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חמש עשרה שנה אחרי הגירושים שלי, פגשתי את חמותי לשעבר מחטטת בפח אשפה – המפגש שריסק את ליבי ושינה את חיינו לנצח
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יומן אישי חזרה מפתיעה מהעבר לפני שלושה שבועות, פגשתי את ליאורה, חמותי לשעבר, כשהיא חיטטה בפח אשפה מאחורי מקום העבודה שלי. עברו חמש עשרה שנים מאז הגירושים
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חמש עשרה שנה אחרי הגירושין שלי, מצאתי את חמותי לשעבר מחטטת בפח אשפה — פגישה מטלטלת עם העבר שמובילה לסיפור מרגש על נאמנות, נפילה ותיקון בישראל של ימינו
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O întoarcere surpriză a trecutuluidar la stil Tel Aviv Am zărit-o pe fosta mea soacră, Miriam, săpând printr-un tomberon, exact după clădirea biroului
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תרחקי ממני! אף פעם לא הבטחתי להתחתן איתך! ובכלל, אני אפילו לא יודע של מי הילד הזה — ואולי בכלל לא שלי? כך דיבר ויקטור, שנשלח למושב שלנו לעבודה זמנית, אל ולנטינה שהייתה המומה. היא עמדה שם ולא האמינה לאוזניים ולעיניים – האם זה אותו ויקטור שהרעיף עליה אהבה, קרא לה ואליושקה והבטיח לה גן עדן עלי אדמות? עכשיו הוא עומד מולה זר ומרוחק… ולנטינה בכתה שבוע, ואז, בגיל 35 ובתחושה שתתקשה למצוא אושר נשי, החליטה להיות אמא בעצמה. בזמן הנכון ילדה וליה ילדה וקראה לה מרים. הילדה גדלה רגועה ולא עשתה בעיות, כאילו הבינה שלצעוק לא יעזור… וליה דאגה לה, קנתה לה בגדים וצעצועים, אך לא חיבקה אותה מיותר – כאילו האינסטינקט לא התעורר בה. כשהייתה מרים בת שבע, וליה הביאה הביתה גבר לא מוכר וכל המושב ריכל שווליה חסרת אחריות. בהתחלה חשבו שהוא נוכל, אבל כשהתחיל לתקן את הבית וריצף חצר, האנשים שינו את דעתם. קראו לו איגור – משיבון, אך ידיים זהב ונדיבות לב. הבית התמלא באוכל טוב ובשמחת חיים, וליה חזקה ויפה מתמיד – אפילו הפכה לאמא חמה יותר למרים. איגור בנה לה נדנדה, סיפר לה סיפורים, לימד לבשל ולדוג דגים, סבלן ותומך – והפך לדמות אב אמיתית. כשמרים גדלה, יצאה לעיר ללמוד ואיגור תמיד היה שם לצידה: בוגרת, חתונה, לידה – הוא תמיד דאג לה ולנכדים. כשעזב את העולם, עמדה מרים והאם ליד קברו ובכו: “להתראות, אבא… היית האבא הכי טוב שאפשר לבקש. תמיד אזכור אותך.” כי לפעמים אבא הוא לא זה שנתן חיים, אלא זה שגידל ואהב בכל הלב – ואיגור נשאר אבא שלה לעד.
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עזבי אותי! אף פעם לא הבטחתי להתחתן איתך! ואם כבר, אני בכלל לא יודע של מי הילדה הזו! אולי בכלל היא בכלל לא שלי? אז יאללה, תחגגי לבדך, אני זז מפה אמר ירון
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—Bueno, Pelirrojo, ¿nos damos una vuelta…? —murmuró Valera, ajustándose la correa improvisada hecha con una cuerda vieja. Se abrochó la chaqueta hasta el cuello y se estremeció. Este febrero estaba siendo especialmente cruel: nieve mezclada con lluvia, el viento calaba hasta los huesos. Pelirrojo —un chucho con el pelo rojizo deslucido y un ojo ciego— entró en su vida hace un año. Valera volvía de su turno de noche en la fábrica cuando lo vio junto a los contenedores. El perro estaba apaleado, famélico, y el ojo izquierdo completamente velado. Una voz le sacudió los nervios por dentro. Reconoció al que hablaba: El Cojo Sergio, el “listillo” del barrio, unos veinticinco años. A su lado, tres adolescentes: su “pandilla”. —Paseando, —contestó Valera escuetamente, sin levantar la vista. —¿Y tú, tío, pagas los impuestos por sacar a pasear a ese bicho feo? —rió uno de los chavales—. ¡Mira qué pinta! Si hasta el ojo lo tiene torcido. Le tiraron una piedra y golpeó a Pelirrojo en el costado. El perro gimió, buscando protección a la pierna de Valera. —Vete a la mierda, —dijo Valera en voz baja pero firme, con tono acerado. —¡Huy! ¡El inventor se ha cabreado! —Sergio se acercó aún más—. ¿Y no te acuerdas de que este es MI barrio? Aquí solo se pasean perros si yo lo autorizo. Valera se tensó. En la mili le enseñaron a resolver problemas deprisa y sin miramientos. Pero eso fue hace treinta años. Ahora solo era un cerrajero jubilado, cansado, que