El único hombre de la familia Durante el desayuno, la hija mayor, Vera, mirando la pantalla de su móvil, preguntó: —Papá, ¿te has fijado en la fecha de hoy? —No, ¿pasa algo especial? En vez de contestar, le mostró el móvil: en la pantalla se leía 11.11.11, es decir, el 11 de noviembre de 2011. —Es tu número de la suerte, el once, y hoy viene tres veces seguidas. Seguro que tendrás un día genial. —A tus palabras, habrá que echarles miel —sonrió Valerio. —Eso, papá —interrumpió la pequeña, Nadia, también con el móvil en la mano—. Hoy a los Escorpio les espera un encuentro agradable y un regalo para toda la vida. —Qué bien, seguro que por ahí en Europa o América ha fallecido algún pariente que no conocemos, somos los únicos herederos, y, cómo no, millonarios… —Multimillonario, papá —le siguió la broma Vera—. Un millón para ti es de poca monta. —Sí, he pensado lo mismo: poca cosa. ¿Qué haríamos con tanto dinero? ¿Qué os parece si lo primero es comprar una villa en Italia o en las Maldivas? Después, un yate… —Y un helicóptero, papá —se sumó Nadia—. Quiero mi propio helicóptero… —Por supuesto. Tendrás helicóptero. ¿Y tú, Vera? ¿Qué deseas? —Quiero salir en una película de Bollywood con Salman Khan. —Bah, qué fácil. Llamo a Amitabh Bachchan y lo organizamos… Fantasiosas, venga, terminad de desayunar, que hay que salir. —Jo, ni soñar se puede —suspiró Nadia. —No, al contrario, hay que soñar —Valerio apuró el té y se levantó—. Pero no olvidéis el cole… Por algún motivo recordó esa conversación de la mañana horas después, al final del día, en el supermercado, mientras pasaba las compras de la cesta a las bolsas. El día acababa y no había sido genial; al contrario, tuvo más trabajo, tuvo que quedarse una hora más y terminó agotado. No hubo encuentro agradable ni, mucho menos, regalo para toda la vida. «La felicidad ha pasado volando, como una tabla de contrachapado sobre París», pensó Valerio al salir del supermercado. Junto a su viejo «SEAT Panda», fiel al servicio familiar desde hacía un cuarto de siglo, rondaba un chaval. Un sin techo. Todo en él lo gritaba: descuidado, hecho jirones en vez de ropa, en los pies calzado desigual —en la izquierda una deportiva de color incierto, en la derecha una bota militar arrugada, atada con un cable eléctrico azul en vez de cordón—, una gorra con orejeras gastada cuya oreja derecha estaba quemada en un tercio. —Señor… tengo hambre, ¿me da… un poco de pan? —dijo el chaval apenas Valerio se acercó al coche. La frase sonó con una leve pausa. No fue ni su aspecto ni la frase, tan fuera de lugar en pleno siglo XXI, como sacada de una película antigua, lo que conmovió a Valerio: fue la pausa. Recordó sus años en el grupo de teatro del Centro Cultural, las clases de dicción escénica. A esas pausas se les prestaba especial atención: un espectador sensible sabe por ellas si el actor vive el papel o repite de memoria. Más claro: la pausa es el detector de la verdad… o de la mentira. El chaval mentía. La pausa, como una alarma, activó un sexto sentido en Valerio: todo era teatro. ¿Para qué? Si existe un sexto sentido, fue eso lo que sintió Valerio: aquel montaje era solo para él. ¿Por qué? «Esto se pone interesante. Bueno, amigo, jugaremos a tu juego. Y mis princesas van a estar felices: les encanta jugar a detectives». —Con solo pan no se llena uno. ¿Qué te parece un plato de cocido, luego patatas con bacalao y de postre una compota con bollitos calientes? ¿Te va? El chaval se quedó un instante desconcertado por la oferta inesperada, pero enseguida se recompuso: se tensó, le miró de reojo. «Bien, ya se nota menos teatro. Sigamos», pensó Valerio. —¿Qué dices? ¿Sí? ¿No? —…Sí —susurró el chico. —Perfecto. Aguanta esto, por favor. Era una prueba. Valerio la hacía siempre en estos casos. Los verdaderos sin techo actuaban igual: recibían la bolsa llena de comida y salían corriendo. Sin embargo, siempre