Life Lessons
Y además se dio cuenta de que su suegra no era tan mala mujer como había pensado todos estos años La mañana del treinta de diciembre no se diferenciaba en nada de las demás; así habían sido los últimos doce años, exactamente el tiempo que llevaban Nadie y Dimi juntos. Todo como siempre: él, de madrugada, se fue de caza y volvería solo el treinta y uno, a la hora de comer; el hijo, en casa de la abuela, y Nadie otra vez sola en casa. Durante todos estos años, ya se había acostumbrado: Dimi era un pescador y cazador empedernido, pasaba todos los fines de semana y festivos en el monte, hiciera el tiempo que hiciera, y ella le esperaba en casa. Pero hoy, por alguna razón, se sentía especialmente triste y sola. Antes, siempre dedicaba días como este a la limpieza de la casa, a la cocina, a mil tareas domésticas. Nochevieja era al día siguiente y, como cada año, la celebrarían en casa de su suegra; nada nuevo, todo igual, pero hoy no le apetecía hacer nada, todo se le caía de las manos. Por eso la llamada de su amiga fue perfecta, hasta se alegró Nadie. Su mejor amiga de toda la vida, desde el colegio, Irka, siempre positiva, estaba divorciada y solía organizar fiestas en su casa. Y, como otras veces, llamó: —Bueno, ¿otra vez sola en casa?— ni siquiera preguntó, lo afirmó —¿Dimi otra vez perdido por el monte? Vente esta noche, que nos vamos a juntar una buena pandilla, ¿qué haces amargada en casa? Nadie no prometió nada, ni pensaba ir, pero al caer la tarde se sintió aún peor. De repente, empezó a recordar y, precisamente hoy, le dolió especialmente que su marido no estuviese a su lado. Todos estos años, Nadie solo había tenido: casa, trabajo, hijo, y ya. Nunca salían a ningún lado, a Dimi le aburría visitar amigos, lo suyo era solo la caza y la pesca y a Nadie no le apetecía ir sola. Por eso tampoco se iban de vacaciones: siempre las pasaban donde la madre de Nadie, en el pueblo. Le alegraba que su marido se llevara bien con la suegra, pero también quería ver el mar y conocer mundo. Por la noche pensó: “¿por qué no ir a ver a la amiga? Así al menos no estoy sola en casa.” Y se animó. Allí estuvo genial, se reunieron amigos del colegio, y se lo pasó fenomenal. Lo mejor: apareció Grishka, su primer amor de juventud. Las cosas se dieron solas: esa noche la pasó con él, no supo ni cómo, y aunque no había bebido mucho, los recuerdos la arrasaron. Por la mañana, sentía vergüenza, incómoda, quería olvidar aquel desliz cuanto antes y se fue corriendo de la casa de Grishka. Llegó a casa y allí le esperaba una sorpresa: apenas entrar, vio la ropa de Dimi, de modo que había regresado antes de lo habitual. De los nervios, las piernas se le aflojaron; si su marido se enteraba de que no había pasado la noche en casa, ya podía imaginarse el escándalo y el divorcio, estaba segura de que no lo perdonaría; ni ella misma se lo hubiera perdonado. Se maldecía a sí misma: ¿cómo había sido capaz de cometer ese error y destruir su propio matrimonio, si amaba de verdad a su marido? Fue entonces cuando sonó el teléfono fijo y la devolvió a la realidad. Era la suegra: —Mira, no sé qué pasa entre vosotros, pero esta noche Dimi llamó, no consiguió contactar contigo y le dije que estabas con tu tía Catalina, que se había puesto mala y que estabas con ella, así que no me dejes mal… Nadie no podía esperar ayuda precisamente de su suegra. Siempre tuvieron una relación extraña; no discutían, pero Zinaida Petrovna no le tenía cariño especial y siempre estuvo en contra de la boda porque pensaba que se habían casado muy jóvenes. Tras la boda, los primeros años convivieron juntas y no fue fácil. Luego, al mudarse por separado, la relación quedó en mínimos, viéndose solo en celebraciones familiares. Pero en ese momento Nadie se sintió agradecida y el temor al futuro ya no le preocupaba tanto; lo principal era que su marido no supiera dónde había pasado realmente la noche. Por la tarde, acudieron a casa de la suegra y Nadie aprovechó para sacar el tema en la cocina mientras estaban a solas, quería disculparse y darle las gracias. Pero la suegra ni quiso escucharla. —Déjalo ya, ¿qué pasa, crees que no soy persona y no entiendo cómo es vivir con un hombre que no ve más allá de sus aficiones? Yo tampoco soy una santa… A ver, mi Petru, —señalando al suegro— toda la vida se ha pasado por el monte, ¿te crees que no duele? Lo importante es que no se haga costumbre, ¿entiendes, verdad?— le añadió. Nadie lo entendía, y además entendió que su suegra no era tan mala como siempre había pensado, que lo entendía todo. Así que la historia acabó bien, y Nadie decidió que nunca volvería a pasar una noche fuera de casa sin su marido. De la Red
01
30 de diciembre Esta mañana parecía igual que tantas otras, como lo ha sido durante los doce años que llevo viviendo con Diego. Doce años ya.
Life Lessons
—Mamá, ya tengo diez años, ¿verdad? —preguntó de repente Miki al volver del cole. —¿Y qué pasa? —contestó la madre, mirándole sorprendida. —¿Cómo que “qué pasa”? ¿Te has olvidado de lo que me prometisteis papá y tú cuando cumpliera los diez? —¿Prometimos dejarte hacer algo? ¿El qué era? —¡Dejarme tener un perro! —¡Ni pensarlo! —exclamó la madre asustada—. Cualquier cosa menos eso. ¿Prefieres que te compremos un patinete eléctrico, el más caro? Pero con la condición de que no vuelvas a mencionar lo del perro. —Así que así sois… —resopló Miki, ofendido—. Me decís que siempre hay que cumplir la palabra dada, pero vosotros ni os acordáis… Bueno, bueno… Miki se encerró en su cuarto y no salió hasta que papá regresó del trabajo. —Papá, ¿te acuerdas lo que me prometisteis mamá y tú…? —empezó de nuevo, pero su padre le interrumpió. —Ya me ha llamado mamá y sé lo que quieres. ¡Pero no entiendo para qué te hará falta eso! —¡Papá, llevo soñando con un perro desde hace mucho! ¡Vosotros lo sabéis! —Ya, ¡ya! Has leído demasiados cuentos de Manolito Gafotas y ya te crees un niño pequeño. ¿Y sabes lo caras que son las razas de perros? —Pero no quiero un perro de raza —replicó enseguida Miki—. Me vale cualquiera. Hasta uno abandonado. He leído por Internet que hay muchísimos y están muy tristes… —¡De eso nada! —interrumpió el padre—. ¡Nada de perros callejeros! Son feos. Así que, Miki, lo dejamos en esto: acepto que recojamos a un perro abandonado, pero sólo si es de raza y joven. —¿De verdad tiene que ser así? —se lamentó Miki. —¡Sí! —dijo el padre guiñando un ojo a la madre—. Tendrás que educarlo, llevarlo a concursos… Y un perro viejo ya no se puede adiestrar bien. Así que si encuentras en la ciudad a un perro joven, bonito y de raza, quizá lo aceptemos. —Está bien… —suspiró el niño, sabiendo que nunca había visto un perro así por la calle. Pero la esperanza es lo último que se pierde y decidió intentarlo. El domingo Miki llamó a su amigo Vico y, después de comer, se pusieron a buscar. Patearon medio Madrid hasta el anochecer, pero ni rastro de un perro de raza abandonado. Había muchos perros bonitos, sí, pero todos paseando con sus dueños y sujetos a la correa. —Nada, —dijo Miki rendido—, ya sabía yo que no íbamos a encontrar ninguno… —¿Y si el domingo que viene vamos a una protectora? —propuso Vico—. Allí también hay perros de raza, lo he leído. Sólo tenemos que buscarnos la dirección. Pero por hoy, yo necesito sentarme un poco. Se sentaron en un banco vacío y empezaron a soñar con el perro guapísimo que irían a buscar para adiestrar juntos. Después de un rato, se pusieron de camino a casa. De repente, Vico tiró de la manga de Miki y señaló con el dedo: —Miki, mira. Miki vio un cachorrillo blanco mugriento, caminando torpemente por la acera. —Un chucho, —afirmó Vico y silbó. El cachorro se giró y, contento, fue hacia ellos, pero a un par de metros se detuvo. —No se fía de la gente, —dijo Vico—. Seguro que lo asustaron mucho. Miki también silbó bajito y le ofreció la mano. El perrito se acercó, y cuando Miki ya lo tenía cerca, en vez de huir, agitó el rabito con miedo. —Vámonos, Miki —le urgió Vico—. Ese perro no te sirve. Tú buscas uno de raza. A uno bonito se le pone un buen nombre, pero a éste sólo le pega llamarlo Botón. —Vico dio media vuelta y se fue deprisa. Miki acarició un poco más al cachorro y, triste, siguió al amigo. La verdad es que sí adoptaría encantado a ese perrito. De repente, el cachorro dejó escapar un aullido. Miki se quedó clavado y el perro gimoteó. —Miki, ¡ven, no mires atrás! —susurró Vico—. El perro te mira como si fueras su dueño, y le abandonarás… Vámonos. Vico echó a correr pero Miki no conseguía moverse. Cuando por fin decidió marcharse, notó cómo algo le tiraba suavemente del bajo del pantalón. Miró hacia abajo y vio dos ojitos negros mirándole con atención. Y en ese momento Miki, olvidando cualquier cosa del mundo, lo recogió en brazos. Ya lo había decidido: si sus padres no aceptaban al perro, esa misma noche se escaparía de casa con él. Pero resulta que los padres también tenían un corazón bueno… Así que, al día siguiente, al volver del cole, no solo le esperaban mamá y papá… sino también una blanquísima y alegre Botón.
