“Mamá, él quiere que lo haga por él… Dice que todas las buenas mujeres son capaces… ¿Y yo no soy buena? Enséñame… Si todas pueden, yo también debería poder…” Aún me sorprende que mi sobrina haya encontrado pareja solo por culpa de su madre. Cuando Alina era niña, mi hermana se negó a llevarla a la guardería; de adolescente, no la dejaba salir con amigas, siempre en casa, la convirtió en una ermitaña. Si estudiaba en nuestra ciudad, su madre se aseguraba de que estuviera en casa antes de las seis de la tarde. La chica tenía veinte años y su madre la llamaba a las siete y media gritando porque aún no había llegado a casa. Era absurdo, no tenía sentido. Alina conoció a su futuro marido en segundo de carrera: estudiaban juntos en la biblioteca, él era dos años mayor, le prestaba apuntes, la ayudaba… y se acabó enamorando de ella y empezaron a salir. En ese momento, mi sobrina empezó a romper poco a poco todas las reglas de su madre. Finalmente se casó, y su madre le permitió por fin empezar una nueva vida. Ahora quiero contar una historia que ocurrió hace poco. Estaba en casa de mi hermana, cuando llamó Alina, y empezó a hablar con una voz entre lágrimas y risas, apenas se le entendía: —Mamá, él quiere que haga eso por él… dice que todas las buenas mujeres son capaces… ¿y yo no soy buena? Enséñame… si todas pueden, yo también debería poder… En ese instante, la expresión de mi hermana cambió en un segundo, pidió a su hija que se calmara y que le explicara qué es eso que todas las buenas mujeres saben hacer. —¡Sopa, mamá! —respondió—. Y estallamos en carcajadas. —¡No os riáis de mí! —protestaba Alina—. ¡No me enseñaste a hacer sopa! Busqué recetas en Internet, pero no me sale bien. Mi hermana y yo le explicamos rápidamente, paso a paso, cómo hacer la sopa, riéndonos entre nosotras de vez en cuando. Esa misma tarde mi sobrina llamó para darnos las gracias: a su marido le encantó, le dijo que estaba riquísima… ¡y Alina asegura que ahora sí, por fin, se siente una mujer de verdad!

Life Lessons

¡Mamá, él quiere que lo haga yo! Dice que todas las mujeres buenas saben hacerlo ¿y yo no soy buena? Enséñamelo tú, que si las demás pueden, yo también debería

Aún me cuesta creer que mi sobrina haya encontrado pareja, y todo, por culpa de su madre.

Cuando Lucía era pequeña, mi hermana se negó en redondo a llevarla a la guardería, de adolescente no le dejaba salir ni a tomar el aire, y la tenía en casa como una ermitaña. Cuando estudió en la universidad de Valladolid, su madre se las apañó para que Lucía estuviese como un clavo en casa antes de las seis de la tarde. La chica cumplió veinte años y su madre llamando a las siete y media, gritándole que por qué no había llegado aún. Parecía casi de chiste, pero era real.

Lucía conoció a su futuro marido en el segundo curso, estudiando juntos en la biblioteca; él tenía dos años más, le pasaba los apuntes, la ayudaba, y para cuando quisieron darse cuenta, él ya estaba rendido a sus pies y empezaron a salir. Fue ahí cuando Lucía empezó a saltarse las absurdas reglas de su madre como quien se salta las líneas del paso de cebra.

Para sorpresa de todos, la sobrina acabó casándose y la madre, resignada, la dejó comenzar una vida nueva.

Ahora, os cuento lo que pasó hace poco. Estaba yo en casa de mi hermana cuando Lucía llamó, hablando con un hilo de voz entre sollozos y risitas, que apenas lograba entenderse:

Mamá, él quiere que lo haga yo dice que todas las mujeres buenas saben ¿y yo no soy buena? Enséñame, que si las otras pueden, yo también

El rostro de mi hermana se transformó a la velocidad del AVE. Pidió a su hija que respirase hondo y le aclarase eso de lo que todas las buenas mujeres saben hacer.

¡Sopa, mamá! respondió Lucía, y en ese momento estallamos en carcajadas.

¡No os riáis de mí! ¡Nunca me enseñasteis a prepararla! ¡He buscado recetas en internet, pero no me sale bien!

Así que mi hermana y yo le fuimos explicando, paso por paso, cómo preparar una buena sopa castellana, mientras alguna se reía por lo bajo, y la otra no sabía si era mas divertido o más trágico.

Por la noche, Lucía llamó para darnos las gracias; su marido le felicitó, la sopa estaba de rechupete, y ahora dice que ya es una mujer de verdad. ¡Si es que aquí la sopa hace milagros, aunque nunca lo pongan en los libros de economía doméstica!

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