olvidaban que el hambre y la falta de sueño pasan factura, Valerio les alcanzaba sin problema, les daba un capón en la cabeza: —No seas salvaje, eres un chaval, no un animal… Tardó un buen rato en buscar las llaves, luego el móvil, se giró a propósito de espaldas al chaval. —Verita, ¿ya habéis puesto las patatas a cocer? ¿Y la ensalada, la tenéis? Ahora, prepara una ollita de cocido y caliéntalo, en veinte minutos llego. Besos, adiós. El supuesto vagabundo no escapó: seguía ahí, cabizbajo, apretando la bolsa, raspando el asfalto con la bota. «Gracias, chaval —sonrió Valerio para sí—, no me apetecía correr ahora». Por fin encontró las llaves y cargó las bolsas. —Adelante —le abrió la puerta del copiloto—. El carruaje está listo. Las patatas están cociendo, el cocido calentándose. El chaval suspiró raro y se sentó tímidamente. Viajaron unos cinco minutos en silencio. Valerio vivía con sus hijas en un pueblo a siete kilómetros de la ciudad, donde llevaba más de diez años trabajando como soldador de urgencias. Creció en un orfanato, no tenía familia cercana, sus hijas eran su círculo y las adoraba. Valerio jamás fue indiferente ante el destino de niños huérfanos, hacía todo por ayudarles. Por ese camino llevó a muchos primero a su casa, luego a familias nuevas. Si no fuera por esas leyes absurdas que dejan a los niños en manos de funcionarios sin alma, los habría adoptado a todos. Pero no, no se puede: mala situación económica y de vivienda, padre soltero, dos hijos propios, etcétera, etcétera… Como si en el orfanato fueran a estar mejor. ¡Por supuesto que no! Valerio lo sabía bien. Los funcionarios nunca entienden que lo principal para un niño no es la casa o el dinero, sino el Amor, ese que en el orfanato rara vez aparece. En su familia, aunque pequeña, ese niño hubiera tenido amor a espuertas. Paradojas de la vida: todos esos llamados trabajadores sociales, guardianes de la «ley» y del «bien», lo saben perfectamente, pero hay miles de familias bien estructuradas en las que los niños son infelices y maltratados, y eso es «normal», legalmente. Su familia, en cambio, está vetada… «¡Idiotas!», pensó Valerio y miró rápido a su acompañante por si leía el pensamiento. El chaval iba encogido, la cabeza hundida entre los hombros, la gorra caída sobre la cara. A veces suspiraba. Igual que Valerio, seguro, lo devoraban los pensamientos. Un chaval raro, de los que no había encontrado antes. Los otros eran más duros, se notaba la escuela de la calle. Este parecía callado. No parecía de orfanato: Valerio lo hubiera notado. Seguramente escapó de casa; llevaba poco tiempo en la calle, aún estaba asustado, algo perdido. «Quizá me precipité acusándolo de mentir. Lo más probable es que el chico esté en shock: la realidad no fue la que esperaba. De ahí toda esa teatralidad… No pasa nada, chico, ya verás, en casa te lavaremos, te daremos de comer y cariño. Dormirás, y ya nos contarás. Todo irá bien». Las niñas aguardaban en el porche, corrieron al coche nada más parar. Abrieron la puerta, cogieron las bolsas. —¿Y esto, papá? —por fin vieron al chaval. —¿Esto? Este es vuestro encuentro agradable y regalo para toda la vida del que hablasteis esta mañana —sonrió Valerio. —¡Genial, papá! —Nadia, acercándose, miró bajo la gorra para verle la cara—. Vaya regalo más curioso. ¿No será ajeno? —Si acaso… Se me pegó a la pierna, gritó: soy tu regalo. No me pude zafar. —¿Y cómo se llama este regalo? —preguntó Vera, organizando las bolsas. —Sin nombre. —¿No traía etiqueta ni precio? —No. —Ya veo, papá —suspiró Nadia—. Te han colado uno defectuoso… No te preocupes, lo reciclamos. El chaval se tensó aún más, parecía que iba a salir corriendo. Nadia, intuición femenina, lo agarró del hombro y palmeó la gorra: —¿Hola? ¿Hay alguien en casa? El chico callaba, escondiendo la cabeza en el abrigo. —No hay cobertura —rió Vera—. Vamos para dentro, quizá allí