Diario de Sofía
«Y resulta que Borja está casadísimo» suspiraba yo, Sofía, con el volante de la clínica bien arrugado en el bolsillo, sentada en un banco del parque. Mis compañeras de cuarto en la residencia siempre me miraban con cierta envidia, al verme pasear junto a ese moreno de ojos azules, tan apuesto y elegante. Creían que había tenido suerte con ese galán. Pero, qué poca cosa había, realmente, para envidiar.
El escalofrío me recorrió al recordar la primera y última vez que me enfrenté a la esposa de Borja. Me había esperado en la puerta de la fábrica. Venía a dejarme las cosas claras.
Hola, ¿verdad que eres Sofía? me cortó el paso.
¿Y usted quién es? me sobresalté, incómoda ante la mirada escrutadora de esa mujer alta, delgada, con el pelo teñido de rubio platino.
Olga. Soy la esposa de Borja Gutiérrez.
¿Qué?
Lo has oído bien.
Otra ingenua me soltó la mujer, en voz tranquila. ¿Sabes cuántas como tú ha tenido ya? No os acabáis nunca, cazadoras de felicidades ajenas.
Pero ¿qué dice usted?
La rubia me sujetó suavemente el brazo.
No, bonita, ¿qué te crees tú? Yo, su legítima esposa, te vi con mi marido. Y tú, encima, vienes aquí haciéndote la digna, en vez de pedir perdón y morirte de vergüenza. Pero claro, eso lo hacen quienes tienen principios. No parece tu caso.
La desconfié. Me repasó de arriba abajo.
Chicas como tú ha conocido ya a decenas. No tendría dedos en las manos y los pies Borja para contarlas.
No seas ingenua. Eres solo un pasatiempo. En cuanto se canse, te dejará. Mantente lejos de él. Por cierto, tenemos dos niñas. ¿Quieres ver una foto familiar? Olga sacó una foto de su monedero y me la tendió. Míralas. Eso es una familia. Estos somos nosotros en Cádiz, hace un par de meses
No supe qué responder.
¿Y qué quiere usted de mí? Arregle usted sus cosas con su marido atiné a decirle.
Y lo haré, no te preocupes. Borja acaba de entrar en la fábrica. Es un buen empleo, y ahora, andando tú por aquí No te dejes engañar por sus promesas. No piensa divorciarse. No pierdas el tiempo. ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta?
¡Veinticinco! repuse con rabia.
Pues aún tienes tiempo para encontrar a alguien decente y formar tu familia. Deja a Borja en paz.
No escuché nada más. Me alejé, las piernas temblorosas, como si de repente mi mundo feliz se hubiera derrumbado. La esposa de mi amante había desmoronado todas mis ilusiones rosadas de un golpe.
¡Traidor! murmuré, sintiendo un nudo en la garganta. Pero no iba a exponer mis sentimientos en público, ni dar pie a habladurías en el trabajo.
Esa misma tarde Borja apareció en mi cuarto, fingiendo que no pasaba nada, con un ramo de flores. Le rechacé, aún con los ojos hinchados. Sus promesas de amor eterno me resultaron amargas. Decía que su esposa y él eran solo compañeros, que se acabaría todo No le creí, ni lo intenté. Le eché de mi vida.
Pasaron dos semanas hasta que volví a ser yo misma. Borja dejó de buscarme, y fingía no conocerme al cruzarnos. Para colmo, empecé a sentirme mal por las mañanas, pero pensé que era la angustia. Cuando al final fui al médico, el diagnóstico me sonó a sentencia: «Seis semanas».
El miedo me invadió. No quería convertirme en madre soltera. Sentí pánico. Imaginaba que todos lo sabían, que me miraban juzgándome, por haber confiado en quien no debía. Borja me había ocultado su matrimonio. ¿Qué podía haber hecho yo? ¿Pedirle el documento de familia al conocerle? No llevaba anillo, y no todos los hombres casados lo hacen ¿Por qué no desconfié cuando me pidió guardar en secreto nuestra relación en el trabajo?
Me había engañado, y eso no lo cambiaba el hecho de que yo no supiera nada. Y mi círculo empezó a murmurar, después de la visita de Olga.
Así que, en una pausa del trabajo, me acerqué a Borja. Le susurré: «Estoy embarazada».
Yo te doy dinero, pero haz lo que tienes que hacer me respondió, frío.
Al día siguiente, Borja desapareció. Se largó de la fábrica. No volvió a saber de él.
