No somos simplemente vecinos

No solo vecinos

En un pequeño pueblo de la provincia de Segovia, donde en verano las calles se llenan de verde y en otoño parecen mares de oro, vivían dos familias puerta con puerta. Siempre habían sido buenos vecinos, echándose una mano cuando hacía falta. Sus hijos crecieron y terminaron en Madrid buscando futuro.

Pero la vida da vueltas y a Luis se le fue la mujer, Carmen, una madrugá de otoño, de esas en las que el aire cala en los huesos y no sabes si la luz viene o va. A esas horas, Luis apareció corriendo en casa de sus vecinos, Jacinto y Inés, aporreando la ventana como si persiguiera a un ladrón.

¿Pero qué pasa? gritó Jacinto desde la puerta, todavía con las legañas puestas, mientras Inés, envuelta en una rebeca, se asomaba detrás.

Entre sollozos, Luis apenas pudo decir:

Mi Carmen, mi Carmen… se sentó en el escalón, encogido por el frío y la pena.

¿Pero qué le pasa a Carmen? le zarandeó Jacinto. ¿Llamamos a urgencias?

No hace falta dijo Luis, la voz rota. Carmen ya no está.

Jacinto e Inés acompañaron a Luis hasta que llegó su hijo con la nuera desde la capital. No le dejaron ni un minuto solo, Inés le pasaba pastillas para los nervios. Tras el entierro de Carmen, intentaban que Luis no se hundiera en la soledad: le invitaban a comer y cenar, y Jacinto, por las tardes, se liaba en partidas eternas de ajedrez.

Medio año después, Luis empezó a acostumbrarse a la nueva vida: aprendió a cocinar, a poner la lavadora y a recoger la casa, que ya era mucho. De vez en cuando, el hijo y la nuera hacían una visita de control.

En un atardecer tranquilo de agosto, Luis y Jacinto estaban en el patio, repitiendo por enésima vez la misma conversación de siempre, mientras movían piezas con la parsimonia del que no tiene prisa. De repente, Jacinto se desplomó. Luis apenas tuvo tiempo de agarrarle.

¡Jacinto, hombre! intentaba reanimarlo. Inés, ven, rápido…

Justo en ese momento, salió Inés de la cocina con una fuente de pepinos recién cogidos. Al ver la escena, la fuente terminó en el suelo. Corrió hacia Jacinto, pero ya era tarde. El médico lo dijo claro: infarto.

Pero si nunca se había quejado del corazón… lloraba Inés. Estas cosas pasan cuando menos te las esperas…

Ahora le tocó a Luis devolver favores: los hijos de Inés vinieron del otro lado de España, y juntos despidieron a Jacinto. Cuando los hijos se marcharon, Inés entendió lo que era la soledad metida en casa, especialmente por las noches, cuando el silencio parece vivir en todas las habitaciones.

Poco a poco, Inés fue recomponiéndose; de vez en cuando, venían los hijos y los nietos. Ya jubilados ambos, se hacían compañía mutua: Luis había sido profe de historia en el instituto, Inés, alma de la biblioteca municipal.

La vida giraba y llegó el otoño. Cada mañana, sin falta, Luis salía al patio a barrer el amarillo y el marrón de las hojas de los plátanos. Luego, barría la acera hasta la casa de Inés, aunque el viento enseguida le desmontaba el trabajo. Sin resignarse, entraba en el patio de ella a seguir la batalla; aunque ahí, la verdad, había menos tarea.

Inés lo miraba desde la ventana y sonreía.

¡Luis, por Dios! ¡Pero no ves que eres el único de todo el pueblo que se enfrenta al otoño!

Luis levantaba la vista y le dedicaba una media sonrisa.

Si todos esperásemos a que las hojas se esfumaran solas, el mundo acabaría cubierto de caos. Hay que echarles mano.

Pero las hojas son bonitas… mira cómo relucen le replicaba Inés.

Muy bonitas, sí, pero resbalan que da gusto y como te caigas, ya verás qué risa protestaba él, barriendo con ahínco.

Pasaba a barrer el camino que va directo a la entrada de Inés. Al llegar a su puerta, la vio salir con dos tazas en la mano.

Bueno, basta de faena. Ven que tenemos té con miel, que hace frío le invitó, dejando las tazas en la mesa de la terraza, sentándose ella en el banco y haciéndole sitio al otro lado.

¿Y hoy con miel? Si siempre le pones limón… se extrañó él.

Porque hoy hace rasca, hay que entrar en calor de dentro para fuera le guiñó un ojo Inés.

Esto está dulce a rabiar, Inés. A nuestra edad hay que cuidarse con el azúcar…

Vamos, hombre, que es solo una vez a la semana. Bébete el té y no protestes tanto.

Bueno, bueno cedió él.

Ayer me llamó mi nieto Tomás:

Abuela, ¿qué haces tú ahí tan sola? Vente a Madrid y vive con nosotros.

Y yo le contesté: ¿sola? ¡Si tengo aquí a mi compañero! le lanzó una sonrisa a Luis.

Luis disimuló la sonrisa tras una taza de té.

Bien contestado, aunque compañero suena simple…

¿Tú qué palabra usarías?