no quería líos. —Venga, Pelirrojo, —se giró hacia casa. —¡Eso, lárgate! —gritó Sergio—. ¡Y la próxima vez a tu monstruo lo remato! Aquella noche Valera no pudo dormir, dándole vueltas a la escena. Al día siguiente, nevaba y llovía. Retrasó el paseo lo que pudo, pero Pelirrojo se sentó junto a la puerta con ese mirar fiel al que no podía resistirse. —Vale, vale. Pero rapidito. Iban con cuidado, esquivando los sitios donde solían estar “los de siempre”. Pero la banda de Sergio no se veía por ningún rincón, quizás refugiados del mal tiempo. Valera ya se sentía más tranquilo cuando Pelirrojo se paró en seco junto a la vieja central abandonada. Se irguió, olfateó el aire. —¿Qué pasa, abuelo? El perro gimió y tiró hacia las ruinas. De allí venían sonidos: llanto, lamentos quizás. —¡Oye! ¿Hay alguien? —gritó Valera. Silencio, salvo el aullido del viento. Pelirrojo tiraba fuerte del ramal. Su único ojo brillaba de preocupación. —¿Qué pasa contigo? —le preguntó a su perro, agachándose—. ¿Qué hay ahí? Entonces lo oyó claro: una voz de niño. —¡Ayuda! Se le saltó el corazón. Soltó la correa y siguió a Pelirrojo entre los escombros. En el esqueleto medio derrumbado de la central, tras un montón de escombros, yacía un chaval de unos doce años. La cara hinchada, el labio partido, la ropa rota. —¡Dios! —se arrodilló Valera—. ¿Qué te ha pasado? —¿Don Valerio? —abrió los ojos como pudo—. ¿Es usted? Miró mejor. Le sonaba el niño: Andrei Mínguez, el hijo de la vecina del quinto. Reservado, buen chico. —¡Andrés! ¿Qué ha pasado? —Sergio y los suyos —sollozó—. Pedían dinero a mamá. Les dije que lo contaría en comisaría. Me esperaron… —¿Cuánto llevas aquí? —Desde la mañana. Hace mucho frío. Valera se quitó la chaqueta y abrigó al niño. Pelirrojo se acercó y se tumbó pegado para darle calor. —¿Andrés, puedes levantarte? —Me duele la pierna. Creo que está rota. Valera la palpó: sí, fractura. Y a saber qué más tendría. —¿Tienes móvil? —Me lo quitaron. Valera sacó su viejo Nokia y marcó al 112. La ambulancia vendría en media hora. —Aguanta, chico. Ya vienen. —¿Y si Sergio se entera de que sigo aquí? —el miedo le temblaba en la voz—. Dijo que me acabaría. —No podrá, —afirmó Valera—. No vuelvas a preocuparte. El crío lo miró sorprendido: —Pero ayer usted… también se fue cuando ellos se pusieron chulos. —Era diferente. Entonces era solo yo… y Pelirrojo. Pero ahora… No terminó la frase. ¿Qué iba a decir? ¿Que hace treinta años juró proteger a los indefensos? ¿Que en las maniobras aprendió que un hombre de verdad nunca deja a un chaval tirado? La ambulancia llegó antes de lo previsto. Se llevaron a Andrés. Valera se quedó un rato allí, en la puerta, junto a su perro. Por la tarde, fue a verlo la madre de Andrés, doña Sofía Méndez. Agradecida hasta las lágrimas, le repetía que no lo olvidaría jamás. —Don Valerio —lloraba—, los médicos dicen que si hubiera estado una hora más en ese frío… Le ha salvado la vida. —Yo no, —Valera acarició a Pelirrojo—. Ha sido él, el que lo encontró. —¿Y ahora qué hacemos? —doña Sofía miró hacia la puerta, con miedo—. Sergio no se va a quedar quieto. La policía dice que solo tiene el testimonio del niño y no vale. —Todo saldrá bien —dijo él, aunque no estaba seguro. Pasó la noche en vela, pensando qué hacer. ¿Cómo proteger al muchacho? ¿Y a los demás niños que sufrirían el acoso de la banda? Por la mañana supo qué tenía que hacer. Se puso su antiguo uniforme de gala, la chaqueta con las medallas de la mili. Se miró al espejo: un soldado, aunque ya mayor. —Vámonos, Pelirrojo. Tenemos cosas que hacer. La banda de Sergio, como siempre, apostada en la tienda de la esquina. Al verle acercarse, echaron risas. —¡Mira, el abuelo de gala! —vociferó uno—. ¡Se nos ha escapado del desfile! Sergio se levantó y se burló: —¿Qué se te ha perdido aquí, viejo? —Proteger a los míos. Defender a los que no pueden