Lucía vendrá hoy, sobre las siete. ¿Te importa?
Carmen dejó el peine encima del tocador y giró la cabeza hacia Gabriel, que peleaba con el mando de la televisión. Él asintió sin dejar de mirar la pantalla.
Claro. Que venga.
Carmen sonrió ante el espejo, satisfecha. Le gustaba que su marido y su hermana pequeña se entendieran tan bien. Lucía se dejaba caer por el piso a menudo, a veces dos o tres veces por semana, y se quedaba hasta la madrugada, llenando la casa de risas y conversaciones que viajaban por las habitaciones como gatos invisibles. Carmen escuchaba cómo hablaban de alguna telenovela de moda o discutían sobre la situación del gobierno, y se decía que había tenido mucha suerte: un marido estable, una hermana querida, una familia muda de película, solo que bien real.
Alguna vez notaba una piedrecita, una inquietud minúscula, instalada en la memoria. Tonterías, pensaba. Cómo Gabriel se inclinaba hacia Lucía cuando ella bromeaba con anécdotas del trabajo. Cómo su hermana le apoyaba la mano en el hombro, riéndose bajito. Cómo cuchicheaban en la cocina y callaban si Carmen entraba. Se decía que eran imaginaciones suyas. Que era Lucía, su hermana pequeña, a la que había criado desde la escuela. Y Gabriel, su Gabriel, con quien llevaba cinco años casada. Dentro de poco celebrarían aniversario.
Aquella tarde, en un giro extraño de la vida, Carmen salió antes del trabajo: quería comprar ingredientes para una cena especial. Quería que la noche siguiente brillara y oliera a hogar.
La llave giró en la cerradura demasiado rápido. Carmen atravesó el recibidor y se detuvo. La quietud era de otro mundo: una densidad gris y una espera. De la sala llegaban voces amortiguadas.
Carmen avanzó, empujó la puerta y se quedó petrificada en el umbral.
Lucía estaba sentada en su butaca, tan cómoda que parecía que siempre hubiese sido suya. Gabriel miraba por la ventana, y al ver a Carmen, se pegó aún más al cristal, como si quisiera disolverse en la mampostería.
¿Qué pasa? Carmen forzó una sonrisa, pero sintió los labios de piedra. ¿Ha ocurrido algo?
Lucía levantó los ojos. Carmen no reconoció a la niña dulce y tímida que acudía a ella tras cada ruptura amorosa, ni a la hermana que le pedía consejo en voz baja. Solo había allí una mujer extraña, la mirada fría y orgullosa.
Sí. Estoy embarazada de tu marido anunció Lucía, como si hablara del tiempo. Haz las maletas y vete ya. Ahora voy a vivir aquí yo.
Se acarició el vientre, plano aún, invisible bajo la blusa holgada.
Carmen no se movió. Afuera, un coche tocó el claxon; al otro lado de la pared, sonaba un programa enlatado. El mundo respiraba, indiferente, mientras ella se sentía de hielo.
¿Cómo? La voz le salió rota y lejana.
Lo has oído Lucía se recostó en la butaca, dueña de todo. Gabriel y yo lo hemos decidido. Basta de fingir, aburre.
Carmen miró a Gabriel. Él seguía de espaldas, los hombros hundidos, las manos apretadas al alféizar.
Gabriel jadeó ella. Gabriel, mírame.
Él se volvió. En sus ojos no había ni culpa ni vergüenza, solo un cansancio antiguo, un eco de alivio.
Car, es lo que es Perdóname.
¿Es lo que es? Carmen oyó su propia risa, torcida y sorda. ¿Cinco años y todo es así?
No dramatices dijo Lucía, arrugando la nariz. Somos adultos. El amor acaba, pasa. Pero lo nuestro, con Gabriel, es serio.
Gabri elito, se permitió ella. Así también lo llamaba Carmen.
¿Desde cuándo? Carmen escupió la pregunta.
Lucía cruzó una mirada con Gabriel y sonrió con desprecio.
Un año, quizá más. ¿Y qué más da?
Un año. Todos aquellos atardeceres en que Lucía se quedaba hasta tarde. Todas aquellas bromas entre vapores de café. Todos aquellos cruces de ojos donde Carmen creyó ver solo fraternidad.
Pensé que eras mi hermana sintió cómo se le afilaba el tono. Pensé que me querías.
Te quiero Lucía encogió los hombros con perfecta liviandad, y a Carmen se le nubló la vista. Pero me quiero más a mí, y a Gabriel. A ti tú siempre has sido muy predecible, demasiado correcta. Cansa, ¿sabes?
Carmen se abalanzó sobre Gabriel, lo agarró de la camisa y lo giró hacia sí.
