— ¡Abuelo, mira! — exclamó Lilia, pegando la nariz al cristal — ¡Un perrito! Detrás de la cancela s…

Life Lessons

¡Abuelo, mira! exclamó Sofía pegando la nariz al cristal empañado. ¡Un perrillo!

Al otro lado de la verja, una perra mestiza correteaba de un lado a otro. Negra, sucia, con las costillas asomando bajo la piel.

Otra vez ese chucho gruñó Don Julián, ajustándose las zapatillas de estar por casa. Lleva tres días rondando. ¡Fuera, fuera de aquí!

Levantó el bastón en el aire. El animal reculó, pero no huyó del todo. Se sentó a unos cinco metros y se quedó mirando. Sólo mirando, como si el tiempo fuese gelatina y no pesara.

Abuelo, no la eches suplicó Sofía, agarrándole la manga. Seguro que tiene hambre, y debe de estar helada.

Bastante tengo con mis propios líos replicó el anciano, encogiéndose de hombros . Luego nos trae pulgas y Dios sabe qué. ¡Fuera, he dicho!

La perra metió el rabo entre las piernas y se alejó despacio. Pero, cuando Don Julián desapareció tras la puerta, volvió como si nada hubiera ocurrido.

…Sofía vivía con su abuelo desde hacía medio año, desde el accidente en el que sus padres habían desaparecido entre brumas. Don Julián la recibió en su pequeña casa a las afueras de Burgos, aunque nunca había tenido mano para las criaturas pequeñas, ni para el desorden de los juegos y las preguntas sin fin.

Ahora la rutina estaba tejida con las lágrimas calladas de la muchacha en la noche, y sus preguntas susurradas: «Abuelo, ¿crees que mamá y papá volverán algún día?»

¿Cómo explicar lo que no se puede? El anciano resoplaba y se giraba. Era pesado el aire para los dos, pero no había dónde huir.

Después de comer, mientras el abuelo dormitaba ante el televisor encendido, Sofía se deslizó al patio. Llevaba entre las manos una escudilla con los restos de cocido.

Ven, Chispa, ven murmuró la niña, acercándose al portillo. Así te he llamado. Te pega, ¿verdad?

La perra, bautizada en un susurro, se arrimó con cautela y lamió el cuenco hasta dejarlo limpio. Luego se echó a su lado, apoyando la cabeza en las patas delanteras, y la miró con una gratitud demasiado humana.

Eres buena la acariciaba Sofía, buenísima.

Desde aquel día, Chispa ya no se alejó de la verja. Hacía guardia, la acompañaba al colegio y la esperaba a la vuelta. Y cuando Don Julián salía a la calle, sacando a relucir su genio:

¡Tú otra vez! ¿No tienes dueño, pesada?

Pero Chispa ya sabía que aquel hombre ladraba, sólo ladraba.

El vecino, Don Ramón del Monte, desde el otro lado de la valla, asistía a las escenas como desde la butaca de un teatro. Un día sentenció:

Te equivocas, Julián. Haces mal en echarla.

¿Y eso? ¡No necesito más complicaciones en casa!

Quizás, dijo Don Ramón, Dios te la ha enviado por algo.

Don Julián bufó y no contestó.

Una semana después, Chispa seguía allí, junto a la verja, a pesar del viento, el frío afilado de enero, los ventisqueros que caían como floreos de harina.

Sofía le seguía sacando comida a escondidas, y Don Julián hacía como que no lo veía. Como si la perra perteneciera a un plano diferente al suyo.

Abuelo, ¿puede dormir Chispa en el zaguán? rogaba la niña en la cena. Hace un frío que pela fuera.

¡No y no! golpeó la mesa el abuelo. ¡Aquí no entran animales!

Pero es que…

¡Nada de peros! ¡Estoy harto de tus mañas y caprichos!

Sofía frunció el ceño y enmudeció. Aquella noche, Don Julián tuvo el sueño pastoso y revuelto. Al amanecer, miró por la ventana.

Allí estaba Chispa, hecha un ovillo negro en la nieve. «No aguantará mucho más», pensó, y algo le pesó en el alma como un carbón.

El sábado, Sofía fue al arroyo a patinar, con Chispa pegada a sus pasos. Sofía reía, giraba sobre el hielo como un ave deshilachada. Chispa la miraba desde la orilla, atenta.

¡Mira cómo hago piruetas! gritó la niña y se precipitó hacia el centro de la charca.

El hielo resonó con un zumbido fino, después un crujido y Sofía se precipitó a las aguas negras. Parecía el fondo un espejo borroso. Gritó, chapoteó, pero el agua le tragaba la voz.

Chispa dudó un suspiro. Luego salió corriendo hacia la casa.

