Hace poco, fui a visitar a mi nuera y, al entrar en la casa, me encontré con una señora que se encargaba de la limpieza y el orden.
Siempre le dije a mi hijo que para nosotros el estatus económico de su futura esposa no tenía ninguna importancia. Por eso, él fue feliz y se casó con Lucía, una joven a la que la vida nunca le puso las cosas fáciles y que apenas tenía recursos.
Después de la boda, los chicos se mudaron a la casa que les compramos mi marido y yo. Nos esforzamos mucho en reformarla, y ahora intentamos apoyarles económicamente y llevarles alimentos. A mi nuera le va bien, ha dado a luz a mi nieta y, claro, ahora no está trabajando. Mi hijo tampoco tiene un trabajo especialmente prestigioso, ni un sueldo muy alto.
Podéis imaginaros cómo me sentí al entrar en el hogar donde viven mis hijos y mi nieta y ver allí a una desconocida limpiando. Resulta que Lucía había contratado a una asistenta, y encima ella no hace nada por sí misma. ¿Cómo se puede permitir algo así? ¿Dónde queda la responsabilidad?
No pude evitarlo: le pedí amablemente a la señora que se marchara, porque, al fin y al cabo, esa sigue siendo mi casa y además está usando nuestro dinero para pagar estos lujos. ¿De dónde iban a sacar mi hijo y su esposa dinero para contratar a nadie? Decidí esperar a mi nuera, que estaba fuera paseando con la niña. Cuando regresó, no tardé en plantearle el tema directamente. Empezamos a hablar y Lucía me respondió:
Mamá, durante la baja maternal me hice bloguera, y ahora gano un buen dinero. Además, de verdad necesito a la asistenta porque paso muchas horas trabajando con el ordenador.
¿Un blog? ¿Eso es un trabajo serio? ¿De verdad se puede ganar dinero en Internet? No entiendo nada. No quiero que venga una extraña a limpiar mi casa.
Si tanto dinero tienes, págame a mí y ya limpio yo la casa. ¡Aquí, gente ajena no hace falta!, le solté sin pensármelo.
Lucía solo murmuró algo y se fue a darle de comer a la niña. Esperé entonces a mi hijo para contarle mi disgusto, pero él me contestó:
Mamá, lo de la asistenta lo sabía yo. Lucía está trabajando mucho, y además quiero pasar tiempo con nuestra hija después del trabajo, así que no veo el problema.
No comprendo a los jóvenes de hoy, ¿cómo pueden permitirse estos gastos? Fui a contarle a mi marido toda la historia, y ¿sabéis lo que me respondió?
No deberías entrometerte tanto en la vida de los jóvenes. Ya son adultos, sabrán apañarse solos.
Hacía mucho que no me sentía tan frustrada. Yo estoy convencida de que hago y digo lo correcto. ¿Y vosotros, qué opináis?
Así, al volver a casa y pensarlo todo con calma, comprendí que a veces los padres debemos aprender a soltar y dejar a los hijos navegar por sus propios caminos. Cada generación busca su modo de vivir, y nosotros sólo podemos desearles lo mejor desde el respeto y el cariño.