hacerlo solos. Sergio soltó una carcajada: —¿Pero de qué vas tú? ¿De salvador? —¿Te acuerdas de Andrés Mínguez? La sonrisa se le congeló a Sergio. —¿Por qué iba a acordarme de un pringado? —Deberías. Es el último niño al que le habéis hecho daño por aquí. —¿Me amenazas, yayo? —Te aviso. Sergio dio un paso al frente, cuchillo en mano. —¡Te voy a enseñar quién manda! Valera no se movió ni un centímetro. Años de mili te dejan huella. —Aquí manda la ley. —¿Qué ley ni qué historias? ¿Tú quién eres, el sheriff ahora? —Me lo manda mi conciencia. Y entonces ocurrió lo que nadie esperaba. Pelirrojo, hasta entonces en silencio, se irguió. Se le erizó el pelo del lomo y soltó un gruñido grave. —¿Y ese chucho qué? —empezó Sergio. —Mi perro es veterano —lo interrumpió Valera—. Sirvió en Afganistán. Detección de minas. Sabe oler a los malos de lejos. Era mentira, claro, pero lo decía con tal seguridad que todos asentían, incluso Pelirrojo, que se estiró y mostró los dientes con dignidad. —Ha encontrado a veinte enemigos en combate y los atrapó a todos —siguió Valera—. ¿Crees que podrá con un mindundi? Sergio reculó. Los suyos ni respiraban. —Escúchame bien —Valera dio un paso adelante—. Desde hoy, este barrio es seguro. Voy a patrullar cada día, y mi perro ayudará a buscar al gamberro de turno. Y entonces… No hacía falta decir más. —¿Quieres asustarme, viejo? —farfulló Sergio—. Una llamada y… —Llama —asintió Valera—. Pero ten presente que mis contactos son más serios que los tuyos. He conocido mucha gente en la vida… y a más de uno le debo favores. También era mentira, pero nadie lo dudó. —Me llaman Valerio el Afgano —añadió al irse—. Acuérdate. Y deja tranquila a la chavalería. Se dio la vuelta, con Pelirrojo al lado, la cola bien alta. El silencio reinaba tras ellos. Tres días después, Sergio y su banda casi no se dejaban ver en el barrio. Valera de verdad empezó a patrullar cada día. Y Pelirrojo, a su lado, con pose digna y solemne. Andrés fue dado de alta a la semana. La pierna seguía dolorida, pero podía andar. Fue entonces a ver a Valera. —Don Valerio, ¿puedo acompañarle a patrullar? —preguntó tímidamente. —Claro, pero primero consúltalo con tus padres. Doña Sofía accedió. Estaba agradecida de que su hijo siguiera el ejemplo de un buen hombre. Y así, cada tarde, por el barrio se veía un trío peculiar: un hombre mayor con uniforme, un niño y una vieja y fiel perra rojiza. Pelirrojo conquistó a todos. Hasta las madres dejaban que sus hijos lo acariciaran, aunque fuera un chucho callejero. Pero tenía algo distinto: dignidad, nobleza. Valera contaba historias del ejército y de la amistad verdadera. Los niños escuchaban, embelesados. Una tarde, regresando de ronda, Andrés le preguntó: —¿Tuvo miedo alguna vez? —Claro —respondió sincero—. Hasta ahora, a veces. —¿Miedo de qué? —De no llegar a tiempo. De no tener fuerzas. Andrés acarició a la perra: —Cuando sea mayor le ayudaré. Y también tendré un perro así de valiente. —Lo tendrás —sonrió Valera—. Seguro que sí. Pelirrojo solo movía la cola. En el barrio ya todo el mundo le conocía. Decían: “Ese es el perro de Valerio el Afgano. Sabe distinguir a los héroes de los miserables”. Y Pelirrojo patrullaba orgulloso, sabiendo que ya no era un simple chucho callejero. Ahora era el guardián del barrio.
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Bueno, Chato, vamos tirando murmuró Valero, ajustando el collar improvisado hecho con una vieja cuerda. Se cerró la chaqueta hasta el cuello y se estremeció.
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חמש עשרה שנה אחרי הגירושין שלי – פגשתי את חמותי לשעבר כשהיא מחפשת אוכל בפח מאחורי המשרד שלי
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O întoarcere neașteptată din trecutul israelian Am zărit-o pe fosta mea soacră scotocind printre pubelele de reciclare din spatele biroului meu de la Tel Aviv.