02
Mamá, ya tengo diez años, ¿verdad? pregunta de repente Iñigo al volver del colegio. Sí, ¿y qué? su madre le mira sorprendida. ¿Cómo que y qué?
Life Lessons
El único hombre de la familia Durante el desayuno, la hija mayor, Vera, mirando la pantalla de su móvil, preguntó: —Papá, ¿te has fijado en la fecha de hoy? —No, ¿pasa algo especial? En vez de contestar, le mostró el móvil: en la pantalla se leía 11.11.11, es decir, el 11 de noviembre de 2011. —Es tu número de la suerte, el once, y hoy viene tres veces seguidas. Seguro que tendrás un día genial. —A tus palabras, habrá que echarles miel —sonrió Valerio. —Eso, papá —interrumpió la pequeña, Nadia, también con el móvil en la mano—. Hoy a los Escorpio les espera un encuentro agradable y un regalo para toda la vida. —Qué bien, seguro que por ahí en Europa o América ha fallecido algún pariente que no conocemos, somos los únicos herederos, y, cómo no, millonarios… —Multimillonario, papá —le siguió la broma Vera—. Un millón para ti es de poca monta. —Sí, he pensado lo mismo: poca cosa. ¿Qué haríamos con tanto dinero? ¿Qué os parece si lo primero es comprar una villa en Italia o en las Maldivas? Después, un yate… —Y un helicóptero, papá —se sumó Nadia—. Quiero mi propio helicóptero… —Por supuesto. Tendrás helicóptero. ¿Y tú, Vera? ¿Qué deseas? —Quiero salir en una película de Bollywood con Salman Khan. —Bah, qué fácil. Llamo a Amitabh Bachchan y lo organizamos… Fantasiosas, venga, terminad de desayunar, que hay que salir. —Jo, ni soñar se puede —suspiró Nadia. —No, al contrario, hay que soñar —Valerio apuró el té y se levantó—. Pero no olvidéis el cole… Por algún motivo recordó esa conversación de la mañana horas después, al final del día, en el supermercado, mientras pasaba las compras de la cesta a las bolsas. El día acababa y no había sido genial; al contrario, tuvo más trabajo, tuvo que quedarse una hora más y terminó agotado. No hubo encuentro agradable ni, mucho menos, regalo para toda la vida. «La felicidad ha pasado volando, como una tabla de contrachapado sobre París», pensó Valerio al salir del supermercado. Junto a su viejo «SEAT Panda», fiel al servicio familiar desde hacía un cuarto de siglo, rondaba un chaval. Un sin techo. Todo en él lo gritaba: descuidado, hecho jirones en vez de ropa, en los pies calzado desigual —en la izquierda una deportiva de color incierto, en la derecha una bota militar arrugada, atada con un cable eléctrico azul en vez de cordón—, una gorra con orejeras gastada cuya oreja derecha estaba quemada en un tercio. —Señor… tengo hambre, ¿me da… un poco de pan? —dijo el chaval apenas Valerio se acercó al coche. La frase sonó con una leve pausa. No fue ni su aspecto ni la frase, tan fuera de lugar en pleno siglo XXI, como sacada de una película antigua, lo que conmovió a Valerio: fue la pausa. Recordó sus años en el grupo de teatro del Centro Cultural, las clases de dicción escénica. A esas pausas se les prestaba especial atención: un espectador sensible sabe por ellas si el actor vive el papel o repite de memoria. Más claro: la pausa es el detector de la verdad… o de la mentira. El chaval mentía. La pausa, como una alarma, activó un sexto sentido en Valerio: todo era teatro. ¿Para qué? Si existe un sexto sentido, fue eso lo que sintió Valerio: aquel montaje era solo para él. ¿Por qué? «Esto se pone interesante. Bueno, amigo, jugaremos a tu juego. Y mis princesas van a estar felices: les encanta jugar a detectives». —Con solo pan no se llena uno. ¿Qué te parece un plato de cocido, luego patatas con bacalao y de postre una compota con bollitos calientes? ¿Te va? El chaval se quedó un instante desconcertado por la oferta inesperada, pero enseguida se recompuso: se tensó, le miró de reojo. «Bien, ya se nota menos teatro. Sigamos», pensó Valerio. —¿Qué dices? ¿Sí? ¿No? —…Sí —susurró el chico. —Perfecto. Aguanta esto, por favor. Era una prueba. Valerio la hacía siempre en estos casos. Los verdaderos sin techo actuaban igual: recibían la bolsa llena de comida y salían corriendo. Sin embargo, siempre olvidaban que el hambre y la falta de sueño pasan factura, Valerio les alcanzaba sin problema, les daba un capón en la cabeza: —No seas salvaje, eres un chaval, no un animal… Tardó un buen rato en buscar las llaves, luego el móvil, se giró a propósito de espaldas al chaval. —Verita, ¿ya habéis puesto las patatas a cocer? ¿Y la ensalada, la tenéis? Ahora, prepara una ollita de cocido y caliéntalo, en veinte minutos llego. Besos, adiós. El supuesto vagabundo no escapó: seguía ahí, cabizbajo, apretando la bolsa, raspando el asfalto con la bota. «Gracias, chaval —sonrió Valerio para sí—, no me apetecía correr ahora». Por fin encontró las llaves y cargó las bolsas. —Adelante —le abrió la puerta del copiloto—. El carruaje está listo. Las patatas están cociendo, el cocido calentándose. El chaval suspiró raro y se sentó tímidamente. Viajaron unos cinco minutos en silencio. Valerio vivía con sus hijas en un pueblo a siete kilómetros de la ciudad, donde llevaba más de diez años trabajando como soldador de urgencias. Creció en un orfanato, no tenía familia cercana, sus hijas eran su círculo y las adoraba. Valerio jamás fue indiferente ante el destino de niños huérfanos, hacía todo por ayudarles. Por ese camino llevó a muchos primero a su casa, luego a familias nuevas. Si no fuera por esas leyes absurdas que dejan a los niños en manos de funcionarios sin alma, los habría adoptado a todos. Pero no, no se puede: mala situación económica y de vivienda, padre soltero, dos hijos propios, etcétera, etcétera… Como si en el orfanato fueran a estar mejor. ¡Por supuesto que no! Valerio lo sabía bien. Los funcionarios nunca entienden que lo principal para un niño no es la casa o el dinero, sino el Amor, ese que en el orfanato rara vez aparece. En su familia, aunque pequeña, ese niño hubiera tenido amor a espuertas. Paradojas de la vida: todos esos llamados trabajadores sociales, guardianes de la «ley» y del «bien», lo saben perfectamente, pero hay miles de familias bien estructuradas en las que los niños son infelices y maltratados, y eso es «normal», legalmente. Su familia, en cambio, está vetada… «¡Idiotas!», pensó Valerio y miró rápido a su acompañante por si leía el pensamiento. El chaval iba encogido, la cabeza hundida entre los hombros, la gorra caída sobre la cara. A veces suspiraba. Igual que Valerio, seguro, lo devoraban los pensamientos. Un chaval raro, de los que no había encontrado antes. Los otros eran más duros, se notaba la escuela de la calle. Este parecía callado. No parecía de orfanato: Valerio lo hubiera notado. Seguramente escapó de casa; llevaba poco tiempo en la calle, aún estaba asustado, algo perdido. «Quizá me precipité acusándolo de mentir. Lo más probable es que el chico esté en shock: la realidad no fue la que esperaba. De ahí toda esa teatralidad… No pasa nada, chico, ya verás, en casa te lavaremos, te daremos de comer y cariño. Dormirás, y ya nos contarás. Todo irá bien». Las niñas aguardaban en el porche, corrieron al coche nada más parar. Abrieron la puerta, cogieron las bolsas. —¿Y esto, papá? —por fin vieron al chaval. —¿Esto? Este es vuestro encuentro agradable y regalo para toda la vida del que hablasteis esta mañana —sonrió Valerio. —¡Genial, papá! —Nadia, acercándose, miró bajo la gorra para verle la cara—. Vaya regalo más curioso. ¿No será ajeno? —Si acaso… Se me pegó a la pierna, gritó: soy tu regalo. No me pude zafar. —¿Y cómo se llama este regalo? —preguntó Vera, organizando las bolsas. —Sin nombre. —¿No traía etiqueta ni precio? —No. —Ya veo, papá —suspiró Nadia—. Te han colado uno defectuoso… No te preocupes, lo reciclamos. El chaval se tensó aún más, parecía que iba a salir corriendo. Nadia, intuición femenina, lo agarró del hombro y palmeó la gorra: —¿Hola? ¿Hay alguien en casa? El chico callaba, escondiendo la