funcione. Vera miró cómplice al padre. Años de convivencia los habían hecho capaces de comunicarse sin palabras. Vera propuso jugar a poli bueno y poli malo, un método que ya había dado resultados. Valerio asintió: «Cinco minutos. Ni uno más», y mostró una mano con la palma abierta. «Por favor, jefe —sonrió Vera—, en tres minutos acabamos». —Nadia, lleva el regalo dentro. Vamos a analizar ese Objeto Caminante No Identificado. Nadia casi arrastró al chico adentro como un fardo, entre risas con Vera. Valerio se dedicó a su rutina: meter el coche en el garaje y dejarlo listo para el día siguiente. Pasaron tres veces cinco minutos hasta que acabó. De pronto apareció Nadia: —¡Papá, miente en todo! —¿Y eso cómo lo sabes? —Elemental, Watson —rió Nadia—. No huele a chaval callejero, huele a niño de casa. —¿Lo has olido? —Sí. ¿Sabes a qué huele? —Me dejas intrigado. ¿A bollitos? ¿Jabón para niños? ¿Leche caliente? —Ya agotaste los tres intentos —Nadia le alargó la mano llena de manchas negras—. —¿Hollín? —No, papá. Huele a maquillaje —le puso la mano sobre la nariz. Valerio la olió, raspó una mancha con la uña. —¿Maquillaje? —¡Premio! —rió Nadia—. Se embadurnó para que pensáramos que era un pobre crío. —¿Un toro bravo? —Dice que le llaman Bugaí. Será apodo de la calle. Le pregunté a Google. «Bugaí» es toro semental… —Toro está bien, lo engordamos y… —Papá —cortó el humor su hija—. Basta de bromas. Te lo digo en serio, este niño se te ha acercado a propósito: se disfrazó y salió a escena, un auténtico TOA. —¿TOA? —Sí, Teatro de un Solo Actor. —¿Por qué? —Pues eso le preguntamos, pero no suelta prenda. Espera, en un par de minutos Vera lo desmonta. Acabarán como con Evdokímov. —¿Otra vez intentando asustarle con que somos vampiros de niños pequeños? —No, papá, eso ya está gastado. Ahora… No pudo terminar: Vera llegó gritando: —¿Todavía tenemos ácido sulfúrico? —Sí —contestó Nadia y echó mano a la primera garrafa que vio—. Traigo media garrafa. Ahora los deshacemos en ácido y los tiramos al desagüe… —¡Monstruos! —¡Monstruas, papá! —corrigió Nadia huyendo. —¡Papá, lávate las manos, que la cena está lista! —se oyó desde la cocina. —Estamos muertas de hambre, nos comeríamos a nuestro toro. —Si es tierno, me rechupaba hasta los huesos —apoyó Nadia. «¡Qué trasto de niñas tengo!» pensó Valerio, limpiándose—. Seguro que al pobre ya lo han dejado frito… Aguanta, chaval, voy. El chico estaba en el centro de la cocina, las niñas poniendo la mesa, cuchicheando. Ahora sí, Valerio pudo verle bien: tendría unos diez años, pelirrojo de verdad, como de poema. Camiseta de rayas rojas y negras con las letras «URSS», vaqueros cortos y rotos. Iba descalzo, secándose el pelo con una toalla. —Venga, toro, acércate —le invitó Nadia—. ¿Comes esto, o te damos pienso? —O forraje —siguió Vera. —Chicas —serio el padre—, ahora silencio y a comer. —Vale —a coro, las hermanas. Valerio lo miraba de reojo: el misterioso «Bugaí» se transformaba por segundos. Espalda recta, la cabeza alta, hasta parecía cenar entre su gente, como si nada hubiese pasado esa última media hora. Las chicas se dieron cuenta, se miraban sorprendidas. «¿Qué se esconde aquí?», pensaba Valerio. «Ya no hay duda, fue todo teatro para meterse en casa. ¿Por qué? Nadia tiene razón: se le ve niño de casa, inteligente, incapaz de malas intenciones. Así que no vino a robar, ni a abrir la puerta por la noche. Va solo. ¿Qué quiere en realidad?» —¡Papá, papá, tierra llamando! —le trajo de vuelta Vera, tirándole de la manga—. ¿Te has dormido? ¿Quieres más? —No, gracias. Riquísimo. ¿He estado mucho en coma? —Uff, siglos —empezó Nadia—. Tus hijas han crecido, se han casado. Hola abuelo, somos tus nietas. —¿Y este es vuestro novio? —miró a «Bugaí» aceptando el té de Vera. —Qué va abuelo, este es nuestro toro doméstico. Una monada —Nadia le acarició la cabeza. —Lo engordamos —añadió Vera—. Dicen que