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אצל סבתא שורה בכפר מת לה החתול – חתול ותיק ומכובד, עם קבלות על ניצחונות רבים מול חתולות וחתולים יריבים, וציד מוצלח של מכרסמים. אבל הזקנה עושה את שלה – עשרים שנה כמעט החזיק מעמד בלי שיפוץ יסודי. סבתא שורה עטפה את האהוב שלה בבד לבן, לקחה את האת ויצאה מאחורי הגינה לקבור אותו. בעלה, וסילי ירופייביץ’, התעסק בפינה של החצר במרתף: משהו שם למטה תיקן, קילל בשקט. לאחר שהעניקה כבוד אחרון לחתול, כיסתה את הבור ויצאה מהמקום, עם האת ביד. בדרכה פגשה את השכנה העירונית – פייגה. – שלום לך, אלכסנדרה, – בירכה פייגה ושאלה בנוהג: – מה את עושה? – נו, – אמרה שורה, – ואסיה שלי סיים את תפקידו, המסכן. האל קרא לו אליו. בכיתי וקברתי אותו מאחורי הגינה. מהחדשות האלו פייגה שכחה לאן הלכה. הרי רק אתמול ראתה את וסילי במכולת, קונה סוכר, פרלמנט וערק קטן. – לא יכול להיות! – קראה. – וסילי שלך מת? איך כל כך פתאום? רק אתמול דיברנו. – נכון, היה עירני אתמול, – הנהנה שורה. – כל היום שמח, אכל הרינג שלם. אפילו בערב שיחקנו מיטה… העיניים של פייגה התעגלו. – והבוקר, פתאום נחלש ואסיה שלי, חלה… – השלימה שורה. – שכב על הספסל, רטן משהו – ונפח נשמתו. פייגה עשתה סימן. – ככה זה קורה, – מלמלה. – היה-לא היה. ולמה האת ביד? – הרי אמרתי, – חזר שורה, – קברתי אותו מאחורי הגינה, עטפתי יפה והשארתי סימן מענף שלא אשכח. פייגה, עירונית חסרת מושג במנהגי כפר, הופתעה: ככה סתם לקבור את הבעל מאחורי הגינה ועוד לסמן בענף? – את ממש דואגת, אלכסנדרה, – פלטה פייגה בבלבול. – סתם ככה קברת? לא צריך לקרוא לפחות את השוטר שיאמת מוות? עכשיו שורה הביטה בה מוזר: – מה את מדברת, – חייכה, – ואסיה היה גבר, אבל מה כל פעם שוטר? שיבואו הפרקליט הראשי, אולי? פייגה שתקה. שורה העבירה את האת לכתף השנייה. – אולי בעיר עושים ככה, – אמרה, – אצלכם חכמים, יש שוטרים, יועצים, משפט… אצלנו פשוט: מת – קח את האת וחפור. מאחורי הגינה יש הרבה מקום. – כן… – פלטה פייגה, – עדיין יש לי הרבה מה ללמוד על הכפר שלכם. אבל למה לקבור בין העשבים? מה, אי אפשר במקום מכובד? חוסר ההבנה הרגיז את שורה: – לאן הייתי לוקחת אותו? לבית עלמין עם אנשים טובים? יומרני מדי. מאז ומתמיד פה קוברים מאחורי הגינה. פייגה ישבה בזהירות על גזע עץ. ניסתה לא להסתכל על האת. הרגליים רעדו. – את משהו, שכנה, – אמרה לבסוף. – מאחסנת את כולם מאחורי הגינה? וכמה היו לפני וסילי? – לא מעט, – חשבה שורה. – לפני וסילי היה מישה, רך מבחוץ, נבזה מבפנים – הולך לישון איתי, בבוקר סדין רטוב כולו. חטפתי אותו! ולפניו – סימקה… היה עדין וחמוד. גם הוא, זמנו הגיע. לא חסר לי, מתחלפים. ותקעה את האת בקרקע. – כולם בשורה מאחורי הגינה: ואסיה, מישה, סימקה… אבל לא נורא, טוניה שלי הבטיחה בקרוב אחד צעיר. לי לא יחסר לעולם. מה חשבה פייגה – לא נדע, כי ברגע ההוא הופיע פתאום וסילי ירופייביץ’ בעצמו – מכוסה בבוץ ועצבני כמו שד: – את רוצה להמית אותי, קורנישון זקנה? – צעק לאשתו. – כיסית אותי שם כמעט עד למעלה, צעקתי, השתוללתי – בקושי יצאתי! והיא פה מפטפטת… חטף לה את האת: – תביאי לי את הכלי! אני הולך לחפור החוצה את המגפיים… וגם את הערק שכחת שם. וכאן פייגה נפלה על הגזע והתעלפה. אז בקבוק הערק מהמרתף התגלה כשימושי מאוד.
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אצל סבתא שושנה במושב מת אחד החתולים. חתול ותיק היה, בעל רזומה לא רע בכלל המון ניצחונות על חתולות השכונה, מתחרים מובסים ועכברים מצונפים מאחוריו.