cabeza en el abrigo. —No hay cobertura —rió Vera—. Vamos para dentro, quizá allí funcione. Vera miró cómplice al padre. Años de convivencia los habían hecho capaces de comunicarse sin palabras. Vera propuso jugar a poli bueno y poli malo, un método que ya había dado resultados. Valerio asintió: «Cinco minutos. Ni uno más», y mostró una mano con la palma abierta. «Por favor, jefe —sonrió Vera—, en tres minutos acabamos». —Nadia, lleva el regalo dentro. Vamos a analizar ese Objeto Caminante No Identificado. Nadia casi arrastró al chico adentro como un fardo, entre risas con Vera. Valerio se dedicó a su rutina: meter el coche en el garaje y dejarlo listo para el día siguiente. Pasaron tres veces cinco minutos hasta que acabó. De pronto apareció Nadia: —¡Papá, miente en todo! —¿Y eso cómo lo sabes? —Elemental, Watson —rió Nadia—. No huele a chaval callejero, huele a niño de casa. —¿Lo has olido? —Sí. ¿Sabes a qué huele? —Me dejas intrigado. ¿A bollitos? ¿Jabón para niños? ¿Leche caliente? —Ya agotaste los tres intentos —Nadia le alargó la mano llena de manchas negras—. —¿Hollín? —No, papá. Huele a maquillaje —le puso la mano sobre la nariz. Valerio la olió, raspó una mancha con la uña. —¿Maquillaje? —¡Premio! —rió Nadia—. Se embadurnó para que pensáramos que era un pobre crío. —¿Un toro bravo? —Dice que le llaman Bugaí. Será apodo de la calle. Le pregunté a Google. «Bugaí» es toro semental… —Toro está bien, lo engordamos y… —Papá —cortó el humor su hija—. Basta de bromas. Te lo digo en serio, este niño se te ha acercado a propósito: se disfrazó y salió a escena, un auténtico TOA. —¿TOA? —Sí, Teatro de un Solo Actor. —¿Por qué? —Pues eso le preguntamos, pero no suelta prenda. Espera, en un par de minutos Vera lo desmonta. Acabarán como con Evdokímov. —¿Otra vez intentando asustarle con que somos vampiros de niños pequeños? —No, papá, eso ya está gastado. Ahora… No pudo terminar: Vera llegó gritando: —¿Todavía tenemos ácido sulfúrico? —Sí —contestó Nadia y echó mano a la primera garrafa que vio—. Traigo media garrafa. Ahora los deshacemos en ácido y los tiramos al desagüe… —¡Monstruos! —¡Monstruas, papá! —corrigió Nadia huyendo. —¡Papá, lávate las manos, que la cena está lista! —se oyó desde la cocina. —Estamos muertas de hambre, nos comeríamos a nuestro toro. —Si es tierno, me rechupaba hasta los huesos —apoyó Nadia. «¡Qué trasto de niñas tengo!» pensó Valerio, limpiándose—. Seguro que al pobre ya lo han dejado frito… Aguanta, chaval, voy. El chico estaba en el centro de la cocina, las niñas poniendo la mesa, cuchicheando. Ahora sí, Valerio pudo verle bien: tendría unos diez años, pelirrojo de verdad, como de poema. Camiseta de rayas rojas y negras con las letras «URSS», vaqueros cortos y rotos. Iba descalzo, secándose el pelo con una toalla. —Venga, toro, acércate —le invitó Nadia—. ¿Comes esto, o te damos pienso? —O forraje —siguió Vera. —Chicas —serio el padre—, ahora silencio y a comer. —Vale —a coro, las hermanas. Valerio lo miraba de reojo: el misterioso «Bugaí» se transformaba por segundos. Espalda recta, la cabeza alta, hasta parecía cenar entre su gente, como si nada hubiese pasado esa última media hora. Las chicas se dieron cuenta, se miraban sorprendidas. «¿Qué se esconde aquí?», pensaba Valerio. «Ya no hay duda, fue todo teatro para meterse en casa. ¿Por qué? Nadia tiene razón: se le ve niño de casa, inteligente, incapaz de malas intenciones. Así que no vino a robar, ni a abrir la puerta por la noche. Va solo. ¿Qué quiere en realidad?» —¡Papá, papá, tierra llamando! —le trajo de vuelta Vera, tirándole de la manga—. ¿Te has dormido? ¿Quieres más? —No, gracias. Riquísimo. ¿He estado mucho en coma? —Uff, siglos —empezó Nadia—. Tus hijas han crecido, se han casado. Hola abuelo, somos tus nietas. —¿Y este es vuestro novio? —miró a «Bugaí» aceptando el té de Vera. —Qué va abuelo, este es nuestro toro doméstico. Una monada —Nadia le acarició la cabeza. —Lo engordamos —añadió Vera—. Dicen que la carne subirá en verano. —De vaca —corrigió Nadia, dándole la vuelta a un mechón de su pelo. —¡Basta ya! —saltó el chico, luego, tras carraspear, habló más bajo, emocionado—. Vera, Nadia, ya… dejo de resistirme. Valerio, perdón… lo he hecho todo fatal, como un tonto… —Siéntate y cuenta, con calma —dijo Valerio. —Eso, pero la verdad —advirtió Nadia—. No mientas, lo noto… —No, no… Ya me da vergüenza. La verdad, sencilla y clara, les dejó boquiabiertos. Se esperaban de todo, menos eso. El chaval se llamaba Espartaco Bugaiev (presentó el certificado), solo un día mayor que Nadia, también once años. Su padre, muerto en la última guerra de Chechenia; su madre embarazada, la noticia trajo el parto prematuro. Solo salvaron a la hermana, también Nadia. Se quedaron los cuatro, casi sin familiares. La hermana mayor casi mayor de edad, casi les quitan a los pequeños para llevarlos a orfanato. Amigos y conocidos ayudaron, los dejaron juntos. No vivían mal. El dolor hace madurar, Espartaco y su hermana se hicieron adultos pronto, haciendo de papás para las pequeñas, Nadia y Liuba. En octubre, Espartaco notó que su hermana andaba rara, parecía enferma. Miedo: si perdía a su hermana… Pero, no era enfermedad: la chica se había enamorado, sin remedio. No solían ocultarse nada, pero ella no se animaba a confesarlo, soñando dejarlo atrás. No pudo. Cuanto más luchaba, más fuerte era el sentimiento. Cuando Espartaco supo el motivo, investigó: el amado se llamaba Valerio Borja Zárraga, soldador, no fumador ni bebedor, diez años divorciado, dos hijas, la ex esposa se fue a Argentina con otro cuando las niñas eran crías. Y, además, acogía a niños sin hogar y los buscaba familia porque él mismo fue huérfano. Espartaco vio ahí una señal: fingiría ser vagabundo para entrar en casa de Valerio, para ver cómo era en la vida real, cómo eran sus hijas y juzgar si era digno de su hermana. Porque él era el único hombre de la familia, debía saber a dónde la entregaba. No sospechó que, al poco, caería en manos de dos expertas interrogadoras, Vera y Nadia, que en minutos sacarían la verdad. —Me habéis encantado, de verdad. Vera, Nadia, sois geniales. Valerio, por favor, acepta a mi hermana como esposa. No te arrepentirás. La querrás… es buena, como mamá… Quería confesártelo ella misma, pero tenía miedo… —¿Miedo a qué? —preguntó Vera. —De que no quieras casarte al saber que lleva niños a cuestas… —¡Ayyyy, no digas eso! ¡Niños a cuestas, dice… Hay que educarte! —Lo haremos —afirmó Nadia—. Papá, ¿qué dices? ¿Te ha chocado la propuesta? ¿Vamos de pedida, o prefieres seguir soltero? —Esto es como de película —sonrió Valerio—. La verdad, yo ya le había echado el ojo a Sofía… Pensé: ya fui casado, y al principio mi esposa era estupenda… —Papá —le tomó la mano Vera, suave. —Tranquila, hija. Eso ya es agua pasada… solo queda el recuerdo. Aquello me frenaba. Mi ex se cansó de ser madre de dos y se fue… Y ahora, tendría un equipo entero… No cualquier joven lo acepta, y menos una chica… —Ya tiene 23 años —saltó Espartaco—. Va para veinticuatro… —Papá —se animó Nadia—, solo diez años mayor que tú. Es normal. —Eso —apoyó Vera—. Tú tienes experiencia; puedes ayudarla, inspirarla. Y nosotros también, ¿a que sí, Esparti? —Claro. —¿Sí, papá? ¿Sí? —le rodeaban las hijas por los hombros y le miraban a los ojos— ¿Nos casamos? —Sí… Pero hay que preguntarle a la novia… —Sofía dice que sí —Espartaco se levantó, tendiendo la mano—. Gracias, Valerio Borja… Yo, como único hombre de la familia, te entrego a mi hermana en matrimonio… Valerio la estrechó con fuerza y la abrazó. Se le saltaron las lágrimas. Vera también sollozaba. —Papá —Nadia, viendo que el momento se volvía emotivo, habló rápido—. Esta mañana te reías, no creías… y ahora tienes el encuentro agradable y el regalo para toda la vida: una gran familia unida. Lo que siempre has querido, papá. ¡Por fin ha llegado!