Sabía que no podía postergarlo más. Pese a todas mis dudas, recogí el volante del médico.
Así me encontré, sentada en un banco, con el papel arrugado entre los dedos, temiendo perderlo.
¿Tienes prisa? me sorprendió la voz de un chico que se sentó a mi lado, trajeado y con un enorme ramo de crisantemos burdeos.
¿Perdona? le miré, con la mirada vacía.
Tus relojes adelantan me dijo, señalando mi pulsera dorada.
Siempre me adelanta diez minutos. Intento arreglarlo, pero es imposible contesté, sin mirar.
Hace un día maravilloso. Un veranillo de San Miguel en toda regla. A mi madre le encanta esta época. Siempre dice que, en un día así, tomó la mejor decisión de su vida y no se arrepiente de nada.
¿Sabes? el chico no paraba de hablar, como si le hubiera caído del cielo. Mi madre es increíble me señaló el dedo pulgar con orgullo. Le debo todo.
¿Y tu padre? pregunté, casi sin querer.
Nunca habla de él. Y tampoco le pregunto. Supongo que le incomoda.
Vengo de una entrevista me contó. Me han seleccionado entre diez candidatos para un puesto importante en una empresa. Ni me lo creo, siendo mi primera vez Mi madre siempre ha confiado en mí. Con mi primer sueldo le voy a regalar un viaje al mar. Nunca lo ha visto.
¿Has estado en el mar? le pregunté, aún intrigada por su alegría.
No, jamás el chico sonrió, sus ojos brillaban.
Yo me fijé en su corbata burdeos.
Es un regalo de mi madre la acarició, orgulloso.
Seguro que estoy siendo pesado, pero necesitaba compartir esto con alguien. Pareces tan triste Y pensé que te vendría bien alguien con quien hablar. ¿Te molesto?
Negué con la cabeza. Al contrario, aquel desconocido me arrancó de mis pensamientos. Admiré su devoción por su madre.
¡Qué cariño más puro! Pensaba yo, observándolo ya con interés. Qué suerte tiene su madre Ojalá tuviera yo un hijo así.
Bueno, me voy. Mi madre estará preocupada. Cuídate y no tengas tanta prisa.
¿Perdón?
Lo digo por tus relojes sonrió.
Ah le devolví la sonrisa.
Después de irse, cogí el volante, ese trozo de papel al que antes me aferraba como a un salvavidas, y lo rompí en trocitos diminutos.
Me quedé allí sentada, respirando el aire fresco de una tarde soleada de otoño. El alma se me llenó de una calidez desconocida gracias a ese chico, un extraño que, sin embargo, me pareció tan cercano.
No estaba sola. Aquella mujer sola había criado a un hijo maravilloso. Lástima no haberle preguntado el nombre Pero, ¿qué importaba ya?
La decisión estaba tomada.
***
Veintitrés años después
Mamá, llego tarde dijo Esteban, arreglándose frente al espejo. Yo le ayudaba a anudar la corbata burdeos que le había comprado para la entrevista.
¿Seguro que hace falta?
Para darte seguridad. Ya verás, te van a coger. Estás guapísimo.
Estoy nervioso, ¿y si?
Ese puesto es tuyo, Esteban. Responde claro, sonríe. Eres inmejorable.
Gracias, mamá me besó en la mejilla y se marchó.
Desde la ventana le vi alejarse hacia la parada del bus. Mi hijo, mi razón de ser, con paso decidido.
De pronto, me recorrió un escalofrío. Aquella escena ¿Dónde la había visto antes? Me vino a la memoria aquel chico del parque, hacía más de veinte años. Esteban, de traje, me recordó tanto a él
Había olvidado aquel día y ahora, de repente, volvió nítido. ¿Sería posible? ¿Fue el destino, entonces, quien me dejó ver con mis propios ojos a aquel de quien pensaba deshacerme y elegí el camino correcto?
¿Por qué no le pregunté su nombre, si éramos casi de la misma edad? ¿O el de su madre? Ahora ya no importa.
Todo salió bien.
Tras la comida, Esteban regresó a casa con un enorme ramo de crisantemos burdeos, hechos a juego con su corbata.
¡Me cogieron, mamá! me abrazó.
Me prometió que pronto iríamos juntos al mar. Nunca he visto el mar.
Este es mi hijo; por él, movería montañas. Cualquier pena que hayamos pasado, la abrazaba, y así todo se hacía llevadero. Juntos superamos todo y seguimos adelante.
Jamás me arrepentí de mi decisión. Elegí bien. Así debía ser.