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Lo más importante La fiebre de Lera subió de golpe: el termómetro marcó 40,5ºC y, casi al instante, comenzaron las convulsiones. El cuerpo de la niña se arqueaba tan violentamente que Irene se quedó petrificada un segundo, sin dar crédito a lo que veía, antes de lanzarse hacia su hija, temblando de miedo. Lera empezó a ahogarse con espuma en la boca, respiraba entrecortadamente, como si algo le apretase la garganta desde dentro. Irene intentaba abrirle la boca—los dedos le resbalaban, se negaban a obedecer—pero al final lo consiguió. La niña se quedó súbitamente flácida, inconsciente. ¿Cinco o diez minutos? Nadie podría decirlo. El tiempo pasaba no en segundos, sino al ritmo acelerado de los latidos de Irene, que retumbaban en sus sienes. Vigilaba que la lengua no le cortara la respiración, sostenía la cabeza de Lera, aguantando las convulsiones más fuertes que una sacudida eléctrica. Irene no notaba nada más, solo tenía una idea fija: Lera tenía que volver a respirar. Lera tenía que regresar. Gritaba—en la cocina, contra las paredes, en el vacío, al cielo. Gritaba en el teléfono de emergencias, repitiendo el nombre de su hija con tanta desesperación como si pudiera retenerla con la fuerza de su voz. Llamó a Marcos y, entre sollozos y hipo, solo pudo decir: —Lera… Lera casi se muere… Pero en el auricular, Marcos solo logró entender una palabra: murió. Se agarró el pecho; el dolor era tan agudo como si le hubieran clavado un cuchillo ardiente. Las piernas se le doblaron y se deslizó—casi sin hacer ruido—del sillón al suelo, como alguien a quien de repente se le agota todo: las fuerzas, las ideas, el futuro… Intentaron levantarlo, sujetarlo de los codos, pero su cuerpo no respondía. Trajeron gotas, agua, alguien le acariciaba la espalda—todos decían palabras de consuelo, pero se rompían contra su desesperación como las olas contra un muro de hormigón. Marcos no era capaz de recomponerse. Los dedos le temblaban convulsivamente, el vaso repiqueteaba contra los dientes y, en lugar de palabras, solo escapaban fragmentos, como de un mecanismo roto: —Mu… muerta… Le… Lera… muerta… Los labios lívidos, la respiración entrecortada, las manos ajenas. El jefe, don Víctor, sin perder un segundo, lo cogió bajo los brazos y casi lo arrastró hasta su enorme todoterreno. La puerta se cerró de golpe y el eco retumbó en su interior. —¿Dónde? ¡¿Dónde hay que ir?! —gritaba Víctor, intentando traspasar la niebla mental de Marcos. Este se sentaba, ciego y atónito, con los ojos abiertos como platos. Tardó unos segundos en parpadear, como si estuviera atrapado entre la realidad y la pesadilla. —El hospital infantil… municipal… —murmuró por fin Marcos, como si cada palabra le desgarrara la garganta. El hospital estaba lejos, demasiado lejos para alguien que acababa de oír la palabra más terrible de su vida. Don Víctor pisó a fondo, cambiando de carril a toda velocidad, los semáforos pasando delante como manchas sin sentido. ¡Rojo, verde… qué más da! En un cruce, un todoterreno negro apareció de repente a su lado, como salido de la nada. Les separaron centímetros del choque. Don Víctor giró el volante, el coche derrapó, las ruedas chillaron y saltaron chispas bajo los frenos. El otro coche pasó como una exhalación, dejando tras de sí olor a goma quemada y la certeza de que la muerte acababa de rozarles. Marcos ni lo notó. Las lágrimas no cesaban. Se sentaba encorvado, apretándose el puño contra la boca para no estallar en sollozos. Y de pronto… una imagen. Como si alguien le proyectase un recuerdo. Lera, con tres años. Enferma de anginas, fiebre que helaría la sangre de cualquier adulto. La ambulancia le pone una inyección, recomiendan supositorios. La pequeña Lera, en pijama de conejitos, sudorosa y llorosa, se resiste en la cama. Irene lleva media hora intentando convencerla. Lera solloza, se restriega los ojos, y por fin cede: —Vale, pónmelo… ¡pero no lo enciendas! A Marcos casi se le doblan las piernas de la risa. Dos días