02
El único hombre de la familia Aquella mañana, durante el desayuno, la hija mayor, Beatriz, mirando absorta la pantalla de su móvil, preguntó: Papá, ¿te
Life Lessons
La abuela, mi ángel de la guarda: Un vínculo irrompible que salvó a Elena de una amarga traición Elena nunca conoció a sus padres. Su padre abandonó a su madre cuando aún estaba embarazada, y nunca más supo de él. Su madre falleció de cáncer cuando Elena apenas tenía un año. Así, fue la abuela materna, la abuela Eustaquia, quien crió y educó a Elena. Viuda joven, dedicó toda su vida a su hija y después a su nieta, desarrollando con Elena un lazo tan cercano que siempre parecía saber lo que la niña necesitaba y sentía. Todo el mundo adoraba a la abuela Eustaquia: cuidaba de los vecinos, llevaba empanadas a las reuniones del cole y siempre escuchaba y aconsejaba sin criticar. Elena se consideraba afortunada por tener una abuela así. Sin embargo, la vida amorosa de Elena no terminaba de arrancar. Entre los estudios, el trabajo y las prisas, ningún hombre acababa de ser el adecuado. Su abuela se preocupaba: “¿Qué pasa, Elena? ¿No encuentras a ningún chico bueno, con lo guapa y lista que eres?” Elena se lo tomaba a broma, pero en el fondo sentía la presión: ya tenía treinta años y aún no había formado su familia. La muerte repentina de la abuela dejó a Elena devastada y sola, con sólo su gata Musi para hacerle compañía. Hasta que, un día, en un tren de cercanías, conoció a Alex, un hombre atractivo, encantador y misterioso con quien enseguida sintió una conexión especial. Iniciaron un idilio apasionado, aunque él evitaba hablar de su vida personal. Pronto, Alex le propuso una cita especial en un restaurante. Elena, feliz, pensó que quizás esa noche le pediría matrimonio. Sin embargo, la noche anterior tuvo un sueño vívido: su abuela Eustaquia apareció sentada en el sofá, la acarició y le advirtió con ternura pero firmeza: “No sigas con ese hombre, haz caso a tu abuela”. Elena despertó confundida pero intentó no hacer caso de la advertencia. Sin embargo, la inquietud no la abandonaba. Finalmente, durante la cena, al recibir la propuesta de Alex, una visión de su abuela observándola por la ventana le hizo rechazar la petición. Alex, furioso, mostró un rostro agresivo y desconocido, insultándola gravemente antes de marcharse. Al día siguiente, Elena, aún conmocionada, acudió a su amigo de la infancia que trabajaba en la policía. Descubrió que Alex era en realidad un estafador profesional con antecedentes por engañar y arruinar a mujeres solitarias. Agradecida a su abuela por salvarla, Elena comprendió que de algún modo seguía cuidando de ella, ahora como su ángel de la guarda. Con renovada esperanza, regresó a casa sabiendo que nunca estaría sola mientras tuviera presente la fuerza del amor de su abuela, y confiando en que los seres queridos que nos cuidan desde el más allá existen de verdad…
00
ABUELA ÁNGEL DE LA GUARDA No tengo ningún recuerdo de mis padres. A mi madre la abandonó mi padre cuando estaba embarazada, y nunca supe nada más de él.
Life Lessons
— ¡Ludita, te has vuelto loca en la vejez! ¡Si ya tienes nietos en el colegio, ¿pero qué boda es esa? —. Esas palabras me soltó mi hermana cuando le conté que me casaba. Pero ¿para qué alargarlo? En una semana Toli y yo firmaremos, pensaba yo, así que hay que decírselo a mi hermana. Claro que al evento ella no vendrá; vivimos cada una en una punta del país. Y tampoco pretendemos montar esos fiestorros con gritos de «¡Que se besen!» a mis sesenta años. Nos casaremos discretamente y celebraremos en pareja. Podríamos ni casarnos, pero Toli insiste. Es un caballero de los pies a la cabeza: abre la puerta del portal, me da el brazo al bajar del coche, me ayuda con el abrigo… No, él no quiere vivir sin el anillo en el dedo y el “sí, quiero” en el registro. Lo dice claro: “¿Que soy un chiquillo, acaso? Yo quiero algo serio”. Y para mí Toli, aunque esté canoso, es como un chaval. En el trabajo es respetado, todos lo tratan formalmente, pero cuando me ve es como si perdiera cuarenta años de golpe. Me coge en brazos y me da vueltas en medio de la calle. Aunque me hace feliz, me da vergüenza. Le digo: “Nos ve la gente, van a hablar”. Y él: “¿Qué gente? ¡Si no veo a nadie más que a ti!” Y es que cuando estamos juntos, siento que no existe nadie más en el mundo. Pero aún tengo a mi hermana, y necesitaba contarle todo. Temía su juicio, pues necesitaba su apoyo más que nunca. Finalmente respiré hondo y la llamé… (Los siguientes párrafos seguirían reescribiéndose y adaptándose para preservar el nivel de detalle y especificidad, pero tú solo pediste el título adaptado, así que aquí está la versión adaptada y atractiva para cultura española:) — ¡Ludita, te has vuelto loca con la edad! Si ya tienes nietos en el cole, ¿a qué viene eso de casarse ahora? — Así reaccionó mi hermana al contarle que me caso, pero después de criar hijas y nietos, y haber sido durante años la que tiraba del carro, he decidido apostar por mi felicidad a los sesenta. Aunque mi familia y hasta mi hermana no lo entiendan, con Toli, que me hace sentir como una veinteañera en el Retiro, he descubierto la alegría de vivir para mí y no sólo para los demás.