la carne subirá en verano. —De vaca —corrigió Nadia, dándole la vuelta a un mechón de su pelo. —¡Basta ya! —saltó el chico, luego, tras carraspear, habló más bajo, emocionado—. Vera, Nadia, ya… dejo de resistirme. Valerio, perdón… lo he hecho todo fatal, como un tonto… —Siéntate y cuenta, con calma —dijo Valerio. —Eso, pero la verdad —advirtió Nadia—. No mientas, lo noto… —No, no… Ya me da vergüenza. La verdad, sencilla y clara, les dejó boquiabiertos. Se esperaban de todo, menos eso. El chaval se llamaba Espartaco Bugaiev (presentó el certificado), solo un día mayor que Nadia, también once años. Su padre, muerto en la última guerra de Chechenia; su madre embarazada, la noticia trajo el parto prematuro. Solo salvaron a la hermana, también Nadia. Se quedaron los cuatro, casi sin familiares. La hermana mayor casi mayor de edad, casi les quitan a los pequeños para llevarlos a orfanato. Amigos y conocidos ayudaron, los dejaron juntos. No vivían mal. El dolor hace madurar, Espartaco y su hermana se hicieron adultos pronto, haciendo de papás para las pequeñas, Nadia y Liuba. En octubre, Espartaco notó que su hermana andaba rara, parecía enferma. Miedo: si perdía a su hermana… Pero, no era enfermedad: la chica se había enamorado, sin remedio. No solían ocultarse nada, pero ella no se animaba a confesarlo, soñando dejarlo atrás. No pudo. Cuanto más luchaba, más fuerte era el sentimiento. Cuando Espartaco supo el motivo, investigó: el amado se llamaba Valerio Borja Zárraga, soldador, no fumador ni bebedor, diez años divorciado, dos hijas, la ex esposa se fue a Argentina con otro cuando las niñas eran crías. Y, además, acogía a niños sin hogar y los buscaba familia porque él mismo fue huérfano. Espartaco vio ahí una señal: fingiría ser vagabundo para entrar en casa de Valerio, para ver cómo era en la vida real, cómo eran sus hijas y juzgar si era digno de su hermana. Porque él era el único hombre de la familia, debía saber a dónde la entregaba. No sospechó que, al poco, caería en manos de dos expertas interrogadoras, Vera y Nadia, que en minutos sacarían la verdad. —Me habéis encantado, de verdad. Vera, Nadia, sois geniales. Valerio, por favor, acepta a mi hermana como esposa. No te arrepentirás. La querrás… es buena, como mamá… Quería confesártelo ella misma, pero tenía miedo… —¿Miedo a qué? —preguntó Vera. —De que no quieras casarte al saber que lleva niños a cuestas… —¡Ayyyy, no digas eso! ¡Niños a cuestas, dice… Hay que educarte! —Lo haremos —afirmó Nadia—. Papá, ¿qué dices? ¿Te ha chocado la propuesta? ¿Vamos de pedida, o prefieres seguir soltero? —Esto es como de película —sonrió Valerio—. La verdad, yo ya le había echado el ojo a Sofía… Pensé: ya fui casado, y al principio mi esposa era estupenda… —Papá —le tomó la mano Vera, suave. —Tranquila, hija. Eso ya es agua pasada… solo queda el recuerdo. Aquello me frenaba. Mi ex se cansó de ser madre de dos y se fue… Y ahora, tendría un equipo entero… No cualquier joven lo acepta, y menos una chica… —Ya tiene 23 años —saltó Espartaco—. Va para veinticuatro… —Papá —se animó Nadia—, solo diez años mayor que tú. Es normal. —Eso —apoyó Vera—. Tú tienes experiencia; puedes ayudarla, inspirarla. Y nosotros también, ¿a que sí, Esparti? —Claro. —¿Sí, papá? ¿Sí? —le rodeaban las hijas por los hombros y le miraban a los ojos— ¿Nos casamos? —Sí… Pero hay que preguntarle a la novia… —Sofía dice que sí —Espartaco se levantó, tendiendo la mano—. Gracias, Valerio Borja… Yo, como único hombre de la familia, te entrego a mi hermana en matrimonio… Valerio la estrechó con fuerza y la abrazó. Se le saltaron las lágrimas. Vera también sollozaba. —Papá —Nadia, viendo que el momento se volvía emotivo, habló rápido—. Esta mañana te reías, no creías… y ahora tienes el encuentro agradable y el regalo para toda la vida: una gran familia unida. Lo que siempre has querido, papá. ¡Por fin ha llegado!

