En el recibidor hacía falta espacio para tanto cartón. Yo, Ignacio, con el sudor perlándome la frente, trataba de encajar una caja más en el altillo. El polvo se asentaba en mi calva como una nevada gris.
¿Y para qué guardar todo eso? No es más que basura refunfuñé mientras bajaba por la escalinata inestable.
No es basura respondió firme pero suavemente Cayetana, sentada en el suelo desgranando una maleta vieja repleta de papeles. Son recuerdos.
Recuerdos bufó Ignacio. Con esa memoria me está doliendo la espalda. Dentro de un año lo tirarás de todas formas. No hay sitio.
Cayetana guardó silencio. Sus dedos rozaron la cubierta de cuero gastada de un viejo álbum y lo abrió.
Mira dijo, sin prestar atención a mi queja , la primaria. ¿Te acuerdas?
Yo me acerqué a regañadientes. En la foto amarillenta, bajo el sol, una niña con lazos blancos me miraba.
Sí, recuerdo gruñí, más suave ahora. Llorabas porque el delantal te picaba.
Y eso es el campamento de la Ronda…
La Ronda asentí, mirando por encima del hombro de Cayetana. Fue allí donde trajiste la concha que aún sigue tirada por aquí.
Volví a hurgar entre los cartones, pero sin aquel ímpetu de antes. Cayetana pasaba las páginas una tras otra: la juventud, la universidad, su bodayo con un traje de pana exagerado, ella con un vestido de encaje de su madre. Jóvenes, lisos, alegres. Sonreían a la cámara sin imaginar lo que les depararía dentro de veinte años: aquel piso estrecho, mis constantes refunfuños y su leve resentimiento porque la romance quedó atrapada en papel.
¡Cuidado! exclamó Cayetana de repente.
Yo golpeé con el hombro una caja de cartón y su contenido se esparció por el suelo. Mientras seguía refunfuñando y recogiendo libros, ella levantó del linóleo una pequeña caja forrada de terciopelo y la abrió con delicadeza.
Dentro, sobre una almohadilla de algodón, reposaba la misma concha del campamento, varios distintivos desteñidos, una ramita de mimosa reseca y una hoja de cuaderno doblada en cuatro.
¿Qué es esto? pregunté, terminando la tarea.
Cayetana desplegó la hoja. Con una caligrafía infantil y cuidadosa se leía: «Lista de mis deseos. 1. Ser médico. 2. Aprender guitarra. 3. Ir a Roma. 4. Casarme por gran amor».
Me la entregó sin decir palabra. La leí con la mirada, me suavicé, y después resoplé:
Pues no te convertiste en médico. Tampoco tocas la guitarra. A Roma no te lanzas… Y lo del amor… me quedé trabado, sin saber terminar la frase, y me froté la espalda. No fuiste doctora, pero ahora me duele la espalda como a un anciano, gracias a tus archivos.
Cayetana tomó la hoja de mis manos, la examinó con especial atención, se fijó en el punto cuatro y luego en mi rostro cansado y cubierto de polvo, en mis manos que acababan de cargar cajas pesadas para liberar un rincón de su armario.
Casarse por gran amor no significa vivir en un perpetuo cuento romántico, Ignacio. Significa que cuando el marido tiene la espalda adolorida, la esposa le hace un masaje. Y él, a cambio, lava los platos.
Doblé con mimo la hoja, la volví a colocar en la caja y cerré la tapa.
Vale suspiró ella. Tal vez tengas razón. Parte de todo esto se puede ordenar.
Dejó la caja a un lado, en el montón de cosas que jamás desearemos tirar. Se acercó a mí, me abrazó y apoyó su mejilla contra mi barba áspera.
Gracias susurró. Por todo.
Yo, sorprendido, me quedé paralizado un instante, luego le acaricié torpemente el pelo.
Anda ya, ¿qué te pasa? dije, callado. ¿Me vas a masajear la espalda o qué?
Lo recuerdo sonrió Cayetana, apoyándose en mi hombro.
Sabía que Roma y la guitarra se habían quedado en el pasado, en aquella hoja amarillenta. Pero aquí, en el polvoriento y estrecho recibidor, el aire olía a vida, no a sueños. Y eso también era felicidad, esa que no se fotografía ni se pega en un álbum, simplemente existe. Y eso basta.