antes habían ido a la iglesia y Lera recordaba que las velas se encienden… Don Víctor salió del barrio hacia la avenida, larga y resplandeciente bajo las luces del atardecer, fría como el filo de un cuchillo. La memoria, cruel, le golpeó con otra escena. Pocas semanas después, Lera trepó al armario. Una pequeña mona, ágil y desobediente, casi rozando el techo y chillando con orgullo. Y en un segundo, el armario empezó a inclinarse, lento y aterrador. ¡Crash! El mueble pesadísimo cae. Irene grita, Marcos se lanza, pero ya es tarde. El estruendo rompe la habitación. Lera sobrevivió. Moretones, lágrimas, susto y una tableta gigante de chocolate como consuelo. Al ver el chocolate, Lera cambió, como si le hubieran dado al interruptor de la felicidad. Dejó de llorar, se secó la nariz con la manga y preguntó: —¿Puedo dos de una vez? Para ella, el chocolate era el botón de emergencia de la alegría. Marcos pensó entonces que si en los hospitales dieran chocolate, la humanidad inventaría la vida eterna. Y después… Silencio, casa, una lámpara encendida suavemente. Irene le dice: —Mañana iremos a la iglesia. Pondremos una vela para pedir salud. Y Lera, más seria que nunca, pregunta: —¿En el culo, o cómo? Irene se cubre la cara, y Lera les observa con cara de “¿y ahora por qué os reís?” Ahora, en el coche, esa frase absurda le atravesó el corazón. Porque en esas tonterías estaba la vida misma. Su vida. El jefe logró llevar a Marcos al hospital. Frenó de golpe, como si el coche tuviese miedo de quedarse ni un segundo de más. —Lera está viva —fue lo primero que oyó Marcos—, la han pasado directamente a reanimación; los médicos no han dicho nada en horas. Dejaron pasar a Irene. A Marcos solo le quedaba esperar y rezar… — Era la una de la madrugada, cuando el mundo parece detenerse y volverse infinitamente solitario. Marcos alzó la vista hacia la ventana del segundo piso, donde su niña luchaba por la vida. Por la ventana, como en una película de terror, apareció Irene. Quietísima, brazos pegados al cuerpo, mirada perdida a través del cristal, fija en él. Sin gestos, ni suspiros, ni coger el teléfono. Él la saludó, como si pudiera espantar con la mano el miedo. La llamó—ella no contestó. Solo miraba, como una sombra, el fantasma de un amor que teme desaparecer si se mueve. Entonces sonó su móvil. Breve, seco. Solo dijeron: —Pase adentro. Y colgaron. El terror le cubrió como una niebla espesa. Intentó levantarse, pero las piernas no respondían. El cuerpo no obedecía, como si el suelo intentase retenerlo a la fuerza, para librarle de oír lo peor. Sabía que debía ir, pero el miedo lo paralizaba. En ese momento, salió una enfermera. Joven, cansada, con zuecos blandos gastados. Se dirigió hacia él. Marcos la miraba… y por dentro todo se derrumbó. Todo. Fin. Ahora lo diría. La enfermera se agachó un poco y habló en voz baja, clara, como quien pronuncia una sentencia—pero luminosa: —Va a vivir. Ha pasado la crisis… Y el mundo se tambaleó. Los labios le temblaban, no obedecían, como si no fueran suyos. Se sentó, intentó decir algo, aunque solo fuera “gracias”, “Dios”, aunque fuera solo suspirar bien. Pero solo se movían las comisuras, le temblaban las manos y el llanto le bañaba la cara—llanto caliente, vivo. — Después de esa noche muchas cosas perdieron importancia para Marcos. Ya no temía perder el trabajo. No le asustaba hacer el ridículo, ni parecer despistado o patético. Solo una cosa le sostenía de verdad: el recuerdo de aquella noche. Saber que el mundo puede quebrarse en un segundo, que una persona por la que moverías montañas puede esfumarse de un latido a otro… Todo lo demás perdió peso. Como si el mundo de Antes y de Después lo dividiera una delgada línea de miedo. Todos los demás miedos se disiparon, como ruido innecesario antes del verdadero silencio.
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Lo más importante La fiebre de Lucía subió como la espuma de la sidra en fiesta de pueblo. El termómetro marcó 40,5ºC y, casi al instante, empezaron las convulsiones.
