No quiero
¡Es que ya tengo bastante encima! ¿Más todavía? Lucía estaba de los nervios.
Su marido no dijo nada. Como siempre, prefirió hacer como que no pasaba nada, a ver si todo se solucionaba por arte de magia. Rara vez pasaba eso: al final la que tenía que poner orden en los líos era Lucía. Ella trabajaba desde casa con el ordenador. Tenía un horario flexible y, aunque al principio cobraba poco, después de formarse más consiguió un sueldo mucho mejor. Ganaba bastante más que su marido, Javier. Con su sueldo pagaban la letra del coche, las vacaciones, electrodomésticos, ropa… Y luego vino la baja de maternidad. Lucía no quería perder el ritmo ni el buen sueldo, así que, aunque agotada, hizo todo cuanto pudo durante el embarazo y después.
Cuando su hijo Nico empezó la guardería, al fin respiró algo más tranquila, y para celebrarlo, se metió aún más en el trabajo. Además, la guardería no era una cualquiera: Lucía la eligió con lupa porque, para su hijo, sólo quería lo mejor. Javier, fiel a su estilo, lo dejó todo en manos de su mujer, como en los demás asuntos importantes.
Vivían en un piso que Lucía había heredado de su abuela. Javier no tenía propiedad; antes de casarse con Lucía, vivía con su madre y su sobrina, hija de su hermana mayor, quien falleció hacía tres años. Eso destrozó bastante a la madre de Javier, Teresa Jiménez. Su salud empeoró, el estrés le subía la tensión y las visitas al médico eran constantes.
Cuando Javier se fue a vivir con Lucía, su sobrina ya estudiaba en la universidad y era totalmente independiente. Salía con amigas, viajaba, quedaba con chicos, se daba todos los caprichos y casi nunca pisaba la casa. Pero Teresa Jiménez, con todos sus problemas, siempre recurría a Lucía para que le solucionara cualquier cosa. De los demás no sacaba nada. Ahora, a la nieta sí que le pagaba todos los caprichos: tenía debilidad por ella. Decía que, como era huérfana y la habían criado entre toda la familia, pues cualquier ayuda era poca. A Lucía le parecía un tema tabú.
Así iban viviendo. Todo marchaba más o menos bien, hasta que Teresa Jiménez terminó ingresada en el hospital. Un problema de tensión grave la dejó sin poder moverse. Tras tres semanas ingresada, los médicos hicieron lo que pudieron, pero Teresa seguía postrada. Nadie se atrevía a decir si volvería a hacer vida normal.
Javier, como de costumbre, dejó el marrón a Lucía.
Estas cosas las manejáis mejor las mujeres dijo, encogiéndose de hombros.
¿Pero qué cosas? Lucía no se lo creía.
Pues… cuidar a los enfermos… hacer la rehabilitación… dijo Javier rascándose la cabeza, como si pensara profundo.
Mira, yo soy diseñadora gráfica, no enfermera. De esto sé lo mismo que tú suspiró Lucía. En fin, iré a hablar con el médico, a ver.
Nunca hubo mucha química entre Lucía y su suegra. Desde el principio discutieron bastante, pero con el tiempo pactaron un alto el fuego, sobre todo porque no vivían juntas. Ninguna quería broncas, aunque ambas estaban siempre a punto de explotar. Lucía era diplomática por educación y por respeto. Teresa toleraba a Lucía porque, honestamente, era una buena esposa para su hijo y eso no era fácil de encontrar. Además, bien sabía la suegra que Javier no era precisamente un as en lo de mantener a la familia: todo el ingreso fuerte venía de la nuera.
El nieto lo veía poco. Siempre había algún achaque: o la tensión, o dolores de cabeza. Y justo, vaya por Dios, cuando hacía falta que se quedara un rato con el crío. Lucía tampoco podía contar con la suegra para nada de ayuda.
Pero ahora todos querían la ayuda de Lucía. Fue ella quien recogió a Teresa del hospital (claro, trabaja desde casa, Javier no tiene permiso para nada en su curro), la llevó a su piso y, después de pensarlo, todo el mundo decidió que lo mejor era que toda la familia de Javier se mudara allí temporalmente, para ayudar.
Se mudaron. En tres semanas, Lucía adelgazó tanto que sus amigas le decían que parecía una percha. No sólo mantenía a raya su trabajo, sino que además estaba volcada en los cuidados de Teresa: hacía caldos, batía verduras y frutas, daba de comer a la suegra con cuchara, la bañaba, la movía, lo hacía todo.
La sobrina, Marta, la niña de sus ojos, desaparecía en cuanto podía hacia su cuarto y allí se pasaba el día, como si no existiera. Por la mañana a clase, por la tarde de paseo, y sólo iba a casa a dormir. Que la abuela estaba mala sí, pero bastante tengo con mis cosas, pensaba ella.
El marido tampoco se esforzaba demasiado. Lucía lo intentaba:
¡Es tu madre! ¡Ayúdame, que yo sola no puedo con todo!
