Soledad compartida: juntos en la distancia

Life Lessons

SOLEDAD COMPARTIDA

Hace ya treinta y ocho años, Lucía llevó a su futuro marido, Jaime, a conocer a sus padres en Madrid. No era solo una visita cualquiera: iban a anunciar que pensaban casarse.

Sus padres lo comprendieron en cuanto vieron aparecer en la puerta a aquel muchacho desconocido. Lucía jamás había llevado a nadie a casa antes, siempre decía:
¿Para qué traer pretendientes? El día que piense casarme, ya os lo presentaré.

Por eso, sus padres observaban con mucha atención a ese joven que, notoriamente nervioso, estaba sentado a su mesa. Lucía salió al pasillo por alguna razón, y su padre fue tras ella.

Te equivocas, hija. No deberías casarte con él.
¿Y eso por qué? replicó Lucía, a la defensiva. ¿Solo porque es agricultor?
No es solo eso, aunque algo cuenta. Mira, puede que sea buen hombre, pero sois de mundos distintos. ¿De qué vas a hablar con él? Has crecido en una familia de militares, universitaria. Él, pues sí, es de pueblo, trabajador, pero limitado. Se nota. Si te casas, siempre habrá una barrera invisible entre vosotros: el intelecto.
Papá, déjalo estar. Esos son prejuicios. A mí me da igual su origen. Lo importante es que me quiere. Y para aprender nunca es tarde; si hace falta, yo le ayudo replicó Lucía, firmemente convencida.

Bueno, tú verás. Recuerda ese refrán: Quien desoye a sus padres, errante andará. No vengas luego diciendo que no te lo avisé

Hubo boda, y la dulzura de los primeros meses fue dando paso a la cotidianidad.

Tras muchas insistencias, Jaime se matriculó a distancia en una escuela técnica, pero nunca comenzó a estudiar en serio. Era Lucía quien hacía los trabajos, adentrándose en materias técnicas que le resultaban ajenas. Jaime fue a clase un par de veces y pronto abandonó los estudios alegando:

¿Para qué lo quiero? Si a ti te interesa, estúdialo tú.

Lucía intentó convencerle, pero él estaba seguro de saberlo todo y se negaba a perder el tiempo en tonterías.
Bueno, haz lo que quieras dijo finalmente ella, resignada, y se olvidó del asunto.

Pensó que, al fin y al cabo, no era tonto. Devoró todos los libros de su biblioteca, le interesaba la política, en su trabajo le tenían aprecio. Lo cierto es que el aroma a campo nunca desapareció de él, pero Lucía había decidido quererle así.

Con los años la relación se volvió más difícil. Jaime no tomaba en cuenta la opinión de Lucía y constantemente trataba de demostrar su autoridad en casa, incluso menospreciándola delante de otros, con tal desparpajo que ella sentía vergüenza ajena.

Resultó además que a la hora de tomar decisiones complicadas, Jaime siempre se lavaba las manos. Todos los problemas acababan recayendo sobre Lucía:

¿Quieres hacer obras en casa? Hazlas tú.
¿Hace falta un frigorífico nuevo? ¡Cómpralo!
¿Cerrar el balcón? Tú verás. Si lo necesitas, encárgalo.

Solo con el huerto en la casa de campo no había problema, allí Jaime se sentía útil y capaz. Pero eso, claro, apenas eran tres o cuatro meses al año. El resto del tiempo, Lucía tenía que ser esposa y esposo a la vez.

De joven no lo notaba tanto, pero con los años comenzó a pesarle esa carga. Jaime, acostumbrado a vivir a la sombra de su mujer, no pensaba cambiar. ¿Para qué? Él estaba cómodo así. Jamás le regaló un clavel el Día de la Madre ni en el Día de la Mujer. Y sobre los regalos, en una ocasión le dijo:

Ya te he hecho dos grandes regalos en la vida. Míralas, corriendo por el pasillo.

Se refería a las dos hijas que tenían.

Lucía no discutió ni quiso darle más vueltas. Lo aceptó; incluso lo disculpó: No está acostumbrado a hacer regalos, en su casa no era lo normal. Lo superaré.

Desde el principio, Jaime nunca fue sociable. No sabía ni quería tratar con nadie. Al principio, las amigas de Lucía le preguntaban si su marido era mudo. Lucía se reía con gracia.

En realidad, a Jaime le irritaba lo fácil que a su mujer se le daba relacionarse. Despreciaba a sus amistades y, aunque no hizo nunca amigos propios, criticaba a todos los de Lucía y su familia.

Lucía se ocupaba de todo en casa y ganaba buen dinero. Nunca fue una carga para Jaime, y cuando la situación lo requería, conseguía ingresos extra sin esperar nada de él. Sabía que su marido preferiría no molestarse: ¿Quieres más dinero? Gánalo tú, decía. Él cumplía con ir a trabajar y consideraba que eso debía bastar.

Poco a poco, Lucía se dio cuenta de que ya no tenía nada de qué hablar con Jaime. Eran polos opuestos en todo. Si a ella le gustaba una película, él la tachaba de estupidez. Lo que le gustaba a él, Lucía apenas lo soportaba unos minutos. Música, libros, ni hablar.

Sus caracteres tampoco coincidían: ella, desinteresada, siempre pensando en los demás; él, egoísta, preocupado solo por sí mismo. Al final, ni la comida, ni los intereses, ni los sentimientos les unían. Las hijas se marcharon y dejaron tras de sí más de treinta años de vida en común, pero en el fondo, vivida en soledad, cada cual por su lado.

Jaime, por su parte, pensaba que su mujer había perdido el respeto y ya no le valoraba. Poco importaba que ella lo llevara todo: para él, era su obligación.

A veces, tras unas copas de más, Jaime soltaba todo lo que pensaba: sobre los padres de Lucía, ya fallecidos, o sobre sus familiares, juzgando cada uno de sus gestos y palabras, siempre despreciando. Parecía disfrutar humillándola, como un señorito que se recrea en su poder sobre la criada.

Al día siguiente, no entendía por qué Lucía apenas le hablaba.

Solo te he dicho la verdad decía él, sin más.

Pero era solo SU verdad, la única que quería o podía aceptar.

Ahora, Lucía se sienta frente a mí, entre lágrimas, y confiesa:

Estoy agotada Toda la vida como sentada sobre pólvora, siempre esperando cuándo va a estallar. Cansada de ceder, de adaptarme, de aguantar. ¿Qué hago? ¿Divorciarme? ¿Para qué? Este hombre no se irá nunca. Seguirá consumiéndome gota a gota. Y lo peor: está convencido de que tiene razón. Después de nuestras peleas me paso días enferma, intentando recomponerme. Al final, pienso en la familia, en las hijas, en los nietos, y busco motivos para seguir. Trato de limar asperezas, hacer la convivencia posible. Pero él lo interpreta como una victoria y vuelta a empezar.

Me dan ganas de gritar pero sé que no puedo marcharme. Si me voy, vendrán los conocidos del barrio, como ya pasó, y lo destrozarán todo. Al menos ahora la casa está bajo control.

Hay que resignarse Me da pena dejar nuestro hogar a la deriva.

Antes, cuando crecían las niñas, no pesaba tanto nuestra diferencia, la convivencia. No había tiempo para pensar ni para escucharme a mí misma. Ahora, solos los dos, es insoportable. Dos extraños bajo un mismo techo aunque hayan pasado treinta y ocho años.

Sí Tenías razón, papá El intelecto Siempre ha estado entre nosotros.

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