Life Lessons

El único hombre de la familia

Aquella mañana, durante el desayuno, la hija mayor, Beatriz, mirando absorta la pantalla de su móvil, preguntó:
Papá, ¿te has fijado en la fecha de hoy?
No, hija, ¿qué pasa con ella?
Sin contestar directamente, le giró el móvil: en la pantalla aparecían los números 11.11.11, es decir, el 11 de noviembre de 2011.
Es tu número de la suerte, el 11, y hoy está repetido tres veces seguidas. Seguro que vas a tener un día estupendo.
Ojalá fuera así, hija rió Tomás mientras se servía más café. A tus palabras les faltan solo un poco de miel.
Papito intervino la pequeña, Carmen, sin apartar tampoco la vista de su móvil, hoy los escorpiones tienen un encuentro especial y un regalo para toda la vida.
Eso sería genial. Igual, por ahí, en Alemania o en América, se muere un pariente que ni conocemos, somos sus únicos herederos y… claro, millonarios
Multimillonarios, papá siguió la broma Beatriz. A ti un millón te sabe a poco.
Eso mismo pensaba yo: es poca cosa. ¿Qué haríamos con tanto dinero? ¿Qué os parece si primero compramos una villa en Italia o en Mallorca? Y después, un yate
Y un helicóptero, papá soñó Carmen. ¡Quiero un helicóptero solo para mí!
Hecho, tendrás tu helicóptero. ¿Y tú, Beatriz? ¿Qué te apetece?
Salir en una película de Bollywood con Salman Khan.
Eso está hecho. Llamo a Amitabh Bachchan y lo apañamos. Bueno, soñadoras, terminad ya el desayuno, que se nos hace tarde y hay que irse.
Jo, ni soñar nos dejas suspiró Carmen.
Al contrario: hay que soñar siempre, pero sin olvidarse del colegio Tomás terminó su café y se levantó de la mesa.