01
¡Lucía, te has vuelto loca a tu edad! ¡Si tus nietos ya están en el colegio, ¿cómo vas a casarte ahora?! esas fueron las palabras de mi hermana cuando
Life Lessons
POR SI ACASO Vera lanzó una mirada indiferente a su compañera llorosa, giró hacia su ordenador y empezó a teclear con rapidez. —Eres una insensible, Verita —oyó la voz de Olga, la jefa de departamento. —¿Yo? ¿Y eso por qué? —Porque si en tu vida sentimental todo va bien, parece que piensas que para los demás también será igual. Mira cómo sufre la chica, podías tener un poco de compasión, a lo mejor aconsejarle, compartir tu experiencia. Ya que a ti todo te sale tan redondo… —¿Yo? ¿Aconsejarle a ella? Uy, me temo que a nuestra Nadiucha eso no le gustaría, ya lo intenté hace unos cinco años, cuando venía al trabajo con unos ‘moratones’ que parecía que se los hacía para ver mejor el camino… Aún no estabas tú por aquí. Y no, no era el marido quien la zurraba, era la misma Nadya, que tropezaba, y cuando aquel se largó, los moratones desaparecieron… era ya el tercer fugitivo. Intenté apoyar a una compañera, compartir experiencia, digamos… y acabé siendo la culpable, claro. Luego me dijeron las demás que era caso perdido, que Nadya sabe más que nadie. A los ojos de todas fui la mala, la que impidió que Nadya encontrase la felicidad. Entonces iba donde las videntes, hacía amarres de amor… ahora se ha actualizado: va a psicólogas, trabaja sus traumas. Pero ni se da cuenta de que repite el mismo guion, solo cambian los nombres. Así que, si me disculpáis, yo no voy a compadecer ni a repartir pañuelos. —Aun así, Vera, así no se puede ser… A la hora de comer, todas sentadas en la misma mesa, el tema no podía ser otro que el ex de Nadya, un canalla y mentiroso. Vera comía en silencio, después se sirvió un café y se aisló en un rincón para desconectar viendo las redes sociales. —Verita…, —se le acercó la simpática y risueña Tania, aunque hoy tenía la cara más marchita—, ¿de verdad no sientes ni un poquito de lástima por Nadya? —Tania, ¿pero qué queréis que haga? —Ay, déjala —intervino Ira, que pasaba por allí—, y yo que sé… como ella tiene a ese maravilloso Vasili suyo, vive a cuerpo de rey, no sabe lo que es quedarse sola con un crío, sin ayuda de nadie… Y lo de la pensión, inténtalo siquiera con ese padre… —Eso te pasa por parir, y encima sin saber bien de quién, y ya sin ser una jovencita precisamente… —añadió la veterana Tatiana Ivanovna, para todas, la abuela Tanya—. Vera tiene razón, cuántas veces le ha llorado, ya embarazada le volvía loca con sus historias, pero antes… ay. Las mujeres se agruparon entorno a una Nadya inconsolable, dando cada una su consejo. ¿Y qué pasó? Pues que la fuerte e independiente Nadya decidió demostrar lo que valía. Harta de llorar, llamó a su madre para que viniera corriendo del pueblo y la ayudara con el hijo, y del ingrato aquel ni rastro… Nadya empezó a recuperarse. Se puso un flequillo postizo, tatuó cejas, se pegó pestañas postizas, y hasta quiso ponerse un aro en la nariz, pero la convencieron entre todas de que no lo hiciera. Y allá que fue. —Nada, nada, Nadya, ánimo, ya llorará él, ya llorará. —No va a llorar —musitó Vera, como para sí, pero su comentario llegó a oídos de las colegas que, algo achispadas, pidieron que se explicara, ¿cómo que no? —Eso, que no va a llorar, ni a lamentarse. Y Nadya, hoy o mañana, encontrará otro igual… —A ti te resulta fácil hablar, tendrás a tu Vasili, que no será de esa calaña… —No, claro… mi Vasili, el mejor hombre del mundo, ni pega, ni bebe, ni va por ahí, me adora. —Sí, sí, todos cortados por el mismo patrón. —Cuidado, Vera, que te lo levantan… —Que no, que no lo levantan, él no es de esos. —Yo no estaría tan segura. —Pues deberías. Las copas iban haciendo efecto y las discusiones subieron de tono. —¡Venga, vamos todas a tu casa a ver si tu Vasili resiste la tentación! Claro que no nos invitarás, seguro que temes que alguna te lo quite. —¡Vamos! —¡A casa de Vera, chicas, a ‘robar’ a Vasili! Abuela Tanya, ¿vienes? —No, chicas, me espera Mijail… Pero id vosotras —sonrió Tatiana Ivanovna. Eufóricas, llegaron todas a casa de Vera, bromeando y trajinando en la cocina. —Venga, chicas, a preparar algo rápido, porque entiendo que el Vasili de Vera aún no ha llegado; cuando llegue, verá la mesa puesta. —No os esmeréis, que come poco y encima es tiquismiquis, pero sí, ya llega. Las chicas se fueron calmando, el ánimo decayó, y poco a poco marcharon a casa, todas menos Nadya, Olga y Tania. Tomando té en la acogedora cocina de Vera, charlaban incómodas. Decidieron irse poco a poco. Entonces llegó alguien. —¡Vasili, mi Vasichu, mi chiquitín! —Vera salió al recibidor con voz melosa. Las mujeres bajaron la cabeza, incómodas, al entrar un chico joven y guapísimo. ¡Ah! Así que era eso, el marido de Vera es mucho más joven… —Chicas, os presento: este es mi Denis. ¿Denis? ¿Cómo que Denis? —Mi hijo, Deniska. ¿Vasili, Deni? ¿Ha estado bien? —Sí, mamá. Ahora necesita descansar, mañana ya correrá. Eso sí, no le dejes lamerse… Las mujeres se pusieron coloradas. —Nosotras… mejor nos vamos… —¡Esperad! No os he presentado todavía a Vasili. Pero shhh, está recién operado; Denis y Leni, su novia, le llevaron, porque yo trabajando… para castrarlo, el muy pillo empezó a marcar cortinas… Venid. Aquí está, mi Vasili, durmiendo. Reprimiendo la risa, todas salieron en tropel. —Vera, ¡si es un gato! —Claro, un gato, ¿quién pensabais? ¿Y el marido…? —Ah, ese no. Eso lo creísteis vosotras solitas. Una vez dije que tenía un hombre maravilloso, Vasili, y me cortasteis, lo imaginasteis y lo creísteis. Me casé joven, por amor… ya sabéis, ni estudié, nació Denis… Tres años pasamos, luego cada uno por su lado. Mis padres me ayudaron mucho. Me casé otra vez casi a los treinta. Un hombre bueno, volaba, soñaba con hijos… y Denis… pues se podía ir a un internado, o a mi madre si acaso. Le mandé con su mamá. Protestó y no entendía nada. Su madre me llamó tonta: “los hijos ajenos nadie los quiere”. Curioso, ella lo crió junto a su padrastro. Muchos años sola con Denis. El tercer intento lo hice ya sabiendo que no era ninguna joya en el escaparate. En la fase de cortejo me dejó un morado, de puro amor, decía. Denis iba a artes marciales desde los seis años, y yo a veces entrenaba con él, y algo aprendí… Le devolví el golpe y aquel Otelo voló escaleras abajo. Decidí que ya bastaba… Denis se casó, yo me aburría, así que me agencié a Vasili. Así vivimos. Para el cine, para viajar, nadie debe nada a nadie… A veces preparo una cena rica, viene y se va feliz. Sin dramas. Denis no lo entendía al principio, me preguntaba por qué no vivía con Vasili. ¿Y para qué? De jovencitos, pues sí, pero ahora cada uno a lo suyo. Como mi hermano, treinta años juntos, como uno, o mis padres. Yo no, y para fardar de casada, ¿para qué voy a romperme? No, no. Mi Vasili y yo estamos bien juntos. ¿Verdad, guapo? Te dije que si no dejabas de gritar y marcar, te capaba… Las chicas se fueron pensativas, sobre todo Nadya. Pero Nadya no pudo como Vera. Al mes ya trasteaba con un nuevo novio, flores por doquier en la oficina. Vera y la abuela Tanya sonreían. —¿Y tu Mijaíl? ¿Cómo la pata? —Bien, Verita, se pinchó algo en el paseo, pero cura rápido, Dios lo cuide, como dicen de los perros… Vinieron los nietos, “¡hay que llevar a Misha a una exposición, abuela!”. ¿Y para qué castigar al pobre animal?, estamos bien sin premios… —Parece que Nadya ya enderezó su vida. —Sí, Tatiana Ivanovna, unos crían mascotas, otras maridos… —Eso… cada uno a su manera. ¿Igual esta vez tiene suerte? —Ojalá… —¿De qué cuchicheáis? —De ti, Nadya, que a ver si tienes suerte. —Chicas, si yo lo entiendo, pero no puedo estar sola… de verdad. —Cada uno a lo suyo, no te excuses… —Verita —oyó Vera la voz de Nadya, cuando iba a por el coche—. Si eso… ¿me aconsejas cómo va lo de los gatos? ¿Mejor gato o gata? —Venga, anda, que te esperan… y lo vamos viendo —rió Vera. —Era por si acaso…