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אצל סבתא שורה במושב מת החתול שלה. חתול ותיק היה, עם קבלות: שלל ניצחונות על חתולות, יריבים מוכים ומכרסמים שניצודו. אבל כבר הפך חתול מזדקן – מה לעשות. כמעט עשרים שנה הסתובב בעולם בלי שיפוץ יסודי. שורה עטפה אותו בתכריך נקי, לקחה מעדר ויצאה מעבר לכרם לקבור אותו. בעלה, וסילי ירופייביץ’, התעסק בפינה של החצר במרתף: חיזק, תיקן וקילל בשקט. אחרי שנפרדה מהחתול, כיסתה שורה את הבור והלכה חזרה עם המעדר המלא בוץ. עברה שם השכנה – פאינה, אשת העיר. – שלום ובריאות, שורה אמא! – ברכה פאינה ושאלה סתם ככה: – מה את עושה? – מה לעשות, – אמרה שורה, – וסילי שלי סיים את חייו, המסכן. אלוהים לקח אותו. בכיתי וקברתי אותו מעבר לכרם. פאינה הייתה בהלם – רק אתמול ראתה את וסילי במכולת קונה סוכר, סיגריות ובקבוקון ערק. – מה?! וסילי מת? כל כך פתאומי? הרי אתמול ראיתי אותו! – נכון, עוד אתמול התרוצץ, – הנהנה שורה. – היה שמח ואפילו טרף דג מלוח שלם. בלילה עדיין שיחקנו יחד… עיניה של פאינה התעגלו לאטן. – והיום על הבוקר נהיה לי וסילי עצוב וחלש… – סיימה שורה. – נשכב על הספסל, מלמל משהו ונפח נשמתו. פאינה סימנה צלב באוטומטיות. – איזה סיפור… אז מה עם המעדר? – קברתי אותו מעבר לכרם, – הסבירה שורה שוב. – עטפתי ביוטה נקיה, וקבעתי מקל כדי לא לשכוח איפה. פאינה, אישה של עיר, לא ידעה על כל המנהגים של המושב. הופתעה ששורה פשוט קברה את בעלה מעבר לכרם וקבעה מקל לזיכרון. – את פשוט דואגת לכולם! – מלמלה פאינה בשוק. – פשוט הלכת וקברת! לא צריך לקרוא לפחות את השוטר שיבדוק? עכשיו שורה הסתכלה עליה מוזר. – השתגעת! – צחקה שורה. – וסילי לא היה איזה מיוחס… משהו כזה לא מטריחים שוטר. כל וסילי, תביא בשביל כל דבר שוטר? בואי נזמין את היועץ המשפטי! פאינה שתקה. שורה החליפה את המעדר לכתף השנייה. – אולי בעיר ככה עושים, – אמרה בטון מפויס, – אתם אוהבים פרוצדורה, יועצים, חוקים… אצלנו במושב פשוט – מת מישהו? קוברים מעבר לכרם. יש שם מספיק מקום לכולם. – וואו… – מלמלה פאינה. – כנראה יש דברים שאני עדיין לא יודעת על המושב שלכם. אבל למה מעבר לכרם, בביצה? לא בקבר ישראל? חוסר ההבנה כבר עצבן את שורה. – לאן אקח אותו אם מת? – שאלה בכעס. – לא נניח אותו עם צדיקים… יוקרתי מדי. אצלנו תמיד קוברים מעבר לכרם. פאינה ישבה בזהירות על בול עץ והשתדלה לא להסתכל על המעדר בידיה של שורה. נהייתה חיוורת והתחילה לרעוד. – את מדהימה, שכנה, – אמרה לבסוף. – את קוברת את כולם מעבר לכרם! היו לך עוד כאלה חוץ מווסילי? – תכלס, כן, – חשבה שורה בקול. – לפני וסילי היה מישקה, חמוד אבל נבזה. אהבתי אותו, חטפתי אותו פה ושם! לפניו היה סִימקה, טוב לב, עדין, אבל גם זמנו הגיע. כבר הספקתי כמה כאלה… ופתאום תקעה המעדר בדשא – כאילו שמה נקודה. – עכשיו כולם בטור מעבר לכרם! וסילי, מישקה, סימקה… החמודים שלי. לא נורא, טוניה כבר מבטיחה להביא לי אחד חדש בימים הקרובים. בטח לא יחסרו כאן. מה פאינה חשבה לא ידוע, כי באותו רגע הופיע וסילי ירופייביץ’ מאחור – מכוסה בבוץ וכועס כמו שד. – למה את רוצה במותי, מכשפה?! – צרח על אשתו. – קבר כמעט גרם לי לטבוע… בקושי יצאתי החוצה, ואת כאן מרכלת! חטף ממנה את המעדר והוסיף: – תני לי את זה! הולך להוציא משם גם את המגפיים שלי… וגם את הבקבוק שנשאר. פה פאינה נפלה מהבול עץ וגיּעה את הכרתה. למזלה, הבקבוק מהמרתף היה שימושי מאוד.