No sé por qué vino a mi mente aquella conversación al final del día, cuando estaba metiendo la compra en bolsas en el supermercado. El día no había sido nada especial: en vez de un gran día, más trabajo, incluso me tocó quedarme una hora más. Estaba agotado. Ni encuentro inesperado, ni regalo para toda la vida.
La suerte pasó de largo, como el AVE por Toledo, pensé, sonriendo mientras salía del súper.
Junto a mi viejo y fiel Seat 131, que llevaba un cuarto de siglo en la familia, un chaval revoloteaba. Todo en su aspecto gritaba abandono: ropa hecha jirones, zapatos desparejados en un pie una zapatilla de color dudoso; en el otro, una bota militar destartalada atada con un cable azul y en la cabeza, una gastada gorra cuya visera estaba medio quemada.
Señor tengo hambre ¿podría darme un poco de pan? balbuceó el chico apenas me acerqué al coche.
Las palabras resultaban extrañas, más propias de otra época, y sin embargo, sentí algo dentro removerse. Me vino a la memoria mi juventud en el grupo de teatro del Centro Cultural, ensayando la naturalidad de la dicción. Había algo en ese titubeo, una verdad detrás del vaivén de la voz. Aquello era una representación.
El chaval fingía. Y, aun así, mi intuición me decía que su función iba dirigida a mí.
Bueno, amigo, juguemos tu juego. A mis hijas, ni pan: dales un caso de detectives y son felices, pensé.
Con el pan solo no vas a llenarte. Mejor un buen plato de cocido, luego una tortillita, y de postre, compota de ciruelas con bollos calientes. ¿Te apuntas?
El chaval dudó apenas un instante, sorprendido por la oferta, pero enseguida puso cara dura.
Bien, vamos avanzando, pensé mientras le entregaba las bolsas con parte de la compra.
Eso era una prueba. En situaciones como esa, los verdaderos chavales de la calle, al recibir comida, salían disparados a toda velocidad. Yo podría haberles alcanzado sin problema, y tras un coscorrón ligero, repetirles: No seas animalito, eres un niño.
Esta vez tardé en buscar las llaves y en llamar al móvil.
Bea, ¿has puesto las patatas a cocer? ¿La ensalada está lista? Perfecto. Hazme un favor: aparta un poco de cocido y caliéntalo. Llego en veinte minutos. Hasta ahora.
El chico seguía ahí, cabizbajo, aferrado a la bolsa, arrastrando la punta del zapato por el asfalto.
Gracias, chaval, murmuré para mis adentros, Hoy no estoy para carreras.
Al fin encontré las llaves, metí todo en el coche y le abrí la puerta del copiloto.
Sube, caballero, la carroza está lista. El cocido ya huele.
Suspiró y entró.
Durante el trayecto nadie habló. Nosotros vivíamos en una aldea a siete kilómetros de Medina del Campo, donde llevaba muchos años trabajando de soldador. Yo también fui niño de hospicio; nunca tuve familia, solo mis chicas. Las adoro, y ellas a mí. Por eso, el asunto de los niños sin hogar me dolía especialmente. Siempre que podía, ayudaba y, más de una vez, llevé a uno a casa hasta encontrarle un sitio mejor. Si no fuera por esas leyes absurdas que no reconocen más que lo material, yo habría adoptado a unos cuantos. Pero los funcionarios, con su amor desbordado por los papeles, no entienden que lo que más necesita un niño es amor. Eso yo lo aprendí a golpes de soledad.
¡Insensatos!, pensé y miré de reojo a mi silencioso acompañante.
El chico iba encogido bajo la gorra, sin decir palabra. No era un hijo de hospicio, de eso estaba seguro. Más bien se veía asustado, tal vez perdido y recién caído en la calle.
Quizá me he precipitado en juzgarle. Puede que simplemente esté en shock, sin saber aún ni dónde está.
En casa, las niñas nos esperaban en el porche. Saltaron al coche y, después de coger las bolsas, vieron al muchacho:
Y esto, papá, ¿qué es?
Vuestro anunciado encuentro especial y el gran regalo de toda la vida reí.
¡Genial! exclamó Carmen, agachándose para mirar bajo la gorra del chico. ¿Seguro que el regalo es para nosotros?
A saber Se agarró a mi pierna diciendo: Yo soy tu regalo, tuyo. No pude librarme sonreí.
¿Y cómo se llama este regalo? preguntó Beatriz.
Sin nombre.
¿Ni etiqueta?
Nada.
Queda claro, papi. Te han encasquetado un defectuoso menos mal que se puede devolver.
El chaval parecía a punto de salir corriendo, así que Carmen le agarró del hombro y le dio tres golpecitos en la gorra:
¿Hola? ¿Hay alguien en casa?
Siguió callado y encogió aún más el cuello.
Aquí no hay cobertura rió Beatriz. Mejor dentro, a ver si mejora la señal.
Con solo una mirada de complicidad, Beatriz me propuso usar el viejo truco del poli bueno y poli malo, y le hice una señal: Cinco minutos, ni uno más.
Carmen, entra el regalo en casa. Tengo curiosidad por ver qué misterio encierra este objeto desconocido.
En un santiamén, arrastraron al chico hacia dentro, mientras yo guardaba el coche y hacía mis tareas diarias. A los quince minutos justos, apareció Carmen, exaltada:
Papá, ¡nos ha mentido!
¿Y cómo lo sabes?
Elemental, Watson rió. No huele a niño de la calle, es de casa de toda la vida.
¿Lo has olido?
Claro, y no huele ni a chorizo ni a tabaco. Mira me mostró la mano llena de manchas negras.
¿Hollín?
No, huele tú mismo.
Olfateé y rasqué con la uña.
¿Maquillaje?
¡Exacto! Para parecer sucio, se ha puesto maquillaje negro. Dice que se llama Toro apodo típico de los chavales pero yo lo dudo. Esto es puro teatro, papá. Yo diría que tenía claro a quién acercarse. Ha entrado en modo Teatro de un solo actor.
¿Para qué?
Eso es lo que no suelta. Pero tranquila, Beatriz ya lo hará hablar.
En ese momento salió Beatriz gritando:
¿Nos queda ácido sulfúrico?
Media garrafa, la traigo exageró Carmen.
¡Menudas brujas! bromeé mientras entraba. Van a fundir al pobre chico
Sentado en un taburete, el chico, ya duchado, se secaba el pelo bajo la mirada escrutadora de las niñas. Al fin pude verle bien: pelirrojo, con pecas, tendría unos diez años. Llevaba una camiseta de rayas rojas y negras con el viejo lema de la República Española en el pecho, unos vaqueros rotos y los pies escondidos bajo el taburete.
¿Prefieres patatas o hierba para cenar, Tauro? bromeó Carmen.
O pienso para ganado añadió Beatriz.
Basta, niñas. A comer dije serio.
Las chicas, mientras comían, lanzaban miradas de curiosidad. El chico, sin embargo, fue transformándose ante sus ojos: la cabeza erguida, la mirada tranquila, como si estuviera en casa con su gente. Noté que era imposible que estuviera allí para robar o por una travesura: había algo más.

