El único hombre de la familia
Aquella mañana, durante el desayuno, la hija mayor, Beatriz, mirando absorta la pantalla de su móvil, preguntó:
Papá, ¿te has fijado en la fecha de hoy?
No, hija, ¿qué pasa con ella?
Sin contestar directamente, le giró el móvil: en la pantalla aparecían los números 11.11.11, es decir, el 11 de noviembre de 2011.
Es tu número de la suerte, el 11, y hoy está repetido tres veces seguidas. Seguro que vas a tener un día estupendo.
Ojalá fuera así, hija rió Tomás mientras se servía más café. A tus palabras les faltan solo un poco de miel.
Papito intervino la pequeña, Carmen, sin apartar tampoco la vista de su móvil, hoy los escorpiones tienen un encuentro especial y un regalo para toda la vida.
Eso sería genial. Igual, por ahí, en Alemania o en América, se muere un pariente que ni conocemos, somos sus únicos herederos y… claro, millonarios
Multimillonarios, papá siguió la broma Beatriz. A ti un millón te sabe a poco.
Eso mismo pensaba yo: es poca cosa. ¿Qué haríamos con tanto dinero? ¿Qué os parece si primero compramos una villa en Italia o en Mallorca? Y después, un yate
Y un helicóptero, papá soñó Carmen. ¡Quiero un helicóptero solo para mí!
Hecho, tendrás tu helicóptero. ¿Y tú, Beatriz? ¿Qué te apetece?
Salir en una película de Bollywood con Salman Khan.
Eso está hecho. Llamo a Amitabh Bachchan y lo apañamos. Bueno, soñadoras, terminad ya el desayuno, que se nos hace tarde y hay que irse.
Jo, ni soñar nos dejas suspiró Carmen.
Al contrario: hay que soñar siempre, pero sin olvidarse del colegio Tomás terminó su café y se levantó de la mesa.
No sé por qué vino a mi mente aquella conversación al final del día, cuando estaba metiendo la compra en bolsas en el supermercado. El día no había sido nada especial: en vez de un gran día, más trabajo, incluso me tocó quedarme una hora más. Estaba agotado. Ni encuentro inesperado, ni regalo para toda la vida.
La suerte pasó de largo, como el AVE por Toledo, pensé, sonriendo mientras salía del súper.
Junto a mi viejo y fiel Seat 131, que llevaba un cuarto de siglo en la familia, un chaval revoloteaba. Todo en su aspecto gritaba abandono: ropa hecha jirones, zapatos desparejados en un pie una zapatilla de color dudoso; en el otro, una bota militar destartalada atada con un cable azul y en la cabeza, una gastada gorra cuya visera estaba medio quemada.
Señor tengo hambre ¿podría darme un poco de pan? balbuceó el chico apenas me acerqué al coche.
Las palabras resultaban extrañas, más propias de otra época, y sin embargo, sentí algo dentro removerse. Me vino a la memoria mi juventud en el grupo de teatro del Centro Cultural, ensayando la naturalidad de la dicción. Había algo en ese titubeo, una verdad detrás del vaivén de la voz. Aquello era una representación.
El chaval fingía. Y, aun así, mi intuición me decía que su función iba dirigida a mí.
Bueno, amigo, juguemos tu juego. A mis hijas, ni pan: dales un caso de detectives y son felices, pensé.
Con el pan solo no vas a llenarte. Mejor un buen plato de cocido, luego una tortillita, y de postre, compota de ciruelas con bollos calientes. ¿Te apuntas?
El chaval dudó apenas un instante, sorprendido por la oferta, pero enseguida puso cara dura.
Bien, vamos avanzando, pensé mientras le entregaba las bolsas con parte de la compra.
Eso era una prueba. En situaciones como esa, los verdaderos chavales de la calle, al recibir comida, salían disparados a toda velocidad. Yo podría haberles alcanzado sin problema, y tras un coscorrón ligero, repetirles: No seas animalito, eres un niño.
Esta vez tardé en buscar las llaves y en llamar al móvil.
Bea, ¿has puesto las patatas a cocer? ¿La ensalada está lista? Perfecto. Hazme un favor: aparta un poco de cocido y caliéntalo. Llego en veinte minutos. Hasta ahora.
El chico seguía ahí, cabizbajo, aferrado a la bolsa, arrastrando la punta del zapato por el asfalto.
Gracias, chaval, murmuré para mis adentros, Hoy no estoy para carreras.
Al fin encontré las llaves, metí todo en el coche y le abrí la puerta del copiloto.
Sube, caballero, la carroza está lista. El cocido ya huele.
Suspiró y entró.