Es que… no sé… titubeaba Javier. Estas cosas son más de mujeres. Yo ya he hecho la compra, ¿qué más quieres?
Lo que Lucía hacía no tenía nombre. Teresa no mejoraba, cada vez estaba más refunfuñona, y le soltaba a Lucía y a todo el mundo unas lindezas que antes ni de broma. Lucía tuvo tiempo de escuchar de su suegra lo afortunadísima que era por haber estudiado y tener un trabajo de esos de ordenador, que sólo era sentarse a darle a las teclas y ganar dinerales. Que, en cambio, su Javier había tenido mala suerte: malos profesores, no pudo ir a la universidad bien, y cuando por fin entró fue gracias a un préstamo que pidió la madre. Y el chaval flojeaba, y los profesores eran así y asá… Todo era culpa de otros, claro.
La hija mayor de Teresa, la que falleció, también le había dado demasiada guerra en vida, decía la señora. Ahora la responsabilidad era la nieta, que por suerte había entrado a la universidad por mérito propio, y eso sí que era por buenos profesores. En fin, que todo el mundo era genial menos Lucía, quien simplemente tuvo suerte.
Ay, la suerte… pensaba Lucía, sobre todo con el marido. ¿En qué estaría yo pensando, de verdad?. Cada vez lo pensaba más. Un buen día le propuso a Javier contratar una cuidadora para su madre y volver a su piso.
¿Una cuidadora? Javier puso los ojos en blanco. Eso cuesta muchísimo… Yo no puedo permitírmelo. Si quieres contratarla, tú verás, pero lo pagas tú, ¿vale?
Desde hace tiempo tenían un acuerdo: Javier se encargaba de los gastos básicos y la comida, Lucía de todo lo demás. Así que, evidentemente, si se contrataba a una cuidadora, tenía que pagar Lucía. Vamos, que lo tengo clarísimo… ¡y con qué modo lo ha dicho! Debo de ser la sirvienta de todos. Pues no, hombre, no. Estoy harta. Me he convertido en una sombra de mí misma y a nadie le importa.
En un arrebato, una tarde Lucía lo dejó todo. Dijo a Teresa que iba al supermercado, recogió a Nico en la guarde, y se volvió a su casa. A su cama. A su refugio.
Qué paz, qué maravilla pensaba, tumbada estoy en casa. No quiero nada más. Sólo quiero tumbarme… estoy agotada.
Llamó a Nico para cenar. Mientras comían, pensaba en la que se estaría montando en casa de la suegra Pero no había sido cruel: había dejado a Teresa aseada, bien comida y, para cuando Javier llegase del trabajo, una hora y pico después, estaría todo bien. Dejó una nota a Javier: que ya no aguanta más y que se va, que espera que su madre se recupere pronto y que no le guarden rencor.
Y apagó el móvil.
Javier fue corriendo esa misma tarde. Pero Lucía no le dejó ni pasar. Hablaron a través de la puerta. Él no quería saber por qué se había ido, ni le preguntó por amor, ni por el niño. Sólo pensaba en qué haría él sin Lucía.
Yo que tú contrataba una cuidadora. Lo hacen mejor, la verdad, le dijo Lucía . Y por cierto, voy a pedir el divorcio. No quiero pasarme la vida siendo la bestia de carga de nadie. Adiós.
Javier se fue de vacío. Lucía, al día siguiente, encendió el móvil porque tenía que estar localizable para el trabajo.
La que llamó fue Teresa. Lloraba, suplicaba que volviera, que no las dejara tiradas, que perdonara sus palabras. Pero había un tono de superioridad en su voz, como diciendo: venga, ya te has desahogado, vuelve a lo tuyo.
Lucía le explicó tranquilamente que ella no le debía nada a nadie. Que ya tenía un hijo y una nieta lista, y que ahora les tocaba a ellos. Dio por terminada la charla cuando la suegra colgó de mal humor.
El divorcio fue rápido.
Así, de repente, Lucía se vio soltera. Y, para su sorpresa, su vida no cambió nada. Siguió resolviéndolo todo sola, pero ahora con menos lastre. Y qué agradecida estaba a esa decisión, por dura que fuese, porque le abrió los ojos a lo que los demás realmente esperaban de ella.
Y a Teresa le fue mejor. Gracias a una cuidadora profesional, empezó a mejorar de verdad: ejercicios, buena atención, charlas… Todo lo que necesitaba. Javier se buscó unos trabajos extra (¡quién lo diría!, Lucía se enteró por Marta, a la que se cruzó por casualidad) y pudo pagar la cuidadora. Y antes de eso, Marta, la nieta que no sabía, resultó ser perfectamente capaz de cuidar a su abuela en todo. Ni tan mal.
Al final, todo fue a mejor pensaba Lucía mientras trabajaba en otro diseño, sentada frente al ordenador Menos mal que me quité ese peso de encima. Me hizo mucho bien. Ahora ya sé lo que hay que hacer la próxima vez.





