LA CAJA DE LAS PROMESAS PERDIDAS Desde hace un tiempo, Vera empezó a sospechar que en su casa, adem…

Life Lessons

LA CAJA DE LAS PROMESAS OLVIDADAS

Desde hace un tiempo, Beatriz empezó a sospechar que, además de ella y su marido, alguien más vivía en su piso de Salamanca. Y no, no se trataba de un fantasma. Según su opinión, los fantasmas eran seres de otra clase: si acaso aparecían, debía de ser por algo realmente importante, no para perder el tiempo con nimiedades.

Lo suyo era cuestión de rutina doméstica. Un trasgo travieso, quizá.

Primero desaparecieron sus calcetines deportivos, como la mayoría de las veces, de uno en uno. Si fuese en la lavadora, bueno, cualquier ama de casa sabe que eso sucede. Pero esos, los blancos con una raya roja que se ponía para ir al gimnasio, se los cruzaba a menudo en el cajón, mirándola reprochadores: ¿Cuándo fue la última vez que te atrevista a tocarnos?

Y, de pronto, no estaban. Un día faltaba uno, al siguiente, el otro.

Reaparecieron a la semana. En el mismo sitio, enrolladitos como caracoles. Encima, un trozo arrugado de papel gris, con letras de imprenta, algo torcidas:

La última vez que nos usaste fue hace 127 días. Llevamos la cuenta.

¿Esto es cosa tuya? Beatriz acusó a su marido Miguel, que hojeaba tranquilamente las noticias en el móvil. ¿Intentas decirme que me estoy poniendo fondona y que ya toca volver al gimnasio?

Sólo recibió una mirada desconcertada y una negación rotunda.

Vale, si tú lo dices… se encogió de hombros Beatriz, aunque no terminaba de creérselo. Miguel siempre fue el bromista de la familia.

Después desapareció su horquilla favoritala misma que siempre dejaba sobre el espejo del recibidor. Y también su pintalabios caro, para ocasiones especiales, ese que nunca faltaba en su bolso.

Los encontró en el armario de la cocina, escondidos entre los paquetes de arroz y de fideos. También con notas.

En la horquilla:

Decídete ya: ¿quieres el pelo largo o corto? Me aburro de estar meses olvidada y luego echarme de menos.

En el pintalabios:

¿Y cuándo fue aquella ocasión especial? Como no me uses, me voy a secar.

Esto ya no tiene gracia refunfuñó Beatriz, sacudiendo a Miguel, que dormiteaba en el sofá esperando la comida.

¿Tú estás bien de la cabeza? replicó él, ofendido. ¿A ti te parece que yo voy a hacer estas tonterías?

No le faltaba razón. Miguel no era ningún tonto, y una mínima inquietud se instaló en Beatriz.

Empezó a vigilar dónde ponía las cosas, a comprobarlo varias veces. Incluso fue al médico. Tras las pruebas, la doctora mayor le aseguró que su memoria estaba mejor que la suya.

Pero los objetos seguían desapareciendo.

Sus bolígrafos favoritos. Una blusa de rayas. Crema de manos.

Y, como colofón, el manojo de llaves del apartamento en la playa. Ese sí que desató la tormenta, Miguel la pasó una semana suspirando con dramatismo.

Beatriz se volvió nerviosa: dormía mal, se sobresaltaba con cualquier ruido, cambiaba de sitio el móvil, la cartera, las llaves, una y otra vez.

Pero aquel sábado, todo fue aún más extraño de lo habitual.

Decidió dedicar el día a ordenar el vestidorhacía tiempo que lo necesitaba. Y, de pronto, en una caja de zapatos vacía, encontró todos los objetos perdidos. Colocados con mimo, como en el escaparate de un anticuario.

La blusaabrazada a una falda plisada corta. Una nota:

¿Todavía sabes bailar?

Bolígrafos, alineados por colores:

Nos masticas cuando estás nerviosa. Nos cansa tanto estrés.

Las llaves, enredadas en un llavero, como si se agarrasen de la mano:

Nos aburría no salir. Hace meses nadie va a la playa. Pero, a diferencia de algunos, volvimos por nuestra cuenta.

Beatriz se quedó perpleja.

Aquellos papelitos tenían un algo sarcástico, una pizca de ternura y un poco de melancolíaera como si los hubiera escrito ella misma, pero en otra versión de su vida en la que aún tenía tiempo para hablar con los objetos.

Estaba a punto de cerrar la caja cuando vio, en el fondo, otro papelito gris, pequeño. Sin objeto adjunto. Sólo una nota.

Las letras parecían temblar, como si alguien hubiera llorado al escribirlas:

Le prometiste a esa niña en el espejo que serías artista.

Yo soy esa niña.

Y aquí, en la caja de las promesas olvidadas y las esperanzas perdidas, estoy muy sola.

Beatriz se sentó largamente en el suelo del vestidor, apoyada contra las baldas repletas, recordando.

Ella, en el parvulario, sacando la lengua de concentración mientras dibujaba una casa, un sol, papá, mamá y su hermana pequeña.

La clase de plástica en el colegio: la emoción al ver cómo la acuarela inundaba despacio el papel húmedo.

El olor a óleo en la academia. El silencio de los museos. Cada pincelada, una melodía mágica. Las charlas iluminadas de la guía.

Al principio pensaba que sería su vida.

Luego, un hobby. Un refugio.

Y después…

Nada.

No porque no tuviera tiempo; simplemente siempre lo posponía, convencida de que había cosas más urgentes. Hasta que aquella calidez anticipada se apagó, tan silenciosa como desaparecieron los calcetines, bolígrafos, llaves.

Pasó el dedo sobre la última nota.

Le pareció que el papel tenía vidamás cálido y vibrante, quizá por el temblor de sus propias manos.

¿De verdad era más importante una tarde en el centro comercial o leer otro thriller que perseguir su sueño?

Esa noche, Beatriz tardó en dormirse. Daba vueltas, inquieta. A las dos de la madrugada, suspirando, se levantó de la cama cálida.

¿Adónde vas? murmuró Miguel, entre sueños.

Nada, tú duerme…susurró ella.

Por ahí, entre cajas del vestidor, recordaba haber visto las acuarelas antiguaspensó Beatriz. Y al pasar frente al espejo del recibidor, encontró la mirada de aquella niña. Atemorizada, sí. Pero también llena de esperanza.

A veces, cumplir los sueños de la niña que fuiste es el mayor acto de amor propio que puedes hacer.

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