Durante el trayecto nadie habló. Nosotros vivíamos en una aldea a siete kilómetros de Medina del Campo, donde llevaba muchos años trabajando de soldador. Yo también fui niño de hospicio; nunca tuve familia, solo mis chicas. Las adoro, y ellas a mí. Por eso, el asunto de los niños sin hogar me dolía especialmente. Siempre que podía, ayudaba y, más de una vez, llevé a uno a casa hasta encontrarle un sitio mejor. Si no fuera por esas leyes absurdas que no reconocen más que lo material, yo habría adoptado a unos cuantos. Pero los funcionarios, con su amor desbordado por los papeles, no entienden que lo que más necesita un niño es amor. Eso yo lo aprendí a golpes de soledad.
¡Insensatos!, pensé y miré de reojo a mi silencioso acompañante.
El chico iba encogido bajo la gorra, sin decir palabra. No era un hijo de hospicio, de eso estaba seguro. Más bien se veía asustado, tal vez perdido y recién caído en la calle.
Quizá me he precipitado en juzgarle. Puede que simplemente esté en shock, sin saber aún ni dónde está.
En casa, las niñas nos esperaban en el porche. Saltaron al coche y, después de coger las bolsas, vieron al muchacho:
Y esto, papá, ¿qué es?
Vuestro anunciado encuentro especial y el gran regalo de toda la vida reí.
¡Genial! exclamó Carmen, agachándose para mirar bajo la gorra del chico. ¿Seguro que el regalo es para nosotros?
A saber Se agarró a mi pierna diciendo: Yo soy tu regalo, tuyo. No pude librarme sonreí.
¿Y cómo se llama este regalo? preguntó Beatriz.
Sin nombre.
¿Ni etiqueta?
Nada.
Queda claro, papi. Te han encasquetado un defectuoso menos mal que se puede devolver.
El chaval parecía a punto de salir corriendo, así que Carmen le agarró del hombro y le dio tres golpecitos en la gorra:
¿Hola? ¿Hay alguien en casa?
Siguió callado y encogió aún más el cuello.
Aquí no hay cobertura rió Beatriz. Mejor dentro, a ver si mejora la señal.
Con solo una mirada de complicidad, Beatriz me propuso usar el viejo truco del poli bueno y poli malo, y le hice una señal: Cinco minutos, ni uno más.
Carmen, entra el regalo en casa. Tengo curiosidad por ver qué misterio encierra este objeto desconocido.
En un santiamén, arrastraron al chico hacia dentro, mientras yo guardaba el coche y hacía mis tareas diarias. A los quince minutos justos, apareció Carmen, exaltada:
Papá, ¡nos ha mentido!
¿Y cómo lo sabes?
Elemental, Watson rió. No huele a niño de la calle, es de casa de toda la vida.
¿Lo has olido?
Claro, y no huele ni a chorizo ni a tabaco. Mira me mostró la mano llena de manchas negras.
¿Hollín?
No, huele tú mismo.
Olfateé y rasqué con la uña.
¿Maquillaje?
¡Exacto! Para parecer sucio, se ha puesto maquillaje negro. Dice que se llama Toro apodo típico de los chavales pero yo lo dudo. Esto es puro teatro, papá. Yo diría que tenía claro a quién acercarse. Ha entrado en modo Teatro de un solo actor.
¿Para qué?
Eso es lo que no suelta. Pero tranquila, Beatriz ya lo hará hablar.
En ese momento salió Beatriz gritando:
¿Nos queda ácido sulfúrico?
Media garrafa, la traigo exageró Carmen.
¡Menudas brujas! bromeé mientras entraba. Van a fundir al pobre chico
Sentado en un taburete, el chico, ya duchado, se secaba el pelo bajo la mirada escrutadora de las niñas. Al fin pude verle bien: pelirrojo, con pecas, tendría unos diez años. Llevaba una camiseta de rayas rojas y negras con el viejo lema de la República Española en el pecho, unos vaqueros rotos y los pies escondidos bajo el taburete.
¿Prefieres patatas o hierba para cenar, Tauro? bromeó Carmen.
O pienso para ganado añadió Beatriz.
Basta, niñas. A comer dije serio.
Las chicas, mientras comían, lanzaban miradas de curiosidad. El chico, sin embargo, fue transformándose ante sus ojos: la cabeza erguida, la mirada tranquila, como si estuviera en casa con su gente. Noté que era imposible que estuviera allí para robar o por una travesura: había algo más.
Papá, ¿sigues en la Tierra? me trajo de vuelta Beatriz jalando mi manga. ¿Vas a repetir?
No, hijas, ya está. Un placer, como siempre.
¡Menudo coma te ha dado! rió Carmen. ¡Si tardabas más, somos abuelas!
¿Y este es vuestro pretendiente? sonreí, señalando al chico.
No, es nuestro torito doméstico siguió la broma. Lo estamos engordando porque dicen que subirá mucho la carne este verano.