Papá, ¿sigues en la Tierra? me trajo de vuelta Beatriz jalando mi manga. ¿Vas a repetir?
No, hijas, ya está. Un placer, como siempre.
¡Menudo coma te ha dado! rió Carmen. ¡Si tardabas más, somos abuelas!
¿Y este es vuestro pretendiente? sonreí, señalando al chico.
No, es nuestro torito doméstico siguió la broma. Lo estamos engordando porque dicen que subirá mucho la carne este verano.
¡Basta! saltó el chico, temblando de la cabeza a los pies. ¡Ya está me rindo! Lo siento, Tomás Fernández, no quería engañaros así
Tranquilo, cuéntalo todo dije despacio.
Y que sea verdad advirtió Beatriz. Si mientes, lo sabremos.
No, no más mentiras

La sencilla y honesta verdad nos dejó atónitos.
Se llamaba León Ríos (lo demostró con su partida de nacimiento) y tenía apenas un día más que Carmen, once años. Su padre había muerto en una guerra en el norte de África, su madre, embarazada de ocho meses, tuvo un parto prematuro al recibir la noticia. Solo sobrevivió la hermana pequeña, también Carmen de nombre. Los cuatro se quedaron solos, sin apenas familia. La hermana mayor, Sofía, luchó con uñas y dientes para mantenerlos juntos y no dejarlos en instituciones. El dolor les hizo madurar antes de tiempo; León y Sofía se convirtieron casi en padres para las pequeñas Carmen y Lucía.