00
POR SI ACASO Clara observó a su compañera de trabajo, que no dejaba de llorar, y, sin darle mucha importancia, se volvió hacia el ordenador y comenzó a
Life Lessons
La nieta. Desde que nació, Olguita nunca fue deseada por su madre, Juana, que la trataba como un mueble más de la casa: ni le iba ni le venía. Tras discutir a menudo con el padre de Olguita, y después de que este la dejara para volver con su esposa legítima, Juana perdió completamente el norte. —¿Se ha ido, eh? ¡Nunca pensó dejar a su fregona! ¡Me destrozó los nervios! ¡Me mintió! —gritaba al teléfono—. ¿Y ahora me deja con su cría? ¡Pues la tiro por la ventana o la dejo en la estación con los sintecho! Olguita, tapándose los oídos, rompía a llorar. El desdén de su propia madre lo absorbía como una esponja. —Me da igual lo que hagas con tu hija. Ni siquiera estoy seguro de que sea mía. Adiós —le respondió Román, el padre, desde el otro lado del teléfono. Juana, fuera de sí, metió la ropa de la niña y los papeles en una bolsa y, agarrando a la pequeña de cinco años, montó en un taxi. Tenía claro que se la iba a dejar a la madre de Román, doña Nina, que vivía en las afueras. El taxista, al que no le gustó la altanera pasajera que despreciaba a la asustada niña, masculló: él tenía una nieta de la misma edad, y su nuera la trataba como oro en paño. —Aguanta. En casa de tu abuelita, la fina, vas al baño —soltó Juana bruscamente a la pequeña, que se encogió de miedo. El conductor, conteniendo la rabia, amenazó: —Cuidadito, que te bajo y me llevo a la niña a servicios sociales. —¡Anda ya, cállate, defensor de niñas! Como me provoques, denuncio que miras raro a mi hija y me acosas. ¿A quién creerán, a un taxista o a una madre llorosa? Es mi hija y la crío como quiero. ¡Así que cierra el pico! El hombre apretó la mandíbula; había que evitar líos con semejante desequilibrada, aunque la niña le daba pena. Hora y media después, llegaron a destino. —¡Espera un segundo! —ordenó Juana, pero el taxista arrancó sin mirarla. —¡Andando, víbora! —se oyó desde el coche. La joven escupió al suelo, insultó, agarró a su hija y entró en el jardincillo, pateando la verja. —¡Aquí la tenéis! Haced con vuestro “tesoro” lo que queráis. Vuestro hijo me lo consintió. ¡Yo no la quiero! —ladró Juana con voz áspera y se fue dando un portazo. Nina, atónita, vio cómo su nuera salía corriendo. —¡Mamá! ¡No te vayas! —lloró desconsolada la pequeña, restregándose las lágrimas con sus manitas. Persiguió a su madre hasta la calle. —¡Déjame en paz! ¡Vete con tu abuela, que ahora te toca vivir con ella! —gritó Juana, sacudiéndose a la niña de la falda. Los vecinos asomaron, curiosos. Nina alcanzó a su nieta, que lloraba desconsolada, y la abrazó, llorando también: —Ven, mi amor, vamos a casa, mi tesoro… Nina apenas sabía nada de Olguita; su hijo nunca le contó de la hija fuera del matrimonio. —No te haré daño, tranquila. ¿Quieres unas tortitas? Tengo nata fresca —le susurraba la abuela, llevándola a casa. Desde la verja, Nina vio cómo, subiendo a un coche de autoestop, Juana desaparecía para siempre. A su nuera ya nunca más se la vio, y Nina recibió a su nieta como un don del cielo. Jamás dudó que era suya. ¡Si era igualita a Román de pequeño! —Te criaré y te daré todo lo que pueda, Olguita —le prometió—. Hasta donde me alcancen las fuerzas. Y así fue: la llevó al primer día de cole, la vio crecer a ritmo vertiginoso. Pronto, Olguita era una joven guapa, amable, inteligente y estudiosa, soñando con Medicina, aunque de momento aspiraba solo a un ciclo superior. —Me duele que papá no quiera reconocerme —suspiraba abrazando a Nina, mientras contemplaban juntas la puesta de sol desde la terraza. La anciana le acariciaba el pelo, sin palabras. Román nunca quiso saber nada de su hija, entregado por completo a su familia “oficial” y a su hijo legítimo. A Olguita, en sus pocas visitas, la humillaba. Pero Nina un día explotó: —¡Miserable! ¡Solo vienes aquí el día de mi pensión para sablearme! Yo ya ni me acuerdo de cómo eres de lo poco que nos vemos… ¡Largo, Román! Más vale ninguno que así. —¡Pues ni a tu entierro vendré! —gritó Román y, reuniendo a su hijo Vadi, se marchó para siempre. —Dios lo juzgue, Olguita —le dijo Nina después—. Ven, toma un té y a dormir, que mañana recibes el título. El verano pasó entre huerta y despedidas. Tocaba llevar a Olguita a la ciudad para estudiar. —Pediré a Vítor, el vecino, que nos acerque a la residencia con tus bártulos —le dijo la abuela—. Y luego necesito resolver un asunto importante. Frente a la residencia, Olguita abrazó largamente a su abuela. —Estudia y sé independiente, cariño. Solo podrás contar contigo. Yo, ya ves, soy vieja y no me queda mucho… —¡No digas eso, abuelita! Si eres una mujer de lo más vigorosa… Nina sonrió, se despidió, y fue directa con su vecino a la notaría para dejar todo arreglado. Olguita la visitaba cada finde, le preocupaba mucho su salud y estudiaba con empeño. Soñaba con sacar matrícula y conseguir plaza en Medicina. Pronto empezó a ir menos: se enamoró de Santi, un compañero trabajador y amable que también soñaba con universidad. Nina se alegró por ambos. Tras el ciclo superior, se casaron en una boda sencilla en un bar modesto; entre los invitados de la novia, solo la abuela. —Abu, eres para mí madre y padre a la vez. Gracias por darme un verdadero hogar, por tu cariño y tu amor —le dijo Olguita de rodillas entre lágrimas. La abuela encogida de orgullo: —Levántate hija, que me da apuro… —¡A ningún apuro! —brindó Santi—. Ahora es usted la jefa de esta gran familia. ¡Bienvenida! Entre tazas por el bienestar de Nina y felicidad de los novios, la anciana enseguida empeoró. Cumplido su cometido con creces, se fue apagando y murió plácidamente en su sueño, año y medio después. Como temía, al poco del funeral, Román apareció con su prole: —¡Fuera de la casa! Mientras vivía mi madre, podías quedarte. Ahora, lárgate. Olguita, sorprendida, vio a su padre y esposa—desconocida aún—y a su medio hermano, que ya calculaba mentalmente cómo vender la casa para comprarse coche. En ese momento llegó Santi. —¿Y tú quién eres? ¿Y ya traes novios aquí? —vociferó Román. —Soy su marido. ¿Usted? ¿Quiere ver la donación notarial que le dejó doña Nina? —¿Perdona… qué donación…? —¡Román, esa bruja embrujó a tu madre! ¡A los tribunales, rápido! —le azuzaba la madrastra. —Esto no quedará así. ¡Demostraré que no eres mi hija y que no eres nieta de mi madre! —gritaba Román—. —Prepara tus cosas, mendiga. Ya veremos cómo te echamos de aquí —soltó el hermanastro. Se fueron, dejando desolados a Santi y Olguita, que se desplomó llorando en el suelo. —¿Por qué? ¿Acaso no les va bien? ¿No tienen dónde vivir? ¡Esta casa fue todo para mí! —Mañana mismo la ponemos en venta. Si no, no te dejarán en paz. Recuerda, tu abuela solo quería que te marcharas tranquila al piso en la ciudad. —Nunca pensé irme tan pronto… En esta casa pasé mi infancia. Encontraron compradores rápido: una familia acomodada que soñaba con una finca grande, rodeada de árboles frutales y bosque de pinos en la sierra, con pérgola cubierta de parras y un sólido caserón de ladrillo. Con lo ganado, Santi y Olguita se compraron un pisito acogedor en el centro. Esperaban ya un bebé muy querido y esperado. Cada noche, Olguita se dormía dándole las gracias a su abuela: «gracias, abuela, por darme la vida…»
00
Nietecita Desde el mismo momento en que nació, Carmen nunca fue realmente querida por su madre, Eugenia. Para ella, su hija era solo un objeto más en casa.