¡Basta! saltó el chico, temblando de la cabeza a los pies. ¡Ya está me rindo! Lo siento, Tomás Fernández, no quería engañaros así
Tranquilo, cuéntalo todo dije despacio.
Y que sea verdad advirtió Beatriz. Si mientes, lo sabremos.
No, no más mentiras
La sencilla y honesta verdad nos dejó atónitos.
Se llamaba León Ríos (lo demostró con su partida de nacimiento) y tenía apenas un día más que Carmen, once años. Su padre había muerto en una guerra en el norte de África, su madre, embarazada de ocho meses, tuvo un parto prematuro al recibir la noticia. Solo sobrevivió la hermana pequeña, también Carmen de nombre. Los cuatro se quedaron solos, sin apenas familia. La hermana mayor, Sofía, luchó con uñas y dientes para mantenerlos juntos y no dejarlos en instituciones. El dolor les hizo madurar antes de tiempo; León y Sofía se convirtieron casi en padres para las pequeñas Carmen y Lucía.
A comienzos de octubre, León notó que Sofía estaba enferma; temía quedarse solo con las niñas. Por suerte, no era grave: estaba enamorada. Leon y ella siempre se confesaban todo, pero esta vez Sofía dudó en contarle… hasta que no aguantó más. De boca de su hermana supo que el hombre que le robaba el sueño era Tomás Fernández, soldador, divorciado hacía diez años, que cuidaba solo de sus dos hijas porque su mujer los abandonó y se fue a Argentina. Y León también sabía que Tomás recogía a niños sin hogar y les buscaba familia, pues él mismo lo fue. Así que León urdió un plan: disfrazarse de niño de la calle para presentarse en la familia Fernández, investigarles y ver si realmente podrían aceptar a su hermana y quererla como se merecía. No contaba con que las niñas le desarmarían en unos minutos.
Me habéis gustado mucho, de verdad. Beatriz, Carmen, sois estupendas. Tomás, por favor, acoge a mi hermana. No te arrepentirás. La querrás es muy buena y cariñosa. Ella quería decírtelo, pero no se atrevía
¿Por qué? preguntó Beatriz.
Temía que la rechazaras por tener a su cargo tantas niñas
¡Menudo disparate! protestó Carmen. Eso no es razón, y tu educación necesita un repaso.
Ya nos ocupamos nosotras dictaminó Beatriz. Papá, ¿a qué esperas?
La verdad, todo esto parece una película sonreí. Y debo confesar que yo también había pensado en Sofía
Papá me interrumpió Beatriz.
No pasa nada, hija. Hace mucho que se fue el dolor. Pero cuando uno ha visto a alguien cansarse tan pronto de ser madre cuesta volver a confiar. Y Sofía es joven
Papá se animó Carmen. Solo te lleva diez años. Eso está bien.
Sí siguió Beatriz. ¡Además, nosotras ayudaremos!
¿De verdad, papá? ¿Sí? exclamaron abrazándome. ¿Nos vamos de pedida?
Bueno, hay que hablar con la novia…
Sofía acepta intervino León, dándome la mano solemnemente. Yo, como único hombre de la familia, te la entrego.
Le abracé con fuerza, incapaz de reprimir la emoción. Las niñas también se secaron las lágrimas.
Papá, ya ves dijo Carmen, aliviando el momento. Tú que te reías por la mañana y al final todo salió como predije: el gran encuentro y ese regalo para toda la vida: una familia grande y unida. Siempre lo has querido. Y por fin llegóMe detuve un momento, contemplando los rostros expectantes de mis hijas y el de León, con sus mejillas aún húmedas y los ojos de quien ha dejado atrás demasiado peso. Nunca hubiera imaginado que aquel 11.11.11 cumpliría, de la forma más insospechada, la promesa de ser un día distinto; no por la suerte, sino porque lo forjamos juntos.
Esa noche, alrededor de la mesa, entre risas nerviosas, anécdotas y el aroma de una tortilla improvisada, nos sentamos más familia que nunca. Carmen propuso un brindis, alzando su vaso de leche con solemnidad:
Por los que llegan de sorpresa y se quedan para siempre.
León levantó el suyo. Beatriz, sin perder la sonrisa, susurró:
Por las brujas, los detectives… y los valientes como León.
Y yo, antes de que el nudo en la garganta me lo impidiese:
Por las segundas oportunidades y los nuevos comienzos.
Esa noche, al apagar la luz y sentir el murmullo de las niñas, la respiración tranquila del recién llegado y la promesa renovada de que ninguno de nosotros volvería a tener miedo al vacío, comprendí de verdad que ser el único hombre de la familia no era un peso, sino un maravilloso privilegio.
Afuera, el reloj de la cocina marcaba aún las 11:11.
No volví a perder la fe en los números pero menos aún, en la magia imprevista de la vida.