Don Julián, que partía leña en el cobertizo, oyó los ladridos: salvajes, frenéticos. La perra revoloteaba, le tiraba del pantalón y no dejaba de gemir.

¿Te has vuelto loca? masculló.

Pero la perra insistía, aullaba con una angustia que atravesaba la atmósfera de la siesta.

Entonces Don Julián entendió.

¡Sofía! gritó, y salió tras ella, trastabillando. Chispa corría delante, girando la cabeza para vigilar que la siguiera, y después avanzaba hasta el estanque.

Don Julián vio la mancha oscura. Oyó los débiles chapoteos.

¡Aguanta! jadeó, agarrando una rama larga. ¡Sujétate, Sofi!

Avanzó por el hielo, que se quebraba pero resistía. Agarró a Sofía por el abrigo y la arrastró hasta la orilla, mientras Chispa ladraba y daba vueltas cerca, como para no permitir que el miedo entrara.

Cuando sacaron a la niña, estaba azulada. Don Julián la frotaba con nieve, le soplaba la cara y murmuraba las oraciones de la infancia.

Abuelo… susurró por fin Sofía. ¿Dónde está Chispa?

La perra estaba a su lado, temblorosa. De frío, o del susto que sólo se tiene una vez.

Está aquí carraspeó Don Julián. Aquí está.

Después de aquello, algo cambió en la casa. Don Julián ya no gritaba, pero tampoco abrió la puerta del todo.

Abuelo, ¿por qué no dejas que duerma dentro? ¡Me salvó!

¡Sí, sí, te salvó! Pero en esta casa los animales no entran.

Pero…

¡Porque siempre se ha hecho así! bramó el hombre.

Se enfadaba consigo. No sabía por qué. Como si las reglas pesaran más que las personas. Pero, por dentro, sentía como si tuviera gatos desgarrándole la entraña.

Don Ramón pasaba a tomar café y magdalenas, conspirando en la cocina.

¿Has oído lo que ha hecho la perra? preguntó el vecino.

He oído.

Buena perra, lista.

Alguna vez se da el caso…

A esos animales hay que cuidarlos.

Don Julián se encogió de hombros.

No la echamos, ¿no? Eso es bastante.

Bueno… ¿y si se muere de frío fuera?

Es un perro. Que duerma donde quiera.

Don Ramón meneó la cabeza.

Eres muy raro, Julián. Te salva la nieta, y tú… Eso es ser desagradecido.

No le debo nada a ese chucho se crispó Don Julián. Le damos de comer, no la pegamos. ¡Vale ya!

No es cuestión de deber. Es cuestión de corazón.

El corazón es para los hombres…

Don Ramón calló, entendiendo que la discusión era como discutir con la lluvia.

Febrero fue cruel: ventiscas como látigos, la nieve encharcando la ciudad de Burgos hasta convertirla en una ballena blanca. Don Julián no podía con las palas cada mañana la nieve tapaba el camino de nuevo.

Chispa seguía soñando allí, junto a la verja. Más flaca, la mirada apagada. Pero nunca se iba. Guardaba el silencio como un estandarte.

Abuelo murmuraba Sofía, mírala. Está a punto de desfallecer.

Nadie la obliga a estar aquí replicaba Don Julián. Cada cual elige su destino.

Pero es que…

¡Basta ya! gritó el abuelo. ¡Siempre lo mismo! ¡Cansa ya tu perra!

Sofía se encerraba en su habitación. Esa noche, mientras el abuelo hojeaba el periódico, dijo bajito:

Hoy no he visto a Chispa.

¿Y qué? masculló sin alzar la mirada.

No ha salido en todo el día. ¿Se habrá puesto mala?

Ojalá se haya marchado, por fin.

¡Abuelo! ¿Cómo puedes decir eso?

¡No es nuestra! contestó con aspereza. ¡No le debemos nada!

Sí le debemos susurró Sofía. Me salvó la vida. Y nosotros no le dimos ni una manta.

¡No hay sitio! retumbó el abuelo. ¡Esto no es un refugio!

Sofía se echó a llorar en silencio. Don Julián no podía leer más. La noche se arremolinó en torno a la casa como una capa de hielo. Dentro no se podía dormir, el viento aullando, el techo temblando.

«Tiempo de perros», pensó. E inmediatamente se regañó: «¿A mí qué más me da?» Pero sí que le daba.

A la mañana, apenas amainado el vendaval, Don Julián asomó la cabeza a la ventana. La nieve, hasta el alféizar. La banqueta, medio sepultada. Pero junto a la verja…

Junto a la verja, una mancha negra en la nieve. «Algún trasto», pensó. Pero el corazón se le hizo de plomo.

Se calzó el chaquetón, las botas de goma, y salió. Costaba avanzar. Al llegar a la verja se detuvo.