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אצל גברת שירה במושב מת החתול שלה. חתול מאוד מכובד היה הרבה ניצחונות על חתולות השכונה, לא מעט יריבים שהשאיר מאחוריו ועשרות מכרסמים שתפס. אבל החתול הזקן
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אצל סבתא שורה במושב מת החתול שלה – חתול שהיה אגדה, אלוף בניצחונות על כל חתולה בסביבה, גיבור קרבות ומומחה בציד עכברים; אבל מה לעשות – כבר היה קשיש, עבר כמעט עשרים שנה בלי שיפוץ יסודי. שורה עטפה את יקירה בבד נקי, לקחה את הטורייה והלכה לקבור אותו מאחורי החצר. בעלה, וסילי ירופייביץ’, היה עסוק בזווית של החצר במרתף – תיקן שם משהו תוך כדי קללות שקטות. אחרי שסיימה עם החתול והאדמה, עברה בדרך השכנה – פייגה העירונית. – שלום, אלכסנדרה אמא! – בירכה פייגה, ושאלה בשביל הנימוס: – מה את עושה? – מה כבר, – ענתה שורה, – ואסיה שלי סיים את חייו, המסכן. אלוהים קרא לו אליו. בכיתי קצת וקברתי מאחורי החצר. מהידיעה הזאת פייגה שכחה לאן הולכת – הרי רק אתמול ראתה את וסילי ירופייביץ’ קונה סוכר, קופסת סיגריות ובקבוק קטן של ערק במכולת. – לא יתכן! – אמרה. – וסילי שלך נפטר? כל כך פתאום? הרי ממש אתמול ראיתי אותו! – כן, אתמול עוד התרוצץ שמח, – שורה הנהנה. – היה מלא חיים, טרף דג מלוח שלם. אפילו במיטה עוד שיחקנו… העיניים של פייגה הלכו ונהיו עגולות. – אבל הבוקר כבר דכדך לי ואסיה, נחלש, – סיימה שורה. – נשכב על הספסל, מלמל משהו – ושם את נשמתו. פייגה עשתה סימן צלב באוויר מתוך הרגל. – תראי איך זה קורה, – אמרה. – היה-והלך. אבל למה עם הטורייה, מה את אומרת? – אמרתי לך – קברתי אותו מאחורי החצר, – חזרה שורה. – עטפתי בבד נקי וקברתי. ואפילו מקל שמתי, שלא אשכח איפה. פייגה הייתה עירונית ולא הכירה את כל המנהגים של מושב. זה הדהים אותה ששורה קברה ככה את וסילי ירופייביץ’, פשוט מאחורי הגינה, וסימנה רק ענף קטן. – את דואגת יפה, אלכסנדרה, אין מה לומר, – מלמלה פייגה מבולבלת. – קברת – וזהו! אבל מה, לא צריך לקרוא שוטר לבדוק שמדובר במוות? עכשיו דווקא שורה הסתכלה על פייגה מוזר. – איזו שטות! – צחקה. – הרי הוא לא איזה ראש מועצה… שוטר לא ירוץ בשביל כל וסיה. נזמין אולי את היועץ המשפטי לממשלה? פייגה שתקה. שורה העבירה את הטורייה לכתף השנייה. – אולי בעיר אצלכם זה מקובל, – אמרה. – כל דבר אצלהם עם שוטרים, עורכי דין… אבל אצלנו הכל פשוט. מת מקס – חופרים, יש מקום בשפע מאחורי החצר. – כן… – מלמלה פייגה – נראה לי שאני עוד לא מבינה את כל החוקים פה. אבל למה קברת אותו במעבר ההוא, למה לא בבית עלמין כמו בני-אדם? ההיגיון של פייגה התחיל להכעיס את שורה. – איפה אקבור אותו כשהוא מת לי? – שאלה בכעס. – לא אשים אותו עם הצדיקים בבית קברות! יקר מדי. מאז ומעולם קברנו מאחורי הגינה. פייגה התיישבה בזהירות על בול עץ, מנסה לא להסתכל על הטורייה ביד של שורה. רעדה כולה. – כל הכבוד לך, שכנה… – ידעה רק לומר. – יש לך שם עוד מישהו חוץ מווסילי? – לא מעט, – חשבה שורה. – לפני וסיה, היה את מישה – עדין למראה, אבל רשע קטנטן. היה מתגנב בלילה ובבוקר כל המצעים רטובים… הו, כמה הרבצתי לו! ולפניו היה את סֵמקה, ההוא היה עדין – וגם הוא הלך לעולמו כשנגמר הזמן. לא חסרים לי שם. ובמכה תקעה את הטורייה באדמה כמו סימן קריאה. – עכשיו כל הגיבורים שלי בשורה מאחורי הגינה: וסיה, מישה, סֵמקה… אבל לא נורא, תכף תביא לי טוניה עוד צעיר. תמיד יהיה מי שיקבור. לא ברור מה חשבה פייגה, כי באותו רגע הופיע מאחור סבא וסילי ירופייביץ’ – כולו מלא אדמה ועצבני כמו שד. – מוות את מחפשת לי, סכנה זקנה? – צעק על אשתו. – כמעט קברת אותי חי, התחננתי שם, בקושי יצאתי, ואת כאן מרכלת! חטף ממנה את הטורייה והוסיף: – תני לי כלי עבודה! הולך לחלץ את המגפיים… וגם הערק נשאר שם. פה פייגה כמעט התעלפה. לפחות הערק מהמרתף יצא בסוף לעניין.
02
במושב קטן סמוך לרחובות, נפטרה החתולה של סבתא דינה. הייתה חתולה מכובדת מאחוריה שנים של קרבות מוצלחים עם חתולי השכונה, יריבים מובסים ואינספור עכברים שנלכדו.
Life Lessons
La ingenua esposa de provincias y la tarjeta bloqueada: así descubrí la verdad sobre mi marido en el restaurante más exclusivo de la ciudad
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La tarjeta se la pidió Pablo un miércoles, durante el desayuno. Su tono era el adecuado: preocupado, pero sin dramatismos. Carmen, tengo un pago de la