A comienzos de octubre, León notó que Sofía estaba enferma; temía quedarse solo con las niñas. Por suerte, no era grave: estaba enamorada. Leon y ella siempre se confesaban todo, pero esta vez Sofía dudó en contarle… hasta que no aguantó más. De boca de su hermana supo que el hombre que le robaba el sueño era Tomás Fernández, soldador, divorciado hacía diez años, que cuidaba solo de sus dos hijas porque su mujer los abandonó y se fue a Argentina. Y León también sabía que Tomás recogía a niños sin hogar y les buscaba familia, pues él mismo lo fue. Así que León urdió un plan: disfrazarse de niño de la calle para presentarse en la familia Fernández, investigarles y ver si realmente podrían aceptar a su hermana y quererla como se merecía. No contaba con que las niñas le desarmarían en unos minutos.

Me habéis gustado mucho, de verdad. Beatriz, Carmen, sois estupendas. Tomás, por favor, acoge a mi hermana. No te arrepentirás. La querrás es muy buena y cariñosa. Ella quería decírtelo, pero no se atrevía
¿Por qué? preguntó Beatriz.
Temía que la rechazaras por tener a su cargo tantas niñas
¡Menudo disparate! protestó Carmen. Eso no es razón, y tu educación necesita un repaso.
Ya nos ocupamos nosotras dictaminó Beatriz. Papá, ¿a qué esperas?
La verdad, todo esto parece una película sonreí. Y debo confesar que yo también había pensado en Sofía
Papá me interrumpió Beatriz.
No pasa nada, hija. Hace mucho que se fue el dolor. Pero cuando uno ha visto a alguien cansarse tan pronto de ser madre cuesta volver a confiar. Y Sofía es joven
Papá se animó Carmen. Solo te lleva diez años. Eso está bien.
Sí siguió Beatriz. ¡Además, nosotras ayudaremos!
¿De verdad, papá? ¿Sí? exclamaron abrazándome. ¿Nos vamos de pedida?
Bueno, hay que hablar con la novia…
Sofía acepta intervino León, dándome la mano solemnemente. Yo, como único hombre de la familia, te la entrego.
Le abracé con fuerza, incapaz de reprimir la emoción. Las niñas también se secaron las lágrimas.
Papá, ya ves dijo Carmen, aliviando el momento. Tú que te reías por la mañana y al final todo salió como predije: el gran encuentro y ese regalo para toda la vida: una familia grande y unida. Siempre lo has querido. Y por fin llegóMe detuve un momento, contemplando los rostros expectantes de mis hijas y el de León, con sus mejillas aún húmedas y los ojos de quien ha dejado atrás demasiado peso. Nunca hubiera imaginado que aquel 11.11.11 cumpliría, de la forma más insospechada, la promesa de ser un día distinto; no por la suerte, sino porque lo forjamos juntos.

Esa noche, alrededor de la mesa, entre risas nerviosas, anécdotas y el aroma de una tortilla improvisada, nos sentamos más familia que nunca. Carmen propuso un brindis, alzando su vaso de leche con solemnidad:

Por los que llegan de sorpresa y se quedan para siempre.

León levantó el suyo. Beatriz, sin perder la sonrisa, susurró:

Por las brujas, los detectives… y los valientes como León.

Y yo, antes de que el nudo en la garganta me lo impidiese:

Por las segundas oportunidades y los nuevos comienzos.

Esa noche, al apagar la luz y sentir el murmullo de las niñas, la respiración tranquila del recién llegado y la promesa renovada de que ninguno de nosotros volvería a tener miedo al vacío, comprendí de verdad que ser el único hombre de la familia no era un peso, sino un maravilloso privilegio.

Afuera, el reloj de la cocina marcaba aún las 11:11.

No volví a perder la fe en los números pero menos aún, en la magia imprevista de la vida.

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