En el ventisquero yacía Chispa. Quietecita, la nieve la cubría hasta las orejillas y la punta del rabo.

«Ya se acabó…», pensó Don Julián. Y algo dentro de él se rajó como una teja vieja.

Agachó la espalda, sacudió la nieve. La perra aún respiraba, apenas, casi sin fuerzas. Ni siquiera abrió los ojos.

Ay, boba… murmuró Don Julián. ¿Por qué no buscaste otro sitio?

Chispa tembló al oír la voz, hizo por levantar la cabeza, pero no tenía fuerza.

Don Julián la miró largo rato. «Pues qué demonios», pensó por fin, y la tomó en brazos, tan ligera, casi toda huesos y pelo, pero aún tibia. Aún viva.

Aguanta, aguanta… rezongaba, mientras avanzaba trabajosamente hacia la casa. Qué bruta eres…

La llevó al zaguán, después a la cocina. La arropó en una manta vieja junto a la chimenea.

Abuelo, ¿qué pasa? asomó Sofía en pijama.

Nada… tartamudeó el abuelo, estaba helándose fuera. A ver si entra en calor.

Sofía se tiró junto a Chispa.

¡Está viva, abuelo! ¡Está viva!

Sí, sí… ponle leche caliente en la escudilla.

¡Ahora mismo!

Don Julián se agachó y acarició la cabeza peluda. Pensó: «¿Qué clase de hombre soy? Casi la dejo morir y ella siguió esperando…» Chispa entreabrió los ojos. Lo miró, y la gratitud era tan densa como la niebla del Pisuerga al alba. Al abuelo se le hizo un nudo en la garganta.

¡La leche ya está! Sofía posó la escudilla junto a la manta.

Chispa bebió a tragos lentos. Abuelo y nieta la miraban beber, y sentían en los huesos una alegría incrédula, como si asistieran a un milagro.

Al mediodía Chispa ya se sentaba. Por la tarde caminaba torpemente por la cocina. Don Julián refunfuñaba de continuo:

¡Es provisional, que conste! En cuanto mejore, vuelve fuera. ¡Nada de costumbres!

Pero Sofía sonreía. Sabía que el abuelo le ponía a Chispa los mejores trozos y la arropaba cuando nadie miraba.

«Esta vez no la echará fuera pensaba Sofía. Nunca más.»

Por la mañana, Don Julián se levantó temprano. Chispa seguía sobre la alfombrilla, atenta.

¿Ves? ¿Ya estás mejor? masculló, vistiéndose.

La perra movió el rabo, esperando, como si aún dudara del perdón.

Al rato, Don Julián salió al patio, inspeccionó la vieja caseta junto al cobertizo, abandonada desde hacía diez años.

¡Sofi! llamó desde la puerta.

La niña salió disparada, Chispa detrás, cada día más cerca de los humanos.

Mira dijo el abuelo señalando la caseta , el techo está fatal, las paredes, peor. Hará falta arreglarla.

¿Para qué, abuelo?

¿Cómo que para qué? gruñó. El espacio vacío es desorden. No puede ser.

Trajo maderas, martillo y clavos y se puso a reparar la caseta, mientras maldecía: que si se doblan los clavos, que si la tabla no encaja.

Chispa vigilaba sentada, sin perder detalle. Sabía para quién era aquel hogar.

A la hora de comer, la caseta ya lucía tejadillo nuevo. Don Julián colocó una manta vieja, puso dos cuencos para comida y agua.

Listo resopló . Ya está.

Abuelo… preguntó Sofía, bajito, ¿es para Chispa?

¿Para quién iba a ser? gruñó él. Dentro no puede estar, pero si ha de estar fuera, debe ser en condiciones de perra digna.

Sofía le abrazó fuerte.

¡Gracias, abuelo! ¡Gracias!

Basta, basta, se quitó de encima el abrazo . No te emociones. Es sólo hasta que le encontremos quien la quiera.

Pero en el fondo sabía que nadie la buscaría ya; Chispa había encontrado dueño.

En ese momento apareció Don Ramón, sonriendo medio de lado al ver la caseta y las miradas.

Ya te lo dije, Julián, que Dios no la mandó en vano.

Déjate de historias refunfuñó Don Julián. Uno se ablanda, eso es todo.

Se llama tener corazón asintió Don Ramón.

Don Julián pensó en responder, pero se quedó callado, mirando cómo Chispa olisqueaba su casita nueva, cómo Sofía la acariciaba.

Y comprendió, con una tranquilidad extraña, que ahora eran familia: incompleta y un poco rara, sí, pero familia.

Ya está, Chispa dijo al fin el abuelo, muy bajito. Esta es tu casa también.

La perra lo miró largamente, y se tumbó en la puerta para mirar bien la entrada donde vivían, por fin, sus humanos.

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