¡Di que miente! ¡Dime que esto es un error atroz, una pesadilla absurda!
Gabriel intentó zafarse, pero Carmen apretó, la tela crujió.
Car suéltame, sabes cómo están las cosas
¡No entiendo nada! lo empujó, haciéndolo chocar contra el marco.
¡Te acostabas con ella en nuestra cama! ¡Miserable!
Cálmate saltó Lucía, enderezándose.
Carmen giró furiosa, tomó del estante una foto: los tres abrazados junto al árbol de Navidad, los ojos brillando. Era la imagen de una felicidad que ya no vivía en esta casa.
¡Te crié yo! y arrojó la foto contra la pared. El cristal saltó hecho pedazos. Te ayudaba con los deberes mientras mamá no estaba, te protegía de los abusones ¿y así lo pagas?
Por favor, ya lo has contado mil veces suspiró Lucía, con ojos cínicos. Gabriel siempre quiso a alguien joven y con chispa. A ti solo te soportaba. Yo al menos soy sincera.
¿Sincera? Carmen rió, y el sonido cortó el silencio como una daga. ¿Un año de engaños es sinceridad?
Ya solo veía rojo. Cogió un cenicero de cristal, un regalo de la suegra, y lo lanzó contra el mueble bar. Los vasos se hicieron trizas.
Y esto no ha terminado jadeó, el sudor en la frente. Ni siquiera ha empezado.
Se abalanzó sobre la estantería, arrojando álbumes, figuritas de Toledo, imanes de Barcelona, postales de Cádiz.
¡Para ya! Gabriel le sujetó el brazo.
¡Ni se te ocurra tocarme! ¡Jamás!
Lucía retrocedió hasta la puerta, por primera vez nerviosa.
Mira, hablemos, ¿vale? Tú tienes que irte, Gabriel y yo necesitamos la casa. Vamos a tener un bebé. Haz la maleta y
¿Yo? Carmen se clavó en el centro del caos y miró a su hermana con un odio nuevo. ¿Yo, dices?
Sintió cómo, entre los restos de la rabia y la humillación, se abría paso una claridad helada.
Habéis cometido un pequeño error: os habéis pasado de listos dijo, secándose el pelo de la frente. Este piso es mío. Lo compré antes de casarme. Está a mi nombre, nunca a nombre de Gabriel. ¿No te lo contó?
Lucía miró a Gabriel, pálido como la leche.
¿Qué importa eso farfulló la hermana. Tendremos una familia, el piso nos viene mejor.
¿Familia? Carmen sonrió, y fue un mueca de acero. Montad la vuestra donde os plazca. Pero aquí, los dos sobr áis.
¡No tienes derecho a echarnos! Lucía elevó la voz temblorosa. ¡Estoy embarazada, piénsalo!
Deberíais haberlo pensado antes, cuando os metisteis juntos en mi cama Carmen cruzó el pasillo y abrió la puerta de par en par. Largaos.
Gabriel se le acercó, suplicante.
Car, por favor, no tengo adónde ir, todas mis cosas
Llevaré tus cosas a la portería, te avisaré. Puedes llamar a un taxi. Demanda si quieres: el piso es mío antes del matrimonio, no tienes nada que hacer.
Pero
¡Fuera! Carmen lo dijo tan tranquila que Gabriel se calló. Señaló la puerta: Tú y tu amante embarazada, largo de mi casa.
Lucía agarró su bolso con rabia, dejando el rastro de un perfume barato.
Mamá se enterará de esto. No te lo perdonará.
Ya veremos.
Carmen les cerró la puerta en la cara y se apoyó en la madera. Lloraba. Le temblaban las manos, los pies, la memoria entera.
Al tercer día, sonó el móvil. Carmen lo cogió, preparándose para la guerra.
Hija La voz de su madre vibraba cansada. Lucía me lo ha contado todo. Su versión, claro.
Mamá, yo
Déjame hablar. Ya la he escuchado. Y le he dicho que no vuelva a acercarse, ni a casa ni a tu vida, hasta que recapacite y venga a pedirte perdón de rodillas.
Carmen suspiró, entre el asombro y la catarsis.
¿Estás de mi lado?
Por supuesto. Lucía ha hecho algo intolerable, y ese Gabriel, igual de miserable. Aguanta, hija. Te divorciarás y empezarás de cero. Por lo menos tienes el piso. Él no se lleva ni las migas. Vas a poder con esto, eres fuerte. Yo estoy contigo.
Carmen cayó, por fin, al suelo, rota y aliviada, como si despertara de un sueño turbio. Sabía que, al otro lado, empezaba la vida. Con apoyo que no había esperado, pero sí merecido.