Socio, más bien, de la guerra contra el otoño se rieron los dos.

Un día, Luis ya había dejado el patio y la acera relucientes, pero Inés no aparecía. Preocupado, porque ella siempre lo saludaba al amanecer, subió los escalones de la entrada y llamó a la puerta. Tras un rato, abrió Inés, envuelta en una manta de cuadros, agarrándose a la pared.

Mujer, ¿pero qué te pasa? la sujetó y la metió al salón, sentándola en el sillón.

Le miraba con ojos cansados y la nariz colorada.

Creo que me he resfriado…

Vaya, ¿y quién me va a poner ahora el té? bromeó Luis al colgar la chaqueta.

Las pastillas están en la mesita… musitó Inés.

Luis revisó el botiquín.

¿Solo esto? Ahora vuelvo, me acerco a la farmacia dijo en tono decidido.

No hace falta, con esto me arreglo… dijo ella flojito.

De eso nada, vuelvo en diez minutos y salió zumbando.

No tardó en regresar, con una bolsa de medicinas y hasta una gallina para hacer caldo. Ella dormitaba en el sillón. Al abrir los ojos, no se creía que hubiera tardado tan poco, hasta que de la cocina llegó el olor a caldo recién hecho.

¡Vaya, pero si sabes cocinar! le sonrió ella, aunque hacía años que sabía que Luis se apañaba solo.

En una emergencia, hay que saber de todo le replicó él, poniendo la taza de caldo delante y ayudándola a sentarse a la mesa.

Inés probó el caldo y cerró los ojos de satisfacción.

¡Madre mía, qué delicia… gracias, Luis!

Nada, nada. Ponte buena pronto, que se me hace muy aburrido barrer solo dijo, aparentando dureza aunque le asomaba una sonrisa.

Tranquilo, socio del otoño, que pronto estaré lista para la siguiente ronda contestó ella, también en broma.

A la semana, Inés ya estaba como nueva, tan risueña como antes. Por primera vez en tiempo, salieron juntos a dar un paseo por el parque al lado del río. Como siempre, fue idea de Luis.

Las hojas crujían bajo sus pies.

Nada de quedarse en casa, hay que moverse le dijo él animándola, y ella aceptó encantada.

Las hojas crujían bajo sus pasos y, aunque el sol era de otoño, seguía calentando.

¿Sabes, Luis? Creo que el otoño tiene su gracia, en realidad me gusta reconoció Inés.

Y más si lo compartes con buena compañía aceptó él.

Inés se agarró a su brazo y caminaron despacio, dejando dos sendas entre las hojas caídas, charlando y riendo.

Al cabo de unos días, Luis apareció con una petición curiosa.

Oye, Inés, me tienes que hacer un favor…

¿Qué favor?, eso suena raro…

He estado buscando en mi biblioteca y no encuentro ningún libro sobre cómo cuidar cactus.

¿Cactus? Si tú no tienes ni cactus ni plantas en casa…

Luis sonrió con picardía y, de detrás, sacó una pequeña maceta con un cactus.

Acabo de comprártelo hoy, para ti.

¿Y yo qué hago con esto? Nunca he tenido cactus rió Inés.

Tú eres bibliotecaria, alguna guía tendrás… seguro que sabes cuidar todo, hasta malas hierbas.

Bueno, bueno aceptó la maceta. Pero si florece, me tendrás que comprar un helado.

Trato hecho.

Una semana después llegó el invierno. Cayó la primera nevada y Luis apareció, otra vez con las manos detrás.

¿Ahora qué traes? preguntó Inés, notando que él titubeaba.

Mira, Inés, sé que a diario acabo viniendo, así que… ¿y si me quedo a vivir contigo? O sea, ¿y si nos casamos? sacó un ramo de rosas rojas con la destreza de un pretendiente de novela, e Inés sonrió, la carita medio avergonzada.

¡Ay, Luis! ¿Y cuánto tiempo llevas dándole vueltas?

Mucho… no sabía si dirías que sí… ¿qué me dices?

Claro que sí, ya me has malacostumbrado; cuando te vas, la casa parece una catedral vacía dijo, colocando las flores en agua. Además, ¿quién le dice que no a un ramo como este?

Pasaron aquel invierno juntos y llegó la primavera. Una mañana, Inés pegó un grito desde la ventana:

¡Luis, ven corriendo! ¡Tu cactus ha florecido! ¡Me debes un helado!

¡Lo prometido es deuda! Hoy vamos a por el helado, que aquí los contratos se cumplen…

Salieron a la calle debatiendo si comprar un polo o un cucurucho de nata. Luis miró el cielo, la luz de primavera, y sonrió de oreja a oreja.

¿Por qué te ríes tanto? preguntó Inés, contagiándose.

Porque creo que hemos hecho un buen equipo.

Sí, muy buen equipo susurró ella.

Caminaban juntos, hace mucho ya no solo como vecinos ni como compañeros de guerra otoñal, sino como dos almas que sabían que, mientras estuvieran unidos, la soledad no tenía sitio en su pueblo segoviano.

Gracias por leer, por seguir, y por estar ahí. ¡Que la vida os regale muchos otoños de compañía!

Rate article
Add a comment

six + 1 =