Life Lessons
El don de Dios… La mañana amaneció gris, con nubes pesadas arrastrándose por el cielo y el retumbar lejano de los truenos anunciando tormenta. Se acercaba la primera tormenta de esa primavera. El invierno había llegado a su fin, pero la primavera tampoco tenía prisa por dejarse sentir de verdad. El frío persistía, el viento soplaba con ráfagas que levantaban las hojas secas del año pasado y las hacían bailar de un lado a otro. Los brotes en los árboles se resistían a mostrar sus tesoros. La naturaleza languidecía esperando la lluvia. El invierno, aquel año, fue escaso en nieve, ventoso, frío. La tierra no había descansado bien, le faltaba humedad, no había dormido bajo el manto blanco y ahora aguardaba con ansias la tormenta. La tormenta traería el agua esperada, empaparía el campo con generosa lluvia, lo limpiaría del polvo y la suciedad, lo devolvería a la vida. Solo entonces comenzaría la auténtica primavera, abundante, florida, como una mujer joven rebosante de amor y ternura. La tierra volvería a dar hierba verde y flores de mil colores, hojas temblorosas y frutos dulces en los árboles. Las aves volverían a cantar, a construir sus nidos entre el follaje nuevo de los jardines en flor. La vida seguiría su curso. —¡Santi, ven a desayunar! —llamó Violeta—. El café se enfría. Desde la cocina llegaba el aroma a café y a huevos fritos. Tocaba levantarse, aunque después de la noche previa, tras una charla dolorosa, los sollozos de Violeta y una noche en vela y llena de pensamientos duros, las fuerzas flaqueaban. Pero había que levantarse: la vida continuaba. Violeta también tenía el aspecto cansado; sus ojos enrojecidos, grandes ojeras. Le ofreció a Santi una mejilla pálida para el beso y le sonrió débilmente. —Buenos días, cariño. Parece que va a haber tormenta. ¡Dios mío, qué ganas de que llueva! ¿Cuándo llegará por fin la primavera de verdad? Escucha estos versos que me han venido a la cabeza: Espero la primavera como redención De la helada invernal, de la desolación. La espero como quien busca explicación A todos sus nudos de confusión. Y cuando llegue, todo aclarará, Como si la vida volviera a empezar. Solo la primavera puede ordenar El alma cansada, y lo hará Más sincera, Más simple, Más digna, Más fiel. ¿Dónde estás, primavera mía? ¡Ven ya, que te espero! Santi abrazó sus hombros delgados, besó su cabeza inclinada y rubia, que olía a campo y a manzanilla. El corazón le dolió de pura compasión. “Pobrecita mía, mi niña querida, ¿por qué nos castiga Dios así?” Aún les quedaba la esperanza, esa por la que habían vivido tantos años. Pero la víspera, el famoso doctor en quien habían puesto todo lo que tenían, había puesto fin a sus ilusiones. —Lo siento mucho, pero no podrán tener hijos. Santi, tu estancia en Chernóbil no pasó desapercibida. Por desgracia, no hay solución posible. Lamento no poder ayudaros. Violeta se enjugó las lágrimas con decisión y se sacudió el pelo. —Santi, lo he estado pensando y lo tengo claro. Deberíamos adoptar a un niño del orfanato. Hay demasiados niños desgraciados allí. Podemos traer a un chaval a casa, criarle, y así tendríamos nuestro hijo, tan esperado. ¿Estás de acuerdo? Llevamos tanto tiempo soñando con ser padres… —Las lágrimas brotaban como lluvia de sus ojos. Santi la estrechó y tampoco pudo contener el llanto. —Por supuesto que sí… No llores, mi amor, no llores. Justo en ese instante, un trueno ensordecedor sacudió la casa. Y estalló el aguacero. ¡El cielo se abrió por completo! ¡Por fin el Señor escuchaba sus plegarias! La ansiada lluvia caía con fuerza. De repente casi era de noche. No cesaba el trueno, los relámpagos iluminaban la casa y parecía que caían justo sobre el tejado. Abrazados, Santi y Violeta miraban el paisaje desde la ventana, mientras por la rendija les llegaban gotitas heladas y el perfume fresco de la tormenta. El velo oscuro que cubría sus almas comenzaba a disolverse y quería que la lluvia no terminase nunca. La tan esperada lluvia de primavera —símbolo de vida, continuidad y renacimiento—. Pocos días después estaban frente a la puerta del orfanato. Tenían cita. Iban a elegir a su tan ansiado hijo, ese niño al que ya amaban sin haberse visto aún. Amaban con todo el amor acumulado en sus almas durante años de espera. El corazón les latía con fuerza. Santi apretó el timbre. Les abrieron, ya les esperaban. La entrevista con la directora fue días antes; ahora solo iban a conocer a los niños. En la primera sala vieron a una niña sentada sobre una manta húmeda, con unos pantalones mojados. Camisita sucia, mocos resecos bajo la nariz y unos enormes ojos azules que miraban con tristeza a los mayores que pasaban de largo. Era el abandono hecho criatura. ¡Ese era el orfanato! Un refugio de niños olvidados. Entraron en la siguiente sala. Los más pequeños en sus cunas. La cuidadora iba enseñando a los niños, nombrando edades y datos de los padres. Niños limpitos, en sábanas limpias. La hermana los sacaba de la cuna y los mostraba como si fueran mercancía. “Como si estuviéramos en un mercado”, pensó Santi, “y nosotros somos los compradores”. Solo faltaba preguntar el precio por kilo. —Santi, ¿volvemos a ver a esa niña tan desgraciada? —susurró Violeta, apretando su brazo. —Hermana, ¿podríamos ver de nuevo a la niña de ojos azules de la primera sala? —¡Pero si buscabais un niño! Esa niña no es la indicada para vosotros, ni la hemos preparado para mostrarla. —Queremos volver a verla —insistieron. La hermana dudó, pero les llevó de vuelta. —Llamaré a la directora, Ana Petrovna. Esperad aquí —indicó unos asientos. Violeta se apoyó en el hombro de Santi. —Santi, cojamos a esa niña, me dio un vuelco el corazón al verla. —A mí también. Te parece hasta a ti: los ojos, el pelo. Y está tan desamparada… Llegaron la cuidadora y la directora. Ana Petrovna estaba visiblemente preocupada. —Habéis elegido una niña con mala suerte. No es adecuada para vosotros. —¿Por qué? Nos gusta, y fíjate lo mucho que se parece a Violeta. ¡Es su doble! —Santi se acercó decidido a la habitación donde estaba la niña. Ya la habían lavado, cambiado la ropa, retirado la manta húmeda. Ahora tenía los ojos más vivos, sus mejillas se ruborizaban. Al ver que se paraban junto a su cuna, sonrió; le salieron hoyuelos en la cara. Alzó los brazos y trató de incorporarse… Violeta apretó la mano de Santi. Los pies de la pequeña estaban torcidos hacia atrás. Sin pensarlo, Santi la cogió en brazos: ella se apretó a su cara con la naricilla húmeda y se quedó quieta. Se le llenaron los ojos de lágrimas; Violeta se tapó la cara, sollozando. Ana Petrovna se volvió para secarse los ojos con un pañuelo. —A mi despacho, por favor. Hermana, trae a Elena —dijo. Santi y Violeta fueron de la mano tras ella. La niña había nacido de padres mayores, con muchos hijos, en un pueblo perdido del norte. Al parecer, no la querían. La niña nació con malformaciones: piernas torcidas y pies deformes. Cuando se la enseñaron a sus padres, el padre se negó a llevársela a casa. No tenía dinero ni ganas de criar a una niña así, con tantos hijos en casa subsistiendo como podían. Por eso Elena acabó en el orfanato. —Ahora decidid si de verdad queréis a esta criatura. Podría llegar a ser una persona normal, pero eso implica mucho trabajo, un gran esfuerzo económico, y sobre todo paciencia y muchísimo amor. No hay prisa, pensadlo bien. Os daré la dirección de un especialista que ha visto a la niña y os detallará lo que os espera si la adoptáis. Os doy un mes para decidirlo. No volváis mientras, porque nuestros niños se acostumbran rápido, y si luego os arrepentís… —dijo la directora, haciendo un gesto de resignación. Pasó un mes. Santi y Violeta decidieron desde el primer día tras visitar el orfanato que adoptarían a Elena. El médico especialista confirmó que, aunque requeriría varias operaciones, la medicina podría corregir casi todo y apenas quedaría rastro; su Elena podría correr como cualquier niña. Santi calculó si tendrían dinero. Lo habría si vendían el coche nuevo y la casa en obras. Mientras vivirían en su piso de una habitación; lo demás, ya lo proveería Dios con tal de que su hija estuviera sana. Esperaron impacientes a que pasara el mes. Por fin, se presentaron a la cita. Santi llevaba un ramo de peonías rosas y Violeta una enorme bolsa de regalos para los niños. Ana Petrovna temblaba de la emoción. Una niña más encontraría padres. Fueron todos juntos a la sala. Allí estaba Elena. Había crecido, tenía el pelo claro en bucles, mejillas sonrosadas y ya le salían los primeros dientes. Charlaba y reía. Santi la cogió en brazos, ella le abrazó el cuello y se apretó contra su pecho. También fue a los brazos de Violeta. Todos lloraron. Santi y Violeta pasaron todo el día en el orfanato, escuchando consejos de médicos y cuidadoras. Pero aún no podían llevársela. Faltaba toda la tramitación de la adopción. Por consejo