

Eso reflexionaba mi mente. Mi cuerpo, en cambio, seguía entregado a la caída dulce. Seguía prisionera de la pasión arrebatadora. No lograba controlarme.

Mi hijo sabía sobre Edmundo. Un día nos vio juntos en un restaurante al ir con su novia. Tuve que presentarles. Se dieron la mano y todo correcto. Esa noche, Gonzalo me miraba interrogante durante la cena. Esperaba explicaciones. Me salí por la tangente: le dije que era un colega para hablar de un proyecto nuevo. Ya en el restaurante, asintió mi hijo con complicidad. Gonzalo no me juzgaba. Solo pedía que no me separase de papá. Las cosas iban encaminadas a la ruptura, pero me decía: No te precipites, a lo mejor papá se recupera.

Me sentía una oveja perdida, lejos del redil. Mi amiga, ya divorciada y experta en matrimonios, me aconsejaba firmemente mandar al demonio a esos amantes y calmarme. Escuchaba sus palabras porque era sabia de experiencia propia. Ahora, sólo logré cortar cuando Edmundo intentó pegarme.

Ahí puse punto final. No en vano mi amiga decía: El mar está en calma si no te metes demasiado. Se me cayó el velo de los ojos. El mundo volvió a tener color. ¡Tres años de tormento! ¡Por fin, libre! Qué ansiado descanso…

Edmundo persistió mucho tiempo después. Me esperaba por todas partes, suplicaba perdón de rodillas… Yo permanecí firme. Mi amiga me besó y me regaló una taza que decía: ¡Eres de las buenas!

En cuanto a Arturo, sabía de mis andanzas. Edmundo le llamaba y le contaba todo. Mi amante estaba convencido de que dejaría la familia. Arturo me confesó:
Cuando escuchaba los relatos de tu pretendiente, sólo deseaba morir en silencio. La culpa fue mía, toda mía. Te perdí por culpa del vino. Qué imbécil fui. ¿Qué podría decirte?

Desde entonces han pasado diez años. Arturo y yo tenemos dos nietas. Una tarde, sentados a la mesa, tomando café, miro por la ventana y Arturo me toma la mano con cariño:
Natividad, no mires a otros lados. Yo soy tu felicidad, ¿lo crees?
Por supuesto que lo creo, mi únicoApreté su mano con fuerza, buscando en su mirada ese calor que había aprendido a reconocer entre todo el ruido de la vida. El pasado desfiló por mi mente como fotografías sepia: los dulces en los bolsillos, la pena, el abandono, la ternura, la pasión y el arrepentimiento. La vida nos golpeó, nos arrancó pedazos y también nos hizo crecer.

Me rendí a su pregunta. Cerré los ojos y sentí el pulso tranquilo de sus dedos entrelazados con los míos; los sonidos de la casa, las risas de los nietos jugando en el pasillo, el aroma persistente del café, el sol acariciando las cortinas

No respondí con palabras. Le sonreí, y en mi silencio estaba la certeza completa: la felicidad no es el relámpago, sino la luz suave al final del día, el regreso seguro, la voz que no te juzga ni te abandona. Arturo, a pesar de todo, era mi felicidad. Y yo, después de tantas vueltas, por fin lo sabía.

Él besó mi mejilla como si sellara una promesa antigua. Afuera, las flores bajo el alféizar bailaban con la brisa. Adentro, la vida continuaba y yo me sentía, por primera vez, serenamente feliz.

Rate article
Add a comment

eighteen − 8 =