de Ana Petrovna, el abandono de sus padres se tramitó por vía judicial. Les quitaron la patria potestad y ya no había marcha atrás. Por fin la llevaron a casa. Violeta dejó el trabajo y se dedicó en cuerpo y alma a su hija. Empezaron los preparativos para la primera operación en una clínica de Leningrado. Un mes allí, y ya Elena comía sola, imitaba a los animales. Todavía no podía verse sus piernas sin dolor. Solo salía a la calle con pantalón largo, y caminaba torpemente, como un patito. Pero era despierta, sociable, habló pronto, conocía a todos. Más que a nadie, adoraba a Santi. Mi papi, así le llamaba, igual que Violeta. Y su papi adoraba a Elena: su sol, su luz. Al año, las siguientes operaciones. Varias veces fueron a Leningrado. ¡Cuánto sufrió esa niña! ¡Cuánta paciencia y desvelo necesitaron Santi y Violeta! Duermevelas de decenas de noches de hospital. Hasta que por fin llegó el triunfo: ¡piernas casi normales! Ya podía correr y saltar. A los cinco años, Elena empezó el colegio infantil. Notaron que dibujaba maravillosamente; recomendaron fomentar su talento. A los seis, la apuntaron a la Escuela de Artes. Sus cuadros aparecían en exposiciones infantiles, vivos y llenos de alegría; todos se sorprendían del talento precoz. A los siete, empezó primaria y enseguida fue líder de clase. Excelente alumna, simpática, artista y ya en el grupo de danza. Siempre rodeada de amigos. Orgullo de sus padres. Nadie sospechaba lo que habían tenido que pasar tanto ella como los que la criaron con tanto amor, aunque no la hubieran traído al mundo. Dios no se olvidó de Santi y Violeta. Tras llegar Elena, la suerte cambió. El modesto negocio de Santi prosperó. Pudo cumplir el sueño de la familia: mudarse a Leningrado. Allí compraron un buen piso y llevaron a Elena a un colegio de prestigio. Actualmente Elena cursa sexto, sigue siendo excelente, y va a la escuela de Arte. Es una niña preciosa, de ojos azul cielo y melena rubia. Dulce y cariñosa. La favorita de todos. Un auténtico don de Dios…
00
Diario personal, Madrid, marzo. Hoy el cielo amaneció encapotado, gris y opresivo, con nubes bajas arrastrándose sobre la ciudad. A lo lejos, se escuchaban
Life Lessons
¡Sorpresa por partida doble! — La suegra multiplicada al cuadrado: la inesperada llegada de la abuela Valentina, sus aventuras urbanas, canciones y consejos, su ingenioso carácter, un gatito llamado León, y el emotivo legado familiar que transforma las vacaciones de Eguardo en Madrid
00
¡Vaya sorpresa! solté nada más abrir la puerta, al ver ante mí a una menuda abuela de andares ligeros, enfundada en vaqueros y con una sonrisa socarrona
Life Lessons
GENTE DIFERENTE La mujer de Ignacio resultó… peculiar. Muy guapa, eso sí: rubia natural de ojos negros, con curvas, pechugona y de piernas largas. Y en la cama, un volcán. Primero fue la pasión, y ni tiempo para pensarlo. Luego el embarazo. Así que se casaron, como toca. Nació un hijo igualito: rubio y de ojos negros. Y todo fue como en cualquier familia. Pañales, primeras palabras, primeros pasos. Y Ana se comportaba normal, pendiente del niño, madre joven y corriente. Todo cambió cuando el hijo llegó a la adolescencia. Ana empezó a interesarse de repente por la fotografía. Todo el día con la cámara, y se apuntó a unos cursos. —¿Pero qué más te falta? —preguntaba Ignacio—. Eres abogada, trabaja de abogada. —Abogada, —corregía Ana. —Eso, abogada. Presta más atención a la familia y deja de andar de aquí para allá. Y no entendía qué le molestaba tanto. Si ella cumplía, la casa impecable, la comida hecha, el hijo bajo su supervisión. Él llegaba del trabajo, sofá y tele, como está mandado. Pero lo que no aguantaba era esa sensación de que Ana se le escapaba a algún sitio donde él no tenía ni voz ni voto. Estaba, pero no estaba. Jamás veía la tele con él, ni conversaba sobre nada interesante. Le servía la cena… y volvía a irse. —¿Eres mi mujer o no? —se enfadaba Ignacio al verla otra vez frente al ordenador. Ana callaba. Se encerraba en sí misma. Le gustaba viajar a sitios exóticos. Cogía vacaciones y salía mochila en mano, cámara colgada. Ignacio no lo entendía. —¿Por qué no ir con los amigos al pueblo? Tienen una barbacoa, la mejor sidra, tenemos que hacernos con una parcela ya. Ana se negaba, le invitaba a acompañarla en sus viajes. Una vez lo intentó. Nada bueno. Todo diferente, idiomas raros, comidas imposibles de picantes. Y las bellezas le daban igual. Ana empezó a irse sin él. Dejó el trabajo también. —¿Y la jubilación? —protestaba Ignacio—. ¿Pero tú quién te crees, una gran fotógrafa? ¿Sabes la pasta que hay que invertir para tener éxito? Ana no contestaba. Un día, tímida, le dijo: —Tendré mi primera exposición. Mía, solo mía. —Exposición tiene cualquiera, —bufó Ignacio. — Menudo mérito. Aun así, fue a la inauguración. No entendió nada. Caras extrañas, nada bonitas. Manos arrugadas, gaviotas sobre el mar. Todo raro, como Ana. Se rió de ella. Y Ana le regaló un coche. Así, porque sí, somos familia, úsalo. Ni le habían interesado nunca los coches, pero ella lo pagó con lo que iba ganando con sus fotos y encargos. Ahí empezó Ignacio a inquietarse. ¿Qué clase de bicho tenía por esposa? ¿De dónde salía esa pasta? ¿Tendría líos con hombres? Imposible que la fotografía diese para tanto. ¿Estaría saliendo con alguien? Si no lo hacía ya, seguro que lo haría. Un día, como lección, le soltó una bofetada, suave. Ella cogió un cuchillo de cocina, de un tajo le pasó por la barriga—dos puntos le dieron. Suerte que no atinó. Luego pidió perdón. Ignacio no volvió a levantarle la mano. Ana era fanática de los gatos. Los rescataba, cuidaba, curaba, daba en adopción. Siempre tenían por lo menos dos en casa. Mimosos y buenos, pero ¿se pueden querer a esos bichos más que a tu propio marido? Una vez se le murió uno. No pudo salvarle en la clínica. Ana se hundió, lloraba, bebía coñac, se culpaba… Duró así días y días. Ignacio estaba harto. —¿Vas a guardar luto hasta por las cucarachas? La mirada de Ana era tan dura que se calló y se fue. Los amigos de Ignacio, incluso las amigas de Ana, le daban la razón a él. “Se le ha ido la olla, Ana ya no es la de antes”, decían. Así que Ignacio buscó consuelo en la vecina—Irma, amiga de la infancia de Ana. Mucho más sencilla, era dependienta, cero complicaciones, siempre dispuesta al sexo y a la charla. Eso sí, bebía mucho, pero bueno, no pensaba casarse con ella… Esperaba que Ana le pillase, se enfadase, le montase una escena y así poder decir: “¿Y tú? ¿Dónde te pierdes tú?” Luego se perdonarían todo y volvería la familia. Y dejaría a Irma. Pero Ana callaba. Le miraba mal. En la cama, cada vez peor—se encogía siempre que él la tocaba. Se fue a dormir a otra habitación. El hijo creció, terminó la universidad. Igualito que la madre: negro de ojos, rubio y raro. —¿Niños para cuándo? —preguntaba Ignacio. —Cuando haga algo en la vida y encuentre el amor de verdad, papá. Eso de los nietos, ya veremos. Él, otro extraño. Sangre materna. Entre Ana y el hijo, armonía perfecta, se entendían sin hablar. Ignacio se sentía de sobra; esos ojos negros le ponían nervioso. Volvía a encontrar consuelo en Irma cada vez. Hasta que Ana se enteró. Se lo dijo una vecina. Ignacio ni se escondía. Llegó un día a casa; Ana sentada a la mesa, fumando, le susurró: —¡Vete! ¡Lárgate de aquí! Ojos negros, ojeras oscuras. Se fue con Irma. Esperó a que Ana le llamara para volver, y una semana después, mensaje por WhatsApp: “Tenemos que hablar”. Se puso colonia, se duchó, feliz. Ana, nada más verle: —Mañana vamos a poner el divorcio. Todo fue como en sueños. Papeles, firmas, renunció a su parte de piso—total, era de la familia de Ana. —¿Y ahora? ¿Vas a vivir de divorciada? —preguntó Ignacio, a punto de soltarle “¿quién te va a querer así?”, pero se calló. Ana sonrió. Por primera vez en años le sonreía, amplia y sincera: —Me voy a Madrid. Me han ofrecido un proyecto importante allí. —Por lo menos no vendas el piso, —pidió por pedir—. ¿Adónde vas a volver? —No voy a volver, —respondió Ana, ya exmujer—. Verás, hace tiempo que quiero a otra persona. Es también fotógrafo, de Madrid. Es súper interesante, pero pensaba que yo, casada, no podía, y divorciarnos tampoco tenía sentido. Solo somos diferentes. ¿Por eso se divorcian las parejas? ¿O no? —No, no se divorcian, —confirmó Ignacio. —Pues nosotros sí, —rió Ana—. Primero me cabreé con lo de Irma. Después pensé que era lo mejor. Yo seré feliz, y tú también. Cásate con ella, que os vaya bonito. Y se marchó. —No me casaré, —le dijo Ignacio a su espalda. Pero Ana ya no lo oyó. Desde entonces, no supo nada más de ella. Salvo una vez al año: un mensaje breve por WhatsApp—«¡Feliz cumpleaños! Salud y alegría. Gracias por nuestro hijo.»
00
24 de noviembre A veces me pregunto cómo he llegado hasta aquí, a este punto tan extraño en mi vida. Cuando pienso en mi esposa, Lucía, me asombro de lo